Capítulo 7
Alfredo estaba desayunando cuando recibió la noticia. Se había terminado la segunda taza de café y se planteaba servirse una tercera cuando sonó el teléfono.
—Alfredo, ¿eres tú?
La voz de Gloria. Alterada.
—Sí, bombón, ¿pasa algo? Tienes una voz muy rara.
—Tengo una noticia terrible que darte.
—¿Estás enferma? ¿Quieres que vaya?
—No, cariño, estoy bien. Es Ramón.
—¿Ramón? Lo vi ayer. Parecía estar perfectamente.
—Me ha llamado su hermana para decirme que su casa se incendió anoche y que está desaparecido. Lo dan por muerto.
—¿Un incendio? Esto no puede ser una coincidencia.
—¿Por qué? Ha ocurrido algo horrible, pero no tiene nada que ver con tu visita.
—Te lo explicaré más tarde. Tenemos que averiguar cómo ocurrió. ¿Puedes llevarme en coche hasta su casa, por favor?
—Te recojo dentro de unos veinte minutos.
Alfredo colgó el teléfono y se sentó en una silla con la cabeza entre las manos. Tenía palpitaciones y el temor se adueñó de todo su ser . Esto no ha sido un accidente. ¿Tendrá el incendio algo que ver con mi visita? ¿He provocado la muerte de mi amigo?
Cuando Gloria llegó a la casa, Alfredo ya estaba fuera, recorriendo de un lado a otro la acera bajo la intensa luz del sol, con los ojos entornados por la concentración. Subió al coche sin saludarla.
—El cinturón. Alfredo tiró del suyo y después desistió. Ella no insistió.
—Puede que esté vivo. Quizá sea un error —dijo Gloria.
—Quizá.
La conversación se extinguió, y Gloria condujo con más cautela de lo habitual por si los camiones de bomberos regresaban por la sinuosa carretera que conducía a la casa de campo de Ramón.
Cuando llegaron a la pequeña finca, el edificio había quedado reducido a cenizas; solo permanecían en pie los muros de piedra ennegrecidos y algunos restos de muebles de madera maciza.
Sobre la grava, ante la puerta principal, había montones de libros humeantes, con las cubiertas de cuero empapadas.
Los bomberos continuaban regando los restos de la estructura, y la policía registraba las ruinas de un modo que daba a entender que no esperaba encontrar nada.
Gloria y Alfredo bajaron del coche y se acercaron a ellos.
—¿Quién está al mando? —preguntó Gloria.
—Yo —respondió uno de ellos.
—¿Qué ha ocurrido?
—Bueno, señora, la casa se ha quemado. —Esbozó una sonrisa burlona.
—Le agradecería que mostrase un poco más de respeto, agente. Soy Gloria Sánchez, hija de Hernán, y la casa pertenecía a un amigo mío.
—Lo siento, señora. No la había reconocido. Le pido disculpas.
—¿Qué puede decirme del incendio?
—Todo apunta a que ha sido provocado. Hemos encontrado unos bidones de gasolina tirados en el suelo, en la parte trasera de la casa.
Alguien prendió fuego a la leña apilada contra la pared posterior y las llamas se extendieron hasta el tejado.
La cantidad de papel que había en la casa tampoco ayudó. Aquello se convirtió en un infierno.
—¿Y el señor Vega?
—Hemos encontrado dos cadáveres en la casa. Uno en el dormitorio de la criada y otro en el dormitorio principal; ambos seguían en la cama. Debieron de asfixiarse mientras dormían.
—¿Han identificado al propietario de la casa?
—Aún no podemos estar seguros. El cuerpo ha quedado carbonizado.
—¿Cómo puedo mantenerme al tanto de las novedades del caso?
—Me llamo inspector Torres. Trabajo en la comisaría que hay en la carretera del valle. Aquí tiene mi tarjeta; también puede pasarse cuando quiera y la pondré al corriente.
—Gracias. Así lo haré.
Se volvió para ofrecerle unas palabras de ánimo a Alfredo, pero él había regresado al coche, donde permanecía inmóvil en el asiento delantero, con la mirada fija en los restos de la casa.
—Esa gente está loca —comentó cuando ella subió.
—Lo siento muchísimo. Erais amigos desde hacía mucho tiempo.
—Llévame a casa, por favor.
***
Alfredo estaba sentado en su sillón, tirando de las puntadas sueltas de uno de los brazos.
Con la otra mano, hacía girar los cubitos de hielo en el vaso.
