La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 14
39%

Capítulo 14

Cuando Alfredo regresó a casa, Saul ya había hecho la maleta y estaba impaciente por partir.

Alfredo metió algunas cosas en una mochila, entre ellas su inseparable sombrero de explorador y sus viejas botas de montaña.

No logró encontrar su cámara réflex hasta que retiró el abrigo del perchero del recibidor.

La encontró colgada debajo de las chaquetas, enredada con unos prismáticos maltrechos que también guardó en la mochila.

Varios carretes sin usar se ocultaban en la nevera, conservándose frescos detrás del tarro de aceitunas antiquísimas.

Colocó uno directamente en la cámara y metió los demás en el bolsillo delantero de la mochila.

Justo antes de salir, entró a toda prisa en el cuarto de baño y sacó del armario un paquete nuevo de papel higiénico.

—¿No tendrán papel en San Blas? —preguntó Saul.

—No corro riesgos con mis abluciones —respondió Alfredo.

Cerraron la casa con llave y fueron a la gasolinera, donde llenaron el depósito y compraron provisiones de agua potable y algo para picar. También compraron una botella de whisky para mantener la tasa de alcohol en sangre de Alfredo en sus niveles habituales.

—¿Tenemos un mapa de la zona? —preguntó Saul.

—Las carreteras que llevan a San Blas aún no aparecen en ningún mapa, ya que las construyeron hace veinte años y el levantamiento cartográfico de Sierramar se completó en la década de 1940.

—Entonces, ¿cómo vamos a encontrarlo?

—Preguntando a los lugareños y dirigiendo el coche hacia el volcán que hay detrás de Lago Verde.

Saul arqueó una ceja.

—Eso suena muy científico.

—Sé que es un método un tanto improvisado, pero así hacemos las cosas por aquí. Llegaremos. Ya lo verás.

Tomaron la carretera que salía de la ciudad en dirección sur, atravesaron las destartaladas casas coloniales de las afueras y se adentraron en el campo por carreteras flanqueadas por eucaliptos resecos y plantas de sisal, a algunas de las cuales les habían arrancado las hojas.

Sus fibras colgaban de las alambradas para secarse, a la espera de convertirse en sacos.

—Esto es muy emocionante —dijo Saul—. Nunca había participado en una persecución. Yo investigo y otros se dedican a cazar nazis.

—No tengo ni idea de si encontraremos algo que perseguir o no —dijo Alfredo—, pero es emocionante.

—También puede ser peligroso. No te pago lo suficiente para que te arriesgues a resultar herido o incluso a morir en este viaje. Nunca te he preguntado por qué haces esto.

—Quiero vengar a mi amigo Ramon. Nos peleamos hace unos años porque yo estaba borracho y lo insulté delante de nuestros amigos.

Fue culpa mía. Hice las paces con él antes de que muriera.

Merecía algo mejor. ¿Y tú qué haces aquí, Saul?

Me dijiste que no eres judío practicante .

Me parece extraño que arriesgues la vida para dar caza a unos alemanes cualesquiera en Sierramar. ¿Hay algo que no me hayas contado?

Saul rehuyó la mirada de Alfredo y contempló el paisaje por la ventanilla. Se le tensaron los músculos de la mandíbula.

—¿Podemos hablar de ello esta noche? Necesito beber algo para armarme de valor.

—Lo entiendo mejor de lo que imaginas.

El resto del día transcurrió casi sin incidentes. Un pinchazo los retrasó alrededor de media hora, pero un mecánico que trabajaba en un pequeño cobertizo al borde de la carretera lo reparó por un par de dólares. Impresionó a Saul, que le dio una buena propina.

—Vaya, son rapidísimos y baratos. No creo que tengamos nada parecido en Estados Unidos.

—Probablemente allí tienes mejores carreteras y los pinchazos son mucho menos frecuentes.

—Bueno, eso es verdad, supongo.

Después de conducir durante casi todo el día, los dos hombres estaban aturdidos por los baches y las sacudidas, así que se detuvieron a pasar la noche en una posada apartada de la carretera principal, elegida por Alfredo por su buena cocina casera y sus camas sin pulgas.

Cenaron un sustancioso estofado de cabra con arroz y después se sentaron junto al fuego del bar a hacer la digestión con un vaso de whisky.

Alfredo se volvió hacia Saul, que jugueteaba con el vaso y evitaba mirarlo a los ojos.

—Ha llegado el momento de que me digas por qué has venido a este viaje. Quiero saber en qué nos estamos metiendo.

—Me parece bien. No te culparía si cambiaras de opinión después de lo que voy a contarte.

—De acuerdo, ¿por qué no empiezas por el principio?

Los dos corearon:

—Es un buen lugar para empezar.

Y entonces sonrieron. La referencia irónica a Sonrisas y lágrimas no estaba fuera de lugar si iban a hablar de nazis.

—Bueno, como ya habrás notado, soy judío.

Nací en Bruselas y viví allí de niño con mis padres y mi hermana.

Mi familia tenía dinero y llevábamos una vida cómoda.

En nuestro barrio teníamos muchos amigos judíos.

Cuando la guerra comenzó en Polonia, nos parecía algo muy lejano.

Bélgica había declarado su neutralidad en el conflicto, pero eso no impidió que los alemanes la invadieran.

En 1940 cruzaron nuestras fronteras y, dieciocho días después, la lucha había terminado.

—¡Qué espanto!

—Cuando los alemanes invadieron Bélgica, quedamos atrapados.

