La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Alfredo y Saul bajaron a cenar a las ocho.

Siguieron a Schmidt hasta un pintoresco comedor con manteles de cuadros rojos y blancos y sillas de madera tallada, con siluetas de ciervos recortadas en los respaldos.

En la chimenea ardía un fuego de leña. Sobre la repisa había unos elaborados candelabros a ambos lados, enmarcando una sombra en la pared, en el lugar donde habían retirado un cuadro.

Parecía un altar. Schmidt sorprendió a Saul mirando el rectángulo de pintura reciente que había dejado al descubierto la ausencia del cuadro.

—Un turista se emborrachó y dañó el cuadro que teníamos ahí. Lo están restaurando.

—¿Qué representaba?

—Oh, a una personalidad local. No ha pasado nada.

Su tono de voz sugería lo contrario, pero Alfredo negó con la cabeza al ver que Saul estaba a punto de intervenir. El gerente debía de haber retirado el cuadro cuando llegaron al hotel para impedir que lo vieran. Pero ¿por qué?

—Los borrachos, ¿eh? —dijo Alfredo.

—Qué me va a contar. Y, hablando de eso, ¿qué les apetece beber, caballeros?

Se echaron a reír. No es la religión, sino el humor, el opio del pueblo.

—Yo tomaré una cerveza —dijo Alfredo.

—Yo también —dijo Saul.

—¿Hay carta?

—No exactamente. Tenemos platos típicos alemanes, como escalope vienés con ensalada de patata, salchichas con lombarda y sauerbraten con bolas de patata, o cualquier combinación de estos.

También tenemos tortitas de patata, bolas de patata y patatas fritas con beicon y cebolla, pero supongo que no querrá nada de eso —añadió, mirando a Saul.

—Dos escalopes vieneses con chucrut y bolas de patata, por favor. ¿Son de ternera o de pollo?

—De ternera.

—Excelente, gracias.

Saul había cambiado de color y aferraba los reposabrazos de la silla.

—Aguanta —dijo Alfredo—, recuerda para qué has venido.

La cerveza llegó fría. Saul bebió la suya a grandes tragos y Alfredo pidió otras dos.

Para cuando llegaron las bebidas, ya habían dominado sus emociones.

La comida no tardó mucho más, y los platos apenas podían con las enormes raciones cargadas de reconfortantes calorías, que surtieron el efecto deseado.

Habían reducido el ritmo hasta casi detenerse y jugueteaban con los restos de la comida cuando dos hombres entraron en el restaurante y se sentaron en el extremo opuesto del comedor.

Ambos tenían el pelo gris y porte militar, y vestían trajes de tweed con pañuelos anudados al cuello.

—Parece que el pañuelo al cuello es de rigor en San Blas —murmuró Alfredo.

Saul se había puesto tenso como un perro acorralado. Miraba fijamente a uno de los dos hombres.

—Tranquilo, amigo —dijo Alfredo—, no queremos armar la de Dios todavía, ¿verdad?

—Es él. Kurt Becker, el azote de Bruselas.

—¿Estás seguro? Hace cuarenta años que no lo ves.

—¿Cómo puedes preguntármelo? Me arrebató a mi familia y la envió a Auschwitz. ¿Crees que podría olvidar algo así? Y al otro hombre lo reconozco por las fotografías. Es Boris Klein. Estoy convencido.

—De acuerdo. Cálmate. Tenemos que averiguar dónde viven y cuántos más hay en San Blas. Si hay más, necesitaremos ayuda para capturarlos. No dejes que vea tu reacción.

—¿Mi reacción? Es un puto asesino en masa.

—Sí, y haremos que pague por ello. Pero no ahora mismo. Confía en mí. Tenemos que marcharnos ya. Levántate, buen hombre.

Saul se puso en pie y Alfredo lo agarró del brazo y lo sacó a empujones del restaurante, como si obligara a un amigo borracho a irse a la cama. Sonrió a los dos hombres y enarcó las cejas con fingida consternación. Ellos no reaccionaron.

Empezaron a subir las escaleras; Saul tropezaba, reacio a abandonar el lugar. Alfredo lo sujetó con firmeza y lo empujó hacia delante.

—Buenas noches —le dijo a Schmidt—. ¿Puede cargar la cena en nuestra cuenta, por favor?

***

—Sabía que ese cabrón de Ramon Vega iba a traernos problemas —dijo Kurt Becker cuando Alfredo y Saul salieron del restaurante y se retiraron a sus habitaciones.

—Me dijeron que lo habíamos liquidado. ¿No dijo Ponce que Vega trabajaba solo? Nunca hay que fiarse de un político —dijo Boris Klein.

—Estoy seguro de que Vega no colaboró con nadie en su informe. Trabajó solo durante meses. Kleber Perez vio a ese tal doctor Vargas husmeando en los archivos y pidiendo información sobre los colonos alemanes, y empezó a sospechar.

—¿Kleber qué?

