La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Los dos hombres desayunaron temprano.

—Estoy convencido —dijo Alfredo mientras mordisqueaba una tostada— de que ninguno de los pasajeros que desembarcaron del barco procedente de Alemania utilizaba su verdadero nombre. ¿Tienes algún dato sobre las nuevas identidades que usaban?

—Descubrí que uno de los oficiales se había cambiado el nombre por el de Rolf Hermann.

—¿Rolf Hermann? ¡Vaya! Fui al colegio con sus hijos. Solíamos jugar al fútbol en su hacienda.

Saul negó con la cabeza y suspiró.

—Escondidos a plena vista. Supongo que aquí a nadie le importaba quiénes eran. La guerra no tenía nada que ver con Sierramar. ¿Siguen viviendo allí?

—Llevan muchos años haciendo queso. Anoche cenamos un poco. Puede que Hermann ya no esté al frente, pero la granja sigue perteneciendo a la familia.

—¿Está muy lejos?

—A una hora en coche, más o menos. Podemos ir hoy si quieres. Necesitamos una historia convincente si vamos a hacer preguntas sobre su pasado.

—Di que soy un turista que busca a unos primos con los que ha perdido el contacto.

—Tenemos que cambiarte el nombre.

—Sí, eso se da por sentado. ¿Qué tal Frank Hermann?

—No, para que tenga sentido debe ser el apellido original. ¿Cuál era?

—Kaufmann. Se llamaba Helmut Kaufmann. Sirvió como teniente en la Gestapo.

—Perfecto. Entonces serás Frank Kaufmann. Bien, prepárate y saldremos dentro de unos diez minutos. Lleva la cámara. Tienes que parecer un turista gringo.

La carretera hacia la hacienda presentaba la habitual mezcla de baches y adoquines, que zarandeaba de un lado a otro a los dos hombres en el viejo jeep.

Pasaron junto a húmedas laderas cubiertas de una miríada de diminutos campos de múltiples tonos de verde, como si hubieran extendido colchas de verdor sobre gigantes dormidos.

Unos desaliñados cerdos negros, con las orejas caídas sobre los ojos, hozaban en el barro junto a la carretera, lo que les daba el aspecto de adolescentes tímidos ocultos tras el flequillo.

En los campos, unas ovejas de largo vellón balaban al paso del vehículo, esperando recibir algo de comida.

El aire era tan húmedo que de sus vellones pendían gotas de condensación.

—Vaya, el paisaje es impresionante —dijo Saul—. Me recuerda a Irlanda.

Alfredo había calculado mal tanto la distancia como el estado de la carretera y no llegaron a la casa de la hacienda hasta el mediodía. Cuando Alfredo intentó bajar del coche, dos grandes pastores alemanes gruñeron y se agazaparon, dispuestos a atacar, en el desierto patio adoquinado.

—Mmm, esto es complicado —dijo.

—Alguien vendrá a rescatarnos —dijo Saul—. Es la hora de comer.

Permanecieron sentados en el coche durante casi una hora. Cada vez que alguno intentaba salir, uno de los enormes perros se abalanzaba contra la puerta entre ladridos y gruñidos. Se habrían marchado, pero Saul vio moverse una cortina en una de las ventanas.

—Hay alguien dentro —dijo—. Esperemos hasta que salga.

Siguieron sentados en el coche hasta que por fin se abrió la puerta principal y apareció una anciana, que gesticulaba y decía algo inaudible. Dio unas palmadas y los perros se escabulleron detrás de la casa. Los dos hombres bajaron del jeep y se acercaron a ella.

—Buenos días, señora. Buscamos a Rolf Hermann. ¿Es aquí?

La mujer frunció el ceño y tironeó del delantal.

—Sí, es aquí, pero llegan demasiado tarde. Rolf murió de un infarto hace dos años.

—Lamento oírlo. Mi más sentido pésame.

—Era un cerdo. ¿Para qué lo querían?

