La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 19
50%

Capítulo 19

Gloria atendió una llamada del señor Chiriboga, del Instituto Geográfico, quien le comunicó que las fotografías aéreas estaban listas para recogerlas.

—Sam, date prisa, tenemos que ir a recoger las fotos de San Blas.

—Vale, ya me estoy poniendo los zapatos. ¿Cómo vamos a buscar pistas con las fotografías? Necesitamos un visor especial para verlas en tres dimensiones.

—Ya había pensado en eso. Tengo un amigo que trabaja en el Centro de Monitorización Sísmica. Allí cuentan con toda clase de equipos, y él está colado por mí, así que la combinación promete.

A Sam no le sorprendió enterarse de que Gloria tenía otro admirador. Los hombres perdían la cabeza por ella continuamente: Gloria era tan hermosa como Venus, tan rica como Creso y exigía unas atenciones desmesuradas.

—Parece perfecto. Estoy lista. Vámonos, entonces.

Fueron en coche hasta el Instituto Geográfico y aparcaron fuera. Subieron a pie por la cuesta hasta el atrio y, desde allí, pasaron al departamento de fotografías aéreas. El señor Chiriboga ya les había preparado las fotografías en un sobre grande de color marrón.

—¿El Centro de Monitorización Sísmica dispone de los visores adecuados para verlas en tres dimensiones?

—Sí, los tienen. Allí arriba habrá alguien que pueda ayudarlas. Buena suerte, señoras.

El Centro se alzaba en la ladera del enorme volcán que dominaba Calderon y amenazaba con sepultar a su millón de habitantes en la siguiente erupción.

A quinientos metros por encima de la ciudad, el corazón y los pulmones de Sam trabajaban a destajo para combatir la escasez de oxígeno del aire enrarecido.

Gloria, impasible, encendió un cigarrillo y contempló las vistas desde el aparcamiento.

—Impresionante, ¿eh? Calderon no para de crecer.

—Fantástico —jadeó Sam.

Cuando Gloria terminó el cigarrillo, entraron en el anodino edificio de hormigón y se encontraron en una sencilla sala naranja, con un mostrador de recepción destartalado. Tras él, una mujer de aspecto aburrido se trenzaba el pelo.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlas? —dijo.

—Quisiera ver a Guillermo Palacios, por favor.

—Entren en la sala de la derecha y sigan hasta el fondo. Su escritorio es el último de la izquierda, al final de la oficina.

¿Sin vigilancia ni controles de identidad?

Qué decepción. Recorrieron la larga oficina entre hileras paralelas de cubículos, cada uno ocupado por alguien de aspecto concentrado que escudriñaba su pantalla y tomaba notas.

Se detuvieron ante el último cubículo y miraron dentro.

Un hombre con gafas gruesas y un gran bigote que parecía una oruga gorda en equilibrio sobre el labio examinaba una hoja impresa sobre su escritorio.

Se pellizcaba la cutícula de un dedo, ya inflamada. Gloria carraspeó.

—Ejem. ¿Guillermo? Soy yo, Gloria.

Él se volvió de golpe hacia ellas, con el rostro encendido de placer y vergüenza.

—¿Gloria? Dios mío. Ha pasado demasiado tiempo. Sigues siendo tan hermosa como una flor. Las rosas deben de ponerse celosas cuando pasas a su lado.

—Gracias. Tendría que venir más a menudo si quiero recibir cumplidos tan bonitos.

—Pero ¿qué haces aquí? ¿Y quién es tu amiga?

—Esta es Sam. Necesitamos tu ayuda, si tienes tiempo.

—Hola, Sam. Encantado de conocerte. Para ti tengo todo el tiempo del mundo, Gloria. ¿Cómo puedo ayudaros?

—Necesitamos examinar unas fotografías aéreas en tres dimensiones y ampliarlas, si es posible. ¿Puedes hacerlo?

—Claro que sí. ¿Las habéis traído?

Gloria le entregó el sobre.

—¿Qué estáis buscando?

—Suena extraño, pero buscamos edificios ocultos en las afueras del pueblo de San Blas de Lago Verde.

—¿No es ese el pueblo donde hacen el queso? Supongo que no estaréis buscando queseros clandestinos.

—No exactamente. Es más bien como jugar al escondite. Buscamos a unas personas que no quieren que las encuentren.

—Qué misterioso. De acuerdo, veamos qué podemos hacer.

