La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

No había tráfico en Calderon, así que llegaron pronto al piso de Gloria, deteniéndose de camino para comprar pan recién hecho en la panadería.

Gloria frenó con un chirrido en el garaje del sótano y salió del coche de un salto.

Sam, dando gracias al destino por haber sobrevivido a otro viaje de infarto en el Gloria-móvil, sacó a rastras sus maletas del maletero y cada una llevó una hasta el ascensor, haciendo esfuerzos para levantarlas del suelo.

—¿Te has traído los muebles? —preguntó Gloria.

—No, pero he traído tarros de jalea de menta y chutney para quien me lleve la maleta.

—Las maletas deberían tener ruedas.

—Puede que alguien las invente. Tomemos una taza de té y me cuentas lo de Alfredo.

Al poco rato estaban sentadas en la cocina, tomando té hirviendo a sorbos.

—¿Cómo has estado? —preguntó Sam—. ¿Y tu padre?

—Ah, los dos estamos bien. Intentando llevarnos bien, como siempre. ¿Y tú?

—Lo mismo. Estamos bien. Sin dramas.

—¿Y Simon?

—Me interesa más Alfredo. ¿Has averiguado ya qué ha pasado? ¿Cuánto tiempo lleva desaparecido?

—Dos semanas o más. Estoy preocupada por él —dijo Gloria.

—¿Ha estado bebiendo?

—No más de lo habitual y menos que antes. Estoy convencida de que su desaparición está relacionada con algo mucho más siniestro que la bebida.

—Será mejor que empieces por el principio.

—Bueno, todo empezó cuando un periodista de Nueva York llamó a Alfredo y le preguntó si podía investigar a los fugitivos nazis en Sierramar.

—¿Nazis en Sierramar? ¿No se fueron a Argentina, Brasil o algún sitio así?

—Eso creíamos, pero Alfredo descubrió que puede haber un grupo de ellos aquí, en Calderon.

No había información en los Archivos Nacionales, pero encontró pruebas de que su amigo Ramón había estado investigando lo mismo.

Así que fue a casa de Ramón y resultó que este había redactado un informe que demostraba que el Gobierno nacional había sido cómplice de la acogida de los oficiales fugitivos en Sierramar y los había ayudado a empezar una nueva vida.

Ramon tenía pensado ir a Miami para publicar su investigación, pero su casa se incendió y él murió en el fuego.

—Dios mío, qué horror. ¿También se quemó la investigación?

—No, Ramon le había prestado el informe a Alfredo para que lo fotocopiara.

—¿El incendio fue provocado?

—La policía sospecha que fue intencionado, pero aún no ha encontrado a los culpables. Alfredo estaba nervioso porque creía que alguien lo había visto visitando a Ramón.

—¿Por qué lo creía?

—Alguien intentó entrar a robar en su casa poco después, mientras Alfredo recogía a Saul en el aeropuerto. Es el periodista que desapareció con Alfredo.

—¿El ladrón se llevó el informe?

—Alfredo no lo dejó en casa.

—¿Dónde está ahora?

—Está escondido en casa de mi padre. Lo metí en un cajón, debajo de unas prendas de mi madre, cuando él no miraba. Así está más seguro.

—¿Cuándo viste a Alfredo por última vez?

—Se marchó con Saul a buscar a los fugitivos en las montañas hace más de dos semanas. No he sabido nada de él desde entonces.

—¿Denunciaste su desaparición a la policía?

—¡Sam, no seas tan inglesa! Es el último sitio al que acudiría.

—No exageres. No son tan malos. ¿Adónde iban Alfredo y Saul?

—Ese es el problema. No tengo ni idea. Se marcharon de repente y no tuve ocasión de preguntárselo. Dejó un recado a mi criada diciendo que volvería en unos días, pero no he sabido nada de él desde entonces. Tenemos que empezar de cero.

—¿Qué sabemos hasta ahora?

—Bueno, buscaban a hombres alemanes que llegaron a Sierramar después de la Segunda Guerra Mundial. Esos hombres deben de tener más de sesenta y cinco años si vinieron aquí hace unos cuarenta y cinco años.

—¿Cómo llegaron?

—En aquella época no había vuelos, así que llegaron en barco a Guayama y después viajaron hasta Calderon por la carretera antigua.

—¿No se registran todos los extranjeros en la oficina de migración cuando llegan a Sierramar? Yo lo hice. Quizá entonces también tenían que hacer lo mismo.

—No es mala idea. Puede que en los archivos haya constancia de su llegada. Si descubrimos quién vino, podremos usar sus nombres para localizarlos. Tal vez alguien de migración pueda consultar los registros por nosotras. Creo que mi padre tiene un contacto que trabaja allí. Se lo preguntaré.

—De acuerdo, pero dile que estoy buscando a un pariente o algo así. No queremos que sospeche.

Sam se despertó sobresaltada en mitad de la noche.

Miró alarmada a su alrededor, intentando averiguar dónde estaba y qué sucedía.

El cuadro de Viteri con sus globos multicolores le indicó que estaba en el piso de Gloria.

Los cristales de las ventanas traqueteaban y la cama se sacudía como si quisiera arrojarla al suelo.

