La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

A la mañana siguiente, bajaron por las sinuosas carreteras hasta el mismo valle donde había vivido Ramon.

—Recuérdame que pasemos por la comisaría local a la vuelta. Quiero preguntarle al inspector Torres por el incendio de la casa de Ramón. Que yo sepa, aún no han identificado los cadáveres ni determinado la causa del incendio.

—Descuida —dijo Sam.

La feria bullía con la población extranjera de Calderón, a la que le gustaba comprar embutidos y quesos al estilo europeo elaborados por los inmigrantes.

La cafetería austriaca era uno de los locales más populares del recinto.

Vendía enormes porciones de tarta Selva Negra coronadas con nata montada.

En cuanto la vio en el escaparate, no hubo quien detuviera a Sam.

Tenía que probarla. Le recordó al viaje que había hecho a Múnich con Simón, cuando tomaron una porción en la habitación del hotel.

La nata montada no tardó en desaparecer de la tarta. Sam suspiró.

Se acomodaron junto a una ventana y contemplaron el trasiego de la calle mientras esperaban el pedido.

Gloria bebió un sorbo de su expreso doble.

La camarera, vestida como una doncella francesa de una película porno, dejó caer la bandeja sobre la mesa y derramó parte del té de Sam en el platillo.

Gloria la fulminó con una mirada tan intensa que estuvo a punto de derretirle la blusa de volantes.

—Lo siento, señora —dijo ella.

—Más le vale —murmuró Gloria.

Sam estaba a punto de hincarle el diente a su enorme porción de tarta cuando vio a Liesel Klein entrando en la cafetería.

Se dispuso a saludarla, pero entonces se percató de que su hermana Heidi la seguía de cerca.

Las dos mujeres se dirigieron con paso decidido al mostrador y pidieron café.

Sam le dio una patada a Gloria por debajo de la mesa y les hizo un gesto con los labios.

—¿Por qué me das patadas?

—Heidi Klein a las doce.

—No digas tonterías. La que viene es Liesel.

—No, es Heidi, detrás de ti. En el mostrador.

Sam intentó esconderse detrás de la tarta cuando las hermanas Klein se volvieron para buscar una mesa. Una expresión furiosa cruzó el rostro de Heidi e inmediatamente dio paso a una amplia sonrisa de reconocimiento de cara a la galería. Las habían visto.

—¡Gloria! ¡Sam! ¿Qué hacéis aquí?

—Ah, Sam quería probar la tarta Selva Negra. Le encantan las cerezas.

—¿Podemos sentarnos con vosotras? He quedado con alguien dentro de unos quince minutos.

—Será un placer.

Siguió la pantomima habitual de mover sillas de otras mesas por encima de las cabezas de los demás clientes de la cafetería y arrastrarlas sin parar.

Heidi pareció convencida por el ruidoso entusiasmo de Sam ante la tarta, que era genuino.

Se negó a probarla alegando que, si lo hacía, quizá acabaría pidiendo una porción.

Liesel permaneció sentada en el borde de la silla, mirando por la ventana para evitar tener que hablar.

Gloria se lo tomó con naturalidad y fumó con una intensidad que sugería que era su primer cigarrillo del día, aunque Sam podía atestiguar que no lo era.

Después de lo que pareció una eternidad, Heidi se levantó y se marchó a reunirse con su amiga, con Liesel a remolque.

—Adiós, nos vemos pronto.

—Adiós —dijo Sam, agitando la mano—. Dios, creía que nos habían calado.

—Solo ha sido una coincidencia. Cálmate.

—¿Y Liesel? ¿Volverá?

—No lo sé. Deberíamos esperar alrededor de media hora, pero, si esperamos más, levantaremos sospechas.

Se quedaron veinte minutos, ocupando la mesa mientras otros clientes esperaban para usarla.

Al final, la camarera les pidió que se marcharan.

Salieron al sol cegador y entornaron los ojos para escudriñar a la multitud.

Liesel Klein apareció corriendo hacia ellas, con el rostro encendido.

Le metió un papel en la mano a Sam y regresó a la carrera por donde había venido.

—¿Qué pone? —preguntó Gloria.

—San Blas del Lago Verde.

