La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

A Franz Schmidt se le abrieron los ojos como platos y se le desencajó la mandíbula, pero enseguida recobró la compostura.

—¿El hombre que estaba con el doctor Becker? Boris no sé qué, Klein, creo. Vienen por aquí a menudo. Los espero mañana —titubeó—. ¿Conoce al doctor Becker?

—Lo conocí hace mucho tiempo.

A Saul se le atragantaron las palabras.

—Nos marchamos por la mañana, así que esta vez no tendremos ocasión de verlos. Quizá en otra ocasión —dijo Alfredo mientras se alejaba y empujaba a Saul escaleras arriba—. No hagas ninguna tontería —le susurró al oído—. Has llegado hasta aquí. Deberíamos largarnos.

—Esos cabrones tienen que pagar. ¿Y si intentan desaparecer?

—Creo que somos nosotros quienes debemos desaparecer. Confía en mí.

Condujo a Saul hasta su habitación. Entonces se dio cuenta de que se había dejado la cartera en el mostrador de recepción. —Ve haciendo las maletas. Me he dejado una cosa abajo.

Empezó a bajar los escalones y una voz llegó flotando hasta él.

—Boris, tenemos que actuar ya. Esos hombres te han descubierto.

Alfredo se detuvo con un pie en el aire, todavía oculto a la vista desde el mostrador de recepción, pero podía oír con claridad lo que decían.

—Sí, se marchan mañana. Tenemos que detenerlos. —Hubo una pausa.

—De acuerdo, lo haré. Déjamelo a mí. Adiós.

Alfredo volvió escaleras arriba con sigilo. Después dio media vuelta y bajó de nuevo, asegurándose de que Schmidt oyera sus pasos. Schmidt levantó la vista al oírlo acercarse.

—¿Sí? Ah, ¿su cartera? La tengo aquí.

Alfredo la cogió y regresó escaleras arriba, donde llamó a la puerta de la habitación de Saul.

—¿Saul? Déjame entrar.

—¿Qué pasa?

—Tenemos que marcharnos esta noche. El director del hotel le ha dicho a Boris Klein que sabemos quién es.

—De acuerdo, ¿qué propones?

—Tenemos que bajar a escondidas por la escalera de incendios hasta el aparcamiento y largarnos de aquí cuanto antes. Será más seguro salir a hurtadillas cuando haya oscurecido. ¿Qué te parece a las diez?

—Me parece bien. Nos vemos entonces.

Alfredo salió de la habitación de Saul y volvió a la suya para hacer la maleta.

El corazón le latía con fuerza. Se sentía como si hubiese ido a parar a una película.

Y aún no había llamado a Gloria. Pero ahora que sabía que podían estar escuchando, decidió esperar.

Quería salir de San Blas antes de que fuera demasiado tarde.

A las diez, los dos hombres se dirigieron a la parte trasera del hotel.

Una puerta cerrada con un grueso candado bloqueaba el acceso a la escalera de incendios.

Alguien había atornillado el pasador a un trozo de madera podrida.

Alfredo dio un fuerte tirón y este se desprendió con facilidad.

La puerta se abrió con un sonoro chirrido a una noche despejada y fría.

La luna casi llena inundaba de luz el aparcamiento; su jeep quedó atrapado bajo el foco de aquel resplandor fantasmal.

—No es la mejor noche para escabullirse —dijo Alfredo—. Con esta luz podría leer un libro.

—Es preciosa —dijo Saul.

—Vamos. Larguémonos de aquí.

Bajaron con sigilo por las escaleras oxidadas hasta el aparcamiento. Su coche estaba solo en medio. Había algo extraño en la forma en que se inclinaba hacia un lado. Alfredo corrió hacia él por el espacio abierto y descubrió el problema.

—Los neumáticos del lado izquierdo del coche —dijo— están los dos desinflados. No puede ser una coincidencia. Alguien lo ha saboteado.

—Mierda. ¿Qué hacemos ahora?

