La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Boris Klein entró en el pueblo al volante con su habitual desprecio por la seguridad, espantando gallinas y levantando cortinas de agua embarrada de los charcos que flanqueaban la carretera.

Llegó al hotel de Schmidt y aparcó la camioneta en el aparcamiento.

Entró en el comedor por la puerta trasera y saludó al retrato del Führer, que habían vuelto a colocar sobre la chimenea.

Franz Schmidt leía un periódico local de mala reputación y admiraba a las mujeres ligeras de ropa que adornaban sus páginas.

Boris miró por encima de su hombro y resopló.

—No me digas que te atraen esas indias —dijo—. Llevas demasiado tiempo aquí.

—Supongo. Una mujer es una mujer.

—Siempre que no pienses procrear con ellas. Siento lo de tu sobrino; era un hombre valiente y murió por la patria. ¿Cómo lo lleva tu hermano?

Schmidt gruñó.

—¿Tú qué crees? En fin, ¿qué quieres? ¿Cómo van las cosas con el doctor Becker?

—Hemos tenido un pequeño contratiempo local, pero ya lo hemos solucionado. Becker y yo trasladaremos el proyecto a Argentina para evitar más problemas.

—Parece grave.

Sonó el teléfono. Ambos hombres lo miraron fijamente sin contestar, pero no dejó de sonar. Schmidt se encogió de hombros y descolgó.

—Sí, Hotel San Blas, a su servicio. Sí, de hecho está aquí ahora mismo. Espere un momento, por favor.

Tapó el auricular con la mano.

—Y hablando de indios, es Kleber.

—¿Quién?

—Kleber, el ayudante del ministro.

—Ah, ese.

Klein agarró el auricular y se lo pegó a la oreja.

—¿Sí?

—Señor Klein, soy Kleber.

Su voz sonaba extraña, como si se le estuviera quebrando. La emoción la había elevado una octava.

—Sí, muchacho, ¿qué pasa?

—Es el ministro Ponce. Ha sufrido una apoplejía.

—Cristo, ¿se pondrá bien?

—Todavía no tienen un pronóstico. Lo han llevado al hospital esta mañana.

—Qué noticia tan terrible. Necesito que esperes en el hospital y nos mantengas informados. ¿Puedes volver a llamar y dejar un mensaje aquí, en el hotel, cuando sepas cómo está?

—Sí, pero eso no es todo. Creo que oyó algo que le provocó la apoplejía.

Titubeó. Klein lo oyó moverse, inquieto.

—¿Qué más ha pasado? Suéltalo de una vez. ¿Qué podría ser peor?

—Hernán Sánchez visitó al ministro Ponce esta mañana y le entregó una copia de una noticia que Reuters ha enviado a las agencias de Sierramar.

El Miami Herald ha publicado un artículo de portada sobre la presencia de un grupo nazi en el país.

Los menciona a usted y al doctor Becker.

Incluso menciona San Blas. Mañana por la mañana aparecerá en la primera plana de todos los periódicos del país.

Klein palideció de furia, alarmando a Schmidt, que retrocedió hasta quedar detrás del mostrador.

—¡Menudo puto desastre! ¿Cómo han conseguido esa información?

Kleber tartamudeó.

—Tengo aquí mismo el comunicado de prensa de Reuters. Dice que basaron la noticia en la investigación del doctor Ramón Vega, y hay una fotografía suya. Está en Miami promocionándola.

—Creía que ese cabrón había muerto en el incendio. Me dijiste que la policía había encontrado dos cadáveres.

—Así fue, señor Klein, pero el doctor Vega no era ninguno de ellos. Aquí dice que escapó del incendio y que otra persona murió en su cama.

—¡Jesús! Imbécil. Estamos jodidos.

Soltó el auricular como si fuera una araña venenosa. Todo se estaba desmoronando demasiado deprisa. Tenían que salir de allí antes de que la noticia se propagara aún más.

—¿Te encuentras bien, Boris? —preguntó Schmidt—. Estás lívido.

—Es hora de largarnos —dijo—. Tenemos que irnos a Argentina. Aquí ya no estamos seguros. Avisa a tu hermano y a los demás. Haced las maletas y marchaos esta noche o será demasiado tarde.

***

De vuelta en el laboratorio, Kurt Becker se sentía algo más esperanzado.

Había analizado la sangre de Sam y se había emocionado al descubrir que sus niveles hormonales indicaban que estaba ovulando.

No podía deberse a la inyección que le habían administrado, porque aún no había tenido tiempo de surtir efecto.

Su útero estaría receptivo al implante. Tenía que ser una coincidencia afortunada, y necesitaban una.

El tiempo se les echaba encima y debía implantar los óvulos aquella noche para darles tiempo a asentarse en el útero y anidar antes de partir hacia Argentina.

El viaje no sería fácil. Tendrían que mantenerla en coma para evitar que intentara escapar.

Había visto el fuego en sus ojos cuando Boris le había tocado el pecho.

