La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Mientras permanecía tumbado en la cama aquella noche, Alfredo se preguntó si Gloria se habría dado cuenta de que ya debería haber regresado.

Se arrepentía cada vez más de no haberle dejado una nota detallada con su itinerario y el tiempo que estarían fuera, mientras repasaba todas las oportunidades que había desaprovechado para hablar con ella y decirle dónde iba a estar.

Gloria tenía recursos, pero no era adivina.

Sentía su ausencia como si le hubieran arrancado una parte del cuerpo.

Saber que iban a ejecutarlo no había mitigado el dolor que sentía en el corazón.

Aún confiaba en poder evitarlo de algún modo, pero, con lo que sabía ahora, tenía que ser realista.

El doctor Becker tendría que matarlo, y Boris Klein llevaría a cabo la ejecución sin el menor escrúpulo.

Qué lástima que malgastaran su talento en un laboratorio incrustado en la ladera de una colina en medio de ninguna parte, al servicio de una idea central concebida por unas mentes dementes ancladas en el pasado.

—Empezaremos por los fundamentos científicos de nuestro proyecto. ¿Ha oído hablar alguna vez de la clonación? —preguntó el doctor Becker.

—No, la verdad es que no. ¿Podría explicármelo con más detalle?

—Extraemos el ADN de una célula animal y lo inyectamos en un óvulo sin fecundar de la misma especie al que previamente se le ha extraído su propio ADN.

Después fusionamos el material genético con el óvulo mediante impulsos eléctricos.

Implantamos esa célula en un útero y dejamos que se desarrolle con normalidad.

—Recuerdo haber oído hablar de ello. ¿No estaban experimentando con ovejas? Que yo sepa, aún no han conseguido obtener una oveja adulta sana. Pero tenía entendido que se habían producido cientos de fracasos. ¿Es fiable esta tecnología?

—Ah, doctor Vargas, qué ingenuo es usted. Yo ya experimentaba con células humanas en Auschwitz antes de que su padre siquiera pensara en engendrarlo. Contamos con cincuenta años de investigación a nuestras espaldas. Nuestro primer cordero clonado nació hace muchísimos años.

—Pero ¿por qué realizan esta investigación en secreto? ¿Qué pretenden conseguir? ¿Están creando un rebaño de ovejas asesinas o algo así? ¿Una nueva arma secreta?

—Tiene que aprender a mostrar un poco de respeto, doctor Vargas. He oído que es usted un borracho. La bebida lo ha vuelto temerario.

—Si va a asesinarme de todos modos, prefiero morir luchando. Así que ¿por qué hacen esto?

—Tengo un deber sagrado que cumplir y necesito estar seguro al cien por cien de que podré llevarlo a cabo. Llevo años practicando y estamos al borde del éxito.

—¿Qué intentan clonar?

—Antes de decírselo, debo explicarle los antecedentes de este proyecto para que comprenda nuestros motivos.

—Lo escucho.

—Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin, nosotros, los miembros del Tercer Reich, comprendimos que debíamos aceptar la derrota o extinguirnos como cultura.

Yo formaba parte de un grupo de Nazis leales que juraron consagrarse a la misión de instaurar un Cuarto Reich cuando llegara el momento.

—¿Un Cuarto Reich?

—Sí. Un imperio mundial panario que abarque las tierras pobladas por pueblos de ascendencia europea.

Huimos de Alemania a varios países de Sudamérica para aguardar el momento de volver a intentarlo.

Ese momento se acerca gracias al papel dominante de Alemania en Europa.

Dentro de treinta años volveremos a gobernar el continente.

—¿Quién liderará ese Cuarto Reich? —preguntó Alfredo, temiendo estar sufriendo alucinaciones.

—Adolf Hitler.

Aquello convenció a Alfredo de que había entrado en un universo paralelo. ¿Tal vez le habían echado alguna droga en el café? ¿Estaba sumido en un sueño descomunal?

—¿El Adolf Hitler? ¿O un descendiente suyo?

—Solo hay un Adolf Hitler.

—Mire, no quisiera ser grosero, pero ¿no está muerto?

—El Führer nunca morirá.

—Entiendo que sus ideas puedan pervivir para siempre, pero a un fantasma le resultará difícil gobernar un imperio.

El doctor Becker sonrió. Fue una sonrisa tan malvada que Alfredo creyó que se le habían derretido los órganos.

—Si llevamos a cabo la fase final de mi investigación en las próximas dos semanas, tal como está previsto, tendrá treinta años.

Alfredo lo comprendió de golpe.

—Dios mío, ¿planean crear un clon? ¿Cómo?

A Alfredo le costaba aceptar lo que acababa de oír.

¿Podría deberse a un delirium tremens? Llevaba días sin beber.

¿Tal vez había imaginado todo aquel episodio?

¿Habían sufrido un accidente de coche? Quizá estuviera en coma y soñando.

Pero todo parecía tan real. Hasta las cucarachas resultaban convincentes.

No podía concebir que unos hombres adultos creyeran que debían reencarnar a un ser humano porque tenían uno de sus dedos, que habían mantenido congelado durante cincuenta años.

Su asistenta no guardaba carne en el congelador durante más de tres meses.

Y, lo que era peor, Kurt Becker, un hombre culto, un científico, había experimentado con sus prisioneros en los campos de concentración y ahora planeaba dejar embarazada a alguna mujer desprevenida con una célula clonada de Hitler.

Le costaba aceptar que un hombre tan refinado pudiera ser tan malvado, mientras que con Boris Klein le resultaba demasiado fácil.

—He repetido miles de veces los pasos necesarios para la clonación. Hemos conseguido crear embriones humanos, pero hasta ahora no los hemos implantado en un útero humano. No debería ser diferente del útero de una oveja. Se aplica el mismo principio.

—¿Así que para eso necesitaban los dedos?

—Sí, su amigo ya no los necesitaba. Además, tenía aproximadamente la misma edad que el Führer, así que tenía sentido practicar con su material genético. Lamento que le resultara tan angustioso.

—¿Y quién gestará ese bebé para ustedes?

—Es hora de almorzar, doctor Vargas.