La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

La culpa abrumaba a Hannah. Hasta entonces, siempre se había salido con la suya.

Al ser la hermana mayor y más guapa, de niña recibía muchas muestras de aprobación, lo que la hacía sentirse invencible.

Al principio, Sam no había sido rival para ella.

Hannah acaparaba toda la atención y Sam iba a su estela.

Aquello duró hasta el viaje a Sierramar y la aventura al más puro estilo Indiana Jones que vivió Sam.

Después, Hannah había perdido su ventaja, pues su trabajo anodino y su retahíla de novios sin ningún futuro palidecían al lado de la carrera de Sam.

Se había vuelto irascible y había recurrido al sabotaje para imponerse a su hermana a medida que dejaba de ser el centro de atención.

Sam, que no tenía ni un ápice de celos en el cuerpo, no se había percatado de aquel cambio, que la habría hecho sentirse incómoda.

Para Hannah, Simon había sido la gota que colmaba el vaso.

¿Qué demonios veía en Sam que Hannah no tuviera en mayor cantidad y de mejor calidad?

Desconcertada y envidiosa, aprovechó la oportunidad de demostrar su superioridad cuando Simon fue a su casa.

Él no le gustaba demasiado, aunque poseía un magnetismo animal que le revolvía el estómago.

Su intención había sido seducirlo y luego chantajearlo para que dejara a Sam de una vez por todas.

Estaba borracha en aquel momento y no había sopesado las consecuencias de su plan antes de que lo consumaran.

No esperaba que él acabara gustándole. Ni gustarle ella a él.

Cuando Sam le había soltado la bomba del embarazo, Hannah sintió pánico.

De algún modo, logró llegar al final de la conversación sin revelar la verdad.

Entonces asimiló la espantosa realidad de lo que le había hecho a su única hermana, que nunca le había hecho ningún daño y siempre la había apoyado.

Comprendió que Simon era un cobarde despreciable.

Había ido a su casa para hablarle del embarazo, pero se había distraído ante la posibilidad de echar un polvo rápido.

Ahora su propia libido lo había jodido. ¿Cómo iban a salir de aquella?

¿Y si Sam quería quedarse con el bebé? Peor aún, ¿volvería a hablarle alguna vez si se enteraba?

Solo había una cosa que hacer. Nada. Esperaría a ver quién cedía primero.

O Sam decidía no tener el bebé, o Simon tendría que contarle a Hannah la verdad sobre el embarazo de Sam.

En cualquier caso, si no hacía nada, no habría consecuencias para ella.

Podría apoyar a Sam durante el aborto si decidía someterse a uno, o culpar a Simon de haberla seducido aun sabiendo que Sam podía estar embarazada.

Tenía las de ganar si se quedaba de brazos cruzados.

Simon resultó ser el eslabón más débil y fue a su casa un par de días después. Hannah oyó sus tímidos golpes en la puerta mientras doblaba la colada en la cocina. Al abrir la puerta principal, le sorprendió encontrarlo allí plantado con un ramo de flores enorme. Aquello la irritó todavía más.

—¿Qué haces aquí?

A Simon se le descompuso la cara.

—Vaya. No es el recibimiento que esperaba.

—Supongo que imaginabas que me tumbaría en el recibidor con las piernas abiertas si me traías unas flores.

—Por favor. No digas cosas así. No es justo.

—¿Así que la injusta soy yo? Resulta curioso viniendo de un hombre al que se le olvidó contarme que su novia, mi hermana, está embarazada de él.

—¿Te lo ha contado? Dios mío. Déjame entrar. Tengo que explicártelo.

—Sí, más te vale, porque ahora mismo no entiendo nada. —Hannah se dirigió a la cocina, seguida de Simon con su regalo, que ya no servía de nada. Señaló con la cabeza un taburete de la cocina y volvió a doblar la colada.

—Bien, te escucho.

Simon rehuyó su mirada. Se estrujó las manos como si intentara exprimir la culpa de ellas.

—Es difícil de explicar. Siempre me has atraído, y cuando fuiste tan directa conmigo, pensé que sería la única oportunidad que tendría de estar contigo. Fue egoísta y estúpido.

—En eso tienes razón.

—Pero no la tengo. Porque ahora he estado contigo y te comprendo mejor. No quiero que sea la última vez.

—Pero Sam está embarazada. No puedes abandonarla.

—Sam no ha confirmado que esté embarazada.

Solo ha dicho que podría estarlo. Espero que no lo esté y, de todos modos, no hay ninguna posibilidad de que se lo quede.

Sam no tiene instinto maternal y, a decir verdad, eso formaba parte de su atractivo.

Para un hombre como yo, una mujer que no quiere casarse y tener hijos enseguida es toda una ventaja.

Pero las cosas que me gustan de Sam también las tienes tú. Y más.

—Entonces, ¿qué estás diciendo, Simon?

—Elegí a la hermana equivocada.

***

Matilda Harris, la madre de Sam, se angustiaba por su terrible secreto.

No había forma de que pudiera guardar silencio sin partirse en dos.

Por más que lo intentaba, no conseguía olvidar lo que había visto.

Una mañana temprano, de camino al centro, se había pasado por el piso de Hannah para devolverle algunas de sus pertenencias.

Al ser sábado, su hija estaría en casa, así que no se molestó en avisarla de que iba.

Se detuvo junto a la acera cerca de la casa donde vivía Hannah y vio que se abría la puerta principal.

Levantó la mano para saludar, pero quien salió fue Simon.

Aquello le pareció extraño, aunque no tanto como lo que sucedió después.

Hannah salió tras él en pijama. Simon se volvió, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente antes de marcharse.

Mientras se alejaba silbando, devolvió el saludo a Hannah sin ver a Matilda Harris en el coche aparcado junto a la acera.

—No podía creer lo que veían mis ojos —le contó a su marido—. Me quedé tan conmocionada que me agaché en el asiento para que no me viera.

—¿Qué dijo Hannah al respecto?

—No me enfrenté a ella. Me marché sin más.

—¿Te vio?

—No lo creo.

—Dios. Qué desastre. ¿Qué demonios está pasando? ¿Lo sabe Sam?

—Simon no se lo habrá contado mientras estaba en Sierramar. Estará deseando verlo después de haber pasado un tiempo fuera.

—Pobre Sam. No tiene suerte. ¿Qué vas a hacer?

—¿Hacer? —Suspiró y se echó el pelo hacia atrás—. ¿Qué puedo hacer? Hannah es muy egoísta. Siempre se sale con la suya, pero nunca pensé que llegaría a esto. Supongo que será mejor que hable con ella. No va a ser agradable.

—Mejor tú que yo. Me ofrecería a hablar con Simon, pero la opinión que tenía de él acaba de empeorar muchísimo. Podría cometer una estupidez.

—Tengo ganas de abofetearla. Esta vez ha ido demasiado lejos. No entiendo en qué nos equivocamos. Son tan distintas que a veces me pregunto si cambiaron a una de ellas por otra en el hospital.

—Salvo que parecen gemelas.

—Bueno, ahora mismo Hannah encaja de sobra en el papel de gemela malvada. Voy a cantarle las cuarenta.

—¿Y Sam?