—No podemos quedarnos aquí. Vámonos a pie. Es nuestra única oportunidad y el pueblo siguiente no está lejos. Deberíamos llegar en unas horas. La luz de la luna es perfecta para dar un agradable paseo.

—De acuerdo, de todos modos este hotel no me gustaba. ¿Puedes abrirme el maletero?

—¿Te has olvidado de algo?

—Alfredo, debes de estar loco si crees que voy a dejarme la pistola.

—Me había olvidado de la pistola. Creo que deberíamos abandonar casi todas nuestras cosas y llevarnos solo lo imprescindible.

Saul lanzó su bolsa a la parte trasera del coche y abrió el panel lateral para sacar la pistola.

—Bueno, tengo balas, una pistola, algo de dinero y el pasaporte. ¿Y tú?

—Yo me llevaré el documento de identidad, dinero y dos chocolatinas.

—De acuerdo, pues larguémonos.

La luna iluminaba la carretera que salía de San Blas, haciendo que sus sombras se proyectaran por delante de ellos y dificultaran un poco la marcha, pero no aminoraron el paso. Las luces del pueblo fueron perdiéndose en la negrura y los dos hombres empezaron a respirar con más tranquilidad.

—Tendrás que pagarme el doble por los trabajos de campo —dijo Alfredo.

—Si salimos de aquí, también te pagaré las horas extra.

Mantuvieron el ritmo durante una hora y luego se sentaron a descansar y a comer un poco de chocolate. El ruido de un motor rompió el silencio.

—¿Has oído eso?

—Sí. Podría ser un autobús.

—Eso espero, porque estos taludes de turba son empinados y no veo ninguna salida.

Echaron a andar de nuevo; su aliento era visible en el frío aire nocturno. El motor sonaba cada vez más fuerte. Unos faros los iluminaron en la carretera. Se pegaron al terraplén mientras un coche pasaba junto a ellos y doblaba la curva.

—Uf, ha faltado poco —dijo Alfredo.

Pero, al doblar ellos también la curva, vieron que el coche se había detenido y que las puertas estaban abiertas. Dos hombres los esperaban de pie.

—Doctor Vargas, ¿no es un poco tarde para dar un paseo? —dijo una voz. Boris Klein salió a la luz de la luna.

—Bueno, la noche está tan despejada...

—Qué insensato por su parte pensar que le permitiríamos marcharse con su amiguito judío después de que reconociera a mi colega, el doctor Becker.

—Merecía la pena intentarlo —dijo Alfredo.

Boris Klein se volvió hacia su acompañante, un hombre corpulento de pelo rubio.

—¿Tiene la cuerda? —le preguntó.

Saul se acercó más a Alfredo. —Prepárate para correr —siseó.

—No seas idiota. Van armados.

—Nosotros también. ¿Lo has olvidado? Tengo una Glock. No me cogerán vivo.

—Usa la cabeza, hombre. No hace falta que muramos aquí. Contrólate.

Boris y el joven se acercaron a ellos. Los pómulos de Saul Rosen resaltaban bajo la luz de la luna, dándole el aspecto de un cadáver.

—Pónganse de cara al terraplén y las manos a la espalda.

Alfredo hizo lo que le ordenaban, pero Saul se quedó donde estaba.

—Eh, judío, date la vuelta o te obligaré.

—No.

Sacó de la cinturilla la Glock que había ocultado bajo la camisa y apuntó a Boris Klein.

—Oblígame —dijo—. Vamos. Atrévete.

El joven que acompañaba a Klein se abalanzó sobre Saul.

La pistola se disparó y Boris Klein gruñó cuando la bala le alcanzó en el hombro.

Alfredo se arrojó al suelo mientras Saul seguía disparando contra el cuerpo tendido, agitando los brazos al forcejear con su atacante.

Cayeron al suelo. Sonó otro disparo. Alfredo permaneció tumbado en el barro, sin atreverse a moverse.

Se oyó un gemido. Boris Klein se incorporó, profiriendo maldiciones.

—¿Qué cojones está pasando? ¿De dónde ha sacado la pistola? Joder, Hans, levántate y deja de hacer el imbécil.