—Perez. El muchacho que trabaja para nosotros en los archivos. Viene de la granja de Rolf Hermann.

—Ah, sí, ese chico. ¿Es el que nos contó que un judío había visitado a la señora Hermann con el doctor Vargas?

—El mismo. Afirma que siguió al doctor Vargas hasta la casa de Ramon Vega después de que el doctor encontrara la dirección en los archivos.

Kleber nos dijo que sospecha que Ramon Vega entregó el informe definitivo a Vargas antes de que la casa ardiera.

Incluso trató de buscarlo en casa del doctor Vargas, pero se vio frustrado cuando Vargas regresó del aeropuerto con el judío antes de lo esperado.

—¿Cómo es que no sabíamos nada de esos payasos? El judío y el doctor Vargas. ¿De dónde han salido y quién coño son?

—El judío es un periodista de Nueva York. Mis fuentes me dicen que sobrevivió al pogromo de Bruselas. Es una celebridad menor. Lo transportaban en el tren de los malditos judíos que fue detenido por la resistencia.

—El que escapó. Puede ser peligroso. La venganza es un poderoso motivo. Me pregunto si tenía familia en el tren. ¿Y el doctor?

—El doctor Alfredo Vargas es experto en las culturas inca y valdiviana. Se rumorea que es un borracho. Ponce me cuenta que Vargas ha perdido el respeto de sus colegas por sus correrías etílicas. No sabemos qué relación tiene con Vega. Puede que estudiaran juntos o que fueran amigos de la infancia.

—¿Un judío y un borracho? Bueno, quizá seamos viejos, pero podremos encargarnos de este pequeño inconveniente sin demasiados problemas.

—Eso mismo dije yo. En cualquier caso, el judío tiene más o menos la misma edad que el Führer cuando murió, así que podría resultar ideal para nuestros propósitos.

—Vaya, no se me había ocurrido. Puede que tengas razón. Bueno, debo marcharme si queremos ocuparnos de esto mañana. ¿Quieres que te lleve a casa?

***

A la mañana siguiente, Alfredo y Saul desayunaron huevos y pan negro antes de salir a visitar los lugares de interés.

Ya no tenía mucho sentido fingir que eran turistas, pero siguieron con la farsa.

Como señaló Alfredo, era demasiada coincidencia que Becker y Klein hubieran ido a cenar la misma noche que ellos.

Schmidt debía de haberlos alertado tras ver el pasaporte de Saul.

Los periodistas judíos no abundaban precisamente en las aldeas de temática alemana, y menos aún en una escondida en las montañas de Sierramar.

Si existía una conspiración, Franz Schmidt tenía que formar parte de ella.

Alfredo subió a su habitación e intentó llamar a Gloria. Marcó varias veces, pero no consiguió que la llamada conectara. Volvió a bajar.

—Señor Schmidt, necesito hablar con alguien, pero no consigo comunicar con Calderon. ¿Puede ayudarme?

—Oh, lo siento, doctor Vargas. Los teléfonos no funcionan. Puede que la línea se haya caído. Hace viento en el valle.

Alfredo había visto a Schmidt hablando por teléfono cuando salieron del comedor después de desayunar, pero ahora estaba convencido de que ocurría algo turbio.

Se pondría en contacto con Gloria desde Lago Verde cuando llegaran allí.

Le dijeron a Schmidt que volverían para cenar y que dejarían el hotel a la mañana siguiente.

Después salieron a pie y recorrieron el pueblo, cruzando una y otra vez la calle principal mientras buscaban indicios de la comunidad oculta.

¿Cómo se busca algo oculto a plena vista?

No vieron esvásticas, taconazos ni bigotitos, pero todo el pueblo apestaba a cultura e historia alemanas, y no encontraron a un solo lugareño nativo que trabajase o viviese allí.

Mientras almorzaban en un bar, los rodearon camareras ataviadas con blusas blancas que cantaban canciones sobre cerveza y flirteaban con ellos.

—Es como Disneyland bajo los efectos de las drogas —dijo Alfredo, maravillado.

—Más bien como Springtime for Hitler —dijo Saul, abrumado por aquella sobredosis de camaradería germánica—. No sé muy bien qué esperaba encontrar, pero no era esto. ¿Qué hacemos ahora?

—Ni idea, ahora mismo estoy germanizado hasta las cejas.

Sin embargo, que yo sepa, fabricar queso y cantar mal no es ilegal en Sierramar, así que todavía no podemos tomarnos la justicia por nuestra mano.

La cosa podría ponerse fea por aquí, de modo que será mejor que desaparezcamos. Volvamos al hotel.

—No es que no hayamos visto nazis. Anoche casi cenaron con nosotros, pero ¿cómo podemos confirmar sus identidades? No podemos acercarnos y preguntarles quiénes son.

—No es mala idea.

—¿Qué? ¿Pedirles que se incriminen? No creo que funcione.

—No, pero Schmidt sabe quiénes son. ¿Por qué no se lo preguntamos?