Capítulo 31
—Hay un paquete para usted, señor Vega —dijo la recepcionista, echándose el pelo hacia atrás y obsequiándolo con una sonrisa fulminante.
Ramon Vega, que había cruzado a toda prisa el vestíbulo del hotel de Miami para evitarla, regresó de mala gana al mostrador.
—¿Un paquete? Excelente.
Ella se lo tendió sin soltarlo y se quedó mirándolo. Se produjo un silencio incómodo.
—Gracias, Silvia —dijo él, arrancándoselo de las manos—. Se lo agradezco mucho.
—Que tenga un buen día —respondió ella con una falta de sinceridad que lo hizo sentirse aún más culpable.
¿Acaso era culpa suya que a las estadounidenses les encantaran los latinos?
Prácticamente le había suplicado que le prestara atención y ahora él tenía que soportar su mirada resentida.
Había pensado cambiar de hotel, pero la posibilidad de que Hernan Sanchez se arrepintiera y le enviara su informe de investigación lo había retenido allí.
Ahora su suerte había cambiado. Reconoció el peso y el grosor de su informe dentro del sobre de la empresa de mensajería.
Gloria debía de haber convencido a su padre para que se lo enviara.
Tenía que conseguir que se publicara, y sabía dónde.
Sin abrirlo, dio media vuelta y atravesó de nuevo la puerta giratoria para salir al aguacero.
El conserje del hotel le consiguió un taxi y él subió de un salto, tras darle un par de dólares de propina.
—Lléveme a las oficinas del Miami Herald , por favor.
—¿Las de la bahía de Biscayne?
—Sí, esas mismas.
Durante el trayecto hasta las oficinas, Ramon sacó el informe del paquete y volvió a leer algunos fragmentos.
Contenía información explosiva, y su vida jamás volvería a ser la misma después de entregarlo.
¿Podré siquiera volver a casa? ¿Puedo solicitar el estatuto de refugiado en Miami?
¿Por qué había cambiado de opinión Hernan Sanchez?
—Ya hemos llegado, señor.
—Gracias. Quédese con el cambio.
Ramon se dirigió a las puertas principales y entró sin que nadie lo detuviera. Se acercó con desenvoltura a recepción, luciendo su mejor sonrisa, y miró a la mujer a los ojos bajo el oscuro flequillo que le caía sobre la frente.
—Buenas tardes. Necesito ver a Guido Luna, por favor.
Por una vez, su irresistible encanto no surtió efecto.
—Me temo que el señor Luna está reunido. ¿Tiene cita?
Decidió cambiar de táctica.
—No, no la tengo. Pero es una cuestión de vida o muerte.
—¿De vida o muerte? Eso parece grave. Ella le sonrió.
—Lo es —dijo él, poniendo su mejor cara de cachorro triste, esa que siempre funcionaba con las esposas de otros hombres.
—Mmm, déjeme ver qué puedo hacer.
—¿Hola, Nadia? Sí, tengo aquí a un hombre que dice que necesita hablar con Guido Luna. —Tapó el auricular con la mano—. ¿Cómo ha dicho que se llama?
—Ramon Vega.
—Dice que se llama Ramon Vega. No, no tiene. De acuerdo.
Colgó el teléfono.
—Guido no puede recibirlo hoy. Está ocupado. ¿Puede volver mañana? Podría intentar concertarle una cita.
—No, es urgente. Necesito verlo hoy.
—Lo siento, señor. Es imposible. —Al ver la auténtica desolación en el rostro de Ramon, añadió—: Suele fumar un puro por la tarde en el banco que hay fuera, junto a la entrada. Pero no le garantizo nada.
La reunión se prolongó durante más de una hora, pero Ramon estaba tan absorto leyendo su informe que no reparó en el paso del tiempo.
Esperó sentado al sol en el banco situado frente al edificio del periódico.
El sudor le empapó la camisa y le resbaló hasta los pantalones.
Por fin, un hombre bajo, con un bigote poblado y una abundante mata de pelo gris, salió por la puerta giratoria y encendió un puro.
Fumaba a rápidas caladas, como si estuviera impaciente por acabarlo.
El olor acre llegó hasta el banco e hizo que Ramon arrugara la nariz y buscara su procedencia.
Tenía que ser Guido Luna. Ahora o nunca.
Ramon se levantó y se acercó a él con la mano extendida.
—¿Señor Luna?
Guido Luna ignoró la mano que Ramon le tendía y sus penetrantes ojos grises lo recorrieron de arriba abajo, abrasándole la carne.
—Sí. ¿Y usted es...?
—Ramon. Ramon Vega, a su servicio, señor.
—Bien, ¿qué quiere, señor Vega? Soy un hombre ocupado.
No parecía ocupado, pero Ramon no era tan estúpido como para señalarlo.
—Tengo una exclusiva para usted.
—¿Una exclusiva, eh? Eso está por ver. Tiene treinta segundos.