—¿Por qué iba a decirnos esto?

—Quizá se sienta culpable.

—Al menos confirma lo que viste en la fotografía. San Blas es un hervidero de intrigas.

—¿Qué hacemos ahora?

—La comisaría. Tenemos que averiguar qué saben del incendio.

—Bien hecho; al menos a una de las dos aún le funcionan unas cuantas neuronas. Vamos.

Llegaron a la comisaría cuando abrió para el turno de tarde. Gloria aparcó en la plaza de cualquier agente y entró con paso resuelto en la oficina, calzada con sus botas de vaquera.

—Hola. Me llamo Gloria Sánchez. He venido a pedir información sobre el incendio de la semana pasada.

Gloria irradiaba autoridad, y el policía que estaba tras el mostrador no tenía ganas, después de su copioso almuerzo, de enzarzarse en una disputa que pudiera arruinarle la siesta.

—Sí, señora. Sígame, por favor.

Las condujo al destartalado despacho del jefe de la comisaría, el inspector Torres, que se puso en pie de un salto cuando entraron.

—Inspector Torres, qué placer volver a verlo.

—Igualmente, señorita Sánchez. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quería saber si dispone de más información sobre el incendio y sobre quién lo provocó.

—Se ha confirmado que fue provocado, pero no tenemos un móvil del crimen ni encontramos ninguna pista que pudiéramos seguir. El señor Vega no parecía tener enemigos evidentes y, aunque estamos investigando una pista, por el momento no estamos autorizados a darle ninguna información.

—Lo entiendo. ¿Puede confirmar que el cadáver era Ramon Vega?

En ese momento, el policía se removió incómodo en su asiento.

—Me temo que no podemos. Ha surgido una complicación. Es un asunto delicado.

Miró a Gloria directamente a los ojos. Ella asintió.

—Lo entiendo, inspector.

El hombre se relajó. Sam se impacientó. Era evidente que el hombre había descubierto algo importante, pero ¿por qué Gloria no lo presionaba?

—Bueno, tiene mi número. Llámeme, por favor, si tiene más información sobre este caso —dijo Gloria.

—Gracias, señora. Estoy a su servicio.

—De acuerdo, vámonos. Ahora —dijo Gloria, tirando del brazo de Sam.

Sam se levantó despacio, intentando intimidar al policía con la mirada, pero Gloria la arrastró fuera del despacho. Una vez en la calle, Sam soltó la pregunta de golpe.

—¿A qué demonios ha venido eso? Tenía más información sobre el caso y no la ha compartido con nosotras.

—Tenía que sacarte de allí antes de que metieras la pata con tus grandes pies de gringa. Creo que hay alguien importante implicado. Los casos como este casi siempre se encubren, o los policías que los investigan también podrían desaparecer.

—Pero te ha mentido.

—Sí, y, si un ministro del Gobierno te amenazara con recurrir a la violencia o algo peor, probablemente tú también mentirías.

—Ah. Ya veo. Lo siento.

—No te preocupes. No entiendes cómo hacemos las cosas por aquí. Confía en mí. Si puede, me lo contará. Dale unos días.

Sam se encogió de hombros.

—De acuerdo, ¿y dónde está San Blas del Lago?

—Está a un par de días en coche de Calderón, en las montañas. Necesitamos un mapa de la zona para localizar los sitios más probables donde buscar.

—Un mapa podría ayudar, pero hay algo aún mejor. ¿Venden fotografías aéreas aquí? Si los nazis se esconden allí arriba, deben de tener un recinto oculto o algo parecido. Quizá podamos divisarlo en una fotografía aérea.

—¿Fotografías aéreas? Mike Morton compró algunas cuando buscamos buenos depósitos aluviales desde el aire, pero hubo que hacer muchísimo papeleo y no tenemos tiempo. Sugiero que visitemos a nuestro amigo, el coronel del Instituto Geográfico. Necesitamos faldas cortas y mucha salsa.

—¿Descaro?

—De verdad, Sam, cualquiera diría que aún no has llegado a la pubertad. S.A.L.S.A. Salsa picante.

—Ah, esa clase de salsa.

—Vamos, tenemos que comprarte un vestido ajustado.