Capítulo 24
Después de lo que pareció una eternidad, la puerta de entrada se abrió con un chasquido. Sam salió disparada de la cocina y recorrió el pasillo agitando la varilla de la prueba de embarazo.
—Tengo noticias —dijo, pero se interrumpió a mitad de la frase.
El rostro de Gloria estaba blanco por la impresión. Llevaba un periódico en la mano y se lo puso a Sam delante de las narices.
—El coche —dijo Gloria—. Es el coche de Alfredo.
Sam tardó unos segundos en comprender que Gloria quería que leyese la noticia sobre el hallazgo de un coche accidentado cerca de Lago Verde.
—Dios mío —dijo—. ¿Estás segura?
—Me sé la matrícula y en la fotografía se ve casi toda la placa. No puede ser una coincidencia.
Sam miró la fotografía, en la que una grúa móvil, situada en una carretera estrecha, izaba un coche desde el borde de un precipicio. Para su horror, el vehículo parecía carbonizado. Nadie podría haber sobrevivido a eso.
—¿Encontraron al conductor? ¿Y a los pasajeros?
—El artículo no lo dice. ¿Qué hacemos?
—¿Y tu amigo, el inspector Torres? Quizá él pueda averiguarlo.
—Sí, voy a llamarlo ahora mismo. Dios mío, ¿qué voy a hacer si pierdo a Alfredo?
—No te asustes. Tienes que mantener la calma y llamar al inspector. Yo te prepararé un café.
Gloria empezó a rebuscar en el bolso la tarjeta del inspector. La encontró y salió a toda prisa para marcar el número de la comisaría del valle.
—Hola, soy Gloria Sanchez. ¿Podría hablar con el inspector Torres, por favor?
Gloria sujetó el auricular entre el hombro y la oreja y encendió un cigarrillo. Dio una larga calada y expulsó el humo hasta vaciarse los pulmones. Después, forcejeó con el auricular y volvió a llevárselo a la oreja.
—Sí, inspector, gracias. Entiendo que está ocupado, pero necesito su ayuda.
Frunció el ceño.
—¿Qué? No, no se trata del incendio. Mi amigo Alfredo ha desaparecido y han encontrado su coche cerca de Lago Verde. ¿Puede decirme si la policía lo encontró a él y también a su amigo? ¿Escaparon o están heridos y hospitalizados?
Gloria asintió.
—Sí, puedo. Iré después de comer. Gracias, inspector.
Colgó el teléfono y se volvió hacia Sam.
—Llamará a la comisaría más cercana a Lago Verde para obtener todos los detalles. Quiere que vayamos a verlo esta tarde a la comisaría para darnos la noticia en persona.
—De acuerdo. He preparado el café. Tomemos una taza con la comida y luego podemos bajar a la comisaría.
—No puedo comer. Estoy muy preocupada.
—Ven a sentarte. Quizá consigas tomar algo.
Sam tuvo que gritarle a Gloria que redujera la velocidad de camino a la comisaría.
Conducía aún más deprisa de lo habitual y Sam temía que ellas también acabasen en el fondo de un precipicio.
Entraron lanzadas en el aparcamiento y estuvieron a punto de chocar con un coche patrulla que salía.
Gloria se apeó de un salto y se dirigió a la entrada de la comisaría, con Sam siguiéndola a duras penas.
Entonces se detuvo y se quedó allí plantada, como en trance. Sam la alcanzó.
—¿Gloria? Vamos.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Sam enlazó el brazo con el de Gloria y entraron en la comisaría. El sargento de guardia las esperaba y las condujo directamente al despacho del inspector Torres, que estaba de pie frente a la ventana, de espaldas a ellas.
No necesitó darse la vuelta.
***
Después, Sam las llevó de vuelta a Calderon y se dirigió directamente al apartamento de Hernan Sanchez, pues pensó que, si ella perdiese a un ser querido, necesitaría a sus padres.
Gloria sollozó durante todo el trayecto.
El rímel se le había corrido por las mejillas.
No dijo nada salvo «Alfredo», una y otra vez, mientras se mecía en el asiento como una demente.
Sam bajó primero y pidió al guardia que informase a Rosa, la criada de Hernan, de que Alfredo Vargas había muerto y de que Gloria necesitaba a su padre.
Subieron juntas en el ascensor, con Gloria llorando contra el pecho de Sam y dejando una mancha negra y húmeda en su camisa.
Las puertas se abrieron y allí estaba Hernan Sanchez con los brazos abiertos.
Sam dejó a Gloria a su cuidado, incapaz de consolar a ninguno de los dos.
—Vendré mañana —dijo.
—¿Por qué no te quedas tú también? Hay sitio de sobra —dijo Sanchez.
—No puedo. Necesita estar a solas contigo. Estoy segura de que yo también lo necesitaría.
—De acuerdo, pero aquí me tienes si necesitas algo.
—Gracias.
Sam pulsó el botón para bajar y se despidió con un triste ademán.
Arropada entre los brazos de su padre, Gloria lloraba desconsoladamente.
La desolación de su amiga destrozó a Sam.
Regresó en coche al piso de Gloria y aparcó en el garaje.
Entró sola en el apartamento vacío. El frío de la tarde le heló las manos.
