Capítulo 16
Las verjas del Instituto Geográfico estaban cerradas y los guardias de seguridad se negaron a permitir que Gloria subiera la cuesta en coche y aparcara fuera.
Hasta rechazaron el cigarrillo que les ofreció.
Gloria aparcó lo más cerca posible de la entrada y ambas emprendieron la subida a pie.
Sam llevaba unos tacones que parecían diseñados por el marqués de Sade.
Los pies se le estaban llenando de ampollas cuando entró tambaleándose.
—¿Cómo soportas llevar estas malditas cosas? Ya me han dejado lisiada —dijo.
—Deja de quejarte. Comparado con un parto, esto no es nada.
—Una comparación que quizá haga pronto —replicó Sam, arrepintiéndose al instante.
Gloria ya subía como una exhalación por la escalera hacia el despacho del coronel y no pareció oírla.
Como de costumbre, el ayudante del coronel las hizo esperar en la antesala, donde Gloria le dio a Sam un poco de pintalabios y se realzó el escote recolocándose los pechos hacia delante dentro del sujetador.
—Esto es importante, Sam. No te olvides de desplegar tus encantos.
—No lo haré. Soy perfectamente capaz de coquetear cuando hace falta.
Gloria resopló y puso los ojos en blanco. Aquello molestó a Sam, convencida de que podía coquetear tan bien como la que más.
Tras veinte minutos de espera, el secretario salió y les indicó por señas que entraran.
Los zapatos casi hicieron llorar a Sam, pero sacó pecho y entró contoneándose en el despacho del coronel detrás de Gloria.
El coronel estaba firmando unos documentos y tardó un minuto en levantar la vista.
Cuando lo hizo, se puso en pie y señaló las sillas situadas frente a su escritorio.
—Por favor, señoras, siéntense. Siento muchísimo haberlas hecho esperar.
—Oh, no hay ningún problema, señor. Sabemos lo ocupado que está —dijo Gloria, haciendo un mohín.
—Señorita Sanchez, volvemos a encontrarnos. —Rodeó el escritorio y la besó en ambas mejillas.
—Y la gringa, Sam, ¿verdad? Bienvenida de nuevo a Sierramar.
También la besó a ella mientras le miraba el escote con indisimulada lujuria. Sam inspiró profundamente para levantar un poco más los pechos.
—Sí, señor, así es.
—Noto que su español ha mejorado mucho. ¿Se ha casado ya con un hombre de Calderon?
—No, todavía no. —Aleteando las pestañas, preguntó—: ¿Está soltero, coronel?
Gloria soltó un chillido de placer. El coronel se ruborizó hasta la raíz del pelo y regresó a su silla. Sam, abandonada a su suerte por su propio arrojo, no tenía ninguna frase preparada con la que continuar el ataque. El coronel fue el primero en recobrarse.
—Bien, ¿qué puedo hacer hoy por ustedes, señoras?
—Tenemos un problema que solo un hombre en su posición puede resolver —dijo Gloria, lanzándose de lleno a adularlo—. Necesitamos cuanto antes fotografías aéreas de Lago Verde.
—¿Se trata de una emergencia?
—Todavía no está claro. Un amigo nuestro ha desaparecido y queremos acotar los lugares en los que debemos buscar.
Por desgracia, no hay mapas recientes de la zona.
Así que queremos utilizar fotografías aéreas para localizar casas de labranza y dependencias.
Necesitamos su ayuda para agilizar el proceso.
—Esto no es muy ortodoxo, pero, tratándose de ustedes, nada es sencillo.
Al menos no es una zona restringida. Si lo fuera, no podría ayudarlas.
Tal como están las cosas, no creo que haya ningún problema en saltarse un par de pasos del protocolo.
Eso sí, no deben contárselo a nadie y tienen que prometerme que pedirán ayuda a la policía si la necesitan.
—¿Podemos conseguirlas? —preguntó Sam.
—No parezcas tan sorprendida. Todo hombre tiene un precio, y yo prefiero los vestidos ceñidos. Les guiñó un ojo. La burocracia era un sistema arbitrario, pensó Sam. Nunca se sabía cuándo iba a ponerte trabas, pero a veces te beneficiaba.
El coronel cogió el teléfono y marcó un número.
—Señor Chiriboga, voy a enviarle a dos señoras. ¿Podría prepararles un pedido de fotografías aéreas de la región de Lago Verde? ¿Qué escala tienen? De acuerdo, esa sirve. Ya van para allá.
