La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

A la mañana siguiente, Alfredo obligó a Saul a sacar la pistola de la mochila y guardarla detrás del panel lateral de la parte trasera del jeep, junto con el gato y las demás herramientas para cambiar una rueda.

Era muy probable que se toparan con algún control policial improvisado en las carreteras que conducían al sur, atendido por individuos deseosos de complementar sus míseros sueldos.

La policía se inventaría alguna infracción y la víctima pagaría una multa en el acto, casi como si fuera un peaje.

Sin embargo, si encontraban un arma, la cosa podía ponerse fea, sobre todo si estaba en manos de un extranjero.

Eso daba carta blanca a los policías para extorsionarlos y exigirles sumas mucho mayores, así como para recurrir a la violencia si no conseguían lo que querían.

Alfredo y Saul no necesitaban más problemas en aquel viaje, que ya era bastante peligroso de por sí.

Alfredo había evaluado los riesgos de antemano sin darse cuenta de que la mitad de su equipo había estado ocultando sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por un apacible periodista de investigación cuando en realidad era un judío sediento de venganza y armado con una pistola.

Había mucho más en juego de lo que Alfredo había previsto. Necesitarían más whisky.

Parte de su preocupación se disipó pronto.

Saul parecía rebosante de alegría y tarareaba mientras avanzaban por la carretera.

Nunca había estado en Sudamérica y se pasaba los días en un estado de asombro permanente.

Hicieron paradas imprevistas para contemplar el paisaje y probar especialidades locales.

Alfredo dejó que se relajara y olvidase su misión de venganza durante tanto tiempo como fuera posible.

No estaba seguro de poder controlar a Saul si alguna vez encontraban a Kurt Becker, pero tampoco se interpondría entre ellos si las cosas se torcían. La pistola tenía que seguir escondida.

Almorzaron en un antiquísimo puesto de comida de un pueblo situado junto a la carretera principal, después de que Saul divisara desde el coche una rudimentaria barbacoa con un espetón giratorio.

Al detenerse en el arcén, Alfredo reconoció la carne y aguardó la inevitable reacción cuando Saul reparó en los conejillos de Indias despellejados que giraban ensartados en los espetones, con rostros acusadores, muecas de dientes salientes y patas suplicantes.

—¿Qué animales son esos? ¿Conejos?

—No, son conejillos de Indias. Los lugareños los crían para comer.

—¡Dios mío! ¿Hablas en serio?

—Están ricos.

—Bueno, pues ¿a qué esperamos?

Para sorpresa de Alfredo, Saul se comió dos, chupando los huesos con fruición, como si fuera del lugar.

La dueña del puesto, una vieja bruja desdentada que olía a cadáver, lo animó y le llevó más arroz y maíz para que rebañara los jugos.

Un sonoro eructo de Saul rompió el silencio de un almuerzo excelente y le puso fin.

Alfredo pagó la comida y regresaron al coche.

—Eres el primer gringo al que veo comer conejillo de Indias con tantas ganas —dijo Alfredo.

—Oh, de niños comíamos ratas a menudo. Yo creía que era normal. Y ahora veo que lo es. La vida es rarísima, ¿eh?

El comentario dejó a Alfredo sin palabras. La frase «el condenado disfrutó de su última comida» le cruzó el cerebro como los anuncios luminosos de Times Square. Tal vez no encontraran nada y recordasen aquello como un viaje maravilloso a las montañas. Tal vez.

Condujeron hacia el sur durante un par de horas entre las dos hileras de volcanes que formaban las cumbres de los Andes.

Después giraron hacia el este y se adentraron en las llanuras y los valles de las tierras altas.

La carretera se estrechó y el asfalto se volvió irregular conforme se acercaban a los lagos.

Las carreteras, desiertas, eran cada vez más empinadas y estrechas, con caídas vertiginosas hacia valles verdes que parecían mosaicos.

Se cruzaron con varios autobuses de madera abiertos y sobrecargados que avanzaban a trompicones a la velocidad de una bicicleta y solo podían adelantarse con suma cautela en los tramos más anchos.