Se acercó al cubículo de enfrente, donde había una mesa plana y un par de gruesas lentes suspendidas sobre ella mediante trípodes. Escogió dos fotografías, las colocó bajo las lentes y las movió de un lado a otro mientras murmuraba para sí. Por fin, lo que vio pareció satisfacerlo.

—Ya está. Yo diría que son imágenes muy nítidas.

Sam se inclinó sobre la mesa y miró las fotografías a través de las lentes; las imágenes se fundieron y cobraron relieve ante sus ojos. Llegaba a distinguir árboles y personas por separado.

—Fantástico.

—Bien, me alegro de que sea lo que necesitabais. Ahora, a cambio, yo también quiero un favor.

—Di qué quieres.

—Si te apetece quedarte aquí revisando las fotografías, quiero llevarme a Gloria a tomar un café.

Sam miró a Gloria en busca de confirmación. Ella asintió.

—Perfecto.

Gloria enlazó el brazo con el de Guillermo, impidiendo que saliera flotando en una nube de felicidad, y se marchó con él a tomar café en una cafetería cercana.

Sam se quedó examinando las fotografías en busca de alguna pista sobre el escondite secreto de los oficiales nazis.

Era un trabajo minucioso y laborioso, pero ella sabía ser metódica y poseía una aguda capacidad de observación, algo inherente a su oficio de geóloga.

Había revisado cuatro pares de fotografías sin detectar nada digno de mención cuando algo llamó su atención.

En la imagen de la parte oriental del pueblo había unos montículos que no parecían naturales, pues formaban líneas rectas.

Estaban cubiertos de hierba, pero presentaban unas oquedades oscuras en los laterales que podían ser entradas.

Más interesantes aún resultaban las figuras humanas de la fotografía.

Tal vez fuera un efecto de la luz, pero parecían llevar batas blancas.

Podían ser trabajadores de la industria láctea, pero no llevaban botas de goma.

Entonces comprendió lo que estaba viendo.

Batas de laboratorio. Resultaban tan fuera de lugar que no daba crédito a sus ojos ni siquiera al ampliar las figuras bajando las lentes.

¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué iba alguien a llevar una bata de laboratorio a las afueras de un pueblo perdido en mitad de ninguna parte? No tenía mucho sentido.

Cuando Gloria y Guillermo regresaron, Sam se sentía al borde de la histeria por la excitación contenida. Guillermo parecía haber fumado alguna sustancia psicotrópica, y Gloria lucía la sonrisa satisfecha de una cantante de ópera que acababa de recibir una ovación en pie.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —preguntó Guillermo.

—Eso creo —dijo Sam—. ¿Puedes decirme qué ves?

Se inclinó sobre las lentes y movió las fotografías hasta enfocarlas. Gruñó, sorprendido, y volvió a ajustar las lentes.

—Parecen médicos. ¿Hay alguna clínica en el pueblo?

—Sí —dijo Gloria—, creo que sí; la financia la empresa láctea.

Miró a través de las lentes y se volvió hacia Sam, arqueando una ceja.

—Tenemos que irnos ya, Guillermo —dijo—. Tengo que recoger una cosa en la farmacia antes de que cierre.

—La próxima vez no dejes pasar tanto tiempo entre visita y visita, flor. Te echaré de menos.

—Claro que no, cariño. Gracias por tu ayuda.

—Sí, gracias. Nos ha sido de mucha utilidad —dijo Sam.

Se dirigieron al coche, donde Gloria encendió otro cigarrillo.

Aspiró profundamente y expulsó el humo. El cielo se había encapotado y unas nubes oscuras ocultaban la cima del volcán, que se cernía amenazador sobre ellas.

Sam se estremeció, y Gloria le ofreció una calada de su cigarrillo, que ella no rechazó.

—¿Qué demonios está pasando? —le preguntó a Sam.

—Algo muy raro. No tengo ni idea. No te asustes, estoy convencida de que ahora vamos por buen camino.

—Tengo un presentimiento horrible. Debemos ir allí de inmediato.

—Deberíamos salir mañana al amanecer. Tendrías que decirle a tu padre que vamos. Por si acaso.

—¿A mi padre? ¿Estás loca? Se pondrá furioso.

—Sí, pero no por mucho tiempo. Necesitamos llevar con nosotras a alguien de confianza. Alguien capaz de protegernos si ocurre lo peor.

—¿Te refieres a Segundo?

—Sí. Si Alfredo y Saul están en apuros, necesitaremos ayuda para rescatarlos.

—De acuerdo, odio admitirlo, pero tienes razón. Sin embargo, primero pararemos en la farmacia.

—¿Para qué?

—Vamos a comprar una prueba de embarazo.