Capítulo 9
Saul Rosen no perdió el tiempo y consiguió un vuelo a Calderon; antes de que acabara la semana, viajó hacia el sur desde Nueva York.
No había dormido ni se había bañado, y solo había comido algunas sobras de la nevera antes de tomar el avión.
El caótico apartamento que dejó atrás presentaba un aspecto de abandono que apuntaba a una profunda depresión o algo peor.
Se había obligado a preparar una maleta con prendas adecuadas para hacer senderismo y practicar las actividades turísticas habituales, pero no llevaba ninguno de los artículos básicos, como pantalones cortos o crema solar.
Metió la Glock y las balas en la maleta, envueltas en su ropa interior.
Guardó unas fotografías antiguas de hombres uniformados en el equipaje de mano, junto con el billete de ida y el pasaporte.
Se sentía mareado y le costaba comportarse con normalidad.
Su conducta preocupó a sus vecinos, pero, como era propio de una gran ciudad, lo dejaron en paz.
—Pobre hombre. He oído que estuvo en un campo de concentración. Nunca se recuperará, ya lo verás.
Alfredo fue en coche al aeropuerto a recogerlo, rejuvenecido por la expectación ante la aventura y la historia que prometía la búsqueda de Saul de los nazis fugitivos.
Vengaría a su amigo Ramon, costara lo que costase.
Tras dejar el coche en el aparcamiento oficial, cruzó a grandes zancadas hasta la sala de llegadas y descubrió que el vuelo se había retrasado treinta minutos y que la mayoría de los pasajeros aún hacía cola en inmigración.
En un puesto del vestíbulo se compró un café amargo y una galleta empalagosamente dulce.
Los músculos de la cara se le tensaron mientras se obligaba a tragar el café.
Grandes grupos de personas emocionadas se empujaban para llegar hasta las barreras y lo hacían retroceder.
Algunas llevaban globos de helio y otros adornos festivos.
Era tradición que toda la familia extensa acudiera a recibir a quien regresaba de un viaje al extranjero.
Cuando Saul salió por fin de la zona de aduanas, Alfredo cambiaba el peso de un pie a otro, impaciente.
Saul era fácil de reconocer por su nariz prominente y su bandolera de cuero de periodista.
Era alto y caminaba encorvado pese a no haber cumplido aún los sesenta.
Alfredo se adelantó para estrecharle la mano y advirtió que su camisa apestaba a sudor y que los pantalones estaban cubiertos de manchas diversas.
Arrugó la nariz e intentó ocultar su repugnancia.
—Bienvenido a Sierramar. Soy Alfredo Vargas. Me alegro mucho de que estés aquí.
—Gracias. El aterrizaje ha sido infernal. Necesitaré unos pantalones cortos limpios.
—Ah, sí, debería haberte avisado —respondió Alfredo, a quien aquel apestoso neoyorquino no había causado buena impresión.
Estuvo tentado de decirle a Saul que tampoco le vendría mal una ducha, pero comprendió que la higiene personal solía quedar relegada cuando alguien se obsesionaba con algo.
La suya había mejorado por necesidad después de conocer a Gloria, que era una fanática de la limpieza.
Así que concedió a Saul el beneficio de la duda y bajó las ventanillas del coche durante el trayecto a casa.
Era un día luminoso y ventoso en Calderon, y el tráfico aún no había aumentado lo suficiente para atascar las calles. Atravesaron la parte moderna de la ciudad, que pareció impresionar a Saul.
—Pensaba que Calderon estaría llena de calles coloniales, tejados de tejas y calzadas de piedra.
—Ah, también los hay. Yo vivo en la parte moderna de la ciudad. El casco antiguo queda al sur. Podemos dar una vuelta por allí. Hay muchas iglesias preciosas, cubiertas de pan de oro.
—Ah, las iglesias no son lo mío. Prefiero las bibliotecas.
—También las tenemos.
—No te preocupes, tampoco esperaba encontrarme indios desnudos con taparrabos.
—Qué alivio.
No tardaron en entrar en el garaje situado al lado de la casa de Alfredo y pasaron a empujones por la puerta de la cocina con el equipaje de Saul. Una puerta se cerró de golpe.
—No sabía que vivías con alguien —dijo Saul.
—No vivo con nadie —dijo Alfredo—, y la asistenta ya se ha marchado.
Corrió hacia el recibidor y salió por la puerta trasera, que aún se balanceaba.
Un hombre delgado con el pelo cortado a tazón huyó por el jardín y saltó el seto.
No había ninguna posibilidad de atraparlo.
Alfredo se volvió para entrar de nuevo en la casa y se detuvo horrorizado.
En la hierba, a su izquierda, yacía el cuerpo de su perro, rodeado por un líquido oscuro que se filtraba en la tierra.
Lo habían degollado, y la herida abierta ya atraía a las hormigas.
Alfredo soltó una exclamación ahogada y apartó la mirada.
Aquella gente era peligrosa. Se esforzó por dominar sus emociones. Saul apareció en la puerta.
—¿Has visto quién era? —preguntó.