Había pocos apartaderos, de modo que avanzaban a paso glacial.

Para empeorar las cosas, al caer la tarde, las ovejas y el ganado que regresaban a sus corrales les cortaron el paso y los obligaron a esperar mientras se apagaba la luz.

Por fin entraron en una zona donde la carretera volvía a ser llana.

Un pueblo emergió de la oscuridad; las paredes encaladas de las casas con tejados de paja resplandecían en la penumbra.

En la plaza principal había una vieja posada llamada Lago Verde.

—Esta noche nos quedaremos aquí —dijo Alfredo.

—Por mí, perfecto —dijo Saul—. ¿Podemos pedir whisky?

No había whisky, pero el posadero sacó una botella de ron barato, que bebieron con la versión local de la Coca-Cola y unos cubitos de hielo de aspecto dudoso.

Comieron un trozo de carne de vacuno bien guisada con yuca frita y arroz antes de acostarse.

El cuarto de baño era un poco rudimentario, pero, como observó Alfredo, al menos tenía un retrete con cisterna y su preciada reserva de papel higiénico les vendría muy bien.

A la mañana siguiente se levantaron temprano y comieron unos huevos revueltos con cebolla y pimientos antes de partir hacia San Blas. Alfredo detuvo el coche tres veces para preguntar el camino a distintas personas antes de seguir la ruta que le habían indicado. Saul se irritó un poco.

—¿Por qué hemos tenido que pedir indicaciones a tres personas? ¿No te han dado todas la misma respuesta?

—Sí. Sin embargo, aquí existe la costumbre de mandar a la gente de un lado para otro, así que tenía que asegurarme.

La carretera se estrechó todavía más y se hundió en la turba hasta que acabaron circulando por una zanja encajonada entre muros de terrones apilados a ambos lados.

—Espero que no haya mucho tráfico —dijo Saul.

—No es probable. Si nos cruzamos con otro vehículo, tendremos que dar marcha atrás hasta alguna entrada.

—Este lugar está oculto a la vista. Es increíble que sepas dónde está. ¿Cómo demonios te enteraste de su existencia?

—Tuve una novia cuyo padre era alemán y ella me habló de este sitio hace años. Supongo que se me quedó grabado. Lo había olvidado hasta que surgió todo esto.

—Puede que los hombres a los que busco ya no estén aquí.

—Algunos habrán muerto ya, pero es posible que otros no se hayan movido del sitio. Pronto lo averiguaremos.

Solo había una carretera que seguir, así que resultaba difícil perderse.

Serpenteaba por el terreno pantanoso, bordeando las cumbres nevadas.

De pronto, como un corcho que salta de una botella de champán, el jeep salió disparado a una calle de casas impecables, con alféizares tallados y tejados de tejas de madera, como en una localidad alpina suiza.

—Este debe de ser el sitio —dijo Saul.

—¡Jesús! —exclamó Alfredo—. Ya solo nos faltan Heidi y un rebaño de cabras.

—Tío, esto da un miedo de cojones.

Recorrieron lo que parecía la calle principal de San Blas y desembocaron en una plaza pulcra, con setos de boj recortados con precisión y un tiovivo en el centro.

En uno de los lados se alzaba un hotel tan pintoresco que parecía sacado de la tapa de una caja de bombones.

Tenía marcos de ventanas con corazones y pájaros tallados en relieve, y balcones de madera con cestas de geranios de los que aún goteaba el agua de un riego reciente.

Alfredo atravesó una entrada lateral y accedió al aparcamiento de la parte trasera del hotel.

Permanecieron allí sentados durante un rato, absortos en sus pensamientos.

Un gato enorme salió de unos arbustos, saltó sobre el capó, se hizo un ovillo y se quedó dormido.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Alfredo—. No hemos pensado bien cómo proceder.

—Imagino que vendrán ellos a buscarnos y no al revés.

—Puede que tengas razón. Será mejor que veamos si podemos reservar una habitación.

—Después de usted, doctor Vargas.

Entraron en el vestíbulo, que también era recargado y estaba decorado como un chalé suizo.