—Me llamo Frank Kaufmann. Creía que quizá fuese pariente mío.

—¿Y qué le hizo pensar eso?

—Mi madre me dijo que era primo de su marido.

—Se equivocó. Mi marido no tenía primos. Su padre era hijo único.

Era evidente que quería que se marcharan, pero Saul insistió.

—¿A su marido lo llamaban Freddy?

Su actitud agria y desdeñosa cambió y, como el sol que asoma por detrás de una nube, una sonrisa tímida afloró en su rostro.

—Antes de convertirse en un cerdo.

Suspiró, y una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla enrojecida por el viento.

—Me encantaría ver una fotografía, si tiene alguna —dijo Saul en voz baja.

La mujer lo observó con unos ojos velados por la edad, como si buscara algún parecido.

—Perdonen que los haya hecho esperar fuera. Vivo sola y no me gusta abrir la puerta a desconocidos. Tengo fotografías suyas de cuando era joven. ¿Quieren ver el álbum?

Siguieron a la anciana al interior de una casa que habría encajado mejor en Baviera. Las habitaciones estaban llenas de suelos de madera, visillos y sólidos muebles alemanes.

—¿Puedo ofrecerles un té, caballeros?

—Sería estupendo. Gracias.

Los hizo pasar al salón y desapareció en una cocina situada detrás de la escalera.

Había una chimenea y un par de sofás enfrentados al otro lado de una sólida mesa de centro de madera.

Los dos hombres se sentaron en uno de ellos y esperaron a que regresara.

Ambos recorrieron la estancia con la mirada en busca de indicios sobre los orígenes de la familia, pero no había fotografías enmarcadas ni recuerdos evidentes de la vida familiar.

La señora Hermann entró con una bandeja en la que había tazas de agua caliente y un plato con bolsitas de té. Alfredo cogió una taza y metió una bolsita. Observó consternado cómo flotaba sin infusionar.

—Y bien, señor Kaufmann, ¿qué quiere saber de su primo? —preguntó.

—Bueno, tengo entendido que llegó a Sierramar al final de la guerra. ¿Vino solo?

—Vino con otros cinco oficiales de su regimiento. Eran jóvenes que querían empezar una nueva vida después de los horrores de la guerra. Un vapor los trajo a Guayama junto con unas cincuenta familias más, y desde allí la mayoría se trasladó a Calderon.

—¿Tiene alguna fotografía suya de aquella época? Quiero comprobar si se parece a mí.

La señora Hermann se levantó y sacó de una librería un álbum encuadernado en piel, que estrechó contra el pecho sin ofrecérselo a Saul.

—Debe comprender —dijo— que eran otros tiempos. Aquellos hombres habían perdido la guerra, pero no habían renunciado a la esperanza de un resurgimiento del Reich. Estaban decididos a preservar nuestras tradiciones.

Saul asintió y extendió las manos para coger el álbum.

—Lo comprendo. Mi madre confía en que algún día Alemania vuelva a ser grande. A mí también me educaron para creerlo. No me resulta escandaloso.

Ella se lo entregó. Saul abrió la cubierta y una fotografía de un joven apuesto con uniforme de la Gestapo cayó al suelo.

La recogió, volvió a colocarla en su soporte y pasó las páginas.

Alfredo miraba por encima de su hombro, controlando la respiración y fingiendo escaso interés.

Había una fotografía de seis jóvenes con uniforme de la Gestapo que posaban ante un edificio de madera con tejado de chapa.

—Vaya, ¿cuál de ellos es Rolf?

Ella señaló a un joven delgado que fumaba un cigarrillo.

—¿Y quiénes son los demás? ¿Es este el grupo que vino a Sierramar? ¿Sigue vivo alguno de ellos?

Su entusiasmo era evidente, y ella lo miró con recelo.

—Quiero decir que podrían contarme más cosas sobre Freddy.

