La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 30
74%

Capítulo 30

Holger Ponce rebuscó en un cajón de su escritorio y sacó una agenda.

Hojeó las páginas, sudando de agitación.

Cuando encontró el número que buscaba, acercó el teléfono y marcó.

A pesar del cuidado con que marcó los números, tuvo que intentarlo varias veces antes de conseguir línea.

El tono agudo que indicaba la congestión de las líneas parecía atravesarle el cráneo.

Notaba que el corazón se le encogía en el pecho, presa del pánico.

El teléfono sonó durante casi un minuto antes de que Boris Klein respondiera, jadeando como si hubiera estado corriendo.

—¿Diga? Klein al habla.

—¿Boris? Soy Holger Ponce. Tengo que hablar contigo. He recibido información importante de Kleber Perez.

—¿Quién?

—Kleber, el chico que trabaja conmigo en el Ministerio.

—Ah, sí, ese chico. ¿Qué tenía que decir?

—Ha estado vigilando el bloque de pisos donde vive la hija de Hernan Sanchez y la ha visto marcharse con la inglesa. Viajaban en un coche cargado de provisiones. Cree que se dirigen a San Blas para buscar al doctor Vargas.

—¡Joder! ¿No publicaste el artículo como te dije?

—Sí, salió en la portada del periódico. La señorita Sanchez no le hizo caso. No es culpa mía.

—No, lo siento, pero sigue siendo un desastre en cuanto a los plazos. Ya estamos tan cerca...

—He pensado que debía avisarte con tiempo. Supongo que tardarán un par de días en llegar.

—Como mínimo. Gracias, Holger. Puedes engañar a algunas personas durante algún tiempo, pero no a la señorita Sanchez. Debe de haber recibido alguna información que la llevó a pensar que el doctor Vargas no estaba muerto.

—¿Qué quieres que haga?

—Necesito que presiones a Hernan Sanchez. Seguro que ella llama a su padre desde la carretera. Adviértele de las consecuencias si se arriesga demasiado.

—Lo llamaré ahora.

—Ah, y Holger, ¿qué edad tiene la gringa?

—Espera, tengo una copia de su pasaporte por aquí.

Abrió de nuevo el cajón y sacó una hoja de papel.

—Según su pasaporte, tiene unos treinta años.

—¿Es blanca?

—Sí, y aquí dice que tiene el pelo castaño y los ojos verdes. ¿Adónde quieres ir a parar?

—No es asunto tuyo. Ponte en contacto con Hernan Sanchez y haz cuanto puedas para obligarlo a impedir que siga entrometiéndose.

—Lo haré.

Holger Ponce colgó el teléfono y encendió un cigarrillo.

Dio varias caladas largas, reteniendo el humo en los pulmones hasta notar que se le ralentizaba el pulso y remitía el pánico.

Apagó el cigarrillo, volvió a abrir la agenda y buscó el número de Hernan Sanchez.

Marcó con cuidado, escuchando los chasquidos al registrarse cada cifra.

—¿Diga?

—¿Hernan? Soy Holger Ponce.

Una voz malhumorada preguntó:

—¿Qué quieres ahora?

—Tu hija ha partido hacia San Blas. Nada bueno puede salir de esto. Quiero que le digas que regrese.

—¿Cómo te has enterado? ¿Has ordenado que la vigilen?

—No es asunto tuyo. No puedo responder de su seguridad si no se detiene ahora.

—¿Qué demonios está pasando ahí abajo, Holger? Esto se está descontrolando. ¿No puedes hacer algo?

—Están trabajando en un proyecto de alto secreto desde hace cuarenta años. Esa gente es fanática y yo no puedo detenerla. Debes decirle a tu hija que vuelva a casa antes de que sea demasiado tarde.

—¿Y quién dice que vaya a llamarme?

—Se pondrá en contacto contigo. Por su bien, esperemos que lo haga. Esas carreteras son peligrosas. Mira lo que le pasó al doctor Vargas.

