Capítulo 9 #2
Saul Rosen estaba ahora de pie, con el brazo extendido como si disparase contra alguien. La metamorfosis sobresaltó a Alfredo y le hizo recordar la pistola que yacía sobre la cama. El apacible periodista Saul Rosen ocultaba bajo la ropa un alter ego.
—De acuerdo, tienes que calmarte. No he podido evitar fijarme en la pistola de tu habitación. No puedes llevártela. Si la policía la encuentra, te meterá en la cárcel.
—No se suponía que fueras a verla. No pensaba usarla. He oído que Sierramar es peligroso.
La explicación no convenció a Alfredo, pero no quería empezar con mal pie. Volvería a sacar el tema en otra ocasión.
—Lo único positivo de esta situación es que Ramon me dio su informe para que lo leyera, así que sobrevivió al incendio —dijo—. He escondido el original donde jamás se les ocurrirá buscarlo y he hecho una copia, que tengo aquí por si quieres leerla.
—Ahora mismo estoy un poco cansado, pero me encantaría leerla más tarde. ¿Puedes darme más detalles sobre el contenido? Quiero saber a qué nos enfrentamos.
—¿Más té? ¿O prefieres un whisky?
—¿Tienes bourbon?
—¿Jack Daniels?
—Perfecto. Con hielo, por favor.
—Vayamos al despacho. Los sillones de allí son más cómodos.
Cruzaron el recibidor y entraron en el despacho.
—¿Puedo sentarme en el sillón del rincón, por favor?
—preguntó Saul. Una expresión atormentada cruzó fugazmente su rostro y desapareció.
Los sillones de cuero eran idénticos, pero el del rincón era el favorito de Alfredo.
Estuvo a punto de protestar, pero captó la expresión de Saul y decidió que le daba igual dónde sentarse.
Le indicó el sillón. Su invitado tomó asiento y la tensión abandonó su cuerpo con la misma rapidez con que había aparecido.
Una vez acomodados en los sillones de cuero, Alfredo se recompuso.
—Como patriota —dijo—, esta revelación ha sido dolorosa para mí.
No sabía que los nazis hubieran penetrado tan profundamente en la sociedad de Sierramar.
Sabía que Estados Unidos intervino a favor de Perú en el conflicto de 1941, lo que había provocado una marcada antipatía hacia los Aliados y simpatía por los países del Eje.
Sin embargo, desconocía los detalles de aquella época.
Siempre me interesaron más los incas y las culturas preincas.
Ha sido una conmoción enorme descubrir que nuestro Gobierno promulgó leyes contra la población judía durante la guerra.
Los judíos habían empezado a llegar en el siglo XVIII para abrir negocios en Sierramar.
Hubo protestas contra ellos en Calderon y Guayama.
—No había encontrado esta información durante mis investigaciones —dijo Saul—. Dadas las circunstancias, no me sorprende. Sucedía en muchos países.
—Pero tú, más que nadie, debes de encontrarlo espantoso.
—¿Más que nadie? ¿Te refieres a que soy judío?
—Bueno, sí, me fijé en tu apellido e hice una suposición sobre tus orígenes.
—No me ofende. No soy un judío de verdad, solo una ramificación histórica.
Alfredo tampoco se creyó aquello, pero no había tiempo para debatir la genealogía de Saul.
—Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí: Alemania y Sierramar mantienen una larga historia de contactos, tanto culturales como comerciales.
En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, esta relación cobró cada vez mayor importancia.
Sierramar enviaba materias primas a Alemania y recibía a cambio productos manufacturados sin que mediara ningún pago en efectivo.
Ramon vio en los archivos la copia de una carta que Hitler envió al Gobierno en 1937, en la que ofrecía una estrecha cooperación con Sierramar.
Este acuerdo continuó durante la mayor parte de la guerra.
En 1945, el Gobierno de Sierramar recibió del Gobierno alemán una petición de ayuda para los refugiados del Tercer Reich que huían de la persecución de los Aliados.
—¿Y accedieron a ayudarlos?
—Sí, el Gobierno alemán organizó la salida desde Hamburgo de un barco cargado de oficiales fugitivos de la Gestapo y las SS.
El barco atracó en Guayama, y el cónsul recibió a los pasajeros entre los vítores de una multitud de habitantes de la zona.
Muchos de los recién llegados eran criminales de guerra buscados por los Aliados, entre ellos personas que habían trabajado en Auschwitz y Buchenwald, donde experimentaban con judíos y personas de otras nacionalidades y los asesinaban en cámaras de gas.
—Es atroz. No sabía que la colaboración hubiera llegado tan lejos. No me extraña que asesinaran a Ramon. Debe de haber mucha gente en Sierramar que participó en esto y que aún sigue viva. Tienen que estar desesperados por mantenerlo en secreto. Debemos actuar deprisa.
—Esperaba que te llevaras el informe a Nueva York y lo publicaras póstumamente en nombre de Ramon.
—Estaré encantado, pero no podemos detenernos ahí.
Tengo los nombres de varios miembros de la Gestapo que desaparecieron al final de la guerra.
Llevaba meses buscando algún rastro de ellos cuando descubrí que quizá se ocultaran en Sierramar.
Supongo que llegaron en un barco procedente de Hamburgo.
Tenemos que encontrar a esos cabrones y conseguir pruebas de que existen. ¿Me ayudarás?
—Lo haré. El honor de Sierramar está en juego.
—¿Por dónde empezamos?
—Primero necesitas dormir bien esta noche.
***
En el hotel situado frente al edificio gubernamental donde trabajaba Holger Ponce, Kleber Perez abrió con los codos la puerta del servicio de caballeros y fue directo a los lavabos.
Para su disgusto, no había jabón en los dispensadores.
Abrió el grifo del agua caliente con las yemas de los dedos y puso las manos bajo el chorro.
Con una exclamación ahogada, volvió a retirarlas.
El agua ensangrentada goteó en el lavabo y descendió en remolinos por el desagüe.
Otro hombre, que salía de uno de los cubículos, echó un vistazo a la mancha del lavabo y se marchó a toda prisa.
Kleber abrió también el grifo del agua fría y metió los dedos bajo el chorro.
La sangre se había secado y resultaba difícil sacarla de debajo de las uñas.
Sintió una arcada al recordar lo difícil que había sido cortar la garganta a través del pelaje mientras el perro se retorcía y movía la cola.
Al menos, las personas tenían la gentileza de gritar o desmayarse.
Esperó a que el ministro saliera del edificio gubernamental, manteniéndose apartado hasta que lo vio. Holger Ponce gesticuló hacia él, con el rostro enrojecido por la impaciencia.
—¿Has conseguido el informe?
—No, señor, no lo he visto por ninguna parte. El lugar parece un vertedero. De todos modos, tuve que marcharme a toda prisa cuando llegó el doctor Vargas.
—¿Vargas te interrumpió? ¿Por qué tienes sangre en la manga?
—Tuve que matar al perro. No dejaba de ladrar.
—¿Dejaste el cuerpo donde pudiera encontrarlo? Tenemos que ahuyentarlo.
—Por supuesto.
—Así que seguimos sin saber si tiene el documento.
—No, pero...
—¿Pero qué?
—Recogió a un visitante estadounidense en el aeropuerto. Vi el nombre en un papel. Decía: «Saul Rosen, Centro Simon Wiesenthal. Recoger en el aeropuerto», y llevaba la fecha de hoy.
—¿El Centro Simon Wiesenthal? Parece que es un cazanazis. Podría causarnos problemas. Dios, tengo que avisar a Kurt. Gracias, Kleber. Vigila al doctor Vargas y a su amigo.