Capítulo 27
Alfredo recobró el conocimiento en el suelo, temblando por una combinación de conmoción y frío en su minúscula prisión, con el cuerpo entumecido y dolorido.
Desde donde yacía, divisó un orinal bajo uno de los catres, rodeado de cadáveres de escarabajos y milpiés.
Alargó la mano, lo sacó y, apoyándose en la estructura de la cama para incorporarse, hizo sus necesidades en él y volvió a empujarlo debajo.
El orinal se atascó con algo que sobresalía del hormigón, y la orina se derramó por el borde, arrastrando algunos insectos por el polvoriento suelo. Resopló con asco.
Se sentó en el catre de enfrente y examinó el contenido de la habitación a la intensa luz de la luna que entraba por una claraboya encajada en un embudo revestido de espejos.
Había dos camas con mantas finas y una mesa bajo la cual se encontraba una silla de madera de aspecto endeble.
Las paredes estaban encaladas y la pintura se descascarillaba sobre el suelo, que estaba pintado de rojo y tenía un brillo extraño.
Del techo colgaba una única bombilla. Se quitó los zapatos empujándolos con los pies y los dejó caer entre las camas, pero no se quitó el resto de la ropa.
Se metió en la cama, preguntándose si estaría soñando.
Todo parecía real, pero le costaba concentrarse en lo que lo rodeaba, y eso lo hacía dudar de su existencia.
Le castañeteaban los dientes. Volvió a incorporarse y se inclinó para coger la segunda manta del otro catre y echársela por encima.
No había almohada, así que enrolló su chaqueta encerada, dejando el forro de algodón por fuera.
Tumbado bajo la luz de la luna, se obligó a cerrar los ojos y a acompasar la respiración, y pronto se quedó dormido.
A la mañana siguiente despertó agotado y desorientado, traumatizado por los sucesos de la noche anterior.
¿Dónde estaba Saul? Algo iba mal, pero no recordaba qué ni por qué dormía en aquella habitación diminuta.
Reparó en el puño de su camisa, cubierto de sangre seca.
Muchísima. ¿Estoy herido? No sentía dolor. Esperó a que sucediera algo.
Cuando alguien llamó a la puerta de su habitación, el miedo se apoderó de él y no respondió.
El corazón le latía desbocado, pese a que seguía tumbado en la cama.
Se subió las mantas hasta la nariz, dejando los pies al descubierto.
La puerta se abrió de par en par y un hombre se quedó allí, mirándolo.
Alfredo le devolvió la mirada. Creía conocerlo, pero aquello lo confundía.
Intentó ponerse en pie; la habitación empezó a dar vueltas y volvió a desplomarse sobre la cama.
—¿Se encuentra mal, doctor Vargas? Una voz flotó por la habitación. Alfredo sonrió cuando aterrizó en su cama y le ronroneó al oído. Después volvió a desmayarse.
Los primeros días de cautiverio transcurrieron sumidos en una bruma.
Sus captores no tardaron en comprender que sufría una conmoción.
El doctor Becker le hizo guardar cama bajo unas mantas viejas.
Le daban sopa y bebidas calientes y dulces mezcladas con somníferos.
Cuando emergía de aquel sopor, se sentía pegajoso y mugriento, aún vestido con la misma ropa manchada de sangre que llevaba la noche en que lo capturaron.
Examinó la habitación como si nunca la hubiera visto y se sorprendió al encontrar a Kurt Becker de pie en el umbral.
—Doctor Vargas, bienvenido de nuevo. ¿Cómo se encuentra hoy?
—Un trol se ha instalado en mi boca, pero, aparte de eso, no demasiado mal.
—Lamento comunicarle que su colega ha muerto y que usted no tardará en reunirse con él. Sin embargo, no veo por qué sus últimos días han de ser desgraciados. No se merece su destino; no era más que un peón en el juego del señor Rosen.
Alfredo asimiló la información. Se sentía en desventaja tumbado en la cama, así que intentó apartar las mantas y bajar los pies al suelo.
—¿Soy un muerto viviente? Entonces, ¿por qué me ha mantenido con vida?
—Puede que lo necesite.
—Es agradable sentirse necesario —dijo Alfredo con una insinceridad manifiesta que Becker no captó en absoluto.
—Bueno, aquí estoy solo, salvo por los guardias.
Si promete no escapar, le permitiré entrar y salir del laboratorio cuando le plazca.
Puesto que no existe posibilidad alguna de que llegue a contarle a nadie lo que estamos haciendo aquí, compartiré nuestra historia con usted.
Como historiador, ocupa una posición privilegiada para presenciar el nacimiento del futuro y llegar a comprender el pasado.
—Hasta que me mate.
—Sí, ese es el inconveniente, pero puedo hacer que no sufra.
—¿Tengo elección?
—No. Es decir, puede quedarse en esta habitación hasta que muera, si lo prefiere, pero esa es la alternativa.
A Alfredo se le ocurrió que quizá Kurt Becker estuviera aburrido y no se limitara a cumplir órdenes.
Si conseguía convencerlo de que asesinarlo no serviría de nada, quizá tuviera alguna posibilidad, y todo el mundo le decía siempre que era ingenioso y encantador.
La prueba de fuego de su carácter sería un examen que podía aprobar o suspender, solo que en este caso se jugaba la vida. Alfredo eligió vivir.
