Capítulo 20
El rostro de Hernan Sanchez se iluminó de alegría cuando las dos mujeres llegaron a su apartamento.
Llevaba sumido en un dilema desde que había leído el informe redactado por Ramon Vega.
Le gustara o no, lo implicaba en algunos de los asuntos más turbios de la época.
Se avergonzaba de haberse lucrado con la expulsión de los judíos de Calderon, pues jamás había imaginado que políticas similares conducirían a los campos de exterminio de Alemania y Polonia.
Era joven y se había dejado influir por el machismo que destilaban las consignas y los uniformes fascistas, así como por aquella retórica de dominación mundial.
Esa fascinación había desaparecido cuando se enteró de la solución final, pero no antes de que ganara algún dinero construyendo carreteras y casas para los recién llegados.
No le había contado nada de aquello a Gloria y quería que permaneciera enterrado en el pasado.
El informe de Ramon seguiría siendo secreto.
A pesar de sus reparos al respecto, había decidido no disuadir a Gloria de buscar a Alfredo. No le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, y Holger Ponce había cruzado una línea con su grosera intromisión. Pero tenía una condición.
—Papi, ¿cómo estás? —dijo Gloria.
—Señor Sanchez, cuánto me alegro de volver a verlo —dijo Sam.
—Estoy bien, gracias. Qué alegría veros a las dos. Me aburría aquí solo.
—Nuestra visita te va a contrariar, pero necesito tu ayuda, papi.
—¿Tiene algo que ver con ese bribón de Alfredo Vargas? —preguntó Hernan, frunciendo el ceño con una fingida seriedad que hasta a Sam le resultó divertida.
—¿Cómo lo sabías?
—Sinceramente, cariño, no imaginarás que puedes ocultarme secretos.
—Debería haberme dado cuenta de que era poco probable. Siento muchísimo haberte mentido acerca de él. Pensaba contártelo. Es difícil estar lejos de la persona a la que amas.
—No me hace ninguna gracia, pero te quiero y comprendo la situación. ¿Cuál es el problema, cielo?
—Papi, Alfredo ha desaparecido. Estoy muy preocupada por él. Fue a las montañas con un periodista estadounidense y no han regresado. Puede que estén heridos o atrapados en algún sitio.
—¿Y qué hacen allí arriba, si puede saberse?
—Buscaban a un oficial alemán fugitivo de la Segunda Guerra Mundial —dijo Sam—. Lo más probable es que solo sea un rumor, pero podría tener algo de verdad, y nos preocupa que se hayan metido en problemas.
—Así que vosotras dos, unas jóvenes tan estupendas, vais a rescatar a los hombres del peligro. Hay algo que no encaja en esta historia.
—Son los tiempos modernos —dijo Sam—. Pero nos vendría bien un poco de ayuda.
—Puedo imaginar qué ayuda queréis, o mejor dicho, la de quién. Es la condición que pongo para permitiros emprender esta alocada aventura, así que estamos de acuerdo. Llamaré a Segundo esta noche y haré que se reúna con vosotras en vuestro apartamento mañana al amanecer.
—Gracias, señor Sanchez. Estaremos mucho más seguras si Segundo viene con nosotras. Es una persona bastante imponente.
—¡Ja! Es una forma de describirlo, Sam. Y ahora, ¿qué os apetece beber?
Después de que las mujeres se marcharan, Hernan llamó a su hombre de confianza, Segundo Duarte.
—Buenas noches. ¿Quién llama?
—Segundo, buenas noches. ¿Cómo estás?
—Don Sanchez, qué honor. Estoy bien, gracias, señor. ¿Y usted?
—No estoy mal, viejo amigo. Tengo un trabajo para ti.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Quiero que hagas de niñera de mi hija y de su amiga Sam. Van a buscar a Alfredo, el novio de Gloria, que ha desaparecido en las montañas. Según tengo entendido, te enteraste de lo de Alfredo y Sam en tu viaje a Riccuarte. Quiero que te asegures de que regresen sanas y salvas.
—De acuerdo, jefe. Lo haré. Y no se preocupe por nada. Protegeré a su hija con mi vida. ¿Cuándo me necesita?