—Lo siento, jefe, no vi la pistola hasta que fue demasiado tarde. ¿Está herido?

—Es un rasguño. Levántate, judío.

—No va a ir a ninguna parte, jefe.

—¿Está vivo? —preguntó Alfredo.

—Eso creo. Levántese —dijo Klein.

—No puedo ponerme en pie. Las piernas no me responden —dijo Saul.

—No las vas a necesitar. Hans, mételo en el coche. Tenemos que llevarlo al laboratorio ahora mismo.

Hans dio un toque a Alfredo con la bota.

—¿Está herido?

—No, no lo creo.

—De acuerdo, póngase en pie y nada de tonterías o acabará como su amigo.

Alfredo se levantó con dificultad. Hans señaló a Saul. —Ayúdeme a meterlo en el coche.

Saul yacía en el barro con la cara vuelta hacia el cielo.

Intentó hablar, pero de su boca salieron brillantes burbujas de sangre.

Le habían disparado en la columna y, cuando intentaron levantarlo, las piernas le colgaron flácidas como hebras de espagueti.

Los dos hombres estuvieron esforzándose y forcejeando durante diez minutos antes de conseguirlo.

Cuando terminaron, Alfredo estaba cubierto con la sangre de Saul, lo que aumentó aún más su angustia.

Le ataron las manos y lo metieron a la fuerza en el asiento trasero del jeep, junto a Saul, que permanecía desplomado pero aún respiraba.

Abrió los ojos y murmuró algo que sonó a «venganza», aunque era difícil saberlo.

—¿Has encontrado la pistola? —preguntó Boris.

—No, está demasiado oscuro. Creo que se hundió en el barro por algún sitio —dijo Hans.

De algún modo, Hans consiguió dar la vuelta al coche en aquella carretera estrecha, encajonada entre altos terraplenes, avanzando y retrocediendo y girando el volante hasta el tope.

Alfredo sujetó a Saul para evitar que se cayera del asiento.

El olor a sangre era insoportable y tenía las manos pegajosas.

Hans los llevó de vuelta por el pueblo de San Blas y salió por el otro extremo, siguiendo una rudimentaria pista de grava llena de grandes baches.

No recorrieron mucha distancia y, cuando se detuvieron al borde del bosque, no había ningún edificio en los alrededores.

A Alfredo lo asaltó la idea de que los habían llevado allí para enterrarlos.

Esperaba que fuera rápido. ¿Llegaría Gloria a averiguar alguna vez qué le había ocurrido?

Ojalá le hubiera dicho adónde iban. Ahora ya era demasiado tarde.

—Rápido —dijo Boris—. No dejéis que muera.

Hans tocó el claxon y luego, entre Alfredo y él, sacaron a Saul del asiento y lo llevaron entre los dos, sentado en una improvisada silla de manos, hacia un montículo cubierto de hierba en el claro. Para desconcierto de Alfredo, se abrió una puerta en la ladera y un hombre asomó la cabeza.

—¡Trae una camilla! ¡Ya! —gritó Boris.

Menos de un minuto después, el hombre salió corriendo mientras empujaba una camilla con ruedas. Colocaron a Saul encima y desaparecieron por la puerta abierta en la ladera.

—No lo entiendo —dijo Alfredo—. ¿Por qué lo mantienen con vida?

—No seguirá vivo mucho tiempo —dijo Boris entre risas—. Lleva al doctor Vargas a la suite de invitados, Hans.

Condujeron a Alfredo por un pasadizo oscuro iluminado por fluorescentes que parpadeaban. El suplicio lo había dejado desorientado y conmocionado, y tropezó varias veces sobre el suelo liso. Hans lo empujó al interior de un cuartucho con dos camas de campaña individuales.

—Aquí tiene. Todo un lujo. Puede elegir cama.

—Necesito ir al baño.

—Está debajo de una de las camas. Que duerma bien, doctor Vargas.

—¿Y Saul?

—¿Qué pasa con ese asqueroso judío? A estas alturas ya estará muerto.