—Me encantaría desayunar algo —dijo.
—¿Comería huevos? —preguntó Becker, como si lo estuviera invitando a pasar un fin de semana en el campo.
El desayuno le supo delicioso. A Alfredo le avergonzó disfrutar tanto de la comida. Y el condenado devoró su última cena. El doctor Becker lo miró como si fuera a decir algo, pero se contuvo.
—¿Qué? —preguntó Alfredo—. ¿Qué quería preguntarme?
—Me preguntaba qué le había contado de mí nuestro amigo, el señor Rosen.
—Dijo que usted envió a su familia a Auschwitz y que él escapó del transporte, pero que su hermana y sus padres murieron en el campo de concentración. ¿Es verdad?
—Sí. Cumplía órdenes.
—Ah, la excusa de siempre. Espero que sea sincero conmigo; de lo contrario, preferiría morir ahora mismo —respondió Alfredo con voz lánguida.
El doctor Becker pareció sobresaltarse e, incapaz de encontrar una réplica adecuada, soltó una carcajada, lo cual desconcertó a Alfredo.
Se dio cuenta de que aquel hombre parecía un gato jugando con su presa, entusiasmado al verla alejarse lo suficiente para luego clavarle una zarpa en la cola y hacer el juego más emocionante. La resistencia es inútil, schweinhund.
El doctor Becker se levantó.
—Vamos, tráigase el café y le contaré una historia.
Entraron en el laboratorio y el doctor Becker señaló un viejo sillón.
—Siéntese ahí. Ah, tiene ropa limpia encima de la cama, y el retrete está al fondo del pasillo, a la derecha. En una esquina hay una ducha de mano con agua caliente. Es rudimentaria, pero funciona. Úsela cuando quiera. Por favor, no cometa ninguna estupidez o me obligará a pegarle un tiro.
Alfredo se sentó, cambió de idea y volvió a levantarse.
—Iré ahora, si no le importa —dijo.
Cuando Alfredo regresó de ducharse, el doctor Becker se había puesto la bata de laboratorio y un par de guantes quirúrgicos y estaba absorto en su trabajo.
Alfredo contempló horrorizado cómo retiraba la carne de lo que parecía un dedo.
Era largo, delgado y aún fresco. Sintió náuseas, cerró los ojos e intentó fingir que no lo había visto.
Pero, en su fuero interno, lo sabía. Ahora solo es carne.
Saul ya no está. Cuando abrió los ojos, vio que el doctor Becker seguía enfrascado en su truculenta tarea.
—¿Por qué vino aquí? —preguntó el doctor Becker—. ¿Qué esperaba conseguir?
—Investigábamos un informe según el cual un grupo de altos mandos nazis, buscados por la Comisión de Crímenes de Guerra, había escapado a Sierramar al final de la guerra.
Saul había oído que usted era uno de ellos y me reclutó para que lo ayudara a encontrarlo.
Mi amigo Ramon Vega me dio una copia de sus investigaciones, que corroboraban la historia de la llegada de los fugitivos, y después lo asesinaron en un incendio.
Supongo que no tendrá nada que ver con eso, ¿verdad?
El doctor Becker no respondió.
—Saul quería encontrarlo para vengar a su familia. No me contó su plan —dijo Alfredo—. Yo creía que intentábamos localizar al grupo entero.
—Estuvo a punto de conseguirlo.
—¿Qué ocurrió anoche?
—Querrá decir la semana pasada. Lleva días durmiendo. Disparó a Hans desde la mesa de operaciones y lo mató, me temo.
—¿No pudo salvarlo?
—¿A Hans? No.
—Me refería a Saul.
—No lo intentamos.
—¿Qué secreto era tan importante para que tuviera que morir? La guerra terminó hace décadas. ¿Por qué no lo salvó? No podía hacerle daño.
—Ya veo que no comprende lo que intentamos conseguir aquí. Ese par de idiotas estuvo a punto de echar por tierra nuestros planes.
—¿Conseguir? Creía que se escondían de las autoridades.
¿Y qué iban a conseguir en una aldea de los Andes dedicada a fabricar queso y donde todo el mundo llevaba pantalones de cuero?
—Qué lamentable. Estamos muy cerca, y por poco nos desbaratan los planes un par de ignorantes cazadores de gloria.
—Me molesta que me llame ignorante, aunque comprendo su punto de vista. No tengo la menor idea de lo que hace en este laboratorio. No esperábamos toparnos con un proyecto científico de aficionados dirigido por un puñado de nazis.
El doctor Becker lo fulminó con la mirada y se irguió en toda su estatura.
—Tenga cuidado, doctor Vargas. Si cruza la línea, no habrá vuelta atrás.
—Le pido disculpas. Me pongo sarcástico cuando estoy nervioso, y usted me tiene en desventaja.
—Lo comprendo. ¿Estudió en Inglaterra? Tiene un sentido del humor muy inglés.
—Eso me dicen. Lo tengo todo un poco borroso porque la cantidad de alcohol que consumí fue proporcional al número de células de la memoria que he aniquilado.
—Bueno, no necesitará recordar nada de esto. Empezaré por el principio, ¿le parece?
Los paralelismos con su conversación con Saul golpearon con fuerza a Alfredo, que estuvo a punto de echarse a llorar. Respiró hondo.
—Lo escucho.