—Déjeme ver la foto. Por lo que recuerdo, el gordo era Franz Rauf.

Murió joven de un infarto. Los dos hombres que están a su lado son los hermanos Schmidt.

El hombre situado a la derecha de Frank es Kurt Becker; el de la izquierda, no estoy segura, pero creo que murió el año pasado de un derrame cerebral.

—Fui al mismo colegio que los hijos de los hermanos Schmidt —dijo Alfredo—. Eran chicos agradables y jugaban bien al fútbol. Se marcharon en sexto curso. No volví a verlos.

La señora Hermann no le hizo caso.

—¿Qué fue de los hermanos Schmidt y de Kurt Becker? ¿Siguen en Sierramar? —preguntó Saul.

—Creo que el doctor Becker se retiró a las montañas por motivos de salud. Dirigía una clínica en algún lugar de San Blas de Lago Verde. No sé dónde están los hermanos Schmidt. Se largaron sin decir palabra. Puede que abandonaran Sierramar.

Saul hojeó el álbum. Se detuvo ante una fotografía de una pareja cogida del brazo.

—Es una foto bonita. ¿La hicieron cuando llegaron a Calderon?

—Sí, acabábamos de llegar. Estábamos en el establo de las vacas.

—¿Cómo conoció a su marido?

—Nos conocimos en un mitin en Berlín. Estaba tan apuesto con el uniforme... No pude resistirme.

Las fotografías mostraban a Rolf Kaufmann entrando en la madurez y después en la vejez, mientras una mueca desagradable se instalaba de forma permanente en su rostro. Irradiaba maldad.

La puerta del salón se abrió y un joven entró en la zona iluminada.

Alfredo miró hacia atrás y tuvo que volver la cabeza de golpe.

Era el chico de la biblioteca. ¿Cómo se llamaba?

¿Kleber no sé qué? Notaba su mirada clavada en la nuca.

Volvió a ponerse el sombrero y tiró de la manga de Saul para indicarle que debían marcharse.

Saul, irritado por aquel repentino cambio de planes, articuló en silencio «¿qué?

», pero la urgencia en los ojos de Alfredo lo convenció.

—Será mejor que nos marchemos, señora Hermann. Ha sido un verdadero placer conocerla y oírle hablar de Rolf —dijo Saul.

—¿Ya se van? Esperaba que se quedaran a cenar.

—Lo siento. Solo disponíamos de un par de horas para esta visita y las hemos pasado esperando fuera, en el coche. Tenemos que regresar a la ciudad antes de que anochezca. Las luces del jeep no funcionan.

—Qué pena. Kleber, acompaña a los caballeros a la salida, por favor.

—Sí, señora. ¿Quieren seguirme?

Saul y Alfredo estrecharon la mano de la señora Hermann.

Alfredo se quitó el sombrero y volvió a ponérselo con un movimiento rápido.

Caminó detrás de Saul, tratando de mantenerlo entre Kleber y él.

Llegaron a la puerta principal y se apresuraron hacia el coche.

Una repentina ráfaga de viento arrancó de cuajo el sombrero de Alfredo.

Este cruzó el patio a toda prisa y lo pisó para impedir que saliera volando.

Cuando se incorporó, su mirada se cruzó con la de Kleber.

—¿Doctor Vargas? —dijo Kleber—. ¿Qué hace usted aquí?

—¿Kleber? Podría preguntarte lo mismo. Estoy continuando mi investigación sobre la cultura alemana con mi amigo Frank Kaufmann, primo del difunto marido de la señora Hermann.

La expresión de Kleber denotaba un profundo asco. Clavó los ojos en Saul.

—Está mintiendo —dijo—. No había judíos en la familia del señor Hermann. Debería avergonzarse de aprovecharse de una anciana. Ahora lárguese de aquí y llévese consigo a su repugnante amigo.

Se metió los dedos en la boca y silbó. Los perros llegaron corriendo desde la parte trasera de la casa, ladrando y gruñendo.

