La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 8 #2
24%

Capítulo 8 #2

—Yo aborté —dijo Gloria—, después de quedarme embarazada a los diecinueve años. Era tan inocente que, cuando las monjas me dijeron que no podía quedarme embarazada antes de casarme, me lo tomé al pie de la letra.

Se obligó a reír, pero aquel sonido cargado de dolor se clavó en Sam como un cuchillo.

—Ni siquiera me di cuenta de que estaba embarazada hasta que mi madre notó que engordaba y me llevó al médico.

Cuando me dijeron que iba a tener un bebé, me quedé conmocionada, pero no tanto como mi madre.

Si alguien se hubiera enterado, habría sido un escándalo terrible.

Las madres solteras eran unas apestadas.

Mis padres no estaban dispuestos a pasar por aquella deshonra.

—¿Qué ocurrió?

—Me encerraron en mi habitación durante días, sin permitirme ver ni hablar con nadie, y después mi madre anunció que viajaríamos a Miami. Dijo que íbamos a comprar ropa para el bebé. No comprendí lo que había planeado hasta que nos detuvimos frente a la puerta de la clínica. No tuve elección.

—Qué espanto. Debió de ser difícil perdonar a tu madre.

—Se había puesto de acuerdo con mi padre para hacerme abortar, y aquello me destrozó, pero lo comprendía. Ella ya estaba enferma, muriéndose de cáncer, y no quería dejarme sola con un bebé.

—Pero ¿por qué no lo hablaron contigo? ¿No tenías tú también derecho a decidir?

—Se avergonzaban porque, en aquella época, las chicas decentes no se quedaban embarazadas. Supongo que intentaban protegerme. Cuando regresé a Calderon, el padre del bebé había desaparecido.

—¿Huyó?

—Nunca averigüé qué le ocurrió. Puede que regresara a Perú. Me daba miedo preguntárselo a mi padre porque sospechaba que había tenido algo que ver.

Titubeó. Unas lágrimas gruesas se derramaron de sus ojos y salpicaron la mesa de fórmica; Gloria rompió a llorar, lanzando gemidos de dolor.

El señor Sánchez tenía cierta reputación.

No era un hombre al que conviniera contrariar.

Sam podía imaginar su furia al descubrir que alguien había desflorado a su hija y la había dejado embarazada.

—Lo siento muchísimo, Gloria. No lo sabía.

—Es la razón por la que no tengo hijos. Ya no puedo tenerlos. Algo salió mal.

Su bravuconería se había evaporado. Sam comprendía ahora por qué Gloria no estaba casada en aquella tierra donde la gente se prometía durante la adolescencia.

Siempre había dado por sentado que Gloria había elegido permanecer soltera, como ella.

Pobre Gloria: en Sierramar no había bodas de cuento de hadas para las mujeres estériles, por muy ricas que fueran.

Muda de pena ante el dolor oculto tras la lustrosa fachada de Gloria, que ahora se derramaba en forma de lágrimas amargas, Sam rodeó a su amiga con los brazos y la sostuvo mientras lloraba su pérdida.

A la mañana siguiente, el contacto que les había proporcionado Hernán Sánchez las esperaba a la puerta del edificio de Migración.

Era bajo y regordete, y llevaba una peluca horrible que parecía un trozo de piel de gato colocado al azar y de lado sobre la cabeza.

Les dedicó una sonrisa tan radiante que casi lo volvía guapo.

—¿Qué le has dicho a tu padre? —le preguntó Sam a Gloria mientras se acercaban a él.

—Le he dicho que queríamos comprobar si alguno de tus parientes se había establecido en Sierramar.

—También podríamos hacerlo.

—No, no podríamos. Esto es urgente. ¿Señor Salazar?

—Sí, señorita Sánchez, es un placer conocerla. ¿Y su amiga?

—Soy Sam. Hola, señor Salazar, encantada de conocerlo.

—Entonces, ¿en qué puedo ayudarlas, señoras?

—Necesitamos consultar los archivos. Mi amiga es alemana y está intentando averiguar si algún pariente suyo vino a Sierramar después de 1938.

—¿Se refiere a causa de la guerra en Europa?

—Sí, habría sido por esa misma época —dijo Sam.

—Síganme.

Se registraron en el control de seguridad, dejaron sus documentos de identidad al guardia y subieron a un ascensor oxidado que se precipitó hacia las entrañas de la tierra a una velocidad desconcertante.

Las puertas se abrieron en el nivel B4 y salieron a un sótano lúgubre donde había varios lectores de microfichas anticuados sobre un banco de trabajo.

