La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Hernan Sanchez le gritó a su hija. Trató de convencerla. Se lo suplicó. Pero Gloria no cambió de opinión.

—Papi, tengo que ir. Cuando mamá enfermó de cáncer, ¿no removiste cielo y tierra para salvarla? Alfredo es el amor de mi vida. Tengo una segunda oportunidad de ser feliz porque ha sobrevivido. Debo ir.

—Pero ¿y si te pasa algo?

—¿Y si hay una erupción mientras estoy fuera? La vida en Sierramar está llena de riesgos. Lo que no abunda es el amor, y para mí eso es más importante.

—Eres muy testaruda. ¿No vas a cambiar de opinión?

—Voy a ir, y Sam también.

—¿Llevaréis a Segundo?

—¿Puedes llamarlo ahora?

—Sí. Prométeme que harás caso de lo que diga y que no te pondrás en peligro.

—Te lo prometo.

—Por favor, ten cuidado. Y avísame de que estás a salvo.

—Papi, no sé si habrá teléfono en alguno de los pueblos, pero te llamaré tan a menudo como pueda.

***

—¿Segundo? El viaje vuelve a estar en marcha. Necesito que esperes al coche en el cruce de San Francisco —dijo Hernan Sanchez.

—De acuerdo, jefe, allí estaré —dijo Segundo Duarte.

—Mi hija viajará con Sam Harris. ¿La recuerdas?

—No llegué a conocerla, jefe. Llevé a Gloria y a Mike de vuelta a la ciudad antes de que ella saliera de la selva con Alfredo el año pasado.

Hizo una pausa. Hernan aguardó.

—Siento preguntarle esto, pero ¿también la necesitamos a ella? Otra mujer en el viaje solo aumentará las dificultades.

—Sinceramente, Segundo, a veces no entiendo de dónde sacas esas ideas de cavernícola. Tanto mi hija como la gringa son mujeres inteligentes y con recursos. Gracias a ellas averiguamos dónde retienen a Alfredo. Por favor, no dudes de mí. Gloria siempre está más segura cuando Sam está cerca.

—Sí, jefe, lo siento. Supongo que el siglo XX me dejó atrás.

Pero no lo sentía. Segundo consideraba que las mujeres solo daban problemas y entorpecían a los hombres. Siempre se santiguaban cuando se cruzaban con él y lo hacían sentirse como un monstruo por su boca torcida. No necesitaba la ayuda de una gringa que probablemente ni siquiera hablaba español.

***

En Londres, Hannah abrió la puerta y se encontró a su madre en el umbral.

—Hola, mamá. ¿Te esperaba? Tengo una memoria terrible.

Su madre pasó junto a ella abriéndose camino y entró directamente en la cocina, donde llenó el hervidor.

—¿Mamá? ¿Pasa algo?

Su madre se volvió, aferrándose a la encimera que tenía detrás para sostenerse, y la miró a los ojos.

—¿Cómo puedes preguntarme eso? Tú eres quien debería saber qué pasa.

El pánico se apoderó de Hannah. Dios mío, lo sabía. Pero ¿cómo? No encontró nada apropiado que decir.

—¿Qué quieres decir?

—A mí no me engañas con esa actuación, jovencita. Sabes perfectamente a qué me refiero. Tú y el señor Baboso. Os vi.

—Tomamos un café juntos. ¿Y qué? ¿Es que no puedo tomarme un café con Simon si me apetece? Podrías haber entrado y haberte unido a nosotros.

—¿Unirme a vosotros? ¿Estás loca? La semana pasada os vi haciendo algo más que tomar café: besándoos en plena calle como adolescentes. ¿Cómo has podido? ¿Y tu hermana?

Hannah se dejó caer en una silla. La situación era mucho peor de lo que había imaginado. No había forma fácil de salir de aquella conversación.

—¿Nos viste besándonos? ¿Cuándo?

—¿A quién le importa qué día fue? Estabas besándote con el novio de tu hermana a las nueve de la mañana. Salió de tu casa. Es condenadamente obvio que pasó la noche contigo. Tú aún llevabas el albornoz. No me mientas.

Hannah suspiró. Ni siquiera una mentirosa empedernida como ella podía inventar una explicación razonable para aquello.

—Mamá, lo siento, ocurrió. Es difícil resistirse a Simon, y yo había estado bebiendo cuando apareció en mi casa. ¿Qué más puedo decir?

—Eres una mala persona y estás intentando utilizar el alcohol como excusa. ¿Y tu hermana? ¿No se te ocurrió pensar cuánto daño le haría esto?

—Sí, y decidí que no volvería a ocurrir, pero Simon y yo nos gustamos mucho. Somos más compatibles que ellos. No es la primera vez en la historia que un hombre seduce a más de una hermana de la misma familia.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes pisotear el corazón de Sam sin que te importe lo más mínimo? No lo entiendo. ¿Qué vas a decirle cuando vuelva a casa?

—Mira, mamá, no sé si esto durará mucho, pero teníamos que intentarlo porque cada vez que nos veíamos había algo entre nosotros. Necesitábamos explorar nuestros sentimientos para saber si eran reales.