—Gracias, coronel —dijo Gloria—. Se lo agradecemos muchísimo.
—Si no están en existencias, tardarán un par de días en imprimirlas. Firmaré la orden de inmediato si me la envían cuando hayan pagado. Y ahora váyanse. Sus atuendos me distraen, y estoy seguro de que ese era su plan. La próxima vez, limítense a pedírmelo.
Las fotografías no estaban en existencias, pero el señor Chiriboga prometió tenerlas listas en cuarenta y ocho horas.
Pagaron en caja y dejaron el formulario del pedido con el secretario del coronel.
Después bajaron la cuesta con el recibo metido a buen recaudo en el generoso escote de Gloria.
Sam ya no soportaba los zapatos y se arriesgó a caminar descalza, balanceando los tacones por las tiras.
—Es increíble lo que pueden conseguir un par de vestidos ceñidos.
—Han hecho que nuestro coronel se pusiera firme.
—Qué grosera eres.
—Sí, así que tú también te has dado cuenta, ¿eh?
Gloria se echó a reír.
—Sí, ha tenido que esconderlo debajo del escritorio.
***
Holger Ponce llegó al bloque de apartamentos de Hernan Sanchez en un coche ministerial, lo que le garantizó una plaza de aparcamiento y la atención obsequiosa del guardia de seguridad de la entrada.
—Ministro, qué honor. ¿A quién viene a visitar hoy?
—Al señor Sanchez, y dese prisa. No tengo todo el día.
—Por supuesto, ministro. ¿Lo está esperando?
—No, no me espera.
—Un momento, por favor, comprobaré si está en casa. ¿Hola, conserjería? ¿Puede decirle al señor Sanchez que el Ministro de Asuntos Exteriores ha venido a verlo? Gracias.
Holger Ponce encendió un cigarrillo y le dio unas caladas, pero no podía meterle prisa al guardia. El ministro era importante, pero el señor Sanchez resultaba mucho más intimidante. Sonó el zumbador.
—¿Rosita? De acuerdo, lo mandaré arriba. Gracias. Ministro, suba a la quinta planta, por favor. El señor Sanchez lo espera allí.
El guardia abrió la puerta del ascensor y pulsó el botón con toda la ceremonia de la que fue capaz.
Holger Ponce entró en el ascensor con paso arrogante y tiró el cigarrillo al suelo del vestíbulo.
No esperaba una conversación difícil. Hernan Sanchez tenía el mejor whisky escocés de la ciudad y siempre se mostraba generoso con él.
—Ministro, bienvenido. Pase al salón. El señor Sanchez lo está esperando.
—Gracias.
Hernan Sanchez aguardaba junto al mueble bar, expectante ante la llegada del visitante. Una amplia y acogedora sonrisa le surcaba el rostro, aunque no alcanzaba sus ojos. Las visitas sin previo aviso de ministros del Gobierno despertaban sus sospechas.
—Gracias, Rosa. Yo me ocuparé de las bebidas. Buenas tardes, ministro Ponce.
—Holger, por el amor de Dios, Hernan. ¿Hace falta tanta formalidad?
Holger cruzó la estancia con un par de zancadas y le tendió sus huesudos dedos, que retiró casi en cuanto Sanchez intentó estrechárselos.
Sanchez frunció el ceño. Detestaba los apretones de manos blandengues.
Verse privado del apretón enérgico y del mutuo agarre de codos que preferían los hombres de Calderon acrecentó su inquietud.
—¿Quieres un whisky, Holger? Es un triple malta excelente.
—Sí, por favor. Dos dedos y un poco de hielo.
Para evitar una reunión larga, Hernan condujo a Holger hasta el sofá de respaldo rígido en lugar de a los sillones. Se sentaron y giraron para quedar frente a frente.
—¿A quién o a qué debo el honor de tu visita? —preguntó Hernan.
—Se trata de tu hija.
—¿Mi hija? ¿En qué demonios se ha metido esta vez? —Le costaba creer que Gloria hubiera atraído la atención del Gobierno. Se había portado de manera ejemplar desde la llegada de Sam.
—Bueno, no se trata tanto de tu hija como de las compañías que frecuenta.
—No te sigo.
—Del doctor Alfredo Vargas, para ser exactos.
—¿Alfredo? Pero ya no sale con él. Rompieron.
—No según mis fuentes. —Holger se frotó la nariz y la barbilla, haciendo tiempo—.