A partir de entonces, un gobierno militar alemán administró el país y cargó a los belgas, mediante impuestos, con los costes de la ocupación militar, que ascendían a casi dos tercios de la renta nacional.

Durante un tiempo, la vida continuó casi con normalidad, pero en octubre de 1940 promulgaron leyes antijudías y se produjeron varios pogromos.

Mucha gente colaboró con los alemanes y los ayudó a detener a los judíos.

—La gente nos evitaba y cuchicheaba a nuestras espaldas.

Algunas familias judías se habían marchado a Estados Unidos y Gran Bretaña, pero mi padre se negaba a irse porque toda la fortuna familiar estaba ligada a Bruselas.

Después, la situación empeoró. Los alemanes confiscaron los bienes de los judíos y nos expulsaron de nuestra casa.

Nos ordenaron presentarnos en el campo de tránsito de Malinas.

Mi padre convenció a nuestros vecinos para que se mudaran también a nuestra casa y nos escondieran a mi hermana y a mí en el desván.

Él y mi madre se ocultaron en otro lugar y venían a visitarnos cuando podían.

Un día desaparecieron y nunca volvimos a verlos.

—Debió de ser terrible.

—No tanto. Yo era pequeño y todo aquello me parecía una aventura.

No entendí lo que estaba ocurriendo hasta el día en que desaparecieron mis padres.

La Gestapo debió de detenerlos. Las personas que vivían en nuestra casa arriesgaron la vida para salvarnos.

Además, el racionamiento había empeorado y nosotros comíamos de sus propias raciones, de modo que todos nos íbamos muriendo de hambre poco a poco.

—Entonces, un día, unos soldados derribaron la pared que nos ocultaba y nos arrastraron a la calle por encima de los cadáveres de quienes nos habían escondido.

Era abril de 1943. La gente nos abucheaba y nos escupía mientras los alemanes nos conducían por las calles hasta la estación de ferrocarril.

—¿Cuántos años tenías?

—Nueve, y mi hermana tenía quince.

—¡Santo Dios! Debías de estar aterrorizado.

—Sí, creo que fue entonces cuando me di cuenta de verdad. La gente desaparecía sin cesar, pero no sabíamos adónde iba; solo que nunca volvíamos a verla. Lo mismo ocurrió con mis padres.

Saul apuró el vaso y pidió que se lo llenaran de nuevo. Pareció armarse de valor.

—En fin, nos metieron a todos en un vagón de mercancías con otras cincuenta o sesenta personas y un cubo en medio del vagón.

Era aterrador, pero nos quedamos en un rincón, donde estábamos más seguros y nos llegaba algo de aire por una rendija de la puerta.

En el vagón había personas desesperadas que susurraban acerca de un lugar llamado Auschwitz.

Un hombre nos dijo que aquel era el vigésimo convoy de judíos enviado al campo.

Tras permanecer un par de horas detenido en la estación, el tren se puso en marcha rumbo a Polonia.

Avanzaba con lentitud por las vías. No nos dieron comida ni agua y apenas entraba aire en el vagón.

La gente se desmayaba de hambre y de miedo.

—Durante la noche, tres miembros de la Resistencia belga detuvieron el tren con una luz roja hecha con un farol cubierto de papel de seda.

Eso hizo que el maquinista frenara. Fue la única vez durante la guerra que se interceptó un transporte nazi que llevaba judíos.

Mientras sus amigos creaban una distracción disparando contra los maquinistas, uno de los miembros de la resistencia abrió la puerta de nuestro vagón cortando con unos alicates el alambre que la mantenía cerrada.

La deslizó justo enfrente de mi hermana y de mí.

Les gritó que saltaran. Todos vacilaron, pero mi hermana me empujó entre la multitud y yo salté a sus brazos.

Ella llegó hasta la puerta, pero no quiso...

, no pudo saltar. Le supliqué que lo hiciera, pero la arrastraron hacia atrás mientras otras personas saltaban hacia la libertad.

—El tren volvió a ponerse en marcha. Yo gritaba y gritaba, pero ella había desaparecido en el interior del vagón y nunca volví a verla.

Aquellos hombres me llevaron con ellos de vuelta a la ciudad y me alojaron en una casa segura, donde permanecí hasta el final de la guerra.

En 1945, la Cruz Roja me envió en barco a Nueva York porque tenía una tía que vivía allí.

Desde entonces he averiguado que mis padres y mi hermana murieron en Auschwitz pocos días después de llegar.

—No sé qué decir. Es demasiado horrible siquiera para pensarlo. ¡Qué experiencia tan desgarradora para un niño! Lo siento muchísimo.

—No creo haberlo superado nunca. Todavía prefiero sentarme de espaldas a la pared siempre que puedo.

—Me sorprende que hayas logrado seguir adelante. ¡Qué tragedia tan espantosa!

—Aún no he terminado. Un oficial de la Gestapo se hizo cargo de los registros en Bruselas. Era un auténtico monstruo sádico. Un médico que acabó atendiendo a Hitler durante sus últimos días en el búnker. Cuando los rusos tomaron Berlín, huyó a Sudamérica y vino a Sierramar.

—¿Cómo se llamaba?

—El doctor Kurt Becker.

—¿Becker? ¿No es ese el nombre del hombre que estamos buscando?

—El mismo. Ahora ya lo sabes. No eres el único que busca venganza.

—¿De ahí la pistola? ¡Jesús! Me había olvidado de la pistola. La llevas contigo, ¿verdad?