Se dio cuenta de que era un temblor. Los temblores formaban parte de la vida en Calderon, asentada en las laderas de un volcán que despertaba periódicamente y cubría la ciudad con varios centímetros de ceniza volcánica, pero ella nunca había experimentado ninguno.

Sin saber si aquello le resultaba aterrador o fascinante, se incorporó en la cama y contempló la pantalla de la lámpara, que oscilaba colgada del cable del techo.

Se sentía como si estuviera dentro de un regalo de Navidad que un niño indeciso agitara para adivinar su contenido.

Gloria apareció en la puerta del dormitorio.

—No tengas miedo. Ha sido un temblor leve. No hace falta que salgamos del edificio. De todos modos, dentro estamos más seguras, porque en la calle puede caerte un trozo de hormigón en la cabeza.

—Mmm, no me apetece nada. Aunque me ha dado un buen susto. No creo que pueda volver a dormirme de inmediato. El corazón me retumba contra las costillas. ¿Quieres una taza de té?

—Buena idea. Pondré agua a calentar. Nos vemos en la cocina.

Sam entró arrastrando los pies en la cocina con unas zapatillas diminutas que le había prestado Gloria, quien no parecía haberse dado cuenta de que su amiga tenía unos pies del tamaño de pingüinos.

Sus grandes pies eran motivo de aflicción para Sam, pues había heredado de su madre una obsesión por los zapatos que rivalizaba con la de Imelda Marcos; una pasión no correspondida debido a la escasez de calzado femenino de su talla.

Tarareando, Gloria vertió agua en una tetera de un amarillo chillón.

Era propio de ella mostrarse tan imperturbable ante acontecimientos que parecían inquietantes.

Poseía una sangre fría que la distinguía de los demás.

—¿Puedes sacar la leche de la nevera, por favor? —preguntó Gloria—. ¿O debería decir el batido?

—Qué graciosa. Tampoco ha sido tan fuerte.

—Entonces, ¿vas a contarme lo de Simon o no?

Directa al grano, como siempre, Gloria no sentía el menor respeto por las barreras de Sam.

No distinguía entre lo que podía ser privado y lo que ella comentaba con todo lujo de detalles y a todo color.

Nada era sagrado para la mente inquisitiva de Gloria.

Tarde o temprano tendrían que hablar de él.

Y no había mejor momento que el presente, pues el último episodio podía provocar un terremoto en la vida de Sam si los indicios apuntaban en la dirección correcta.

—¿Qué pasa con él?

—Venga ya. No soy idiota. Tienes esa cara mustia, como si alguien hubiera matado a tu gato. Algo va mal. ¿Has vuelto a romper con él?

—No. Somos felices juntos.

Gloria arqueó tanto una ceja que corrió peligro de desaparecer entre sus mechas.

—¿De verdad?

Sam se ruborizó. La incredulidad de Gloria le abrasó los poros.

—Bueno, esto..., ya sabes, las relaciones y todo eso.

—¿Vuelve a acostarse con otras?

—No. Bueno, no lo creo, aunque es difícil saberlo. Ese no es el problema.

Se produjo una pausa mientras Sam bebía un sorbo de té y respiraba hondo. Gloria suspiró.

—Es como sacarte una muela, gringa. Suéltalo de una vez.

—Creo que podría estar embarazada.

Una cucharilla cayó al suelo cuando Gloria se llevó una mano a la boca. Las dos dieron un respingo. La luz de neón de la cocina parpadeó, haciendo que ambas parecieran aún más conmocionadas.

—¡La hostia y todos los santos! —dijo Gloria.

Rebuscó los cigarrillos en el bolsillo del albornoz.

Sacó uno del paquete con los dedos temblorosos y accionó el mechero sin éxito.

Sam se inclinó sobre la mesa y se lo quitó.

Funcionó a la primera, y Gloria no tardó en dar caladas al cigarrillo mientras recobraba la compostura.

—¿Qué vas a hacer, Sam?

—¿Hacer? ¿Qué quieres decir?

—Si estás embarazada, ¿vas a tenerlo?

Buena pregunta, y una que Sam se había hecho muchas veces.

¿Qué hacía una cuando salía con un hombre incapaz de quitarles las manos de encima a otras mujeres y entonces descubría que estaba embarazada, o que podía estarlo?

Un pánico descarnado le bullía bajo el esternón y clavó la mirada en su taza de té.

—Aún no me lo he planteado —murmuró—. No sabré cómo me siento hasta que se confirme. Mi primer impulso es abortar antes de que alguien se entere. Es horrible, pero ahora mismo no puedo con todo lo que supone tener un bebé.

Levantó la vista del té, esperando ver a Gloria fulminándola con la mirada, llena de desaprobación.

En cambio, su amiga se había quedado pálida y se aferraba al borde de la mesa como si estuviera en una montaña rusa.

En sus ojos había dolor o miedo. Sam agitó una mano como si quisiera dar por zanjado el tema.

—Puede que ni siquiera esté embarazada. No me hagas caso.

Pero ya era demasiado tarde. Gloria no respondió.

Cerró los ojos como si estuviera visualizando algo muy lejano, y Sam se preguntó qué demonios habría despertado con aquel ataque de pánico prematuro.

Esperó a que Gloria hablara. Al cabo de lo que pareció una eternidad, su amiga abrió de nuevo los ojos y habló tan bajo que Sam apenas pudo oírla.