La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Gloria volvió a casa al cuarto día, con el rostro aún hinchado de tanto llorar.

Estaba extraña sin maquillaje; las lágrimas habían borrado por completo su imagen glamurosa.

Se había recogido el pelo en un moño caótico, como un nido de pájaros, que se ladeaba precariamente a un lado de la cabeza.

Llevaba unos pantalones de chándal antiquísimos y una camiseta enorme.

Se metió en la cama, se escondió bajo los edredones y pareció incapaz de expresar con palabras su dolor.

Sam, poco preparada para enfrentarse a un duelo tan profundo, no sabía cómo consolar a su amiga, así que se refugió en la cocina.

Preparó café, té y cuencos de sopa que nadie probó.

Fregar le daba algo que hacer aparte de contemplar el cielo gris.

Vació los ceniceros y fue a la tienda del barrio a comprar más cigarrillos y escapar del ambiente claustrofóbico del apartamento.

También tenía que afrontar el hecho de que llevaba dentro un hijo que no deseaba.

La muerte de Alfredo le había dejado claro que mantenía una relación con un hombre con quien no debía tener un bebé.

Le costaba admitirlo. Recordó cómo había defendido a Simon cuando quienes la querían habían intentado hacerle ver que su relación estaba condenada al fracaso.

Lo odiaba por su duplicidad y por todo el sufrimiento que le había causado.

No tenían futuro como pareja con un hijo.

¿Cómo había podido estar tan ciega? Y ahora debía tomar una decisión terrible sin contar con el apoyo de nadie.

La propia Gloria necesitaba apoyo y no se encontraba en condiciones de ayudar a Sam.

Hannah se había mostrado desinteresada por teléfono.

Con Simon no podía hablar. La soledad la envolvía como un mar helado.

Tenía que librarse del embarazo cuanto antes.

Pese al ofrecimiento de ayuda de Gloria, no quería tener un hijo bajo ninguna circunstancia.

Su carrera acababa de empezar y ya le resultaría bastante difícil superar el muro de prejuicios que le cerraba el acceso a la minería como para añadirle un metro más de altura.

No soportaba la idea de criar a un niño que se pareciera a Simon o, peor aún, que se comportara como él.

Sam estaba sentada en el sofá, intentando calentarse las manos con una taza de café caliente, cuando sonó el teléfono.

Gloria se había escondido bajo un montón de edredones en su dormitorio y no salió.

Sam se acercó al teléfono con aprensión.

Aún no le habían contado a nadie lo de Alfredo porque la policía no había hecho pública la información, pero se había extendido el rumor de que estaba desaparecido.

Le aterraba tener que responder a las preguntas de su círculo de amigos.

—¿Diga?

—¿Es la gringa? Necesito hablar con la señorita Sanchez.

—¿Inspector Torres? Me temo que no va a ser posible. Está durmiendo.

—Despiértela. Tengo que hablar con ella ahora mismo. He de hacerle una pregunta.

Había en su voz una emoción contenida que resultó contagiosa. Sam notó que se le aceleraba el corazón.

—De acuerdo, deme un minuto.

Sam colgó el auricular, entró en el dormitorio de Gloria y encendió la luz. Las cortinas estaban corridas y los edredones subían y bajaban de manera casi imperceptible. Una varilla de incienso había dejado su aroma y un largo reguero de ceniza sobre la mesilla de noche.

—Gloria, es el inspector. Quiere hablar contigo. Es urgente.

Se oyó un sorbido y de debajo de las mantas asomó una mata de pelo.

—¿Urgente? No creo que pueda soportar hablar con él.

—Vamos, tú puedes.

Gloria se levantó de la cama con un suspiro gigantesco y caminó hasta el teléfono arrastrando consigo un edredón y dejando a su paso un reguero de ropa de cama. Cogió el auricular y se lo llevó al oído.

—¿Diga? ¿Inspector? Soy Gloria Sanchez.

—Señorita Sanchez, lamento molestarla. Sé que está pasando por un infierno, pero ha habido novedades.

—¿Novedades? ¿Qué quiere decir?

—Tenemos nueva información sobre los cadáveres del coche. Le va a resultar doloroso, pero necesito que me confirme una cosa.

—De acuerdo, dígame.

Le temblaba la voz. Sam le agarró la mano que tenía libre y se la apretó.

—¿Sufrió alguna vez el doctor Vargas una fractura grave en la pierna?

—¿Una pierna rota? No, no lo creo. Una vez, por diversión, comparamos nuestras cicatrices y los huesos que nos habíamos roto. Yo me he roto todo lo que se puede romper, pero él aseguraba que nunca había sufrido ni una simple fractura.

El inspector soltó el aire en un largo suspiro de alivio que incluso Sam alcanzó a oír. Su voz se elevó de emoción.

—El cadáver que intentamos identificar tiene unas placas metálicas atornilladas a la tibia derecha. Estamos rastreando ahora el número de serie, pero creo que puedo decirle...

Gloria rompió a sollozar de nuevo y se desplomó en el suelo.

—¿Qué? —preguntó Sam—. ¿Qué pasa? Dímelo, por el amor de Dios.

Gloria tragó saliva. Se volvió hacia Sam, con los ojos brillando como faros en el rostro.

—No es él. No es Alfredo. Levantó el auricular, que había dejado suspendido en el aire.

—¿Inspector?

—Sí, bueno, como habrá deducido, podemos confirmar que el cadáver no es el del doctor Vargas.

—Gracias. Muchísimas gracias.

—Ha sido un placer, señorita Sanchez. Por favor, no se lo diga a nadie. No se hará oficial hasta dentro de varias semanas, cuando descubramos quién es.

Gloria dejó el auricular sobre el teléfono y las dos mujeres se abrazaron, entusiasmadas. —Hablaré con mi padre —dijo Gloria—. Tenemos que marcharnos hoy. Segundo ya debería estar disponible.

—De acuerdo, haré el equipaje.

—Espero que lleguemos a tiempo. Si los Nazis no lo mataron, lo mantienen con vida por algún motivo. Al menos ahora tenemos un lugar donde buscar. Crucemos los dedos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Sam al recordar los dedos que le faltaban a Saul Rosen.

Tal vez le hubieran perdonado la vida a Alfredo con algún propósito siniestro que aún no había salido a la luz, y un mal presentimiento ahogó cualquier atisbo de euforia por la noticia de que seguía con vida.

Viajar con esperanza puede ser mejor que llegar.