Un poco de whisky frío le salpicó la mano y lo arrancó de su ensimismamiento.
El miedo acechaba en la habitación. Los canales de la televisión estatal habían informado de que el incendio había sido un accidente, pero el inspector Torres lo había atribuido a un fuego provocado.
La muerte de Ramón no podía ser una coincidencia.
¿Habría alguien vigilando la casa cuando fui a visitar a mi amigo?
¿Saben que tengo el documento? ¿Seré yo el siguiente?
Intentó razonar. ¿Sería alguien capaz de matar para evitar que saliera a la luz la información sobre la unidad nazi de Sierramar?
Parecía improbable, pero ¿y si eran capaces?
No necesitaba terminar de leer el informe para comprender lo incendiario de su contenido.
Debía esconder el documento en algún lugar donde nadie se atreviera a buscar, y sabía exactamente dónde.
Se puso el abrigo y bajó apresuradamente por la calle, mirando constantemente por encima del hombro.
La tienda del barrio tenía una fotocopiadora, así que se escabulló en su claustrofóbico interior.
Hizo una copia del documento completo para que Saul pudiera leerlo cuando llegara a Calderón.
Tardó casi una hora en fotocopiarlo, pero no temió que lo molestaran porque el tendero estaba ocupado atendiendo al continuo flujo de clientes que compraban cigarrillos y latas de refresco de cola.
Regresó a su casa y cogió el coche. Se metió el documento original bajo el chaleco y guardó la copia en el bolsillo situado detrás del asiento del conductor, entre un montón de mapas y folletos viejos, convencido de que nadie registraría un lugar que estaba a plena vista.
Después condujo hasta el edificio de Gloria.
Gloria abrió la puerta y sonrió.
—Hola, no esperaba verte esta tarde. ¿Estás bien? Sé cuánto querías a Ramón. Esto debe de haber sido un golpe terrible.
—Sigo aturdido, la verdad. Supongo que aún no lo he asimilado.
—Entonces, ¿cómo puedo ayudarte?
—Necesito un favor.
—Entra y siéntate, cariño. Te ayudaré si puedo.
Alfredo la siguió por el pasillo hasta el salón y se sentó en el borde de un sillón, como si estuviera a punto de marcharse de nuevo. Gloria se sentó en el brazo del mismo sillón y le pasó los dedos por el pelo.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Me preocupa que el incendio pueda estar relacionado con la visita que le hice ayer a Ramón.
—Me pareció extraño que fueras a verlo. Hace siglos me dijiste que ya no os hablabais.
—No lo hacíamos, pero cuando busqué información en los Archivos Nacionales, descubrí que Ramón había sacado prestadas unas obras relacionadas con la llegada de alemanes a Sierramar.
La coincidencia me pareció extraordinaria, pero era la única pista que tenía, así que decidí que más me valía tragarme el orgullo.
Fui a su casa y le pedí disculpas por haber sido un idiota. Por suerte, me perdonó.
—Eso fue muy valiente. Tiene mucho genio. Me sorprende que no te dejara inconsciente de un puñetazo.
—Somos amigos desde siempre. Supongo que me echaba de menos. En cualquier caso, lleva los últimos dieciocho meses redactando un informe detallado sobre la relación entre los nazis y el Gobierno de Sierramar.
—¡Qué coincidencia!
—Tenía pensado llevar su informe a Miami para publicarlo antes de que alguien pudiera impedírselo. Sospechaba que alguien lo vigilaba y pensó que podrían robarle el informe, así que me lo dio para que lo guardara. Iba a recogerlo de camino al aeropuerto.
—¿Aún lo tienes? ¿No es peligroso?
—Sí, todavía lo tengo. Hay ciertas personas en Calderón que quieren destruir cualquier prueba de la colaboración con la Alemania nazi.
—Entonces, ¿cómo puedo ayudarte?
—Debieron de matarlo por el informe. Tengo que esconder la investigación antes de que alguien descubra que la tengo yo.
—¡Jesús, Alfredo! Lo que me faltaba. No puedo esconder el documento aquí. Mi apartamento será el primer lugar donde busquen.
—Oh, no, no quiero que escondas el informe en tu piso. Había pensado que podrías ocultarlo en casa de tu padre. Nadie buscaría allí jamás.
—¿En casa de mi padre? ¿Estás loco?