Era la típica británica. Parecían muy dóciles y reservados, pero que Dios te ayudara si buscabas pelea con ellos.

Su capacidad para derrotar a la Luftwaffe pese a tenerlo todo en contra lo había dejado atónito.

En las filas alemanas reinaba la más absoluta incomprensión ante el hecho de que la fuerza aérea británica siempre llegara al lugar adecuado en el momento preciso para derribar sus bombarderos, hasta que comprendieron que los científicos británicos habían desarrollado el radar.

¿Y cómo demonios los había encontrado Sam en San Blas? Alfredo nunca había mencionado que alguien más supiera adónde iban, ni parecía haber pensado en ningún momento que pudieran rescatarlo. Además, su asombro cuando apareció Sam parecía totalmente auténtico.

Era hora de comprobar los óvulos. Aunque estuvieran listos, conseguir implantarlos a tiempo iba a ser muy difícil.

Sentía un profundo resentimiento porque sus años de investigación no hubieran servido de nada y las circunstancias lo hubieran obligado a jugárselo todo a una sola carta.

Nadie conocía como él la delgada línea que separaba el éxito del fracaso.

Sobre todo porque no había contado toda la verdad.

Había exagerado sus éxitos con la clonación de ovejas, confiando en que sus resultados alcanzaran lo anunciado en los informes antes de que nadie se diera cuenta. Las expectativas eran altísimas.

El equipo original estaba envejeciendo, y a sus descendientes no les entusiasmaba tanto un Cuarto Reich, pues estaban más interesados en la música pop y el sexo.

Muchos de los jóvenes se habían alejado de San Blas para estudiar en la universidad de Calderón y no habían regresado.

Solo los muchachos menos inteligentes, como Hans, sin interés alguno por la educación, se emocionaban con las historias sobre el poder y la superioridad de los Nazis.

—Si somos tan superiores, ¿cómo es que nos derrotaron las razas inferiores? —dijo una de las hijas de Kurt, y se ganó una bofetada.

Ya aprenderían. Cuando volvieran a ver a Hitler en la plenitud de sus facultades, lo comprenderían y regresarían al redil.

Para distraerse, sacó del armario los óvulos que había creado el día anterior y retiró los cables eléctricos que suministraban una corriente débil a la placa donde estaban almacenados.

Sacó del mismo armario un portaobjetos cóncavo y depositó unas gotas de solución salina limpia en la concavidad del cristal.

Después apretó la pera de una pipeta y succionó un óvulo de la solución.

Lo transfirió a la concavidad y lo expulsó en el pequeño charco de solución salina.

A continuación, deslizó sobre él un fino cubreobjetos de cristal y lo colocó bajo el microscopio.

Contuvo el aliento y acercó el ojo al ocular.

***

Sam se frotó el brazo en el punto donde le habían extraído la muestra. —¿Por qué crees que necesitaban la sangre?

—Debe de tener algo que ver con las hormonas —dijo Alfredo.

—¿Pueden saber por los resultados que ya estoy embarazada?

—No lo sé.

—Probablemente sea demasiado pronto para que se note. No me siento embarazada, ni he tenido náuseas ni se me ha antojado comer pepinillos todavía.

—Siento muchísimo todo esto. Es culpa mía. Debería haber sospechado que Saúl no me contaba toda la verdad.

—No digas tonterías. ¿Cómo va a ser culpa tuya? En cualquier caso, lo de la clonación nos ha pillado a todos por sorpresa. Saúl quería vengar a su familia. ¿Cómo iba a adivinar lo que tenían planeado?

—Pero llevaba una pistola. La vi y aun así no me di cuenta del peligro que corríamos.

—Jesús, Alfredo, el noventa y nueve por ciento de los hombres de Sierramar lleva pistola. No estarán planeando dominar el mundo, ¿verdad?

—No, supongo que no, pero no esperaba que tú acabaras metida en esto.

—Elegí estar aquí. Todo saldrá bien. Aguanta. Segundo ya debe de estar de camino.

El sonido de una bocina llegó flotando por el pozo.

—¡Eh! ¿Has oído eso? Está pasando algo fuera.

—Quizá Segundo haya venido a rescatarnos.

—Eso espero. No creo que nos quede mucho tiempo.

***

Klein frenó con un chirrido frente al laboratorio y apretó la bocina de la camioneta.

El sonido resonó por el bosque. En su hondonada cubierta de hojas, Segundo dio un respingo, con el corazón desbocado mientras la adrenalina le inundaba el cuerpo.

Se giró en su escondite para poder ver la camioneta.

El hombre de la barba estaba sentado en la cabina, golpeando el salpicadero con el puño.

Segundo se arriesgó a acercarse para escuchar a escondidas.

Se pegó al suelo, reptó hasta el borde del claro y se ocultó detrás de un árbol de gran tamaño.

La puerta de la ladera se abrió de golpe y Kurt Becker salió gesticulando.

Se acercó a la camioneta por el lado del conductor, con el rostro crispado por la frustración.

—Por el amor de Dios, Boris. ¿Qué coño te pasa? ¿Por qué no vendes entradas?