Se sentó en el sofá y contempló el volcán, tan sola como la última persona sobre la faz de la Tierra.
Se envolvió en una manta y recordó el rostro del inspector mientras les explicaba que la policía había encontrado dos cadáveres en el coche.
Había sido imposible identificarlos allí mismo, pues el infierno desatado en el vehículo los había quemado hasta volverlos irreconocibles.
Al hombre alto y delgado que ocupaba el asiento del pasajero parecían faltarle los dedos, y al volante había un hombre corpulento de alrededor de un metro setenta y cinco.
El más alto tenía un tatuaje de un campo de concentración visible en una parte de la muñeca que no se había quemado, señal inequívoca de que se trataba de Saul Rosen.
No había sido posible determinar la identidad del hombre más bajo.
El inspector les dijo que recibiría información sobre la posible identificación del hombre más bajo en uno o dos días.
Les recordó el cadáver inesperado que habían encontrado en casa de Ramon Vega, intentando darles un poco de esperanza.
No parecía creer sus propias palabras. Gloria, que ya lloraba antes incluso de sentarse, no asimiló nada de aquello.
El inspector estaba acostumbrado a ser portador de noticias terribles, pero parecía muy afectado por el dolor de Gloria.
—Lo siento —le dijo a Sam—. Lo siento muchísimo.
Los dos días siguientes fueron los más tristes que Sam había vivido jamás.
Gloria estaba inconsolable y a Sam no se le ocurría nada que decir para aliviar su dolor.
Hernan Sanchez había asumido el papel de cuidador a tiempo completo.
No necesitaba a Sam, que languidecía como un cero a la izquierda, atormentada por la culpa de no haberse tomado en serio la desaparición de Alfredo y de haberla utilizado como excusa para huir de su propia vida. Y ahora estaba muerto.
No parecía real. ¿Cómo podía haber muerto de aquella manera?
No tenía sentido. Quienes morían eran los viejos.
Ella no tenía experiencia alguna con la muerte, y eso la hacía sentirse inútil.
¿Qué se le decía a alguien tan triste que también quería morir?
Intentó pasear por la ciudad para distraerse, pero su cabello claro y sus ojos verdes la convertían en blanco de aspirantes a donjuanes en casi todas las esquinas.
Sus silbidos y proposiciones obscenas se entrometían en su dolor y su confusión.
Una mañana, cuando había salido temprano para evitarlos, reparó en un joven delgado que parecía seguirla cuesta arriba hacia el edificio de Gloria.
Probó a acelerar y a reducir el paso para comprobar si él hacía lo mismo, pero cuando la adelantó, la idea le pareció ridícula. ¿Por qué iba a seguirla?
Cuando llegó a la entrada, él estaba apoyado contra la pared exterior, fumando un cigarrillo y mirándola con lascivia.
Ella abrió la puerta de un empujón, entró deprisa y pulsó el botón del ascensor.
Las puertas se abrieron y se metió dentro, esperando a que se cerraran.
Justo cuando lo hacían, el hombre entró de un salto y se plantó a su lado.
Su mano le rozó un pecho cuando se inclinó para pulsar el botón del piso situado encima del de Sam.
Se disculpó, pero Sam se estremeció y se apartó de él todo lo posible.
Supuso que iba a visitar a un amigo y había probado suerte con la gringa.
Olía a sudor rancio y ajo. Se había embadurnado de brillantina el cabello grasiento y lo llevaba peinado y aplastado contra el cráneo.
Su presencia engreída, tan cerca de ella, le repugnaba, y salió aliviada al llegar al piso de Gloria.
Algo le decía que quizá lo hubiera visto antes merodeando por la calle, pero no estaba segura.
La muerte de Alfredo había hecho tambalear muchas de sus certezas.
Una vez dentro, seguía teniendo dudas sobre aquel hombre.
Entreabrió los visillos y escudriñó la calle.
Él reapareció saliendo del edificio. Quizá su amigo no estuviera en casa.
Miró hacia la ventana. Sam soltó la cortina de golpe.
Debía de haber visto el movimiento. ¿Se estaba volviendo paranoica? Ya no lo sabía.
***
Kleber percibió por el rabillo del ojo cómo se movía la cortina.
No creía que la gringa se hubiese dado cuenta de que la había seguido.
Continuó caminando sin prisas hacia el Ministerio y compró por el camino unos chifles de plátano.
Holger Ponce lo esperaba sentado en la parte trasera de su limusina oficial.
—¿Por qué has tardado tanto? —espetó.
—Lo siento, ministro. Las labores de vigilancia no siempre salen según lo previsto.
—¿Qué has averiguado?
—La señorita Sanchez se aloja con su padre. La gringa sigue en su apartamento. Sale a pasear sola y lleva una cara de funeral que tira de espaldas.
—¿Seguro que han visto el artículo?
—Yo diría que sí. Vi a la hija en el vestíbulo del edificio del señor Sanchez y tenía la cara hinchada y abotargada de tanto llorar.
—¡Ja! Entonces Vargas está muerto. Así dejarán de entrometerse en nuestros planes.
—Nadie puede detener al Reich, señor.
—Eso es lo que quería decir. Has hecho un buen trabajo. Vigílalas, por si acaso.
—Sí, señor.