La relación de su padre con los fugitivos debía seguir siendo un secreto. Alfredo no podía contarle algo tan personal. Hernán Sánchez tendría que hacerlo cuando la historia saliera a la luz, lo cual era inevitable. Así que escatimó la verdad.
—No es una locura tan grande como parece. Es amigo de muchos de esos colaboradores. Nunca sospecharían que oculta el documento, y él ni siquiera sabrá que lo tiene. Escóndelo en su casa sin decírselo.
Gloria se acercó al aparador y se sirvió un whisky generoso. Estaba de espaldas a él, y Alfredo esperó a que se volviera.
—¿Quieres uno?
—Sí, por favor.
Sirvió otro whisky y echó los cubitos de hielo en su vaso uno a uno. A él le pareció que el mundo avanzaba a cámara lenta. —Entonces, ¿dónde está el documento?
—Pensaba que nunca me lo preguntarías. He guardado una copia para estudiarla, pero el original está aquí, en mi chaleco.
—Mmm. Lo atravesó con la mirada y alzó una ceja de un modo que provocó que se le pusiera erecto al instante. —Entonces, ¿será mejor que te lo quite?
—Ten cuidado. Estoy armado y soy peligroso.
—Oh, eso espero. Me las pagarás.
El padre de Gloria se entusiasmó cuando ella anunció que se había invitado a comer al día siguiente.
Hernán Sánchez no veía a su hija tanto como le gustaría y a menudo deseaba que volviera a vivir con él.
Aquello provocaría discusiones monumentales sobre la vida social de Gloria y las opiniones de su padre acerca de las personas con quienes se relacionaba, así que era poco probable que ocurriera pronto.
Él esperaba que se calmara lo suficiente para que pudieran llevarse mejor, pero era realista y aceptaba que ella aún no estaba preparada.
—Hola, Papi, soy yo.
Gloria entró como un vendaval, dejando tras de sí una estela de humo de cigarrillo, y le dio un fuerte abrazo a su padre.
—Hola, cariño. Estás preciosa, como siempre.
—Gracias. Tú también.
Concluido el saludo de rigor, ambos se sentaron a la mesa del comedor mientras la criada de Hernan les servía un plato de sopa. Comieron en silencio. Gloria se preguntaba cómo esconder el documento sin que su padre la viera.
—Tengo que ir al baño, Papi. Vuelvo enseguida.
—De acuerdo, cariño. Le diré a Rosa que sirva el plato principal.
En vez de dirigirse al baño de invitados, Gloria se encaminó con aire despreocupado hacia el cuarto de baño privado, llevándose el bolso. Sus tacones resonaron al entrar en el baño y al salir por el otro lado, al dormitorio de su padre.
La cómoda que había pertenecido a su difunta madre seguía en el lado de la cama que había sido suyo.
Su padre casi nunca la abría, salvo cuando se ponía nostálgico e intentaba percibir en la ropa algún vestigio del olor de su esposa.
Gloria abrió uno de los pesados cajones, que se deslizó hacia fuera y dejó al descubierto la costosa ropa interior de su madre, que aún esperaba a que su dueña, muerta mucho tiempo atrás, volviera a ponérsela.
Apartó las prendas, sacó el documento del bolso y lo deslizó entre los pliegues de seda de una combinación de color marfil, procurando ocultar su forma colocando una camisola encima.
Tras admirar su obra, dio un paso atrás, emocionada.
— Gracias, Mami —dijo, y regresó junto a su padre para continuar comiendo.
Tenía la costumbre de ponerse las joyas de su madre y devolverlas después al joyero; su padre lo sabía, así que no le extrañaría que hubiera entrado en su habitación.
Además, nunca se las llevaba para siempre, por si su madre regresaba algún día y las necesitaba.
Él la quería por eso, entre otras cosas.
—¿Todo bien, cariño? Comamos, entonces.
***
Kleber Pérez marcó el número con una sonrisa en la cara. Por aquello debía de corresponderle una buena recompensa.
—Está hecho —dijo—. La casa ha quedado reducida a cenizas.
—¿Está muerto?
—Vi cómo ardía y no salió nadie. La policía encontró dos cadáveres: uno en el cuarto de la criada y otro en el dormitorio principal.
—Pero ¿ya lo han identificado?
—No quieren decírmelo, pero ¿quién si no iba a ser?
—Has hecho un buen trabajo. Necesito que confirmes que el doctor Vargas no tiene una copia del informe.
—De acuerdo. Registraré la casa la próxima vez que salga.
—Ten cuidado. No permitas que nadie se fije en ti.