La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 22
57%

Capítulo 22

El teléfono sonó cuando Hernan Sanchez pasaba de camino al cuarto de baño. Chasqueó la lengua por lo inoportuno de la llamada y descolgó el auricular.

—¿Sí?

—Buenos días, señor Sanchez.

—Buenos días. ¿Quién es? Tengo prisa.

—Ramon Vega, señor. Le dije a su hija que hoy me pondría en contacto con usted.

—Ah, sí. ¿En qué puedo ayudarte?

—Tengo entendido que mi informe obra en su poder. Le estaría muy agradecido si me lo enviara.

—¿Dónde estás? ¿Por qué no puedes venir a recogerlo?

—Estoy en Miami. Ahora mismo no puedo ir a Sierramar.

—El informe es incendiario. La reputación de Sierramar estará en juego si gente de fuera lee su contenido.

—¿Ha leído el documento? ¿No lo escondió Gloria?

—Mi hija no puede ocultarme nada. Tengo derecho a leer cualquier cosa que esté escondida en mi casa.

—¿No le avergüenza la complicidad de nuestro gobierno? Usted tampoco está libre de culpa. Esto no puede mantenerse en secreto eternamente. Tarde o temprano, la verdad saldrá a la luz.

—No tienes derecho a juzgarme. De joven era un cabeza caliente. Entonces hacíamos las cosas de otra manera.

—Lo siento. Tiene razón. No puedo juzgar lo que ocurrió entonces, pero sé cómo están las cosas ahora, y Alfredo corre peligro. Debemos publicarlo.

—Ahora mismo no puedo decidirlo. Dime dónde estás y te enviaré el informe si decido que es lo correcto.

—Pero no le corresponde a usted decidirlo. El documento es mío. Tiene que enviármelo.

—La posesión es nueve décimas partes de la ley, jovencito. Tú no eres quién para decirme lo que debo hacer.

—No puedo obligarle a enviarlo. Eso es cierto. Pero se lo ruego. El informe representa dos años de trabajo, mi medio de vida. Si destruye su contenido, estará cometiendo un acto de vandalismo contra la historia.

—Mala suerte. Decidiré qué hacer sin tu ayuda. ¿Dónde estás?

—Me alojo en el Hotel Franklin, en South Beach.

—De acuerdo, déjame pensarlo.

—Por favor, envíelo pronto. El tiempo apremia. Puede que Alfredo no sobreviva si no publico cuanto antes.

—Adiós, señor Vega.

Hernan Sanchez colgó el teléfono y prosiguió su camino hacia el cuarto de baño.

***

A Gloria le costaba dominar la impaciencia. Necesitaba partir hacia San Blas para encontrar a Alfredo, pero ahora tenían que esperar a Segundo. Solo llevaban un día de retraso, aunque a ella le parecía una semana. Andaba por la casa dando pisotones, tratando de encontrar algo que hacer.

—Este es el problema de tener criada —le dijo a Sam—: la ropa está planchada, los suelos relucen y las camas están hechas. No tengo nada que hacer.

Sam, que consideraba un lujo tener criada, disfrutaba de no hacer nada para variar. Estaba tumbada en la cama, soñando con Simon y el bebé. La prueba de embarazo descansaba sobre la colcha a su lado, todavía dentro del envase de plástico. No había escapatoria. Necesitaba saber el resultado.

—Voy a la tienda de la esquina a comprar un periódico y cigarrillos —dijo Gloria—. ¿Vienes conmigo?

—No, me quedaré aquí, gracias.

—De acuerdo, vuelvo enseguida.

En cuanto oyó cerrarse la puerta principal, Sam saltó de la cama y cogió la prueba de embarazo.

El mundo empezó a darle vueltas cuando la bajada de tensión hizo que se le nublara la vista por un instante.

Se agarró al picaporte y esperó a que se le pasara; después entró en el cuarto de baño y cerró con llave.

El envoltorio de plástico se resistió a sus intentos de abrirlo hasta que cedió de improviso.

Sam soltó una palabrota cuando la varilla salió disparada de su mano, cruzó las baldosas y aterrizó en un charco de líquido bajo la taza del váter.

Metió la mano bajo la taza y recogió la varilla.

¿Seguirían funcionando los reactivos? Se imaginó la furia de Gloria ante su ineptitud.

¿La había dejado caer a propósito? Había parecido un accidente.

Sacudió el exceso de líquido y dejó la varilla en equilibrio sobre el borde de la bañera, se quitó las bragas y se sentó en el váter.

Sostuvo la varilla entre las piernas e intentó orinar.

Como era de esperar, las ganas de orinar habían desaparecido y, por mucho que apretara, no salía nada.

Se inclinó y abrió uno de los grifos de la bañera.

Intentó concentrarse en el agua, en arroyos frescos y ríos de curso perezoso.