—El cabrón ha publicado su informe.

—¿Qué cabrón? ¿No quemamos el informe? Lo encontré en el bolsillo del respaldo del asiento trasero del coche del doctor Vargas y quedó reducido a cenizas cuando incendiamos el vehículo. ¿Recuerdas?

—Ramon Vega. Está vivo. Por lo visto, Kleber quemó a la novia de Vega en lugar de a él.

—¿Qué quieres decir?

—Vega tenía una aventura. El cadáver que había en su cama era el de su amante, pero lo mantuvieron en secreto a petición del marido de ella, y Vega había desaparecido.

—Pero Kleber nos dijo que solo existía una copia del informe.

—Por lo visto, no. Vega lo ha publicado en Miami y mañana saldrá en todos los medios de aquí. Nos han jodido.

Becker suspiró. El suspiro agotado de un hombre derrotado.

—¿Qué propones, Boris?

—Tienes que inseminar a la zorra esta noche y al amanecer nos largaremos. ¿Es tiempo suficiente para que el procedimiento funcione?

—Si la mantenemos dormida y la tumbamos en un colchón en la parte trasera de la camioneta, puede que uno de los óvulos prenda. Es un riesgo enorme.

—Mayor riesgo corremos quedándonos aquí sentados hasta que vengan a por nosotros.

—De acuerdo, ¿qué hacemos con Vargas?

—Tenemos que deshacernos de él. Te ayudaré a anestesiar a la gringa y después lo sacaré fuera y le pegaré un tiro.

—Tengo que prepararlo todo. Dame un par de horas.

Becker volvió al interior y cerró la puerta de un portazo.

Klein se quedó fuera, encendió un cigarrillo y se apoyó en el capó caliente de la camioneta.

El olor del cigarrillo llegó hasta Segundo, que lo aspiró deseando tener uno también.

Segundo carecía de educación formal y no entendía por qué hablaban aquellos hombres de inseminar a una zorra cuando necesitaban huir de San Blas.

Sin embargo, habían dicho que se desharían de Alfredo, así que debía estar preparado para actuar.

Regresó sigilosamente a su escondite y sacó la pistola de la bolsa de plástico.

***

Temblando de furia, Kurt Becker entró en el laboratorio.

La revelación sobre el informe lo había conmocionado hasta lo más profundo.

Cuando Kleber incendió la casa de Ramón Vega, pensaron que habían taponado la filtración provocada por su investigación.

La generación de más edad de Sierramar, que había hecho la vista gorda ante la presencia nazi, se avergonzaba ahora de haber colaborado con el régimen.

No les convenía señalar a nadie cuando había ministros del Gobierno implicados en ocultar a oficiales fugitivos que vivían a la vista de todos.

Pero ahora la verdad había salido a la luz y su refugio se había convertido en una trampa.

De San Blas solo salía una carretera y, si no la tomaban antes de que salieran los periódicos, jamás escaparían.

Se sentó, hundió la cabeza entre las manos y se masajeó las sienes mientras intentaba calmarse.

El informe no era el único problema. No le había contado a Boris lo de los óvulos.

Había puesto el primer óvulo bajo el microscopio sin perder aún la esperanza, pero esta pronto se transformó en desesperación.

El contenido era amorfo: una baba gris sin estructura ni división celular.

Lo tiró y limpió el portaobjetos con un chorro de solución salina que fue a parar a la papelera de plástico situada junto a la encimera.

Con la pipeta, escogió otro óvulo y lo depositó en un pequeño charco de solución salina sobre el portaobjetos cóncavo.

Lo deslizó sobre la platina y miró por el ocular. El mismo resultado.

Actuaba ya con la desesperación de un hombre acorralado.

Examinó los óvulos uno por uno bajo el microscopio y descubrió que todos estaban llenos de la misma pulpa gris.

No quedaba un solo óvulo viable. Era un resultado terrible, agravado por el hecho de que no lo sorprendía en lo más mínimo.

Habían conservado el dedo congelado durante cuarenta años en congeladores propensos a sufrir cortes de electricidad.

En un par de ocasiones había sospechado que el generador de emergencia no se había activado de inmediato, pero, desesperado por mantener su posición dentro del grupo y demostrar sus teorías, había ignorado los hechos que tenía delante de las narices.

Boris y la familia Schmidt tenían el rigor intelectual de un balón de fútbol.

Adoraban el suelo que pisaba y jamás cuestionaban ninguna de sus decisiones.

Había trabajado por un sueño que nunca se haría realidad.

Como grupo, habían dedicado toda su vida a una idea con las mismas posibilidades de funcionar que una tetera de chocolate.

¿Siempre había sabido que estaba condenada al fracaso?

Probablemente . Pero quería que fuera verdad.

Amaba el orden del Reich, la importancia de la ciencia y el desarrollo de la raza superior.

Ahora todo había perdido el sentido y él había llegado al final del camino.

Se sentó en la silla del laboratorio y lloró como un niño pequeño.