La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Simon se revolcaba en un mar de pánico. No podía haber elegido peor momento.

¿Cómo había podido ser tan estúpido? Ya se había metido en algún que otro agujero a lo largo de su vida, pero esta vez había cavado un túnel hasta el centro de la Tierra.

Y lo peor era que lo había hecho porque Hannah le recordaba a Sam y él se había sentido abandonado.

Ni siquiera le había hablado del posible embarazo de Sam.

Hannah estaba tan borracha que dudaba que recordase siquiera lo ocurrido.

Se parecía muchísimo a Sam y, al mismo tiempo, era tan distinta...

Simon se había imaginado en un universo paralelo hasta que despertó a la mañana siguiente y comprendió lo que había hecho.

Se escabulló del piso de Hannah sin despertarla y, desde entonces, no había reunido el valor suficiente para ponerse en contacto con ella.

También ella debía de estar conmocionada.

¿Por qué Hannah no sabía nada del embarazo de Sam?

Cuando Sam le dio la noticia, se quedó tan aturdido que no lograba recordar qué había dicho.

No debió de ser nada bueno, porque ella lo dejó con el teléfono en la mano y el tono de línea resonándole en el oído. Menudo puto desastre .

Culpaba a Sam por haberse marchado y haberlo dejado solo.

Ella sabía que podía resistirse a todo salvo a la tentación.

Qué irónico que haberse encontrado en la cama con Hannah solo hubiese conseguido que añorase aún más a Sam.

Quería vivir con Sam y tenerla cerca para no irse por ahí de picos pardos. Ahora había hecho algo imperdonable.

Gimió y se puso a recorrer la habitación de un lado a otro, gesticulando y hablando consigo mismo.

¿Cómo convencería a Hannah de que no dijera nada?

Seguro que accedería antes que hacerle daño a su hermana.

Ella debía de sentirse aún peor que él. Por incómodo que resultase, tendría que hablar con Hannah y conseguir que aceptase guardar silencio.

Sam no tenía por qué enterarse jamás. Ya se ocuparía del asunto del bebé si llegaba a hacerse realidad.

¿Deberían irse a vivir juntos y ver cómo salían adelante a partir de ahí?

Encontró su agenda y buscó el número de Hannah.

***

Simon no era el único preso del pánico. Hannah despertó sola, enredada en unas sábanas que olían a sexo y a vino.

La cabeza le palpitaba como si estuviera a punto de estallar.

El dolor atroz detrás de los ojos la obligó a cerrarlos con fuerza, impidiendo que entrase nada salvo el más diminuto resquicio de luz.

Pero eso no evitó que advirtiera en la sábana bajera las manchas de ambos líquidos.

Su esperanza de que todo hubiese sido un sueño se desvaneció.

No podía haberse acostado con él, pero las pruebas hablaban por sí solas.

Nadie debía enterarse jamás. No quería ni imaginar qué pensarían sus padres.

¿Y Sam? Culpaba a Sam por haberse marchado otra vez.

Nada de aquello habría ocurrido si no se hubiese largado tan alegremente a Sierramar, dejando a Simon solo en casa.

Hizo un gurruño con las sábanas y las metió en la lavadora junto con su ropa interior y unos paños de cocina que cogió al azar.

Puso el programa más caliente, entró en el cuarto de baño y se metió bajo la ducha, tratando de restregarse con una esponja vegetal hasta librarse de toda culpa.

***

Hannah miró a Simon a través del vapor que se elevaba de su abrasadora taza de café.

—No entiendo qué sentido tiene esto —dijo.

Hannah removió el café, rehuyendo la mirada suplicante de Simon, y fijó la vista más allá de él, al otro lado de la ventana, en las bolsas de plástico que el viento arrastraba alrededor de la parada del autobús.

—Tenemos que hablar. Sabes que sí —dijo Simon.

—¿Y qué puedes decir, Simon? Te aprovechaste de mí cuando estaba borracha y ahora quieres que olvide que ocurrió. ¿O me equivoco?

Simon farfulló, indignado.

—¿Cómo puedes decir eso? Fuiste tú quien se aprovechó de mí, no al revés. Te mostré mi lado vulnerable y tú fuiste directa a la yugular. Tampoco eres ningún angelito.

Se tomó la cabeza entre las manos y se pasó los dedos por los mechones que tenía sobre las orejas. Los hombros se le hundieron.

—Vale, no te pongas nerviosa. Los dos somos culpables. Yo necesitaba que me prestaran atención después de mi ruptura, e Indiana Jane te había abandonado. Solo fue sexo.

—¿Solo sexo, eh? Entonces, ¿por qué no consigo sacarte de mi cabeza?

—Quizá porque te gustó. —Hannah lo miró directamente a la cara—. ¿O es que te gusto yo? ¿Se te ha ocurrido alguna vez? No serías el primer hombre al que le atrae más de una mujer de la misma familia.

—Me gustas. Eres divertida y guapa, pero amo a tu hermana.

—No puedes amarla después de acostarte conmigo y gritar de pasión.

Había algo de verdad en aquello. Pero en ese momento él estaba pensando en Sam, y los dos cuerpos se entremezclaban en su mente y lo volvían loco de deseo.

La bebida y la pasión le habían ofuscado tanto la cabeza que ni siquiera tenía claro con quién estaba, aunque jamás lo admitiría.

Hannah le atraía y sabía que el sentimiento era mutuo, razón por la que la había evitado en el pasado.

¿Por qué había ido a su casa? Esa era la pregunta del millón.

Aquello siempre había sido una posibilidad, al menos para él.

Se había dicho que solo quería recrearse en el parecido de Hannah con Sam y flirtear un poco.

No había contado con que estuviera borracha, sola y dispuesta a dejarse llevar.

Además, olía de maravilla, y ansiaba volver a tocarla y hacerla gemir.

Se inclinó hacia delante e inhaló su aroma cuando ella se agachó para dejar la taza sobre la mesa.

Se quedaron inmóviles, con los rostros casi rozándose, sin apenas atreverse a respirar.

Hannah se ruborizó de deseo. Simon le puso una mano en la nuca, la atrajo hacia sí y la besó.