Capítulo 32
Sam y Gloria llegaron al cruce donde Segundo Duarte aguardaba mientras caía la noche.
El hombre de confianza de Hernan Sanchez merodeaba ante una tienda del pueblo engalanada con cestas de fruta y balones de fútbol colgados en bolsas de red.
Una mujer se santiguó al pasar junto a él camino de la tienda, pues a su alma supersticiosa le repelía su rostro surcado de cicatrices.
Él no le dedicó una segunda mirada y se acercó al coche con una mochila al hombro y un cigarrillo en la boca.
—Buenas noches —dijo, inclinando la cabeza, y después añadió—: ¿Cómo está, señorita Sanchez? Como siempre, estoy a su servicio.
—Segundo, cuánto me alegro de verte. Sube.
Sin hacer caso a Sam, se acomodó en el asiento trasero del todoterreno y arrojó el cigarrillo a la cuneta con un golpe de dedo mientras cerraba la puerta.
—Señor Duarte, buenas noches —dijo Sam, decidida a no quedarse al margen—. Me llamo Sam.
—Ya sé, lo mismo a usted. (Lo sé, igualmente).
No la miró a los ojos ni reparó en que ella lo observaba con franco interés y que no se había santiguado ni había mostrado curiosidad alguna por su cicatriz.
—Vámonos. Deberíamos llegar al hostal antes de medianoche —dijo Gloria, que no había percibido el frío que se notaba en el aire.
Quitó el freno y se internaron en la penumbra.
Puso la música a todo volumen, lo que hacía imposible conversar.
Sam se preguntó qué pensaría Segundo de Fleetwood Mac.
Estaban cantando «You Make Loving Fun», y Sam pensó en Simon y en el bebé, y en si Alfredo viviría para conocerlo.
Aún no le había confesado a Gloria el resultado de la prueba de embarazo y, cuanto más tiempo pasaba, más difícil le parecía hacerlo.
Le resultaba irónico haberse quedado embarazada con tanta facilidad, mientras que la pobre Gloria, que todavía albergaba la esperanza de tener hijos, jamás podría concebirlos.
Quería hablar de sus sentimientos cambiantes respecto a la situación y a Simon, pero el trauma reciente de Gloria hacía que aquello pareciese trivial en comparación, así que mantuvo sus conflictos bajo control.
Como de costumbre, el paso del tiempo la llevó a reconsiderar su decisión de abandonar a Simon, sobre todo porque no veía a nadie a quien le fuera mejor con los hombres.
Ninguna relación se libraba de atravesar momentos difíciles.
¿Debía quedarse con el diablo conocido o descubrir las flaquezas de otro hombre?
¿Debía preferir a Simon, incapaz de resistirse a un cuerpo seductor, antes que a un hombre como Alfredo, incapaz de resistirse a una botella tentadora?
A Sam le costaba hacer concesiones. Tenía principios firmes y esperaba que los demás también se atuviesen a ellos.
Pensaba que, si ella resistía la tentación, su pareja debía hacer lo mismo.
Su voluntad de hierro la había llevado a triunfar contra todo pronóstico, pero a menudo también la hacía desgraciada, pues le resultaba difícil aceptar que los simples mortales eran mucho más propensos a sucumbir ante las opciones fáciles.
Después de conducir durante seis largas horas, se detuvieron en el mismo hostal donde se habían alojado Saul y Alfredo.
Llegaron cansados y hambrientos. Era casi medianoche, pero convencieron al dueño, que se había quedado bebiendo con dos amigos en su propio bar, para que les calentara unos cuencos de sopa que había sobrado de la cena.
Gloria interrogó al propietario acerca de Saul y Alfredo.
—Sí, recuerdo a esos caballeros —dijo—. Estuvieron hablando y bebiendo hasta altas horas de la madrugada.
—¿Cuándo? —preguntó Gloria.
—Oh, no lo recuerdo; quizá hace dos semanas.
—¿Adónde se dirigían?
—Iban a San Blas, pero tenían pensado alojarse en Lago Verde de camino. Me dijeron que necesitarían una habitación a la vuelta, pero nunca aparecieron. Supongo que fueron a otro sitio. Al americano le interesaba la cultura local. Quizá fueran al mercado indígena de San Marco.
Sam consiguió hablar a solas con Segundo. No entendía por qué habían empezado con mal pie, pero quería mejorar la comunicación entre ambos. Era imposible calcular cuánto podrían llegar a necesitarse durante el viaje.
—Me alegro de que esté con nosotras. El señor Sanchez confía en usted. ¿Lo conoce desde hace mucho?
—Lo suficiente.
—¿Lo conoció en Calderon?
—¿Por qué me hace preguntas sobre eso? No es asunto suyo.
Gloria, que acababa de reunirse con ellos, intervino.
—No seas grosero con Sam. Solo intenta ser amable. Segundo conoció a mi padre cuando este lo salvó a él y a su familia de las garras de un usurero que tenía secuestrado a su hijo para exigir un rescate. Segundo buscaba trabajo y mi padre lo contrató para construir una carretera o algo así.
—Construimos la carretera a San Blas.
—¿San Blas? Pero es allí adonde vamos. Qué casualidad —dijo Sam.
