La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Sam se despertó en el asiento trasero del coche mientras atravesaban San Blas.

Le daba vueltas la cabeza y estuvo a punto de vomitar.

Cuando logró abrir los ojos, pensó que estaba alucinando.

Por las ventanillas del coche vio lo que parecían casas de muñecas.

Intentó incorporarse y llamó la atención de Boris Klein, que la empujó para obligarla a quedarse tumbada boca abajo en el asiento trasero.

Le dolía el brazo, como si la hubieran vacunado.

¿Le habría dado alguna piedra del corrimiento de tierras?

¡El corrimiento! ¿Dónde estaban Gloria y Segundo, y por qué iba en un coche con gente a la que no había visto en su vida? ¿Qué demonios estaba pasando?

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois?

—¡Cállate! Quédate quieta y no te haremos daño —dijo Franz Schmidt.

—¿Qué ha pasado?

—La tierra se movió —dijo Boris Klein, y soltó una risa perversa y entrecortada.

Permaneció inmóvil, tratando de comprobar si tenía alguna extremidad dañada. Examinó cuanto la rodeaba en busca de un arma o alguna vía de escape. Horrorizada, vio lo que parecía sangre en el surco de la costura del asiento, cerca de su cara.

—¿De quién es esta sangre?

—Será tuya si no te callas.

Los hombres se rieron entre dientes por la ocurrencia de Klein.

Sam vio su mochila en el suelo, debajo del asiento del copiloto.

La fue arrastrando hacia sí centímetro a centímetro y abrió la cremallera poco a poco con un dedo, amortiguando el sonido.

Metió la mano en el bolsillo principal y buscó su navaja.

En el fondo de la mochila palpó una caja.

¿Qué demonios era aquello? Entonces recordó el regalo de su padre.

Sacó la caja de la mochila, extrajo el dispositivo eléctrico contra mordeduras de serpiente y se lo metió en el calcetín.

Volvió a introducir la mano en la mochila y encontró la navaja, que guardó en el bolsillo lateral de sus pantalones caqui.

Había algo de chocolate escondido en uno de los bolsillos, pero sabía que lo olerían si lo desenvolvía por accidente, así que lo dejó en la mochila.

Salieron del pueblo y se detuvieron al borde de un bosque.

Sam vio los árboles y decidió echar a correr.

Tiró con fuerza de la manilla de la puerta cuando redujeron la velocidad, pero el seguro para niños estaba puesto.

La puerta no permaneció cerrada mucho tiempo.

Boris Klein la abrió y arrastró a Sam por el asiento tirando de su camiseta, que se le subió por encima de los pechos y los dejó expuestos a su mirada lasciva.

Ella agarró la prenda y volvió a bajársela, fortalecida por la furia.

—Yo no me molestaría —dijo él—. Puedo tomarte cuando me dé la gana.

Le metió las manos por debajo de los brazos y la sacó del coche, dejándola caer al suelo. El impacto disipó cualquier ilusión de escapar que aún albergara.

—Levántate —dijo él— y entra por esa puerta.

—¿Qué puerta?

Pero entonces vio una grieta oscura que se abría en la colina y la luz fluorescente de un pasadizo que se adentraba en ella.

—¿Puedo llevarme la mochila?

—¿Crees que soy idiota? La agarró, vació su contenido y se quedó con la cámara y el pasaporte, dejándole el chocolate, las bolsitas de té y algo de ropa interior limpia.

—¡Cógela! Le dio un fuerte empujón y ella avanzó a trompicones hacia la puerta. El hecho de haber acertado respecto al edificio secreto no le sirvió de consuelo cuando entraron y la puerta se cerró a sus espaldas.

***

Segundo regresó al punto de la carretera que había bloqueado el corrimiento de tierras.

La preocupación por Gloria y la inquietud por la suerte de Sam y Alfredo hicieron que pasara de largo sin percatarse de que alguien había despejado el obstáculo, empujándolo fuera de la carretera y por el mismo precipicio que el coche de Alfredo.

Varios kilómetros más adelante se dio cuenta de lo ocurrido.

Aquella fue la primera experiencia de Segundo con la eficiencia alemana.