La recepción se encontraba vacía. Un reloj de cuco dio la hora, sobresaltándolos a los dos.

Observaron hipnotizados cómo un par de muñecos salían por las puertas del reloj y giraban en círculo antes de volver a entrar.

Uno de ellos parecía llevar algún tipo de uniforme.

—Bonito, ¿verdad? —dijo una voz a sus espaldas—. Me llamo Franz Schmidt y soy el director del hotel. ¿En qué puedo ayudarles?

Ambos se volvieron al mismo tiempo, en una inquietante imitación de las figuras del reloj de cuco. Detrás del mostrador de recepción había un hombre corpulento y rubio, vestido con pantalones de cuero bávaros. Solo le falta un sombrero tirolés para completar la alucinación.

—Buenas tardes, señor Schmidt. Mi compañero y yo querríamos una habitación para cada uno esta noche y, posiblemente, también mañana —dijo Alfredo.

—Por supuesto, señor. Tenemos habitaciones con baño privado, si les interesa.

—Sí, por favor. Sería estupendo.

—¿Han venido por la elaboración del queso o por la cultura germánica?

—Oh, por ambas cosas.

—Excelente. ¿Me permiten sus pasaportes, por favor? Necesito anotar sus datos en el registro de viajeros.

—Mi pasaporte está en la maleta —dijo Saul—. ¿Puedo traérselo más tarde, por favor?

—Por supuesto, señor. Con tal de que tenga los datos de este otro caballero, será suficiente.

Menos mal que Saul había reaccionado con tanta rapidez.

Si el director del hotel descubría que un judío de Nueva York se alojaba allí, la noticia de su presencia correría como la pólvora.

Quizá no fuese una mala jugada. Tal vez acelerase las cosas.

Alfredo no tenía claro cómo debían proceder si se encontraban con un nazi.

Esa posibilidad seguía siendo difusa en su mente.

Lo que necesitaban era una buena ducha y una cena abundante, regada con copiosas cantidades de alcohol que les diesen un poco de tiempo para pensar.

—Permítanme que les enseñe sus habitaciones —dijo Schmidt.

***

Un rato después, Saul llamó a la puerta de Alfredo.

—Hola, ¿puedo pasar?

—¿Qué ocurre?

—Deberíamos darle mi pasaporte al director. Dijo que se llamaba Franz Schmidt. ¿No es uno de los hermanos Schmidt con los que jugabas al fútbol?

—¡Vaya! La decoración del hotel me distrajo tanto que no lo reconocí. Aunque tampoco creo que él me reconociera a mí. No cabe duda de que estamos en el lugar correcto. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Esa gente puede ser peligrosa. No sabemos de qué son capaces.

—Yo sí. Lo vi con mis propios ojos, pero vale la pena correr el riesgo. Piensa en nosotros como el cebo.

—De acuerdo, pero ten cuidado.

Saul bajó las escaleras hasta la recepción. Franz Schmidt estaba inclinado sobre el libro de registro y dio un respingo cuando Saul dejó el pasaporte sobre el mostrador.

—Aquí tiene mi documentación —dijo.

—Gracias. Si espera un momento, anotaré sus datos y se lo devolveré.

Schmidt abrió el pasaporte y pasó a la página donde figuraban los datos de Saul.

El leve ensanchamiento de sus ojos reveló a Saul su sorpresa.

Copió la información en el registro sin levantar la vista.

El lápiz se clavó en el papel y dejó un surco debido a la exagerada presión que ejercía.

La mina se partió y Schmidt respiró hondo.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ustedes, caballeros? —preguntó, recalcando cada sílaba de la última palabra.

—Sí, nos gustaría cenar. ¿Qué nos recomienda? —preguntó Saul, haciendo caso omiso de la ferocidad con la que Schmidt sacaba punta de nuevo al lápiz.

—Tenemos un buen restaurante aquí, en el hotel —dijo Schmidt entre dientes—. A decir verdad, nuestro restaurante es el único establecimiento del pueblo que abre por la noche. Este lugar está pensado para excursionistas que vienen a pasar el día y no se aloja aquí mucha gente.

—Por mí, perfecto —dijo Saul.