—¿Muerto? Pero aún estaba vivo cuando llegamos.

—No entiende nada, ¿verdad? Teníamos que quitarle los dedos antes de que muriera; de lo contrario, no sirven.

—¿Los dedos? Dios mío...

Alfredo se desmayó. Hans soltó una risita. —Y usted es el siguiente, doctor Vargas —dijo antes de cerrar la puerta.

***

Saul Rosen luchó por mantenerse consciente.

La sangre le llenaba la garganta y él no dejaba de sentir que se elevaba desde la camilla hacia las luces del techo.

La Glock seguía en el bolsillo de su chaqueta, donde la había escondido mientras yacía en el barro.

El frío metal resultaba agradable en su mano. Oía hablar a varias personas.

—Un puto desastre. ¿Cómo íbamos a adivinar que estaba armado? —dijo Hans.

—Bueno, ahora ya está aquí. Tengo que ponerme manos a la obra. ¿Puedes decirle a Boris que aguante un poco más? Le sacaré la bala del hombro en cuanto termine aquí.

—De acuerdo, doctor. ¡Cabrón judío! —Hans se acercó a la camilla y volvió a repetirlo, directamente al oído de Saul—. Cabrón judío. Vas a morir al servicio del Führer.

Saul le sonrió y tosió para expulsar la sangre de la garganta y poder hablar.

—Tú también —dijo.

Una seca detonación resonó en la estancia y Hans cayó al suelo mientras una gran mancha roja se extendía por su pecho. Una expresión de sorpresa había quedado congelada en su rostro. Becker soltó una maldición y corrió a su lado para tomarle el pulso, pero era demasiado tarde.

—¿Hans? ¡Cabrón! Está muerto.

La pistola cayó al suelo, sobresaltando a Becker, y Saul Rosen perdió el conocimiento por última vez con una sonrisa en el rostro. Boris Klein entró corriendo en el laboratorio.

—Joder, ¿qué ha pasado?

—Conservaba la pistola. Hans está muerto. Tengo que sacar los dedos ahora o será demasiado tarde.

—¿Cómo puedo ayudar?

***

—Menudo puto desastre —dijo Klein mientras se lavaba la sangre de las manos.

—Su padre quedará destrozado —dijo Kurt Becker.

—Los hermanos Schmidt nunca se comprometieron del todo con este proyecto. A Franz le gustan las mujeres de la zona. Nunca ha sido lo bastante ario.

—Bueno, su sobrino sí era lo bastante ario como para morir por él.

—Eso es cierto. Se lo diré mañana y les avisaré de que tenemos que marcharnos.

—Necesito más tiempo —dijo Becker, sentado en un rincón con la cabeza gacha—. Puede que vengan a buscar al doctor Vargas y al judío. Tenemos que despistarlos.

Klein se frotó la barbilla y se examinó los dedos.

—Tengo una idea, pero tendremos que procurar que nadie nos vea.

—Adelante.

—Necesitamos a Vargas durante un tiempo para poder hablar con él sobre el informe de Vega y averiguar quién sabe qué antes de deshacernos de él. Puede que también queramos más dedos antes de estar preparados para el último paso.

—Tiene sentido. ¿Y bien?

—Su coche está en el hotel. Si lo traemos aquí, podemos reparar los pinchazos y meter dentro los dos cadáveres.

Si le prendemos fuego y lo despeñamos por los acantilados de las afueras de Lago Verde, la gente creerá que sufrieron un accidente de camino a casa.

Tardarán semanas en identificar los cuerpos y darse cuenta de que el doctor Vargas no es uno de ellos.

Para entonces, nosotros ya estaremos muy lejos.

—Brillante. Me gusta. Envía a uno de los chicos a cambiar los neumáticos. Luego trae el coche hasta aquí, cargaremos los cadáveres y mañana nos desharemos de él. Por la noche no hay nadie en las carreteras de esta zona. Será sencillo.

—Me ocuparé de ello.

—Todavía necesitamos una incubadora humana.

—Confía en mí.