Capítulo 33
Incluso con Gloria al volante, el viaje duró horas.
La lluvia había empeorado el estado de las carreteras, y el agua acumulada ocultaba los baches, volviéndolas peligrosas a cualquier velocidad.
Atravesaron un pueblo cuyos habitantes seguían por las calles una imagen de la Virgen María.
Aquello las retrasó una hora, pero hasta Gloria disfrutó del espectáculo.
Personas diminutas, algo más grandes que los enanos, desfilaban detrás de la Virgen ataviadas con elaborados trajes.
Las mujeres llevaban pesadas faldas de fieltro con varias capas de enaguas y blusas de encaje blanco.
Calzaban alpargatas que no parecían ofrecer protección alguna contra las inclemencias del tiempo.
La mayoría de los hombres vestían pantalones con un corte parecido al de los bombachos, chalecos multicolores y camisas holgadas.
Los adultos lucían bombines o sombreros trilby de fieltro.
Mientras desfilaban, entonaban cánticos con unas voces nasales, agudas y extrañas.
Detrás de ellos, una banda de metales con instrumentos antiguos y abollados tocaba a todo volumen canciones populares del país, animada por una botella de ron que circulaba a espaldas del sacerdote.
Sam sacó fotografías a hurtadillas por la ventanilla, procurando que nadie reparase en ella.
Sabía por experiencia que a los habitantes de las montañas de Sierramar no les gustaba que les hiciesen fotos.
Mientras avanzaban muy despacio hacia la salida del pueblo, una mujer se acercó al coche y pidió dinero. Gloria le entregó unas monedas del portavasos situado en la consola que separaba los asientos. La mujer intentó agarrarle la mano e insistió pese a que Gloria trataba de marcharse.
—¿Qué quiere? —preguntó Sam.
—Leerme la buenaventura.
—No puede hacer ningún daño. Deja que lo haga. Al menos no parecerá tanto que esté mendigando si le pagas por un servicio.
—De verdad, Sam, a veces creo que eres pariente de la madre Teresa —dijo Gloria, aunque sacó la mano por la ventanilla. La anciana la contempló, recorrió las líneas con el índice y murmuró una especie de invocación. Empezó a hablar, pero no en español.
—¿Segundo? ¿Entiendes lo que dice?
—Habla en quechua. Dice que tendrá una larga vida y que tendrá hijos.
Gloria retiró la mano de golpe, furiosa y alterada, pero la mujer no dejó de hablar.
—Un gran peligro os aguarda en las montañas. Deberíais regresar.
Sam sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y se extendió por sus brazos. Se le erizó el vello. De haber sido supersticiosa, habría hecho caso de la advertencia.
—Vieja estúpida. Vámonos —dijo Gloria mientras aceleraba el motor. Este se caló.
—Los espíritus intentan decirnos algo —dijo Sam, medio en broma.
Gloria giró la llave y volvió a arrancar el motor.
Salió a toda velocidad del pueblo sin decir palabra.
Sam se sentía fatal. Debería haber sabido que todas las adivinas vaticinaban matrimonios felices e hijos a las mujeres.
Era previsible y, aun así, había caído de lleno en la trampa. Dale al cliente lo que quiere. ¡Mierda!
Gloria fumó tres cigarrillos seguidos, encendiendo cada uno con las brasas del anterior.
Conducía con una determinación sombría, a solas con sus pensamientos y con la preocupación grabada en el rostro.
Alfredo tenía que seguir vivo; no podía ser de otro modo.
Una doble muerte sería más de lo que podría soportar.
Sam resistió la tentación de ponerle una mano en el hombro y darle un apretón.
Por fin llegaron al lugar del accidente, a las afueras de Lago Verde.
La cinta policial que ondeaba con la brisa, enredada en la hierba del arcén, aún permitía identificarlo.
Una excavadora trabajaba en la ladera situada por encima de la carretera.
Parecía estar abriendo un acceso a una hacienda ubicada más arriba.
Sam y Gloria bajaron del coche y se acercaron al borde del precipicio.
La policía había encontrado el amasijo calcinado del coche de Alfredo sobre una repisa rocosa, sostenido por unos arbustos a unos cincuenta metros de profundidad.
El informe señalaba que probablemente alguien había empujado el coche por el precipicio, pues no había marcas de frenado en la carretera que indicasen un accidente.
Las llamas del incendio todavía ennegrecían la pared del barranco.
Los arbustos habían impedido que el vehículo se precipitase hasta el fondo y quedase fuera de su alcance para siempre.
—Esto no nos dice gran cosa —dijo Sam.
—Vaya sorpresa —dijo Segundo, dándose la vuelta.
Sam se mordió la lengua cuando un estruendo llegó desde arriba.
Se volvieron hacia el sonido y vieron un corrimiento de tierra que se precipitaba por la ladera con estrépito hacia ellos.
Sam se arrojó a un lado, y Segundo y Gloria, al otro.
Gloria gritó cuando una roca la golpeó y cayó al suelo.
Segundo corrió a ayudarla a apartarse. Seguía cayendo material sobre la carretera, separándolos de Sam, que había quedado atrapada al otro lado.
—¿Se encuentra bien, Sam? —dijo Segundo, tratando de verla entre el polvo y la tierra.
—Sí, no estoy herida.
De pronto oyeron que un coche derrapaba hasta detenerse sobre la gravilla, en el lado del corrimiento donde se encontraba Sam, y que se abrían sus puertas. Sam empezó a gritar. —¡Eh! ¡Soltadme! ¡Socorro! Segundo, me están secuestrando. Son ellos. Haz algo.
