La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 12
35%

Capítulo 12

Sam se agarró al asidero situado sobre la ventanilla para evitar salir despedida de un lado a otro en el asiento delantero mientras Gloria trataba de contrarrestar los enormes baches polvorientos atravesándolos a toda velocidad.

Se detuvieron frente a la casa de los Klein y el coche quedó envuelto en una nube de polvo que acabó posándose sobre el capó.

Sam casi se cayó del coche de puro alivio.

Las hermanas Klein, Heidi y Liesel, vivían en la casa familiar con su madre, una mujer postrada en cama por la esclerosis múltiple.

Construida al estilo de una casa de campo alemana, se alzaba apartada de la carretera, al final de un camino de tierra flanqueado por eucaliptos.

Las afueras de Calderon no tardarían en engullirla bajo sus mugrientas faldas de hormigón y cinc, pero, por el momento, aún conservaba un encanto rural y una belleza de postal, ajenos ambos al paisaje andino.

Gloria se sacudió el polvo y levantó la aldaba con cabeza de águila, dejándola caer dos veces.

A Sam le dio un vuelco el estómago. Carecía por completo de dotes interpretativas y no podía mentir sin ponerse roja como un tomate.

Gloria puede llevar el peso de la conversación.

La puerta se abrió con un crujido sonoro y teatral, y una joven de cabello rubio brillante apareció recortada contra la luz del sol.

—Gloria, qué amable por tu parte venir a visitarnos. Y esta debe de ser tu amiga, ¿no?

—Sí, hola. Soy Sam. ¿Cuál de las dos eres? —soltó de golpe.

—Soy Liesel. Mi hermana, Heidi, está dentro. ¿No queréis pasar?

Gloria ya había pasado por su lado para entrar en el vestíbulo y se dirigía al salón de una forma que indicaba que conocía bien la distribución de la casa.

Sam sonrió y las siguió hasta una estancia sombría, amueblada con piezas de madera que habrían encajado mejor en un monasterio.

Ya se habían sentado cuando Heidi entró con una bandeja de café.

Reinó cierto caos mientras las mujeres se levantaban y volvían a sentarse varias veces para saludarse, servir el café y añadir leche y azúcar. Por fin se acomodaron con sus bebidas.

—Ha pasado mucho tiempo, Gloria —dijo Heidi.

—Sí, mucho. ¿Adónde se va el tiempo?

—Estás estupenda —dijo Liesel.

—Gracias. Hago lo que puedo. Vosotras estáis igual que en el colegio, incluso seguís teniendo ese precioso cabello rubio.

Sam percibió que la mujer envaraba ligeramente la espalda ante aquel comentario tan intencionado. Se hizo un silencio incómodo.

—No te burles de ella, Gloria. Ya sabes lo de nuestro pelo. Se convirtió en una costumbre. No me imagino volviendo a ser morena. La verdad es que empecé tan joven que ni siquiera recuerdo haber tenido el pelo castaño. Es nuestro sello distintivo —dijo Liesel.

Su hermana asintió, apaciguada.

—Ahora lo recuerdo. A vuestro padre le gustaba que tuvierais el pelo rubio. ¿Dónde está? Hace años que no lo veo —dijo Gloria.

Las dos hermanas intercambiaron una mirada. Sam tuvo la clara impresión de que estaban decidiendo qué versión contar. Heidi respondió:

—Se fue a vivir a Argentina hace años. No sabemos dónde está ahora.

—No sabía que se hubiera marchado —dijo Gloria—. Quería preguntarle si podía ayudarme a buscar a los parientes de Sam.

—¿Por qué habéis venido a vernos? ¿Sam no es inglesa?

—Sí, pero su tía abuela era alemana.

—¿Cuál era su apellido?

—Becker —dijo Sam—. Abandonó Alemania después de la guerra y se rumorea que viajó a Sierramar.

—¿Becker? —dijo Liesel.

—Sí, puede que viajara con su hermano. Me han dicho que era médico. ¿Lo conocéis? —preguntó Sam.

La taza de Liesel resbaló de su regazo y se estrelló contra el suelo.

La fina alfombra amortiguó la caída, pero el café se derramó sobre ella.

Liesel se agachó, con el rostro encendido, intentando recoger la taza y secar el café con una servilleta de papel al mismo tiempo. Su hermana la fulminó con la mirada.

—Hablando de padres, ¿cómo está el tuyo, Gloria? —preguntó Heidi—. Me enteré de lo de tu madre. Debió de ser muy duro para las dos.