—¿Y los sentimientos de Sam? ¿No le has hecho ya suficiente daño?

—Esa es la cuestión, mamá. Debería encontrar a alguien que no le hiciera daño, en vez de aferrarse con uñas y dientes a alguien que siempre le hará daño. Y tú tampoco me mientas. No crees que él sea lo bastante bueno para Sam. Sentirías alivio si ella rompiera con él de una vez por todas.

Matilda Harris suspiró. Hannah había dado en el clavo.

—Sí, eso es cierto. Pero ¿por qué tenías que ser tú? Para Sam es una traición doble. No lo entenderá. Y no te engañes: dentro de unos meses vendrás a llorar sobre mi hombro cuando él se aburra y encuentre a otra. ¿Cuánta compasión crees que recibirás de nosotras?

—Ya soy mayorcita y se me da esto mucho mejor que a Sam. Simon no puede engañarme.

Matilda negó con la cabeza. Su rostro era un collage de distintas expresiones que luchaban por imponerse. Finalmente, se encogió de hombros.

—Allá tú con las consecuencias.

***

Sam metió en la mochila lo imprescindible: una navaja, chocolate, una cámara, bolsitas de té, un sombrero flexible, el pasaporte y una botella de agua plegable.

En el último momento añadió el dispositivo eléctrico contra mordeduras de serpiente, por si acaso.

Se imaginó a su padre asintiendo con aprobación.

Una vez hecho el equipaje, se recostó en el sofá y contempló el volcán bajo su blanco manto de nieve.

Mientras Sam esperaba, Gloria revoloteaba por la casa, fumando un cigarrillo tras otro, cantando desafinada y echando cosas al azar en su bolsa.

De pronto guardó silencio y corrió al cuarto de baño. Sam la oyó tener arcadas.

—Gloria, ¿estás bien?

—Sí, eso creo. De repente he sentido náuseas. Supongo que será por la impresión de enterarme de que Alfredo sigue vivo. Es mucho que asimilar.

—Pobrecita. No puedo creer que tengas que pasar por esto.

—Fue mucho peor cuando creía que estaba muerto.

—Qué graciosa.

—¿Estás lista?

—Sí.

—De acuerdo, pues carguemos el coche. Segundo debería estar esperando en un cruce a las afueras de Calderon. Tenemos que intentar encontrarlo antes de que anochezca.

Salieron del garaje subterráneo a tiempo de evitar el tráfico vespertino. Gloria arrimó el coche a la acera y fue a hablar con el guardia de seguridad del edificio.

—Washington, estaré fuera unos días. Por favor, no deje subir a nadie al apartamento hasta que vuelva.

Él lo anotó en su registro mientras ella aguardaba con las manos en las caderas.

—¿Puedo preguntarle adónde va, señorita Sanchez, por si alguien pregunta?

—Voy a recoger al doctor Vargas —respondió ella.

Entonces recordó lo que les había dicho el inspector Torres y no dio más detalles. No vio a Kleber Perez, que estaba oculto detrás de una furgoneta, copiando en un papel la matrícula del coche. Tras subir de nuevo al vehículo, se volvió hacia Sam. —Bien, vámonos.

Cuando se marcharon, Kleber se acercó al guardia.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que la señorita Sanchez se ha marchado. Esperaba poder hablar con ella sobre Alfredo Vargas.

—Ah, bueno, creo que va a recogerlo —dijo el guardia.

—¿Dónde?

—Lo siento, no lo sé. ¿Quién es usted?

—Kleber Perez. Trabajo para el Ministerio de Obras Públicas. Necesitamos el asesoramiento del doctor Vargas para un proyecto que estamos llevando a cabo.

Washington no era un hombre instruido, pero tampoco era tonto.

Sabía que era improbable que el Ministerio de Obras Públicas consultara a nadie sobre nada.

Hacían lo que les daba la gana. Se enorgullecía de ser especialmente protector con la glamurosa señorita Sanchez y se consideraba su guardaespaldas.

—No estoy autorizado a decírselo —respondió.

A Perez le molestó no poder sacarle ningún cotilleo al guardia, pero vio la expresión obstinada del hombre y comprendió que no había nada que hacer.

Tenían que detener a las mujeres antes de que descubrieran la verdad por casualidad.

Fue directamente a la cabina telefónica más cercana y llamó a Holger Ponce.

—Ministro, siento molestarte, pero esa Sanchez y su amiga gringa han salido de Calderon en un coche cargado de provisiones. Parece que se dirigen a San Blas.

—¿Por qué van allí? ¿Es que no leen los periódicos? Hice que pusieran el artículo en primera plana. No puedo creer que sean tan obstinadas. Lo echarán todo a perder.

Kleber esperó mientras el ministro despotricaba.

—Lo siento, ministro, creen que Alfredo Vargas está vivo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Oí a la señorita Sanchez decírselo al guardia de su edificio. ¿Quieres la matrícula del coche?

—¿Qué? Ah, sí. Dímela.

—PG2 36S.

—Gracias, Kleber. Eso es todo. Me pondré en contacto contigo si te necesito.