—Eso es todo: una casualidad —dijo Segundo—. Alguien amenazó a mi familia, el padre de Gloria se enteró y se ocupó de ellos. Trabajo con él desde entonces.
—El señor Sanchez es una leyenda —dijo Sam.
—Es un hombre especial —dijo Gloria.
—Amén —dijo Segundo.
Sam no tenía la sensación de haber hecho progreso alguno, pero al menos ahora comprendía aquella lealtad fanática.
Compartía habitación con Gloria. Permanecían tumbadas una junto a la otra en sus camas individuales, completamente despiertas a pesar de la hora.
El resplandor del cigarrillo de Gloria se intensificaba en la oscuridad cada vez que su amiga daba una calada.
Por lo general, Sam se habría quejado de que fumase en el dormitorio, pero no tenía ánimo para hacerlo.
—¿Crees que sigue vivo? —preguntó Gloria.
—Sí. Si estuviera muerto, lo habrían metido en el coche con Saul. Parece que intentaban despistarnos.
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué iban a despeñar a Saul con un cadáver cualquiera dentro del coche?
Podrían haberlo arrojado por el precipicio a él solo.
Y, además, ¿por qué prender fuego al coche?
Creo que quemaron los cuerpos para retrasar su identificación.
Esperaban que la policía diese por sentado que el cadáver pertenecía a Alfredo y lo publicase en los periódicos. Enviaron un mensaje.
—¿Un mensaje? ¿A quién?
—A nosotras. Deben de saber que les hemos descubierto. No sé cómo, pero tienen que saberlo. Es la única explicación. Intentan impedir que vayamos a San Blas a buscar a Alfredo fingiendo que ya está muerto.
—Entonces, ¿intentaban ganar tiempo? Pero ¿para qué?
—Es un misterio. No tengo ni idea de por qué no huyen a Argentina si se han dado cuenta de que los hemos descubierto. Tiene que haber algún motivo por el que permanecen en San Blas cuando deberían marcharse. Pero no imagino cuál puede ser.
—Tiene que ser importante.
—Lo bastante importante como para matar por ello. Debe de estar relacionado con aquellos extraños edificios subterráneos que vimos en las fotografías aéreas.
—Espero que no sea demasiado tarde.
—Vamos por buen camino.
—No creo en Dios, pero estoy rezando mucho.
—Te entiendo.
A la mañana siguiente, desayunaron al amanecer. Pese a la hora, por una vez Gloria se despertó de un humor radiante. No le sirvió de mucho, porque cuando llegaron los huevos revueltos le dieron arcadas y salió fuera tambaleándose. Segundo gruñó y alargó la mano hacia su plato.
—Aquí no se tira nada —dijo.
Sam encontró a Gloria fumando un cigarrillo fuera.
—¿Estás bien? —preguntó Sam.
—Estoy bien. Habré pillado un virus estomacal. No te preocupes por mí.
—Voy a terminarme el desayuno antes de que lo haga Segundo. Deberíamos marcharnos en cuanto estemos listas.
—Ahora mismo voy.
Sam volvió al interior y se sentó frente a Segundo, que se estaba comiendo lo que quedaba del desayuno de Gloria.
—¿Qué buscamos cuando lleguemos allí? —preguntó él.
Sam metió la mano en la mochila y sacó la fotografía aérea del laboratorio oculto. Se la entregó a Segundo, quien le echó un vistazo y se la devolvió de un manotazo.
—Es una colina —dijo—. ¿Por qué es importante una colina?
—¿Ve esas figuras? —dijo ella, señalando la fotografía—. Llevan batas de laboratorio. Esa colina está al otro lado de San Blas, al final de la carretera que conduce al bosque.
—He estado allí antes. Entonces no vi ningún edificio.
—Creemos que alberga un laboratorio subterráneo. Si no, ¿por qué está aparcado aquí este camión? ¿Ve la sombra? Podría ser una puerta.
Segundo gruñó. No quedó claro si en señal de asentimiento o de desdén.
—Puede que Alfredo tropezara con un laboratorio de drogas o algo parecido y que lo tengan cautivo dentro de la colina.
—¿Por qué iban a retenerlo?
—No lo entendemos.
—No sabe gran cosa, ¿verdad?
—No hace falta que sea grosero. Estoy haciendo todo lo que puedo.
—No entiendo por qué mandaron a una chica a hacer el trabajo de un hombre.
Para su sorpresa, Sam comprendió que estaba celoso de ella porque hacía su trabajo: proteger a la familia Sanchez. No tenía tiempo para discutir.
—Soy una mujer, no una chica, y sin mí usted no habría descubierto nada. Me da igual caerle bien o no, pero tenemos que colaborar en esto antes de que sea demasiado tarde.
—Aunque me diga el sentido común que no lo haga.
Sam le permitió tener la última palabra y fue a pagar el hostal.
Cuando salió con su bolsa, Gloria ya aceleraba el motor con impaciencia.
Su indisposición estomacal no parecía haber dejado secuela alguna.
Segundo estaba sentado atrás, con el sombrero cubriéndole la cara, echando una cabezada.
Sam subió al coche y metió una cinta cualquiera en el reproductor.
—Vámonos, entonces. Tardaremos unas cinco horas en llegar al lugar donde se estrelló el coche —dijo Gloria.
—¿A una velocidad demencial o ridícula?
—Cállate, gringa.