Qué hábil. Heidi impresionó a Sam por la aparente sinceridad de sus palabras.

Había cambiado de tema sin que lo pareciera y había evitado así responder a su pregunta.

La conversación derivó hacia los antiguos compañeros de colegio, mientras trataban de recordar a profesores tiránicos y el nombre del chico guapísimo del último curso, pero la pregunta de Sam quedó sin respuesta.

Liesel había adquirido un color extraño y, pese a haber ido a la cocina a por más café, seguía pareciendo alterada.

Tenía que estar ocultando algo. No podía haberse puesto así solo por dejar caer una taza. Tal vez las pruebas estuvieran arriba.

—Eh... ¿puedo usar vuestro cuarto de baño, por favor? —preguntó Sam.

—Está subiendo las escaleras, al fondo del pasillo. La primera puerta a la izquierda.

Sam subió los peldaños hasta el rellano.

Una vez allí, pasó de largo ante el cuarto de baño y probó un par de puertas más.

Una de ellas daba a un dormitorio que olía a hospital.

Una anciana dormía encorvada en una silla de ruedas junto a la ventana.

Sam recorrió la habitación con la mirada.

Al ver unas fotografías sobre una cómoda, se acercó sigilosamente para examinarlas.

En una aparecía un hombre mayor y delgado, parecido a Liesel, vestido de tweed.

En otra estaba con varios hombres de aspecto germánico frente a un bar o un hotel llamado Lago Verde.

Hacían el saludo nazi. A Sam se le heló la sangre.

La anciana suspiró en sueños. Sam dio un respingo y retrocedió hasta salir de la habitación, chocando con Heidi, que entraba en ese momento.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Ah, lo siento. He oído un gemido y he pensado que quizá podía ayudar.

—Aquí no puedes hacer nada. Por favor, sal.

—No debería meterme donde no me llaman. Lo siento.

Se deslizó por el pasillo hasta el cuarto de baño, donde se echó agua en la cara. ¡Por poco! ¿La habría visto Heidi mirando la fotografía? Se serenó y bajó de nuevo las escaleras. Encontró a las tres mujeres en el vestíbulo.

—¿Estás lista? Nos vamos ya —dijo Gloria.

—Sí. Gracias por el café.

—Liesel os acompañará a la puerta. Adiós.

Antes de subir al coche, Gloria llevó a Liesel aparte.

—Me doy cuenta de que ocultas algo —siseó—. Mi prometido, Alfredo, ha desaparecido y estoy preocupada por él. Puede que tu padre esté involucrado. Si recuerdas algo que pueda ayudarnos, ¿podrías llamarnos, por favor?

Antes de que Liesel pudiera responder, se oyó un grito procedente de la casa.

—Date prisa, Liesel, nuestra madre necesita comer ya.

La voz de Heidi tenía un deje desagradable. Liesel regresó corriendo a la casa sin responder.

—Vámonos, por el amor de Dios —murmuró Sam mientras subía al coche.

—Te entiendo. Pon algo de buena música. Después de nuestro pequeño encuentro, necesito un poco de rock and roll para conducir. ¿No te parecen siniestras?

—Me sentía como si estuviera hablando con Barbie y Cindy. Sin embargo, no nos han contado toda la verdad sobre su padre.

—Desde luego que no. ¿Has encontrado alguna pista arriba?

—He encontrado en la habitación de su mujer una foto espeluznante del padre. Estaba haciendo el saludo nazi con sus amigos.

—¿Has entrado en su dormitorio? ¿Estaba ella allí?

—Sí, pero estaba dormida.

—Jesús, Sam, podrían haberte pillado.

—En cierto modo, lo han hecho. Heidi ha entrado cuando yo salía de la habitación. Me he inventado una excusa y le he dicho que había oído un gemido.

—Qué temeridad. ¿Te ha creído?

—No lo sé, pero quiero ayudar a Alfredo y estoy convencida de que ellas tienen la clave.

—Bueno, de todos modos, ya es demasiado tarde. ¿Era una fotografía antigua?

—No. Tenían el pelo gris. Yo diría que tendrían unos sesenta y tantos.

—¿Reciente? Vaya. Pero ¿dónde se hicieron la fotografía?

—Fuera de un hotel llamado Lago Verde, con montañas al fondo.