Pero el primer deber de Segundo seguía siendo para con Hernan Sanchez.
—Tengo que llevar a la señorita Gloria a un hospital. Volveré, Sam. Sea fuerte.
—No, no me dejes aquí.
Pero Segundo no respondió. Una mano áspera apretó un trapo contra el rostro de Sam y ella perdió las fuerzas. Alguien la metió a la fuerza en un coche y se la llevó. Gloria oyó el motor e intentó ponerse en pie.
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está Sam?
—No se preocupe por ella. Volveré para rescatar a Sam y a Alfredo.
—Pero, Segundo, no podemos dejarlos aquí.
—Tiene un brazo roto. Debe ir al hospital. Y yo tengo que decirle a su padre que está a salvo.
—¿Qué le ha pasado a Sam?
—Alguien se la ha llevado. El corrimiento de tierra no ha sido un accidente.
—Podrían habernos matado. No quiero dejar a Sam con esa gente.
—Tenemos que llevarla al hospital. Confíe en mí, señorita Sanchez. Ahora sé dónde están; todo saldrá bien.
Segundo le inmovilizó el brazo a Gloria con una toalla y la ayudó a sentarse en el asiento delantero del coche. Una vez que la hubo acomodado, subió y condujo hasta la carretera principal. Cada bache le arrancaba a Gloria un gruñido de dolor, pero no se quejó.
—¿Se encuentra bien, señorita Sanchez? —dijo Segundo.
—Conduce más deprisa. Tienes que volver a por Sam.
—No puedo conducir deprisa. Su brazo...
—Olvídate de mi brazo. Te ordeno que aceleres.
Gloria volvió a vomitar de camino al hospital, pero Segundo no se detuvo.
Le entregó una caja de pañuelos de papel sin hacer ningún comentario.
Por fin llegaron a la localidad grande más cercana.
Se encontraba en el corredor principal de los Andes, al sur de Calderon.
Contaba con la ventaja de tener un aeropuerto local y un hospital, por lo que Hernan Sanchez podría volar hasta allí y ahorrarse las molestias de un largo viaje por carretera.
Segundo condujo hasta el hospital y entró corriendo para pedir ayuda.
Llevaba la ropa cubierta de tierra por el corrimiento y tuvo dificultades para convencer a los paramédicos de que salieran.
Cuando encontraron a Gloria, esta se había deslizado fuera del asiento y fumaba un cigarrillo con el brazo sano.
El brazo lesionado le colgaba a un lado en un ángulo extraño.
—Deja de armar tanto alboroto, Segundo —dijo—. Estoy bien.
—Tiene que apagar ese cigarrillo si quiere entrar —dijo el paramédico.
—¿Tienen una habitación privada?
—Sí, señora. ¿Tiene tarjeta de crédito?
—Mi padre es Hernan Sanchez.
—Aun así, necesitamos su tarjeta.
Después de que llevasen a Gloria a urgencias para tratarle el brazo, Segundo llamó a Hernan Sanchez.
—Hola, don Sanchez, soy yo, Segundo.
—Segundo, no esperaba tener noticias tuyas tan pronto. ¿Hay algún problema?
—No exactamente, señor. Se ha producido un corrimiento de tierra sobre la carretera y una roca ha golpeado a Gloria. Está herida.
—¿Herida? ¿Es grave?
—Señor, está bien. Solo tiene una fractura en el brazo izquierdo.
—Dios mío, sabía que sería demasiado peligroso. Nunca debería haberla dejado ir.
—¿Tenía usted elección, señor?
Hernan se rio. —No, supongo que no. Es tan terca como yo. ¿Y Sam?
—Me temo que el corrimiento ha sido provocado. Alguien la ha separado de nosotros deliberadamente y se la ha llevado en un coche.
—¿Crees que han sido los Nazis?
—No lo sé, señor, pero no puede haber sido una coincidencia.
—Qué horror. ¿Dónde estáis? ¿Hay algún aeropuerto cerca?
—Estamos en los Llanos. Los médicos me han dicho que hay un vuelo diario desde Calderon hacia el mediodía. Debería venir mañana a visitar a Gloria, pero yo tengo que regresar hoy para buscar a Sam y a Alfredo. Recuerdo la disposición del terreno de cuando usted y yo construimos la carretera.
—De eso hace mucho tiempo. Espero que puedas llegar a tiempo.
—Si le parece bien, saldré ahora hacia Lago Verde. Tengo que vigilar el escondite de San Blas para averiguar cuántos hombres hay allí y trazar un plan. No se preocupe por mí. Ni treinta hombres podrían impedirme rescatar a la señorita Sam y al señor Alfredo.
—Ten cuidado, Segundo. Para mí eres de la familia. Mañana por la mañana tomaré el primer vuelo para ir allí. Gloria estará bien hasta entonces. Por favor, vuelve y rescata a los demás.
—Gracias, don Sanchez. Estoy orgulloso de trabajar para usted. No le decepcionaré.
Segundo colgó el teléfono y encontró a Gloria sentada en la cama, con el brazo escayolado. Tenía un moratón violáceo en el pómulo.
—Señorita Sanchez, tengo que marcharme ya. No volveré si no traigo conmigo al doctor Alfredo y a la señorita Sam. Su padre tomará el próximo vuelo. Debería llegar mañana por la mañana.
—Segundo, no te preocupes por mí. Cada minuto cuenta. Buena suerte.