Se lanzaron directamente contra los visitantes, que corrieron hacia la seguridad del coche.

Aunque una de las bestias arrancó un trozo de la pernera del pantalón de Saul, los hombres consiguieron entrar en el vehículo ilesos.

Los perros saltaban contra las puertas y arañaban la pintura.

Kleber gritó hacia el coche, con el rostro deformado por el odio.

—Manténganse alejados de aquí y dejen de entrometerse en cosas que no comprenden. Se lo advierto por las buenas. Dejen de investigar o acabarán como su amigo Ramon.

Dio media vuelta y regresó a la casa. No había rastro de la señora Hermann, que se había desvanecido entre las sombras. Los dos hombres permanecieron sentados en el coche, jadeantes.

—Esta gente está como una cabra —dijo Alfredo.

—¿Quién es? —preguntó Saul.

—Trabaja en los Archivos Nacionales. Debe de ser quien me siguió hasta la casa de Ramon. Creo que es el ladrón que entró a robar en mi casa el otro día. Es un hombre peligroso, pese a su baja estatura. Mira lo que le hizo al perro.

—¿Cómo sabía que yo era judío?

Alfredo sonrió.

—Porque, con esa nariz, en Sierramar llamas la atención como un elefante en una cacharrería. Supongo que la señora Hermann debe de sentirse sola y estar ciega para que hayamos conseguido engañarla. Deberíamos largarnos de aquí.

Salieron del patio, alejándose de los perros, que aún ladraban, y regresaron a Calderon.

Al llegar a casa, el almuerzo los esperaba. La criada había dejado sobre la mesa un pollo frío, ensalada y pan recién hecho, todo cubierto con unos paños de cocina limpios. Alfredo sacó unas cervezas frías de la nevera y sirvió un vaso para cada uno.

—Tiene una pinta deliciosa —dijo Saul—. Me comería un caballo.

—Tendrás que conformarte con medio pollo.

—Me parece estupendo. Perdona que me haya dormido durante el viaje de vuelta. Debes de estar deseando hablar de la vieja madre Hermann y de su espeluznante ayudante.

—No pasa nada. Los viajes también me dejan agotado. Ha sido una mañana bastante extraña. No puedo creer que hayamos conseguido información tan valiosa de la señora Hermann. Podríamos haber pasado muchos días buscando esos nombres.

—¿Qué quieres hacer ahora?

—Deberíamos viajar a San Blas del Lago para encontrar al doctor Becker. Puede que los hermanos Schmidt también estén allí, si no han abandonado el país. ¿Has traído calzado para caminar y ropa impermeable?

—Sí, vine preparado para hacer senderismo.

—Excelente. Tengo que salir durante una hora. ¿Puedes ir preparándote mientras tanto?

Alfredo fue directamente al edificio de apartamentos de Gloria y llamó al portero automático. Contestó la criada.

—Buenos días. ¿Quién es?

—Hola, soy el doctor Vargas. ¿Está la señorita Gloria?

—Ah, lo siento, doctor Vargas. Ha ido de compras al centro comercial y creo que va a almorzar con una amiga. No dijo a qué hora volvería.

—Por favor, ¿puede decirle que me voy de viaje a las montañas con mi colega de América y que deberíamos estar de vuelta dentro de unos días?

—Sí, doctor Vargas. Se lo diré. ¿Quiere dejarle una nota?

—No hace falta, no debería ausentarme mucho tiempo. Gracias.

Alfredo permaneció un rato fuera, preguntándose si debía decirle adónde iban.

La misión se había vuelto más peligrosa de lo que esperaba y, conociendo a Gloria, si sospechaba algo, lo seguiría hasta allí.

Nunca volvería a ganarse el favor de su padre si la ponía en peligro.

De todos modos, solo estarían fuera un par de días.

Se obligó a regresar a casa y hacer el equipaje.