Capítulo 35
A Sam casi se le revolvió el estómago cuando Alfredo le contó la muerte de Saúl.
—Pero ¿por qué lo mataron?
—Ya no lo necesitaban. Resultó herido de muerte cuando intentamos escapar y no hicieron nada por salvarlo. Además, por ser judío, carecía de valor en su nuevo mundo. Jamás habrían perdido el tiempo intentando salvarlo.
—¿Están usando sus dedos para practicar cómo crear a Hitler?
—Sí, eso lo resume bastante bien. Le cortaron un dedo a Hitler cuando se suicidó y lo han conservado desde entonces mientras perfeccionaban sus técnicas de clonación.
El doctor Becker se ha mostrado muy franco respecto al plan, dado que también piensa matarme a mí.
Que hayamos encontrado su escondite los ha puesto muy nerviosos. Están haciendo planes para marcharse.
—¿Marcharse? ¿Cuándo?
—Quién sabe. No pueden irse antes de completar su misión.
—Pero ¿cómo lo harán? No tienen tiempo de traer aquí a nadie para utilizar su útero. ¿Dónde van a...?
Sam dejó de hablar. De pronto comprendió con absoluta claridad por qué la habían secuestrado.
—Dios mío, Alfredo, pretenden utilizarme como madre de Hitler.
—No digas tonterías. No eres alemana. ¿Por qué iban a utilizarte a ti?
—Según ellos, soy de ascendencia aria. No tienen otra opción.
—¿Cómo podemos impedírselo?
—Creo que quizá lleve la solución dentro de mí, pero no creo que eso vaya a salvarnos.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy embarazada. No pueden inseminarme si ya llevo un bebé dentro.
—Jesús, Sam, ¿cuándo ocurrió? ¿Estás segura? No pareces embarazada. De hecho, estás en los huesos.
Sam no quería hablarle de aquellos días tristes en los que habían creído que estaba muerto, cuando la comida les sabía a cartón y también se les había apagado el apetito.
En circunstancias normales, se habría alegrado de adelgazar.
Simon siempre refunfuñaba por sus hábitos alimentarios. Le gustaba que estuviera delgada.
—¿El padre es el insoportable de Simon?
—Me temo que sí. Olvídate de él. ¿Qué vamos a hacer? Segundo volverá dentro de un par de días. Tenemos que intentar seguir vivos hasta entonces.
—¿Y tu bebé?
—No volvamos a mencionarlo, por si nos oyen.
—Pero...
—No hay peros.
Se pasó los dedos por delante de la boca, como si cerrara una cremallera.
***
Kurt Becker estaba sentado a solas en su laboratorio, contemplando el recipiente cubierto de escarcha que tenía delante y que goteaba sobre la encimera.
Todo se reducía a aquello. Más de cuarenta años de secretos y preparativos iban a culminar en una prueba precipitada que casi con toda seguridad fracasaría.
Llevaba años posponiéndola porque la posibilidad de fallar lo aterrorizaba.
¿Y si destruía el dedo sin obtener ningún resultado?
Ahora no había alternativa. No podían garantizar que conseguirían sacar el recipiente del país sin que se descongelara.
Había demasiados riesgos ahora que los estaban buscando.
Sierramar había sido un lugar magnífico por muchas razones, pero, a la hora de la verdad, era demasiado primitivo: el suministro eléctrico poco fiable, las sequías periódicas, los corrimientos de tierra y las huelgas que bloqueaban las carreteras.
Ya no podían seguir valiéndose de la aldea de San Blas como tapadera.
Qué ironía que el judío y su amigo, el doctor Vargas, no hubieran comprendido dónde se metían y hubiesen destruido por pura casualidad un proyecto que llevaba tantos años desarrollándose a plena vista.
Se puso unos guantes y retiró la escarcha del cierre. Lo manipuló sin intentar forzarlo. Boris Klein apareció y lo observó forcejear con él.
—¿Estás preparado, Kurt?
—¿Preparado? ¿Cómo puede estar nadie preparado para esto?
—Vamos, viejo amigo. Puedes hacerlo. Lo has hecho cientos de veces.
—Sí, así es. Gracias. Tengo que hacerlo solo. Podrías desconcentrarme.
—Lo comprendo. No te molestaré. Avísame si necesitas ayuda.
Kurt Becker asintió. Oyó cerrarse la puerta a su espalda.
El recipiente le pesaba en las manos y le costó aferrar bien el cierre.
Se abrió con un chasquido al igualarse la presión del aire y un pequeño tubo metálico se deslizó hasta caer sobre la mesa.
Parecía intacto, sin daños pese a haber pasado cuarenta años en distintos congeladores, pero solo había una forma de comprobarlo.
Con sumo cuidado, Becker desenroscó la tapa y sacudió el tubo para verter su contenido en una placa de Petri grande.