—Esperen aquí, por favor —dijo el señor Salazar.

Aparte del banco de trabajo que recorría una de las paredes, el espacio estaba lleno de hileras paralelas de estanterías con cajas provistas de etiquetas numeradas.

Pasó ante las entradas de varias filas antes de internarse en una de ellas y desaparecer.

Unos cinco minutos después reapareció empujando un carrito cargado de cajas tanto en la bandeja superior como en la inferior.

—Aquí está. Si no las encuentran aquí, es que no existen. Estos son los registros de los inmigrantes alemanes que fijaron su residencia en Sierramar entre 1938 y 1946.

—Gracias. Es fantástico.

El señor Salazar volvió a sonreír de oreja a oreja y se quedó allí esperando. Sam abrió una caja. Contenía unas láminas de plástico transparente que parecían tener una escritura minúscula. No tenía ni idea de qué hacer.

—Esto..., lo siento, no sé cómo se leen.

—Ah, es que tiene que utilizar las pantallas.

—¿Puede enseñarme cómo se hace, por favor?

—Será un placer, señorita Sam.

El señor Salazar eligió una caja y sacó la primera lámina.

Se sentó frente a una pantalla y la encendió.

Una placa de cristal situada sobre el banco, debajo de la pantalla, se iluminó.

La levantó y colocó la lámina de plástico boca abajo sobre otra placa situada debajo.

Sam estaba a punto de señalárselo, pero Gloria la detuvo.

Él bajó la placa superior sobre la lámina de plástico.

La imagen apareció ampliada en la pantalla y pudieron ver que registraba la inmigración de una tal Frau Magda Glaub, procedente de Colonia.

—Vaya, es estupendo —dijo Sam.

—Les recomiendo que sigan un orden —dijo el señor Salazar—. Revisen las cajas desde el final hasta el principio y así no deberían saltarse ningún registro. Buena suerte con la búsqueda. Cuando terminen, ¿pueden registrar su salida en el control de seguridad, por favor?

—Lo haremos. Gracias —dijo Sam—. Gloria, tenemos que evitar duplicar el trabajo para ahorrar tiempo.

Yo revisaré las cajas de la bandeja superior y tú las de abajo.

Amontonemos aquí, sobre el banco, las cajas que terminemos de revisar y, cuando acabemos, podremos volver a cargar el carrito.

Deberíamos anotar los datos de todos los hombres alemanes de entre veinte y cuarenta y cinco años que llegaran entre 1938 y 1946.

Gloria, que odiaba que le dijeran lo que debía hacer, puso los ojos en blanco ante la obsesión británica de Sam por la eficiencia. Sin embargo, aquello no sería una tarea rápida si no se organizaban, y Gloria odiaba los sótanos.

—Buena idea —dijo.

Se sentaron ante las pantallas de microfichas, al principio una junto a la otra, aunque después Sam se desplazó a la máquina siguiente para disponer de más espacio.

A partir de entonces, el trabajo fue sencillo.

Todos los formularios seguían un modelo parecido y proporcionaban la misma información: nombre, fecha de nacimiento, profesión y procedencia.

Mientras trabajaban, Gloria soltaba alguna exclamación de vez en cuando y agitaba una microficha en el aire.

—A este lo conozco —dijo—. Vive en el valle.

Al cabo de un par de horas, Sam terminó la última caja y ya tenía una lista de unos veinte nombres.

—Bueno, yo he terminado. ¿Y tú?

—Estoy con la última caja. Dame un minuto. Creo que estas son mujeres, pero quiero estar segura.

Sam dibujó una tabla en su cuaderno, con unas columnas rudimentarias que llevaban los mismos encabezamientos que las fichas. Transcribió la información de su lista y después copió también los datos de Gloria. Cuando terminaron, la tabla contenía treinta y seis nombres.

—¿Y bien? —le preguntó a Gloria—. ¿Reconoces a alguien?

—A la mayoría. Estoy atónita. Deberías elegir a uno para que sea ese pariente tuyo perdido hace tanto tiempo.

—Hay un médico, el doctor Kurt Becker. Fingiré que su hermana es mi abuela. Será menos evidente que usar a una persona real.

—Buena idea. Deberíamos contactar con algunas de estas personas y fingir que buscamos a esa mujer o a su hermano.

—¿Hay alguien que destaque?

—Boris Klein. Sus hijas estudiaron en el mismo colegio que yo. Las obligaba a teñirse el pelo de rubio para que parecieran más arias.

—¡Joder! ¿Sabes dónde viven?

—Tengo su número de teléfono.