Capítulo 6
El vuelo de Sam llegó al aeropuerto de Calderon en medio de una tormenta aterradora.
Aterrizar a casi tres mil metros sobre el nivel del mar siempre resultaba complicado debido a la escasa densidad del aire, pero ahora el cielo estaba surcado de relámpagos.
La lluvia azotaba en cortinas las ventanillas del avión, dificultando distinguir la pista, y unos feroces vientos cruzados que se arremolinaban en torno a las laderas del volcán que dominaba el aeropuerto zarandeaban el aparato de un lado a otro.
El piloto tuvo que abortar el primer aterrizaje al sobrepasar la pista.
Los motores rugieron mientras el avión volvía a ganar altura atravesando el aire empapado y empujaba a los pasajeros contra sus asientos.
—Bien, señoras y señores, está lloviendo y hace viento, lo que dificulta el aterrizaje. Daremos otra vuelta y volveremos a intentarlo. Si no tenemos una tregua, tendremos que desviarnos a Guayama. Crucemos los dedos. Allá vamos de nuevo.
Un silencio sepulcral se apoderó del avión, roto tan solo por el entrechocar de las cuentas de los rosarios mientras intentaban aterrizar por segunda vez.
Hasta las azafatas se aferraban a los bordes de sus asientos.
El avión tomó tierra con un fuerte rebote y los neumáticos chirriaron mientras trataban de agarrarse a la superficie mojada.
Uno de los compartimentos superiores se abrió de golpe y los cigarrillos del duty free de alguien cayeron al suelo.
A la habitual salva de aplausos por el aterrizaje sin percances se sumaron vítores de alivio.
Incluso Sam se puso a aplaudir para librarse de la férrea mano del sacerdote sentado a su lado, que durante el aterrizaje había perdido toda esperanza de que las fuerzas superiores lo salvaran y había optado, en cambio, por el contacto humano.
—Gracias a Dios —dijo él.
—Gracias a los pilotos —replicó Sam.
Al César lo que es del César, pensó. Dios era quien había provocado la tormenta, así que no entendía muy bien por qué merecía agradecimiento alguno después de intentar matarlos.
También estaba enfadada porque había tenido que sentarse en la zona de fumadores del avión, algo que detestaba.
Una hora en las colas de inmigración y aduanas no había contribuido a mejorar su humor de perros.
Observó con envidia cómo los lugareños desfilaban ante los mostradores de inmigración, charlando y agitando sus pasaportes, mientras ella aguardaba en una larga cola de turistas atendida por un único puesto.
El registro de su equipaje en la aduana la exasperó todavía más.
Un hombre que parecía estar en trance cogía cada prenda de ropa por separado y la sostenía en el aire, como si esperase que algo saliera volando de ella.
Para cuando salió a las calles mojadas y relucientes de Calderon, estaba al límite de su paciencia y desesperada por tomarse una taza de té.
Gloria aún no había llegado. Tenía la costumbre de esperar a que el avión sobrevolara su casa antes de salir hacia el aeropuerto.
Sin embargo, se retrasaba más de lo habitual y Sam empezaba a inquietarse.
No tenían un plan B. Si Gloria no aparecía pronto, tendría que cambiar dinero a las tarifas abusivas del aeropuerto y coger un taxi, con la consiguiente discusión sobre si debía pagar la tarifa local o la de turista.
Después de su primer viaje a Calderon, ya podía regatear en español, lo que siempre servía para reducir el recargo turístico, pero era testaruda.
Cuanto más tiempo permanecía allí, más la acosaban los taxistas, con la esperanza de que acabara cediendo y eligiera a uno de ellos para ir al centro.
Entonces Sam vio el jeep de Gloria doblar hacia la carretera del aeropuerto.
Haciendo caso omiso de las señales de dirección prohibida, Gloria se metió en el carril de los taxis y frenó con un chirrido justo a su lado.
Los taxistas dejaron en paz a Sam para protestar por aquel sacrilegio, pero una sola mirada fulminante de la conductora bastó para sofocar la rebelión.
Gloria, empapada y desgreñada, saltó del coche y corrió a abrazarla, oliendo a humo y pachulí.
—Hola, gringa . Perdona el retraso. ¿Llevas mucho esperando? ¿Qué tal el viaje?
—Hola, Gloria. Me alegro muchísimo de verte. ¿Cómo estás?
—Ah, estoy bien. Como siempre.
—Gracias por venir a recogerme. Pero ¿qué te ha retrasado? Llevo aquí más de una hora.
—Ah, pero no es culpa mía, Sam. El Gobierno ha cambiado la hora y nunca me acuerdo de cuál es.
Aquel ejemplo de lógica gloriana mareó a Sam.
Volvió a abrazar a su amiga y se subió al coche, aferrándose al asiento cuando este salió disparado hacia el tráfico.
Algunas cosas nunca cambian, y Gloria seguía conduciendo como Fangio.
Empezó a llover de nuevo, y el gran volcán situado al oeste de la ciudad asomaba entre un manto de coníferas de un verde intenso que cubría sus laderas como un chal de cachemira.