—¿Puedes estar aquí mañana por la mañana?
—Me temo que mañana es imposible. Tengo cita para renovar el carné de identidad. No puedo viajar sin él o la policía podría detenerme.
—¿Y pasado mañana?
—De acuerdo. ¿Dónde me reúno con ellas?
—¿Puedes esperarlas en el cruce de San Francisco después de comer? Así no tendrás que entrar en la ciudad para volver a salir después.
—Allí estaré.
—Gracias. Recompensaré bien tu leal servicio.
—Nunca podré saldar la deuda que tengo con usted, don Sanchez.
—Ten cuidado. No sabemos qué les ha ocurrido. Buscaban fugitivos de la Alemania nazi.
—Me llevaré la pistola.
***
Gloria quería mandar a Sam al baño con la prueba de embarazo en cuanto llegaron a casa.
—Pero no tengo ganas de hacer pis.
—No has hecho pis en todo el día. Así que, a menos que seas un camello, mientes fatal. Mea en la varilla y acabemos de una vez.
—Pero ¿y si da positivo? No quiero descubrirlo antes de que nos vayamos, por si me entra miedo.
—¿Miedo a qué?
—A perder al bebé. A ser madre. Miedo en general.
—Entonces, ¿has decidido que quieres tenerlo? —preguntó Gloria.
—Sí, no, no lo sé. Pero aún no quiero averiguarlo. ¿Y si hacemos la prueba cuando volvamos? Por favor.
—Mmm, no estoy segura de que sea buena idea. ¿No preferirías salir de dudas? Deberíamos llevárnosla y decidirlo durante el viaje.
—Saber con certeza que estoy embarazada no hará que me sienta menos desgraciada de lo que ya me siento. Meteré la prueba en la mochila, te lo prometo. Puede que cambie de opinión por el camino —dijo Sam.
—No entiendo cómo retrasar el resultado va a ayudarte a decidir, pero, si ahora no eres capaz de afrontarlo, supongo que podemos esperar un poco.
—Gracias. Ahora mismo no quiero hacer esto. El resto de mi vida está en juego.
—Ve al baño de todos modos, y yo prepararé té para volver a llenarte la vejiga.
Gloria fue a la cocina, puso tazas y platillos en la mesa y encendió el fuego para hervir agua.
Los argumentos de Sam para no hacerse la prueba no la convencían, pero comprendía su reticencia.
Encendió un cigarrillo, se apoyó contra la encimera y esperó a que el hervidor silbara.
Sonó el teléfono y se llevó un cenicero al recibidor por si la llamada se alargaba.
—¿Diga? ¿Quién es, por favor?
Nadie respondió. El sonido de unas monedas al caer dentro de un teléfono público vibró en su oído. Esperó.
—¿Diga? ¿Es Gloria Sanchez?
—Sí, soy yo. Hable más alto, por favor, no lo oigo bien.
—Soy Ramon.
—¿Ramon? ¿Ramon qué?
—Ramon Vega, el amigo de Alfredo.
Esta vez fue Gloria quien guardó silencio.
—¿Hola? ¿Sigues ahí, Gloria?
—¿Estás vivo? Pero nos dijeron que habías muerto en el incendio. ¿Cómo has conseguido mi número?
—Me lo dio la criada de Alfredo. Quería que la gente creyera que había muerto para que me dejaran en paz, pero estoy vivo.
—¿De quién eran los cadáveres que encontró la policía en la casa? Encontraron uno en la habitación de la criada y otro en la tuya. Supongo que la criada estaba en su cama, pero ¿a quién encontraron en la tuya?
—Mantenía una aventura con una mujer que vino a verme aquella noche. Estábamos juntos en la cama y después me mandó a la tienda a comprar vino. Cuando regresé, la casa era un horno. No pude hacer nada.
—¿Se lo has contado a la policía?
—Lo saben, pero lo mantienen en secreto porque el marido no quiere que nadie se entere de cómo murió. Quiere fingir que falleció en un accidente de coche.
—Alfredo está destrozado. Cree que estás muerto.
