La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

En cuanto regresaron al apartamento, Gloria buscó el papel donde tenía apuntado el número de las hermanas Klein.

No era tarea fácil. Tenía una libreta de direcciones que le había regalado Sam, pero no había escrito nada en ella.

En lugar de eso, había metido entre sus páginas trozos de papel con direcciones garabateadas.

Sam la sacudió y todos los papeles cayeron sobre la mesa.

—Pero ¿por qué no has pasado las direcciones a la libreta? —preguntó Sam.

—Es tan bonita que no quería estropearla tachando direcciones cuando la gente se mudara —dijo Gloria.

—Esa explicación no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

Sam puso los ojos en blanco.

Tras extender los papelitos sobre la mesa y alisarlos uno por uno, encontraron la dirección que buscaban.

—Aquí está —dijo Gloria—. Facilísima de encontrar.

—Define «facilísima» —repuso Sam, mientras planeaba buscar una tarde en que Gloria no estuviera para pasar las direcciones a la libreta.

Gloria se encogió de hombros, descolgó el teléfono y marcó el número. Sonó varias veces antes de que alguien contestara.

—Buenos días. ¿Quién llama?

—Buenos días. Soy Gloria, Gloria Sanchez. ¿Eres Heidi?

—¡Gloria! Cielos, hacía muchísimo que no sabíamos nada de ti.

—Sí, lo mismo digo. Tengo alojada en casa a una amiga de Europa y he pensado que estaría bien que os conociera a las dos. Algunos familiares suyos se instalaron aquí en los años cuarenta. ¿Quizá los conocisteis?

—Lo dudo. Estamos ocupadas.

Gloria no le hizo caso.

—Bueno, en ese caso, mañana nos pasaremos a tomar un café. ¿Os viene bien a las once?

—¿Podéis venir pasado mañana? Mañana estamos ocupadas.

—De acuerdo. Nos vemos entonces.

Gloria percibió la desgana en el tono de Heidi, pero no le importó. Pocas familias eran lo bastante poderosas o insensatas para negarse a una petición de la hija de Hernan Sanchez.

—Son excéntricas —dijo Gloria—, así que no esperes mucha conversación de cortesía.

—No pasa nada. La situación tampoco se presta demasiado a charlar por charlar —respondió Sam, todavía afectada por la revelación de Gloria sobre su embarazo interrumpido y, aunque estaba desesperada por pedirle consejo acerca de Simon, no quería volver a sacar el tema y disgustarlas a las dos—. ¿Qué hacemos hoy?

—Hay otro nombre de la lista que me resulta familiar —dijo Gloria—.

Según el registro, Henrik Stern llegó aquí en 1939.

Vivía por esta zona con su esposa. Eran muy reservados y salían poco.

Él murió hace unos años, pero su viuda permaneció en el apartamento.

Mandaré a la criada al edificio para ver si el guarda puede confirmar que sigue viviendo allí.

Gloria envió a la criada, que regresó con la noticia de que Gerda Stern aún vivía en el apartamento 4B con sus dos perros salchicha.

—No hay tiempo que perder —dijo Gloria—. Vamos, Sam, nos pasaremos a hacerle una visita.

—1939 parece demasiado pronto para un fugitivo Nazi. En esa fase de la guerra, es más probable que fueran fugitivos de los Nazis.

—Tengo que encontrar a Alfredo. Puede que esta señora nos ayude. Es alemana y debería conocer a los demás. ¿Qué tenemos que perder?

—No todos los alemanes eran Nazis. Supongo que merece la pena intentarlo, pero antes deberíamos investigar sus antecedentes.

—No puedo esperar. Alfredo puede estar en peligro. ¿Vienes?

No tardaron en recorrer la corta distancia que las separaba del edificio donde vivían los Stern y pidieron al guarda de seguridad que las anunciara por el interfono.

Este reconoció a Gloria y ni siquiera se molestó en pedir permiso a la criada.

Mientras subían en el ascensor, Sam se mordía las uñas y se preguntaba qué debían decir.

Gloria tarareaba y jugueteaba con su pelo.

La puerta del apartamento tenía al menos cuatro cerraduras.

Sam pulsó el timbre. En el pasillo se oyó el arrastrar de unos pies y, después, el chasquido de las cerraduras al abrirse.

La puerta se entreabrió unos centímetros.

Una anciana vestida con ropa que parecía quedarle enorme atisbó por la rendija.

—¿Sí?

—Hola, señora Stern. Soy Gloria Sanchez y ella es Sam Harris. Estamos investigando la inmigración alemana a Sierramar. ¿Le importa que pasemos?

La señora Stern vaciló, agitando las manos como una polilla atrapada. Gloria no esperó respuesta. Empujó a la anciana para pasar y entró a grandes zancadas en el sombrío apartamento, instalándose en el salón como si estuviera en su casa.

—No creo que pueda ayudarlas —balbuceó la señora Stern con voz temblorosa—. ¿Qué quieren?

—Estamos buscando a la abuela materna de Sam. Llegó a Sierramar después de la guerra en Europa. Es posible que viajara con su hermano, el doctor Kurt Becker. Un grupo de alemanes vino con él en barco hasta Guayama. Me preguntaba si su marido sería uno de ellos.

—¿En barco? No, no lo era. No tuvo nada que ver con ellos.

—Pero era alemán, ¿no? ¿No se relacionaban con ellos? —preguntó Gloria.

La señora Stern adoptó una expresión extraña, mezcla de furia y desconsuelo.

—No, no lo hacíamos. Ya es hora de que se marchen. No tengo ninguna información que darles —espetó.

—Pero parece muy improbable que no conocieran a ninguno.

—No entiende de qué está hablando.

Pero yo sí, pensó Sam.

—La señora Stern ya nos ha dado su respuesta —dijo.

Gloria ignoró su mirada suplicante.

—Por favor, señora Stern. Mi prometido ha desaparecido. Su desaparición está relacionada de algún modo con ese grupo de personas. ¿No sabe nada que pueda ayudarnos?

Tal vez la duda en su voz desencadenara la reacción de la señora Stern.

—¡Salgan de mi casa! ¡Fuera! ¿Cómo se atreven a venir aquí a hacer preguntas sobre mi marido? No entienden nada de nosotros.

Se levantó, lívida de furia. Gloria no tuvo más remedio que marcharse. Sam intentó disculparse.

—Siento muchísimo haberla alterado. El novio de Gloria ha desaparecido durante un viaje para encontrarlos y llevarlos ante la justicia. Ella está preocupada. No pretendíamos insinuar que su marido pudiera estar implicado. Por favor, perdónenos.

Pero la diminuta mujer se limitó a señalar la puerta sin decir una palabra. Las dos amigas bajaron en ascensor hasta la planta baja sin hablar.

—Ha sido horrible —dijo Gloria—. ¿Por qué se ha enfadado tanto?

Sam no respondió. Nunca le había parecido buena idea visitar a la señora Stern sin tener información previa y estaba enfadada con Gloria por haberse presentado allí de aquel modo. Había una razón evidente para que los Stern evitaran a los demás alemanes.

—Por eso no quería venir. La fecha de su llegada indica que eran refugiados judíos. No me extraña que la señora Stern se haya puesto histérica. Nunca deberíamos haber venido a verla sin investigar antes —dijo Sam.

Regresaron a pie al apartamento y almorzaron sin apenas hablar. Gloria se encerró enfurruñada en su habitación. Sam la ignoró, castigándola por el sufrimiento de la señora Stern, que flotaba sobre ellas como una bruma oscura.