Por una vez, las rocas negras cercanas a la cumbre estaban libres de nieve y se recortaban contra las nubes.
Su presencia amenazadora confería un aire funesto a la tarde sombría.
Sam se sacudió el desasosiego y se volvió para charlar con Gloria.
***
De vuelta en Inglaterra, el padre de Sam miró el reloj.
—Ya debería haber llegado —dijo.
—Espero que nos llame pronto —respondió su madre.
—Dale tiempo. Acaba de aterrizar.
—Ya sabes lo nerviosa que me pongo. Sierramar está muy lejos.
—Sí, pero tiene a Gloria para cuidar de ella. ¿Qué podría salir mal?
Ambos se echaron a reír.
—Gloria es un tesoro. ¿Te das cuenta de que es la primera amiga que tiene Sam? La mayoría de las chicas no aprecian sus maneras de marimacho. Me alegro muchísimo de que tenga a alguien en quien confiar. Sobre todo ahora que ha vuelto con Simon.
—Mmm, el baboso. Es una pena que no renuncie a esa relación. Creo que es tóxica para ambos.
—Este descanso podría hacer que se lo replanteara.
—Le vendrá bien. El estudio de viabilidad que revisó era infumable hasta decir basta. Tuve que leer una parte y me quedé dormido dos veces.
—Tendré que volver a soportar en el club de golf los comentarios maliciosos sobre su forma de vida.
—Tú no les hagas caso, cariño. Sam es valiente y aventurera, y deberíamos estar orgullosos de ella.
—Claro que estoy orgullosa. Odio tener que fingir que estoy de acuerdo con ellos, pero no me queda más remedio si quiero seguir siendo socia.
—Se meten con ella porque es diferente. Hannah tampoco está casada, pero de ella no dicen nada. Ahora que lo pienso, hace siglos que no hablamos con Hannah. ¿Quieres llamarla tú o lo hago yo?
***
Al otro lado de la ciudad, a Simon no le había hecho ninguna gracia que volvieran a abandonarlo.
Merodeó por el piso de Sam, olisqueando el pijama que ella había dejado tirado en el suelo al marcharse al aeropuerto.
Se pondría hecha una furia si descubría que había entrado por su cuenta mientras ella estaba de viaje.
Aquel era el territorio de Sam, lleno de loros de madera de balsa pintados y alfombras con extraños diseños incas de insectos y animales.
Olía a comida y café. Se había instalado allí tras regresar de Sierramar y lo había llenado con muebles de tiendas de segunda mano y objetos desechados por sus parientes.
Los sillones estaban cubiertos con mantas de colores y grandes cortinas de terciopelo rescatadas de un teatro.
Los enormes radiadores metálicos estaban apagados y él tiritó.
¿Por qué Sam no podía ser como las demás chicas?
No entendía por qué tenía que largarse alegremente a Sierramar en busca de un borracho y su chiflada novia.
¿Por qué él no era suficiente para ella?
Había muchas otras mujeres interesadas. Podía tener a quien quisiera.
Y eso era lo irritante. Deseaba a Sam más que a las demás.
Echaba de menos su presencia física, la forma en que era capaz de levantar maletas enormes y arrojarlas sobre la cama sin mostrar el menor esfuerzo.
Cómo jugueteaba con su fino cabello y era incapaz de recogérselo en un moño pulcro, por mucho que lo intentara.
El aspecto de sus hombros cuando salía de la ducha envuelta en una toalla.
Echaba de menos su cocina y sus comentarios espontáneos sobre la política del Gobierno. Era diferente, y odiaba desearla tanto.
Después de deambular por allí, abrir cajones y fisgonear entre sus cosas, decidió visitar a Hannah, la hermana de Sam, con la esperanza de que le ofreciera algo de comprensión y un plan para convencer a Sam de que regresara.
Hannah vivía dos calles más allá, en un piso situado en la planta baja de una casa similar.
Cuando llamó, ella abrió la puerta de golpe y pareció a punto de gritarle hasta que se dio cuenta de quién era.
—¿Simon? ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
Se puso roja como un tomate, entre avergonzada y confusa.
Su asombroso parecido con Sam lo dejó sin habla.
Hannah tenía el mismo pelo castaño claro, pero lo llevaba más largo y le caía sobre los hombros en suaves rizos, muy distintos de la cortina de mechones lisos como una tabla de Sam.
Su rostro y su cuerpo también se parecían a los de su hermana, aunque sus rasgos eran más suaves y ocultaban las aristas más duras de su carácter. Fuera de su elemento, Simon tartamudeó.
—Eh... ¿estás ocupada? Quería hablar de Sam.
—Jesús, ¿te crees que soy tu consultorio sentimental? Ahora mismo tengo mis propios problemas. No entiendo qué haces aquí.
—Por favor, necesito tu consejo. Nadie la conoce como tú.
—Ahora no puedo hablar. Vuelve en otro momento.
—Pero ¿puedo volver?
—Si no hay más remedio... Ahora vete.