—¿Dónde está? Le entregué un documento importante que necesito recuperar. No contesta al teléfono.
—Alfredo ha desaparecido. Fue a las montañas con un periodista estadounidense en busca de nazis y desaparecieron.
—Es una noticia terrible, y la situación empeorará. Tenemos que publicar el documento cuanto antes para desenmascarar a esa gente antes de que escape. ¿Tienes idea de dónde está?
—Sí, lo escondí en casa de mi padre, pero no se lo dije. Está a salvo. ¿Dónde estás?
—Estoy en Miami. Tomé un avión después del incendio porque temía que me dieran caza si descubrían que había sobrevivido.
—Mi padre puede enviarte el documento por mensajero si le das la dirección. Tienes que llamarlo, pero espera hasta mañana. Hoy lo llamaré yo y le diré que te lo entregue.
—De acuerdo, ¿cuál es su número?
Gloria le dictó el número y entonces sonaron los pitidos. Ramon soltó una maldición mientras intentaba introducir más monedas en la ranura, sin conseguirlo. La comunicación se cortó.
Permaneció un minuto en el recibidor, tratando de serenarse, y después llamó a su padre.
—Papi, soy yo.
—Hola, cariño. Estaba a punto de llamarte. Tengo noticias sobre Segundo.
—Yo también tengo noticias. ¿Quién empieza?
—Cuéntame.
—Ramon Vega, el amigo de Alfredo, se ha puesto en contacto conmigo. Está en Miami.
—¿Ramon? ¿No murió en un incendio?
—Es una larga historia. Te la contaré en otro momento.
—De acuerdo, ¿qué quería ese hombre?
—Me preguntó por un informe que había escrito. Se lo dio a Alfredo y estaba intentando localizarlo.
—¿Y de qué trata ese informe?
—Es una denuncia de la colaboración entre Alemania y Sierramar durante y después de la guerra.
—¿Será por casualidad el documento escondido en un cajón de la cómoda de tu madre, en mi dormitorio?
—Debería haber sabido que lo encontrarías. Contiene investigaciones comprometedoras. Hay gente que no quiere que se publique y que está dispuesta a hacer cualquier cosa para impedirlo. Ramon abandonó el país porque temía por su seguridad.
—Entonces, ¿por qué lo tienes tú?
—Alfredo me lo dio después de que alguien intentara entrar en su casa para robarlo. No creí que nadie se atreviera a buscarlo en tu casa. Siento no habértelo contado.
—Este documento es un papel muy peligroso. Quizá debería destruirlo.
—No lo hagas, papi. Ramon quiere publicarlo en Miami. Se ha puesto en contacto conmigo esta tarde y me ha pedido que se lo envíe. Le he dicho que lo tienes tú y que te llamará mañana.
Hernan Sanchez se enfrentaba a un dilema.
Si publicaban el documento, Holger Ponce y los demás colaboradores podían descubrir quién lo había mantenido a salvo, y eso supondría el fin de sus lucrativos contratos públicos.
Por otra parte, la verdad no permanecería oculta mucho más tiempo de todos modos, y lo correcto era publicarla y afrontar las consecuencias. Decidió cubrirse las espaldas.
—Por supuesto, cariño. Hablaré con él y veré qué puedo hacer.
—Es vital, papi. Si publicamos la verdad, nadie tendrá motivos para hacerles daño a Alfredo y a su amigo por haber descubierto el secreto.
—Lo entiendo. Ahora escúchame. Segundo no podrá estar aquí hasta mañana por la tarde, así que no quiero que partáis antes de que llegue. ¿Ha quedado claro?
—Pero...
—No hay peros que valgan. Es una orden. Es demasiado peligroso ir sin él. Hablo en serio.
—De acuerdo, papi. Te lo prometo.
—Adiós, cariño. Llámame antes de partir.
—Lo haré. Adiós.
Gloria se quedó enfurruñada, pero él tenía razón. Un día no debería suponer ninguna diferencia, pero ¿quién sabía lo que estaba pasando? Volvió a la cocina, donde Sam sostenía una taza de té entre las manos.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Quién era?