—¡Cabrón! ¿Cómo te atreves a amenazarme? Si le ocurre algo, te cortaré la polla y te la meteré por la garganta.

—Ya no está en mis manos. Te aconsejo que sigas las instrucciones o no me responsabilizaré de lo que ocurra.

Colgó antes de que Hernan Sanchez pudiera responderle.

***

Sanchez soltó una maldición y arrojó el auricular sobre la horquilla.

Aquello se estaba descontrolando. Por mucho que confiara en que Segundo Duarte mantendría a salvo a las mujeres, no podía arriesgarse a que les sucediera nada.

Cuando había construido la carretera a San Blas, no había visto indicio alguno de que ocurriera nada extraño.

Le había impresionado la rapidez con que los alemanes construían el pueblo, pero no le habían permitido presentar ofertas para ninguno de los contratos de allí.

No podía imaginar qué podía ser tan secreto y tan mortífero para quien lo descubriera.

Tenía que haber algo que pudiera hacer para equilibrar las fuerzas.

Ojalá hubiera alguna forma de desenmascararlos.

Entonces recordó el informe de Ramon Vega.

¿Qué mejor manera de destapar toda aquella podredumbre que revelar la verdadera identidad de esas personas?

Eso las obligaría a abandonar el proyecto y huir del país.

Fue al tocador de su esposa y volvió a sacar el informe.

Buscó el número de DHL en la guía telefónica, llamó y pidió que fueran a recoger un documento para enviarlo de inmediato a Miami.

Después metió el informe en un sobre y lo selló con cinta adhesiva.

Fue a la cocina y lo dejó sobre la mesa.

—¿Rosa? El mensajero de DHL llegará dentro de una hora más o menos. ¿Puede darle este sobre, por favor?

—Por supuesto, señor.

Todavía se sentía algo alterado y presa del pánico.

Al publicar una información tan incendiaria, se expondría a las críticas que esta provocaría.

Se sintió tentado de cambiar de opinión, pero su hija era su vida.

Para sorpresa de Rosa y del guardia de seguridad del edificio, salió a dar un paseo para calmar los nervios.

Hacía años que no iba andando a ninguna parte y se sentía cohibido.

Tardó un poco en coger el ritmo, pero no tardó en acelerar el paso.

Dio la vuelta a la manzana y se detuvo a tomar un helado en la pizzería.

Para cuando regresó a casa, se había calmado, aunque la sangre aún le hervía.

Ya estaba más que harto de Holger Ponce.

Esta vez aquel cabrón caería, pero no antes de que las chicas estuvieran a salvo.

***

La noche cayó sobre San Blas, donde el doctor Becker y Boris Klein cenaban en el hotel. Klein devoró la cena, para disgusto de Kurt Becker, un hombre muy puntilloso con los buenos modales. Habló antes de tragar, ofreciendo a Becker una vista nada apetecible de su último bocado.

—La zorra de Sanchez viene hacia aquí con la inglesa. Creen que pueden rescatar al doctor Vargas. Esto es una farsa absoluta.

—Está empezando a parecer un culebrón.

—Sin embargo, me atrevo a sugerir que nos brinda una oportunidad.

—¿En qué sentido?

—La inglesa es la incubadora perfecta. Es anglosajona y tiene treinta y tantos años. No quería que empleara a una no aria. La sangre del Führer no debe contaminarse.

—Pero no podemos retenerla aquí. La encontrarán.

—He estado pensando que deberíamos contactar con Argentina. Ya va siendo hora de que nos traslademos allí. Sierramar ya no es seguro. ¿Cuánto le falta?

—En teoría, estoy listo. A este paso, quizá solo tengamos una oportunidad.

—No puedo creerlo. Después de tantos años de trabajo, un judío, un borracho y un indio podrían frustrar nuestros planes en el último momento.

—Parece un chiste.

—No tiene ninguna gracia. Prepárese para la implantación. No podemos permitir que nada salga mal.