—Tengo pruebas de que hay un grupo de Nazis fugitivos escondido en las montañas de Sierramar.
Guido Luna volvió la cabeza de golpe para mirarlo.
—¿Habla en serio?
—Se lo juro por mi vida.
—Es un cebo irresistible para un periodista. ¿Quizá ya lo sabía?
Examinó el rostro de Ramon en busca de algún indicio de engaño, pero no encontró ninguno. Dio una profunda calada al puro y después lo arrojó a la papelera con expresión compungida.
—Más le vale no estar tomándome el pelo. Ese puro era cubano.
—No, señor, hablo en serio. Es una cuestión de vida o muerte.
—Venga, hablaremos en mi despacho.
Cuando Ramon terminó de hablar, Guido se pasó los dedos por la mata de pelo gris. Encendió un cigarrillo y se recostó en la silla.
—¡Santo Dios, hombre! Esto es dinamita. ¿Cómo es que nunca habíamos oído hablar de esto? ¿Dónde están esas pruebas que mencionaba?
Ramon le entregó el informe. —Solo tengo una copia —dijo—. Le agradecería que hiciera una fotocopia y me devolviera el original.
—¡Nadia! —gritó Guido, y ella apareció al instante. Ramon se preguntó si habría estado escuchando a escondidas—. Hazme una copia de esto ahora mismo. ¿Quieres un café, Ramon?
No quería. —Sí, por favor —dijo.
Mientras Nadia copiaba el documento, bebieron sus cafés, cada uno sumido en sus pensamientos.
—Si publico un artículo sobre estas revelaciones, imagino que las cosas podrían ponerse difíciles para usted en su país —dijo Luna.
—Ya es tarde para echarse atrás. Yo diría más bien que podrían mejorar.
Guido asintió. Nadia le entregó el original a Ramon, y Guido dejó la copia sobre el escritorio.
Se inclinó sobre el documento y lo hojeó, deteniéndose a contemplar las fotografías y los demás facsímiles.
Silbó dos veces y negó con la cabeza. Por fin, alzó la mirada con los ojos brillantes. Parecía diez años más joven.
—¡Una exclusiva! Hacía años que no conseguía una exclusiva de verdad.
Salió disparado del despacho, dejando atrás a un Ramon sobresaltado.
—Volverá —dijo Nadia—. Estará intentando incluirla en la edición de mañana.
—¡Que paren las rotativas! —dijo Guido, que había regresado a la misma velocidad con la que se había marchado—. Bueno, es demasiado tarde para la edición de mañana, pero prepararemos una maqueta de la portada y un reportaje a doble página para el día siguiente. ¿Qué le parece?
—Excelente. Gracias.
—Le pagaré por la exclusiva. Después le haremos una entrevista como seguimiento.
Se frotó las manos con júbilo. —Esto les enseñará a no darme por acabado —dijo sin dirigirse a nadie en particular.
Nadia sonrió de oreja a oreja.
—Acompaña a Ramon a la salida. Lo esperamos aquí mañana a las diez para hacerle una fotografía y entrevistarlo. Estaré aquí esta noche por si necesita algo.
—Gracias.
—El placer es mío.
De vuelta en el hotel, Ramon telefoneó a Hernan Sanchez.
—Señor Sanchez, soy Ramon. He recibido el documento.
—Eso es estupendo, Ramon. Siento muchísimo no habértelo enviado de inmediato. Ha hecho falta una tragedia para que entrara en razón.
—¿Una tragedia? ¿Qué ha pasado?
—Hubo un accidente de coche cerca de Lago Verde y encontraron dos cadáveres calcinados. La policía nos dijo que uno de ellos era Alfredo. Guardamos luto por él durante tres días.
—¿Alfredo? Dios mío.
—No te alarmes. La autopsia demostró que no podía ser él. Pero no hay duda de que pretendían hacernos creer que lo era. Mi hija y una amiga suya han salido en su busca.
—¿Es una buena idea? Ellas también podrían estar en peligro. Jamás imaginé que mi investigación conduciría a esto.
—He enviado con ellas a mi hombre de confianza, así que deberían estar a salvo, pero quiero una garantía. Decidí que, si publicábamos el informe, los Nazis ya no tendrían ningún motivo para mantener en secreto su presencia. Ahora depende de ti. ¿Cuánto tardaremos en verlo en las portadas?
—Hoy he conseguido entrar en el Miami Herald y he hablado con uno de sus periodistas más veteranos.
Ha accedido a escribir un artículo sobre mi informe.
Pasado mañana, la revelación de que hay Nazis escondidos en Sierramar, así como la complicidad del gobierno en ocultarlos, será noticia de portada.
—Espero que no sea demasiado tarde. Intenté impedir que las chicas fueran a buscar a Alfredo, pero mi hija es muy testaruda.
—En cuanto tenga una copia del artículo, la enviaré por fax a todos los periódicos de Calderon. ¿Puede ayudarme, por favor?
—En lo que sea.
—Necesitaré los números de fax.