La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Sam tenía que poner a Simon al corriente del apuro en el que se encontraban.

Aún no tenía ningún síntoma de embarazo.

Pero no quería dejar pasar demasiado tiempo y reducir sus opciones.

No podía imaginar cuál sería su reacción, aunque había fantaseado muchas veces con darle la noticia y, en sus ensoñaciones, él siempre se emocionaba.

Habían pasado por muchas cosas juntos y las habían superado como pareja.

Él le había suplicado que volvieran a intentarlo después de que rompieran por culpa de su comportamiento, así que daba por sentado que ahora se tomaba en serio su relación.

¿Lo bastante en serio como para tener un hijo? Suspiró.

—Habla con él —dijo Gloria.

—De acuerdo, deséame suerte.

Sam salió al vestíbulo y respiró hondo varias veces.

La gravedad de la situación se le vino encima al tener que compartir su dilema con Simon.

¿Quizá no era el mejor momento? Pero, en el fondo, sabía que tarde o temprano tendría que decírselo.

También sería hijo suyo. Llamó a la operadora y pidió una conferencia con Inglaterra. Cinco minutos después sonó el teléfono.

—Hola, ya la he puesto en comunicación con Inglaterra.

—Gracias, operadora. ¿Hola?

—¿Hola? Sam, ¿eres tú?

—Sí, hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Oh, estoy bien. Te echo de menos.

—Acabo de llegar. Tienes que ser más valiente.

—No es culpa mía que te eche de menos. Tú eres la que se ha marchado. ¿Cómo está Gloria? ¿Sigue como una cabra?

—Sí, no ha cambiado. Sigue conduciendo tan deprisa como Papá Noel en Nochebuena.

—¿Y Alfredo? ¿Alguna señal de él?

—No, se ha esfumado sin dejar rastro. Es extraño.

—¿No crees que puede haberse ido de juerga? Es habitual entre los alcohólicos.

—Puede que su desaparición sea algo más siniestro. Su amigo Ramon murió en un incendio al día siguiente de que Alfredo fuera a pedirle información sobre unos nazis fugitivos.

—Vaya, qué coincidencia tan desagradable. ¿Has dicho Nazis? La línea se oye mal.

—Alfredo no desapareció solo. Se marchó con un periodista de investigación de Nueva York para buscar un pueblo en las montañas y no han regresado.

—Parece un asunto para la policía.

—Bueno, ese es el problema. La policía no sirve de mucho en Sierramar.

—Sam, esto no parece seguro. ¿Estás convencida de que debes involucrarte?

—No te preocupes por mí. Gloria tiene muchos contactos influyentes. Estaremos bastante seguras. Prometo no cometer ninguna imprudencia.

—Más te vale, porque he decidido que deberíamos vivir juntos cuando regreses. Quizá podríamos compartir piso.

—¡Vaya! Sí que me has echado de menos. ¿Estás seguro de que es lo que quieres? Es un paso importante.

—Quiero que hagamos planes más permanentes.

Ahora o nunca. Suéltalo de una vez, mujer. Sam respiró hondo.

—Me alegra que pienses así porque la cuestión es que creo que podría estar embarazada.

Simon se quedó callado. Sam lo oía respirar. ¿Estaba conmocionado o emocionado? Su reacción le heló la sangre.

—¿Es mío?

Esta vez fue Sam quien guardó silencio. Atónita, no se le ocurrió ninguna réplica. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Cómo podía alguien ser tan insensible en un momento así? ¿Había en el mundo alguien tan egocéntrico como Simon?

—Yo no voy repartiendo mis favores con tanta alegría como tú, Simon —dijo en un susurro—. Tú eres el padre.

Colgó el auricular y se dejó resbalar hasta el suelo, tratando de no llorar.

Tras unos cinco minutos de silencio, Gloria fue a buscarla. Sam seguía sentada en el suelo, abrazándose las rodillas, con los ojos enrojecidos por la furia y el dolor. Gloria se sentó a su lado y, en un gesto de solidaridad, le pasó un brazo por los hombros.

—Lo odio —dijo Sam.

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha preguntado si el bebé era suyo.

A Gloria se le quedó la boca abierta y se atragantó.

—¿Qué? Será cabrón. Dios mío, cuánto lo siento. ¿Cómo se le ocurre preguntarte algo así? Si es él quien no sabe guardarse la polla en los pantalones.

Sam sonrió a pesar de su angustia.

—Es un cabrón integral. Pero siempre lo ha sido. No entiendo por qué sigo volviendo a por más. ¿Acaso soy una especie de masoquista?

—Eso es el amor, me temo.

—No es amor. Es algo mucho más adictivo. Comparadas con esto, las drogas serían un alivio. ¿Y qué voy a hacer con este bebé?

—Podemos compartirlo.

—¿Qué?

—Podemos compartirlo, sea niño o niña. Yo puedo cuidarlo mientras trabajas y tú puedes ocuparte del bebé cuando no estés trabajando. Es la solución perfecta.

Muda de asombro, Sam intentó averiguar si se trataba de una broma, pero Gloria hablaba en serio. Frunció el ceño, concentrada mientras imaginaba cómo llevar su plan a la práctica.

—Necesito un cigarrillo —dijo.

***

La noticia de Sam había horrorizado a Simon.

El hecho de que ella solo hubiera dicho que creía que podía estar embarazada le había pasado por completo inadvertido.

Iba a ser padre. A medida que asimilaba la noticia, un escalofrío espantoso le recorrió la espalda.

De todas las situaciones que había imaginado, la de convertirse en padre no figuraba entre ellas.

No estaba preparado. El pánico se apoderó de él y las paredes parecieron cerrarse a su alrededor.

Culpó a Sam. Era ella quien tomaba la píldora.

La muy idiota debía de haberse olvidado de tomar una.

Debería deshacerse del niño. Era pragmática con casi todo, pero, si él le decía lo que tenía que hacer, reaccionaría mal.

¿Cómo iba a influir en su decisión estando ella tan lejos?

No conocía a nadie a quien pudiera pedir consejo. ¿O sí?

Abrió la puerta con gesto hosco. Se percató de su presencia, pero no pareció alegrarse de verlo. Su hostilidad no lo inmutó.

—Hola, aquí estoy otra vez.

—Simon, apareces hasta en la sopa.

—Por favor, Hannah, necesito hablar contigo sobre Sam. Puede que ahora mismo seas la única persona del planeta capaz de ayudarme.

Ella lo miró con desconfianza.

—Está claro que no entiendes con quién te las estás viendo. Puedes pasar, pero solo un rato. ¿Quieres una copa de vino?

Simon no sabía si se refería a su hermana o a sí misma.

Desorientado por la intensa lujuria que ella despertaba en él, siguió su figura curvilínea hasta el acogedor salón.

Hannah había decorado el piso en tonos convencionales de beige y rosa, con cojines de buen gusto y flores frescas sobre la mesa.

De la pared colgaba un cartel enmarcado del Moulin Rouge.

Le indicó que se sentara en el sofá y le entregó una copa de vino tinto antes de acomodarse con las piernas cruzadas en un sillón de flores.

—Salud —dijo, llevándose la copa a los labios y derramándose un poco sobre la camiseta. No se lo limpió. Simon comprendió que estaba borracha.

—Salud.

—Y bien, señor Corazón Solitario, ¿qué puedo hacer por ti?