—He estado en Lago Verde. Allí arriba hay un pueblo turístico alemán, San Blas, donde elaboran queso y cerveza. Debían de estar de excursión. No me los imagino conspirando para dar un golpe de Estado con Hansel y Gretel. No sé hasta qué punto nos sirve esto.

—Volvamos a casa.

***

De vuelta en la casa de los Klein, Liesel se consumía de preocupación y se retorcía las manos.

—¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo sabía Gloria lo de nuestro padre? Se marchó hace tanto tiempo que pensé que la gente se había olvidado de él —dijo Liesel.

—Está a salvo donde está. Nadie tiene la menor idea de que sigue en el país. Es una coincidencia —dijo Heidi.

—¿Y si lo encuentran?

—Hay gente que lo protege. No te preocupes. Dile a la criada que prepare algo de comer.

—Ojalá él y sus amigos se olvidaran de Hitler y del maravilloso Tercer Reich.

—¡No te atrevas a decir eso! No vuelvas a decirlo jamás. No sabes de qué estás hablando.

—La que vive engañada eres tú. Quiero vivir en 1990, no en 1940. La guerra ha terminado. Ya no quiero seguir viviendo como Nazis.

Heidi le alisó el pelo a Liesel.

—Para ti es difícil, pero te alegrarás de lo que hicimos cuando llegue el próximo Reich. Anda, vete ya. Tengo que hacer una llamada.

Liesel se marchó airada a la cocina y cerró la puerta de un portazo, pero se quedó allí, con la oreja pegada a ella.

Heidi descolgó el auricular del vestíbulo y marcó un número de Calderon. El teléfono sonó una vez antes de que alguien respondiera.

—Hola, soy Holger Ponce.

—Ministro, soy yo, Heidi Klein.

—Vaya, hola, Heidi. ¿Cómo está la mujer más guapa de Calderon?

—Bien, gracias. ¿Y usted?

—Ah, no me puedo quejar. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Tenemos un problema. Gloria, la hija de Hernan Sanchez, ha venido hoy a hacernos preguntas sobre nuestro padre.

Resulta que estaba saliendo con el doctor Vargas y se ha dado cuenta de que ha desaparecido.

Su amiga ha estado fisgoneando por la planta de arriba y puede que haya visto una fotografía de papá con sus amigos en Lago Verde.

—Ah, qué contrariedad. No me gustaría que le ocurriera nada a la señorita Sanchez. Hernan no estaría nada contento.

—¿Hablará con él? Alguien debe disuadirla a toda costa de seguir buscando al doctor Vargas.

—Sí, hablaré con él. No te preocupes. Es de la vieja escuela. No le interesa perder buenos contactos por un pequeño inconveniente.

—De acuerdo, lo dejo en sus manos. Es vital que Gloria abandone la búsqueda del doctor Vargas. El momento es decisivo. Estamos muy cerca.

—Me temo que tendremos que hacer algo con él y también con nuestro amigo judío. Esperaba que pudiéramos liberarlos más adelante, pero se han convertido en un lastre.

—Haga que parezca un accidente.

—Te informaré cuando esté hecho.

—Gracias, ministro. Lo dejo en sus manos.

Colgó el auricular y abrió la puerta de la cocina. Liesel fingió buscar algo en un armario, pero llevaba la culpa escrita en el rostro.

—No deberías escuchar las conversaciones ajenas —dijo Heidi antes de pasar con aire altivo junto a su hermana y entrar en la cocina.

***

Sam y Gloria estaban cenando sobras en la cocina cuando sonó el teléfono. Gloria descolgó mientras masticaba con fuerza para poder tragarse el bocado de pollo frío que tenía en la boca.

—¿Podemos vernos? —dijo una voz.

Gloria dejó de masticar.

—Sí, ¿dónde y cuándo?

—Mañana estaré con mi hermana en el mercado alemán del valle. ¿Podéis estar en el Café Austriaco a mediodía?

—¿Y tu hermana?

—Ah, ha quedado con un novio. Tendré una hora libre, más o menos, antes de que venga a buscarme.

—De acuerdo, allí estaremos.

La comunicación se cortó.

—¿Número equivocado? —preguntó Sam cuando Gloria reapareció.

—No —dijo Gloria—. Era Liesel Klein.

—¿Qué ha dicho?

—Quiere reunirse con nosotras mañana.

—¿Mañana? ¿Y su hermana?

—Estará sola a mediodía. Hemos quedado con ella en el mercado alemán.

—¿No es arriesgado?

—No nos quedaremos mucho tiempo. Tampoco puede ser seguro para ella.