Capítulo 39
Kurt Becker había logrado recomponerse. Tenía un plan.
No gran cosa, y sabía que a la larga no funcionaría, pero quizá le permitiera llegar a Argentina.
Una vez allí, podría escapar y empezar una nueva vida con una de aquellas latinas que, con sus rostros huesudos y sus largas melenas, parecían yeguas.
En aquel momento necesitaba fantasear con una de ellas.
Había cerrado con llave la puerta del laboratorio y estaba sentado en una silla, con los pantalones bajados hasta las piernas.
Sostenía en la mano el pene flácido, que colgaba sobre un recipiente de plástico.
Cerró los ojos y se imaginó rodeado por ellas, relinchando en español.
Tocándolo, acariciándolo y besándole la espalda.
Notó cómo se le erizaba el vello de los brazos y cómo su pene cobraba vida mientras se perdía entre una manada de mujeres con aspecto de yegua que se restregaban contra él.
Se masturbó con vigor, arrastrado por un mar de caricias.
Ya estaba, a punto de caer en el recipiente. Soltó un grito.
Llamaron a la puerta.
—¿Estás listo, Kurt? Tenemos poco tiempo.
Se subió los pantalones, se apretó el cinturón y volvió a poner los pies en la tierra.
—Sí, perdona, se me ha caído una cosa. Estaré listo en cinco minutos.
Se convirtió en un hombre de acción: limpió los óvulos inservibles y se deshizo de las pruebas de su fracaso.
Al abrir la nevera, descubrió que los restos del dedo, con su macabra uña, seguían donde los había dejado.
Buscó el tubo metálico en el que lo habían conservado durante los últimos cuarenta años y limpió el interior con un ácido potente y productos esterilizantes.
Después lo llenó de formaldehído hasta la mitad, más o menos.
Con gran reverencia, recogió el dedo con unas pinzas y lo dejó caer en el líquido, cuyo nivel ascendió por el tubo.
Acabó de llenarlo con formaldehído y enroscó la tapa.
Se guardó el tubo en el bolsillo y siguió preparando el laboratorio para la inseminación, extrañamente satisfecho.
Sam ya había ovulado, así que no resultaba difícil imaginar qué ocurriría si añadían algo de esperma fresco a la ecuación.
Había las mismas probabilidades de que la criatura fuera niño que niña.
Para cuando llegara a la edad adulta convertido en un hombre rubio de un metro ochenta, en lugar de uno bajo y moreno, surgirían preguntas, pero para entonces Becker estaría muy lejos.
Colocó los estribos en la mesa de operaciones y la cubrió con una toalla limpia. El recipiente de esperma esperaba a un lado, listo para su uso. No tenía sentido ralentizar los espermatozoides metiéndolos en la nevera. Vivían cuarenta y ocho horas dentro del útero humano. Abrió la puerta.
—¿Boris?
—Sí, Kurt.
—Estamos listos.
***
Sam contaba las horas que faltaban. Cada minuto que pasaba los acercaba a la salvación, pero también aumentaba el peligro inmediato que representaban Klein y Becker.
Podían ir a por ella en cualquier momento.
Boris Klein y lo que pudiera hacerle la aterrorizaban.
Quería intentar escapar, pero Alfredo se había derrumbado y gemía bajo la manta.
Se preguntó si estaría sufriendo un delirium tremens, aunque llevaba semanas sin beber nada.
—Alfredo, ¿estás bien? Tenemos que trazar un plan —dijo.
—Me pegarán un tiro dentro de poco.
—No digas tonterías. ¿Por qué iban a hacer eso?
—Porque ya no me necesitan. Solo me mantenían con vida por si necesitaban más dedos frescos. Ahora que planean marcharse, solo te necesitan a ti.
—También me matarán a mí cuando descubran que ya estoy embarazada.
—Dios mío, no había pensado en eso. No quiero morir. Quiero casarme con Gloria.