El caso, Hernan, es que el doctor Vargas se ha estado relacionando con un hombre llamado Ramon Vega, que investiga la colaboración de nuestro Gobierno con ciertos oficiales alemanes prófugos tras la Segunda Guerra Mundial.
Muchas de las personas implicadas siguen vinculadas al Gobierno y, como puedes imaginar, es un asunto delicado.
—¿Y qué tiene que ver Gloria con eso?
—Ese doctor Vargas ha desaparecido y tu hija está incomodando a ciertas personas al hacer preguntas indiscretas sobre su paradero.
—¿Y eso en qué me afecta?
—Creía que era evidente. Tu capacidad para conseguir contratos públicos depende de cierto toma y daca. Sería una lástima que tu reputación sufriera un revés y que ya no pudiéramos ver con buenos ojos tus ofertas para optar a obras.
—¿Obligo a mi hija a retirarse o desaparecen mis contratos?
—En pocas palabras. Espero que lo entiendas. Estos asuntos pueden ser muy espinosos. Queremos cortar esto de raíz antes de que se destape la caja de los truenos.
—Naturalmente. —Hernan Sanchez respiró hondo un par de veces. Se levantó y señaló la puerta—. En fin, ha sido muy amable por tu parte venir. Me temo que no esperaba tu visita y tengo un compromiso previo. Discúlpame.
Desconcertado, Holger ocultó sus emociones y su decepción por tener que abandonar el whisky, que lo tentaba desde la mesita auxiliar. Se planteó bebérselo de un trago, pero no había manera educada de hacerlo.
—Por supuesto, amigo mío. Estoy seguro de que nos entendemos. No hay motivo para que esto interfiera en nuestra relación.
Hernan hizo sonar una campanilla de plata situada sobre la repisa de la chimenea y Rosa apareció.
—¿Sí, señor?
—El ministro se marcha. ¿Puedes acompañarlo a la salida, por favor?
La criada ocultó su sorpresa. La mayoría de las visitas del ministro duraban horas y casi tenían que sacarlo en brazos.
—Sí, señor. ¿Ministro?
Holger bajó en el ascensor con la sensación de haber cumplido su misión.
También se sentía satisfecho de haberle bajado los humos a Hernan Sanchez.
¡Insoportable pilluelo callejero venido a más!
Lo había puesto en su sitio, vaya que sí.
Su chófer holgazaneaba en un banco al otro lado de la calle, tratando de ligar con una criada del edificio contiguo. Al verlo, cruzó la calzada corriendo.
—¿Todo bien, ministro?
—Perfecto, gracias. Llévame a casa, por favor.
***
Hernan Sanchez temblaba de rabia después de que Holger Ponce se marchara.
La desfachatez de aquel hombre al amenazarlo en su propia casa lo había dejado completamente descompuesto.
Se sirvió otro whisky y se sentó en uno de sus sillones más cómodos, tratando de reducir el ritmo de sus pulsaciones.
Si no adelgazaba y dejaba de fumar, uno de aquellos días sufriría un infarto, pero aquellas no eran las circunstancias ideales para plantearse un cambio tan drástico.
Le maravillaba la capacidad de Gloria para meterse en problemas.
Le molestaba que hubiera desobedecido su petición y hubiese vuelto con Alfredo, pero comprendía que los asuntos del corazón no eran sencillos.
La lealtad de su hija hacia Alfredo lo conmovía, y se alegraba de que hubiera encontrado a alguien que le importase lo suficiente como para desafiarlo.
¿Qué demonios investigaba Vargas para que el Gobierno se hubiera vuelto tan paranoico? Tenía que averiguarlo.
Entonces recordó la visita de Gloria a su dormitorio.
Se dirigió a la cómoda del lado de la cama de su esposa y abrió los cajones con reverencia.
Rebuscó en ellos hasta encontrar el fajo de papeles escondido entre la ropa.
El más tenue hálito del perfume de su mujer, procedente de aquel legado intacto de su presencia, se deslizó hasta sus fosas nasales y le arrancó un suspiro.
El documento no estaba encuadernado y se le cayó al sacarlo del cajón, desparramando las páginas por todo el dormitorio.
Le costó bastante recogerlas, sobre todo las que habían ido a parar debajo de la cama.
Resoplando por el esfuerzo, las extendió sobre la cama y volvió a ordenarlas; después las sujetó con la pinza metálica que encontró en un cajón de la cómoda.
A continuación, se llevó el informe al salón, se sirvió otro whisky más y se puso cómodo.