Capítulo 37
Segundo se despertó antes del amanecer y salió del hotel bajo la tenue luz de las farolas para ir andando hasta la plaza principal de Lago Verde.
Un viento gélido le atravesaba la chaqueta.
El lugar parecía desierto, pero un quiosco de la parada de autobús vendía billetes y desayunos.
Engulló unos pastelillos pegajosos con un café caliente y dulce mientras esperaba el primer autobús a San Blas.
Amaneció, pero las nubes, cargadas de lluvia, eran de un gris oscuro.
Las calles estaban vacías, salvo por una pareja de turistas del puerto de Guayama que permanecía sentada en la parada, medio dormida.
A Segundo le sorprendió que no hubiera pasajeros que fueran a trabajar.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó al conductor—. ¿A qué hora empiezan a trabajar en San Blas?
—¿Estás de broma? Esos racistas alemanes no dejan que nadie de Sierramar trabaje en su pueblo. Dicen que estropearía el concepto.
—¿Qué concepto?
—Se supone que tiene que parecer un auténtico pueblo alemán, con comida y casas típicas y habitantes alemanes de verdad. No creo que haya muchos mestizos en Alemania.
—Probablemente tengas razón.
Segundo comprendió que llamaría la atención como un elefante en una cacharrería si se bajaba del autobús en San Blas. Compró un billete y se sentó delante para poder hablar con el conductor.
—¿Puedes decirme hasta dónde llegas?
—Voy hasta el otro extremo de San Blas, donde acaba la carretera, y después vuelvo a atravesar el pueblo para salir.
—¿Hay un bosque allí? ¿Y una colina redonda?
—Sí, ese es el sitio. ¿Cómo lo sabes?
—Ah, mi primo está cortando leña por allí. Me ha pedido que me reúna con él.
—Yo tendría cuidado si fuera tú. A menudo veo por allí a algunos de esos cabrones alemanes con armas. ¿A qué disparan? ¿A las ovejas?
—Ya conoces a los alemanes. Son como los estadounidenses: quieren matar todo lo que se mueve.
Ambos se echaron a reír.
No llegó nadie más para coger el autobús y pronto avanzaban traqueteando por la estrecha carretera, flanqueada por altos taludes de turba.
Varios conejos sobresaltados corrieron delante del vehículo, zigzagueando de un lado a otro hasta que pudieron escabullirse por algún hueco.
Una débil luz solar se filtró entre las nubes oscuras cuando el autobús llegó a San Blas.
Las calles estaban vacías, pero Segundo se agachó en los escalones hundidos de la entrada para que no pudieran verlo desde la acera.
El conductor arqueó una ceja y agitó un dedo.
—¿Vas a cazar furtivamente?
—No se lo contarás a nadie, ¿verdad?
—Claro que no. Quien les robe cuenta con mi bendición.
Continuaron atravesando el pueblo y salieron por el otro extremo.
Un bosque apareció ante ellos, negro y amenazador; los árboles húmedos y sus ramas goteantes impedían el paso de la luz.
La carretera terminaba de manera abrupta al borde de los árboles, como si le faltara valor para continuar.
El conductor abrió la puerta y dejó a Segundo al final del camino.
—¿Seguro que es aquí? A mí me parece un lugar siniestro.
—Es aquí. Muchas gracias.
El conductor dio media vuelta para regresar a San Blas y saludó a Segundo por el retrovisor hasta que lo perdió de vista.
Había varios vehículos aparcados bajo los árboles junto a la carretera, pero ni rastro de sus ocupantes.
Segundo no veía ningún motivo para que estuvieran allí, así que se internó en el bosque y encontró una hondonada desde la que podía vigilar los coches y la colina.
Sacó del bolsillo un trozo de plástico, lo extendió sobre la tierra y se tumbó encima.
Se camufló con hojas y se dispuso a esperar.
A pesar del plástico, el frío le calaba hasta los huesos y tiritaba para entrar en calor.
***
Sam se despertó con dolor en los pechos.
Los sentía calientes, hinchados y molestos; sin duda era un síntoma de su embarazo, ahora indeseado.
Empezaría a vomitar de un día para otro.
Su estado de ánimo no podía empeorar, aunque achacárselo al embarazo parecía un tanto ingenuo.
La ironía de la situación en la que se encontraba la ponía casi histérica.
Los Nazis planeaban implantarle un bebé que no quería cuando ya llevaba dentro otro al que tampoco deseaba.
¿Cómo había ocurrido? La anticoncepción siempre había sido una prioridad para ella.
No entendía por qué era tan distinta de las demás mujeres que conocía.
Incluso Gloria, la aventurera, la inconformista, anhelaba el hijo que no podía tener.
¿Por qué la idea de tener un bebé le resultaba tan ajena cuando la mayoría de las mujeres de su edad eran como bombas de relojería?
¿Y ahora iba a convertirse en la madre de Hitler?
Ahí había material para un programa satírico.