Sam, que en un mal día consideraba que casarse con Gloria era un destino peor que la muerte, dijo:
—Y te casarás con ella. Segundo aún tiene tiempo de rescatarnos. Aguanta.
Pero su optimismo era fingido. ¿Cómo iba Segundo a encontrar la colina?
Le había devuelto la fotografía aérea sin siquiera mirarla.
Iban a morir. No podían escapar de la celda.
El conducto del techo parecía estar fuera de su alcance.
Ni siquiera poniendo la silla encima de la mesa.
Y la puerta era metálica y tenía una cerradura enorme.
No era de extrañar que Alfredo se hubiera rendido.
Vamos, Sam, piensa. Y entonces lo vio. La cama.
La de Alfredo era más bien un catre, pero la suya tenía una estructura oxidada, aunque resistente. ¿Y si la ponían de pie?
—¡Alfredo! Ayúdame.
Sam arrastró la pesada cama hasta el centro de la habitación. Chirrió al deslizarse por el suelo.
—Ayúdame a levantar este extremo.
—¿De qué servirá?
—¿Es que no lo ves? Si ponemos la cama de pie, podremos alcanzar el conducto. Luego podremos salir por él.
Alfredo alzó la mirada. Sonrió.
—Sam, eres un genio.
—Vamos, entonces.
Levantaron la cama y, haciendo palanca, consiguieron colocarla de pie. Después Alfredo acercó la mesa hasta situarla a su lado.
—Tú primero —dijo Sam—. Si yo no puedo, podrás tirar de mí desde fuera.
Alfredo pasó de la silla a la mesa y luego trepó hasta la parte superior del armazón, mientras Sam lo sujetaba para mantenerlo estable. La cabeza y los hombros desaparecieron en el conducto.
—Veo el cielo —dijo—. Dame un minuto.
—Date prisa. Pueden venir en cualquier momento.
Alfredo introdujo los brazos en el conducto y apoyó con fuerza los codos sobre la parte superior del marco de madera que lo mantenía abierto.
Gruñó mientras se izaba lo suficiente para encajar una rodilla en el travesaño inferior.
Tuvo que trepar a toda prisa para no volver a caer.
Siguió abriéndose paso por el conducto y ambas piernas desaparecieron en su interior.
Se oyó un ruido de forcejeo y después se hizo el silencio.
—¿Alfredo?
—Ya estoy fuera. Vamos, ahora te toca a ti. Rápido.
La puerta traqueteó cuando Klein introdujo la llave en la cerradura. Sam consiguió mantener el equilibrio sobre el extremo de la cama y estiró los brazos hacia arriba, buscando desesperadamente algo a lo que agarrarse. Alguien la sujetó por las piernas.
—Baja de ahí.
Atrapada, Sam descendió hasta el suelo.
—¿Dónde está el doctor Vargas? —preguntó Becker.
—No lo sé. Se ha ido —respondió Sam.
—Boris, ve a buscar al doctor Vargas. No puede haber llegado muy lejos.
En ese momento apareció el guardia, apuntando a Alfredo con un arma y obligándolo a regresar a la celda.
—Lo siento, Sam. Supongo que soy hombre muerto.
—No, no permitiré que lo hagan. No pueden pegarte un tiro sin ningún motivo.
—Sálvate tú. No hagas ninguna estupidez. De momento, coopera con ellos. Ya tendrás ocasión de escapar.
—No te engañes. No tienes ninguna posibilidad de huir —dijo Klein.
—Ha llegado la hora —dijo Becker—. Lo siento, Alfredo. Se te ha acabado el tiempo. No te dolerá, ya lo verás. No te resistas y todo habrá terminado en un segundo.
—Venga conmigo, doctor Vargas. Vamos a dar un agradable paseo por el bosque.
Klein agarró a Alfredo por el brazo y tiró de él hacia la puerta. Alfredo tendió los brazos hacia Sam. La estrechó contra sí y le susurró:
—Dile a Gloria que la quiero.
Klein lo empujó hacia el pasillo.
—Vamos. No tenemos todo el día.