—No, aunque puede que hablara con él en los Archivos Nacionales. Creo que sé qué buscaba.
Saul miraba horrorizado el cuerpo húmedo tendido sobre la hierba.
—Dios mío, ha matado a tu perro. Lo siento muchísimo. Es terrible.
Alfredo se tragó el dolor. Algo iba muy mal, pero no quería que Saul se diera cuenta.
—Tampoco era gran cosa como perro; más bien un triturador de comida. Solo le caía bien cuando estaba comiendo.
—Aun así, es una conmoción. ¡Maldito cabrón!
—Ahora no podemos hacer nada. Deja el cuerpo ahí. Me ocuparé después. ¿Entramos?
Los dos hombres volvieron al interior de la casa intentando no percibir el olor metálico que impregnaba el jardín.
Alfredo abrió la puerta del salón y entraron.
El suelo de la habitación estaba alfombrado de papeles; algunos habían sido desplazados, pero, por lo demás, todo seguía como él lo había dejado.
Supuso que habían interrumpido al ladrón antes de que terminara.
—Oh, no, ha destrozado el lugar —dijo Saul—. ¿Crees que ha encontrado el informe?
—Lo dudo, mi despacho siempre tiene este aspecto —dijo Alfredo—. Ni siquiera yo encuentro nada, así que dudo que él lo haya conseguido.
—Perdona. Si te sirve de consuelo, mi oficina también parece una zona bombardeada.
Alfredo soltó una carcajada, pero aquello lo preocupaba.
Alguien lo había visto visitar a Ramon. Pero ¿quién?
Fuera quien fuese, sospechaba que tenía el informe sobre los nazis de Sierramar y había enviado a Kleber a robarlo.
¿O acaso Kleber lo había estado espiando?
Fuera cual fuese la explicación, alguien temía que saliera a la luz cualquier información contenida en el informe de Ramon.
Por suerte, se había llevado la copia en el bolsillo oculto de su chaqueta.
Le dio unas palmaditas para tranquilizarse.
—Sé que no ha encontrado el documento porque lo llevo aquí mismo. Podemos hablar de los últimos acontecimientos mientras tomamos un café. Deja que te enseñe tu habitación y demás.
—Sí, estupendo. ¿Crees que podría darme una ducha? Estoy deseando quitarme esta ropa sucia.
—Sube las escaleras y la encontrarás a la derecha, dentro de tu habitación. Te dejaré una toalla sobre la cama. Nos vemos en un momento.
Mientras Saul se duchaba, Alfredo puso el agua a hervir y preparó la mesa.
Sacó comida de la nevera y cortó unas rebanadas de pan.
Entonces recordó que no había dejado una toalla a su invitado.
Sacó una del armario de la ropa blanca y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio de invitados.
Colgó la toalla del gancho situado en el exterior de la puerta del baño y se volvió para marcharse.
La ropa de Saul yacía amontonada en el suelo.
Su maleta estaba abierta y la mayor parte del contenido también había acabado esparcida por el suelo.
En medio de la cama había una pistola de gran tamaño.
Desentonaba tanto con el entorno que lo dejó conmocionado.
No tuvo tiempo de examinarla porque oyó cómo dejaba de correr el agua cuando Saul cerró el grifo de la ducha.
—La toalla está colgada en la puerta —gritó mientras salía de la habitación.
Saul Rosen parecía diez años más joven después de ducharse.
Se había puesto unos pantalones de pana y una camisa de cuadros, y llevaba la cara bien afeitada, lo que le quitaba años de encima.
Al sentarse a la mesa de la cocina, no parecía saber muy bien dónde colocar las extremidades.
Alfredo había preparado una gran tetera y había saqueado la panera en busca de panecillos y bollos.
En el centro de la mesa había un plato de queso y jamón, y un cuenco de higos frescos del jardín completaba el festín.
—Vaya. Eres todo un anfitrión —dijo Saul.
—Me gusta comer bien. He preparado té, pero hay café si lo prefieres.
—El té está bien, gracias. Entonces, ¿en qué punto estamos con todo esto? Necesito hablar con tu amigo Ramon cuanto antes.
Alfredo palideció. —¿Ramon? ¡Mierda! No te lo he contado. Ramon está muerto. Murió en un incendio en su casa, junto con sus libros y sus investigaciones.
—¿Muerto? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—La policía dice que fue un incendio provocado. Encontraron dos cadáveres en su casa, pero todavía no han confirmado que uno de ellos fuera Ramon. Se muestran muy reservados. Aunque, pensándolo bien, ocurrió hace un par de días y no son precisamente los más rápidos.
—Es una noticia terrible. Lo siento muchísimo. ¿Crees que podría estar relacionado con sus investigaciones?
—Tiene que haber sido por eso. Lo siento. Debería habértelo contado enseguida, pero he estado disgustado y distraído. No deberías haber venido. Seguir adelante con esto podría ser peligroso.
—¿Estás de broma? Esta podría ser la exclusiva más importante de mi carrera. Tu amigo no murió en vano. Daremos caza a esos hijos de puta y haremos que paguen.