Pero ¿por qué habían despejado la carretera, si el corrimiento impedía a la perfección que la gente llegara a San Blas?

Debían de estar planeando una huida inminente; de lo contrario, habrían dejado el obstáculo en la carretera.

Tenía que ser la única vía de entrada o salida de la zona.

Los Nazis debían de saber que quienes los buscaban tenían una idea bastante aproximada de dónde estaban.

Intentarían escapar en los próximos días. Tenía que actuar deprisa.

Las luces de Lago Verde le dieron la bienvenida después de dos largos días en la carretera.

Necesitaba comer algo y acostarse enseguida.

Se dirigió a la posada donde se había alojado años atrás y descubrió que seguía abierta.

Como no sabía cuándo volvería a dormir, quería descansar antes del enfrentamiento final.

El dueño reparó en su estado de agotamiento y le diagnosticó un hambre extrema.

Le sirvió una cena enorme, con montañas de arroz y pollo, seguida de gruesas rebanadas de pan de plátano y café.

Después de comerse todo cuanto había en la mesa, Segundo subió a su habitación y cerró la puerta.

Se tumbó en la cama, frotándose el vientre hinchado y gimiendo de placer.

Lo asaltó el sentimiento de culpa por cómo había tratado a Sam.

Había sido grosero con ella porque se sentía desplazado, sin reconocer siquiera los esfuerzos de la joven por incluirlo en la misión.

Se propuso no ser tan duro con ella cuando la rescatara.

Don Sanchez tenía razón: era un cavernícola.

***

Alfredo no daba crédito a lo que oía. Corrió hacia la puerta de su habitación y pegó la oreja al metal.

—Suéltame, gilipollas. ¿Dónde está Alfredo? ¿Qué le habéis hecho?

—¿Sam? —dijo, y después alzó la voz—. Sam, ¿eres tú?

—¿Alfredo? ¡Suéltame, cabrón!

—Boris, deja que la mujer vea a su amigo. Quizá eso la tranquilice un poco.

El tono aterciopelado del doctor Becker pareció surtir el efecto deseado. Sam dejó de gritar. El sonido de una llave en la cerradura hizo que Alfredo diera un salto hacia atrás. La puerta se abrió de par en par. Sam estaba allí, desaliñada y furiosa, con los ojos llameantes. Se zafó de Boris Klein.

—¡Alfredo! Creía que estabas muerto. Todos lo creíamos. Quiero decir...

A pesar de sí misma, rompió a llorar y se quedó sollozando en el pasillo, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo. Alfredo salió de la habitación y la abrazó. Las cálidas lágrimas de Sam le mojaron las mejillas.

—¿Qué haces en Sierramar? —preguntó.

—Buscarte —respondió ella entre lágrimas.

—Pero ¿cómo me has encontrado? —dijo él, atónito—. No me lo puedo creer.

—Es una larga historia —dijo ella.

—Y no tendrá un final feliz —dijo Klein.

—Qué vulgar eres, Boris. Deja que disfruten de su momento. Al doctor Vargas no le quedan muchos.

Becker se volvió para regresar al laboratorio.

—Y trae algo de comer para los dos —dijo.

Klein los empujó al interior de la habitación de Alfredo y cerró la puerta de un portazo. Lo oyeron farfullar mientras se alejaba.

Sam se apartó de Alfredo y lo examinó.

—Tienes un aspecto horrible —dijo.

—Gracias. Tú tampoco estás para tirar cohetes. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Dónde está Gloria? ¿Está contigo?

—Está con Segundo. Íbamos de camino a rescatarte cuando nos separó un corrimiento de tierras provocado por los Nazis. Creo que resultó herida, pero no de gravedad.

—Pobre Gloria. Es toda una heroína. Con razón la quiero. ¿Dónde están ahora?

—Segundo la llevó al hospital. Se asegurará de ponerla a salvo antes de venir a buscarnos. ¿Qué demonios está pasando aquí? Esto parece una película de terror de serie B.

—No andas muy desencaminada. Comamos primero. Creo que necesitarás fuerzas para lo que voy a contarte.