De pronto, como el corcho disparado de una botella de champán, salió un chorro de orina que le dio en la mano e hizo que la varilla cayera a un lado de la taza.

—Joder —dijo, y bajó la mano para agarrar la varilla antes de que cayera al agua.

La orina la había empapado por completo.

La sacudió para secarla y la dejó junto al lavabo.

No había motivos para pensar que no funcionaría.

Al fin y al cabo, la prueba consistía precisamente en empapar la varilla de pis.

Se lavó las manos y volvió a consultar el envase.

Tres minutos para obtener el resultado. Hasta Sam podía esperar tres minutos.

Tres minutos interminables. Sam intentó distraerse depilándose las cejas, pero no tardó en comprender que le faltaba valor.

La peluquera se lo hacía tan deprisa que ni siquiera le daba tiempo a quejarse.

Examinó su rostro en el espejo. ¿Era aquella la cara de una madre?

No parecía tener edad ni para pedir una copa, a pesar de que rozaba los treinta.

Su rostro seguía sin arrugas y aún conservaba el rocío de la juventud.

Sus preocupados ojos verdes le devolvieron la mirada.

Se había acabado el tiempo. Cogió la varilla y examinó la pequeña ventana en busca de una línea azul que anunciaría un vuelco radical en su vida.

Entornó los ojos y la imagen se enfocó. ¡Mierda!

La línea de la condenación. ¿Cómo podía una línea tan tenue presagiar un acontecimiento capaz de cambiarle tanto la vida?

La mala suerte parecía perseguirla. ¿Por qué no podía tocarle la lotería en su lugar?

Soltó el aire que había estado conteniendo y volvió a mirarse al espejo.

¿Qué demonios iba a hacer? Las paredes del cuarto de baño empezaron a cerrarse en torno a ella como un útero azul.

Quería hacerse un ovillo en posición fetal.

Estoy jodida. ¿Dónde está Gloria? ¿Cuánto se tarda en comprar un puñetero paquete de cigarrillos?

Se sentó en el borde de la bañera con la varilla en la mano, deseando que la línea azul desapareciera.

Contárselo a Gloria le parecía peor idea con cada minuto que pasaba.

¿No tenía ya bastante con todo el drama de Alfredo como para cargar además con la noticia del embarazo de Sam?

Tenía que contárselo a alguien o acabaría explotando.

Descartado Simon, solo había una persona en todo el planeta a quien deseaba decírselo.

A Gloria no le importaría que usara el teléfono.

—¿Diga?

—¿Sam? ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Qué tal Calderon? —preguntó su hermana.

—Genial, gracias. Complicado, pero con Gloria cerca nunca hay un momento aburrido.

—Desde luego, se la puede calificar de interesante. ¿Qué pasa?

—Nada. ¿Por qué iba a pasar algo?

—Es evidente que ha ocurrido algo. Nunca me llamas desde Calderon a menos que haya algún drama. Y tienes una voz rara.

—Bueno, yo no lo llamaría drama, sino más bien tragedia.

—¡Suéltalo de una vez!

—Estoy embarazada, preñada, tengo un bollo en el horno.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién es el padre?

—No seas ridícula. Simon. ¿Cómo puedes siquiera preguntarlo?

Siguió un largo silencio.

—¿Hannah? ¿Sigues ahí? Te necesito.

—Estoy aquí, hermanita. Estupefacta. Voy a ser tía.

—Si a ti te parece fuerte, imagínate cómo me siento yo. De todos modos, ¿quién ha dicho que vaya a tener el bebé? Simon no se mostró muy entusiasmado.

—¿Simon? ¿Se lo has contado? ¿Cuándo?

—Hablé con él la semana pasada, antes de hacerme la prueba, para advertírselo.

—¿Qué dijo?

—Me preguntó si era suyo. Cabrón.

—Esto es una pesadilla.

—Vaya, pareces más preocupada que yo. Todavía no he tomado ninguna decisión. Te he llamado para que me tranquilizaras y, francamente, no lo estás haciendo muy bien.

—No, lo siento. Es mucho que asimilar. ¿Qué vas a hacer?

—De momento, nada. El embarazo aún está en una fase temprana, solo de dos meses, así que tengo tiempo de sobra para decidir.

—¿Se lo has contado a Gloria? ¿Qué dice?

—Te lo he contado primero a ti, hermanita. Eres mi apoyo.

—Caramba, gracias. Mira, si estás bien, tengo que preparar el té y digerir la noticia. ¿Volverás a llamarme cuando las dos hayamos tenido tiempo de pensarlo?

—De acuerdo. Por favor, Hannah, no se lo cuentes a mamá. Puede que no tenga el bebé y preferiría que ella nunca se enterase. Ya sabes cuánto se disgustaría.

—Te lo prometo.

—Vale, tengo que colgar. Estas llamadas son caras y esta es la línea de Gloria.