En otra ocasión, Alfredo habría disfrutado de la broma, pero, a juzgar por su aspecto, no era el momento.
La puerta traqueteó y Boris Klein entró acompañado de Kurt Becker. Sam retrocedió y Alfredo le pasó un brazo protector por los hombros.
—Necesitamos una muestra de sangre —dijo Becker.
—Estarás de broma —dijo Sam.
—Podemos hacerlo por las malas o por las buenas —dijo Klein.
Sam sopesó sus opciones. Segundo ya debía de estar de camino. Si conseguía entretenerlos durante un día, quizá tuvieran alguna posibilidad de que los rescataran. No tenía sentido acabar herida. Tal vez necesitara huir corriendo.
—De acuerdo —dijo—. No saques demasiada. La necesito.
Se remangó. Klein la agarró mientras le pasaba una mano por el pecho. Aquel gesto deliberado hizo que una oleada de miedo le recorriera la espalda.
—No me toques —siseó— o te arrepentirás.
—Ja, al menos la zorra británica tiene agallas —dijo él.
—Deja de hacer el idiota, Boris. Siéntate mientras saco la muestra. Kurt Becker empujó a Boris hacia la puerta. Sam se tranquilizó y se sentó en la cama, ofreciéndole el brazo. Alfredo, que había permanecido en silencio, se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Aguanta. No estás sola.
—Pronto lo estarás —dijo Boris—, sola y de camino a Argentina. Allí nunca te encontrarán.
—¡Cállate! —dijo Becker, y empujó a Boris al pasillo. Cerró la puerta tras él para que Sam y Alfredo no pudieran oír lo que decía.
—¿Por qué no vas al pueblo y preguntas en el hotel si hay novedades? —le dijo—. Tenemos que realizar el procedimiento cuanto antes y marcharnos de aquí antes de que se reduzcan nuestras opciones.
—¿Qué hacemos con el doctor Vargas?
—Lo dejaremos aquí. Puedes matarlo mañana. Mantiene tranquila a Sam, y eso es vital ahora mismo.
—Estupendo. Estoy deseando librarnos de ese cabrón que se cree superior.
—Y, por el amor de Dios, deja de provocar a Sam. A mí no me parece indefensa. No veo miedo en sus ojos, solo furia. Yo que tú vigilaría mis pelotas.
***
Tras pasar varias horas escondido en la hondonada del bosque, Segundo estaba helado hasta los huesos y sentía los pies como bloques de hormigón.
De pronto oyó lo que parecía el sonido de una cerradura al abrirse.
Contempló atónito cómo se abría una puerta en la hierba de la ladera.
Le costaba distinguir su contorno a plena luz del día, incluso sabiendo que estaba allí.
Un hombre corpulento, de pelo gris y perilla, salió al exterior protegiéndose los ojos, seguido por un guardia que llevaba un viejo uniforme que parecía haber conocido tiempos mejores y empuñaba una pistola.
Se dirigieron hacia una camioneta mientras hablaban en voz alta.
A Segundo aún le costaba entender lo que decían.
—…mañana, creo. Prepárate para marcharte entonces.
—De acuerdo, señor Klein. ¿Voy con usted?
—No, quédate aquí. Puede que el doctor Becker te necesite.
El hombre de la barba subió a la camioneta y se alejó, y el guardia regresó al interior con paso indolente.
Segundo esperó hasta que hubo cerrado la puerta y luego avanzó sigilosamente entre los árboles para ver mejor la entrada.
Un plan empezó a tomar forma en su cabeza, pero necesitaba confirmar que Sam y Alfredo estaban retenidos en el interior de la colina.
La rodeó por detrás y descubrió un gran depósito de gasóleo oculto bajo unos arbustos frondosos.
Al acercarse, oyó el traqueteo de un generador de gran tamaño, encajado en la ladera para amortiguar el ruido.
El único indicio exterior de su existencia era el humo que salía del escape.
Se aproximó con sigilo y reptó hasta la cima de la colina, donde encontró varios conductos excavados verticalmente.
Los Nazis los habían revestido de espejos.
Se tumbó boca abajo e intentó colocar la cabeza en el ángulo correcto para mirar por el agujero.
Una sombra cruzó su campo de visión. ¡Alfredo! Los había encontrado. Sam tenía razón.
A regañadientes, le reconoció el mérito de haber localizado la colina en las fotografías aéreas.
Él no habría sabido por dónde empezar. Habría sido estupendo alertarlos de su presencia, pero temía que alguna otra persona pudiera verlo.
Continuó inspeccionando la colina, deslizándose por la hierba como una pitón.
Por otro de los agujeros vio un laboratorio donde un anciano manipulaba unos tubos de ensayo.
No podía creer la suerte que tenía. El cuartel general nazi estaba atendido por dos viejos y un guardia que pasaba la mayor parte del tiempo dormido.
Decidió eliminarlos uno por uno y regresó sigilosamente a su escondite.