Del tubo salió una sustancia viscosa y gris, seguida de algo parecido a un pedazo de goma arrugada, que cayó en el centro de la placa.
El dedo gris, con la uña medio desprendida, parecía momificado.
Lo tanteó con el bisturí mientras el pavor se apoderaba de él.
Alargó el brazo hacia la mesa de trabajo, cogió un frasco de solución salina esterilizada —con la misma concentración de sal que la sangre— y roció el dedo.
Después eliminó la sustancia viscosa moviendo el apéndice dentro del líquido.
A continuación lo trasladó a otra placa de Petri, que llenó con más solución salina.
El dedo se negaba a adquirir un color más saludable y parecía una ramita en el lecho de un arroyo.
Tapó la placa y metió el dedo en la nevera.
Media hora después, el dedo se había rehidratado y presentaba un aspecto algo mejor.
Becker cortó un fragmento minúsculo del extremo y lo maceró en solución salina.
Depositó una gota del líquido resultante sobre un portaobjetos y la cubrió con una laminilla de vidrio.
Después lo colocó bajo el potente microscopio.
Inclinado sobre la lente, buscó células enteras en el líquido.
Solo veía una sopa gris con fragmentos del contenido y de la estructura celular.
Aquella prueba fallida no le preocupó, pues había cortado el fragmento del extremo mismo del dedo.
Era inevitable que esa parte estuviera descompuesta hasta cierto punto.
Volvió a la mesa y diseccionó el dedo con cortes precisos hasta alcanzar el tejido interno.
El material más fresco tampoco parecía encontrarse en muy buen estado, pero pudo distinguir algunas células enteras en el líquido, que trasladó a solución salina limpia.
Colocó la placa de Petri con el líquido bajo el microscopio y utilizó una micropipeta para perforar la membrana de una célula.
Con sumo cuidado, empleó la pera de goma de la misma pipeta para aspirar el contenido celular.
Después volvió a apretar la perilla, expulsó el contenido en la solución salina y lo examinó.
Estaba intacto, pero tenía un desagradable color gris.
Quizá necesitaran más hidratación. ¿Sería viable?
¿Cómo podía saberlo? No tenía tiempo para comprobarlo.
Sacó otra placa de Petri de la nevera. Contenía los óvulos vacíos extraídos de mujeres alemanas que se sometían a tratamientos de fertilidad en Calderón.
Un colega los había ido recogiendo durante varios meses y los había mantenido congelados para enviarlos a San Blas.
Cuando Kurt Becker cuestionó la ética de utilizar los óvulos sin permiso, Klein desestimó sus objeciones.
—¿Quién va a echar de menos un par de óvulos?
Utilizó una micropipeta limpia para retirar uno de los óvulos vacíos y lo colocó en otra placa de Petri, junto a las células del dedo.
Después aspiró el contenido de otra célula del dedo y lo inyectó con sumo cuidado en el óvulo.
Con extrema cautela, lo retiró y lo depositó en una nueva placa de Petri, medio llena de solución salina.
Repitió el procedimiento hasta obtener veinte óvulos con un nuevo contenido.
El sudor le goteaba de la frente mientras tapaba la placa de Petri.
Metió en la nevera el dedo y las demás células, cada cual en su placa.
Después vertió los óvulos recién inyectados en una placa templada por la que circulaba una débil corriente eléctrica.
Se sentó, agotado por el esfuerzo. Su reloj marcaba casi la medianoche.
Se sentía como el doctor Frankenstein. ¿Crearía un monstruo?
Nunca se lo había planteado. Durante todos aquellos años, echando de menos a su familia y trabajando por el bien del Reich, jamás se le había ocurrido preguntarse si aquello era una buena idea.
El Führer había sido un líder excepcional, pero cabían pocas dudas de que padecía depresión crónica y un toque de locura.
¿Y si su locura era genética? Se frotó los ojos.
No era momento de echarse atrás. Había terminado todo cuanto podía hacer aquella noche.
Limpió el laboratorio y las superficies con meticuloso cuidado.
Al salir del laboratorio, se topó con Boris Klein, que lo esperaba sentado en una silla.
—¿Está hecho? —preguntó.
—Sí, el proceso de fusión está en marcha. ¿Le inyectaste las hormonas a la mujer?
—Sí, mientras dormía en el coche.
—Solo deberían hacer falta uno o dos días para que ovule y su útero acepte los óvulos.
—Es una joven muy atractiva. Me gustaría encerrarme con ella en una habitación durante una o dos horas.
—¿Te has vuelto loco? Ni se te ocurra tocarla. ¿Y si la dejas embarazada? Es nuestra única oportunidad, y ya de por sí es muy remota.
—Crucemos los dedos, entonces. ¿Qué probabilidades tenemos de éxito?
—No sabría decirlo. Ahora está en manos de los dioses.