Capítulo 5
Al llegar a casa, Alfredo cerró las puertas con llave y preparó café bien cargado.
Se moría por tomar una copa, pero el alcohol no lo ayudaría a abrirse paso por aquellas páginas ponzoñosas.
No quedaba alcohol en casa, pues había vaciado las botellas la semana anterior, durante una borrachera que se prolongó dos días.
En su lugar, se sirvió una taza de café y añadió tres cucharaditas de azúcar para darse un empujón.
Retiró los papeles de su sillón favorito, una pieza enorme de suave cuero marrón, se hundió en su reluciente abrazo con el documento y se puso a leer.
La cosa no mejoraba. Hojeó fotografías de personas vestidas como Nazis que posaban ante edificios gubernamentales.
No todas tenían rasgos germánicos; algunas parecían del lugar.
Peor aún, reconoció a varias de ellas, entre las que se encontraba el padre de Gloria, Hernan Sanchez, que aparentaba unos diecinueve años.
Su arrogancia lo horrorizó y desconcertó.
¿Qué pensaría Gloria si descubriera aquello sobre su padre?
¿Por qué no se había topado antes con esa información?
No entendía cómo aquel episodio atroz había podido permanecer en secreto.
Ahora sabía por qué Ramon había huido del país.
El documento era, sencillamente, explosivo.
Los principales implicados por parte de Sierramar eran políticos muy conocidos.
Matarían por hacerse con él. Tenía que contárselo a Saul Rosen.
Solicitó a la operadora una conferencia con Nueva York.
Mientras esperaba a que sonara el teléfono, reflexionó sobre el contenido del informe.
Los misterios históricos, como la tumba de Alejandro Magno o el paradero de la ciudad perdida de la Atlántida, solían desconcertarlo.
Pero habían transcurrido cientos de años desde aquellos acontecimientos, y la verdad y la ficción se habían desdibujado hasta resultar indistinguibles.
Lo que no entendía era cómo Sierramar había logrado mantener tan en secreto algo ocurrido en un pasado reciente.
Personas poderosas debían de haber enterrado las referencias a aquella vergonzosa colaboración, y los implicados debían de haber borrado todo rastro de su cooperación.
Era extraño y preocupante. El teléfono sonó junto a su oído y le dio un sobresalto.
—Ya le paso con Nueva York, señor.
—Gracias. ¿Saul? Soy Alfredo Vargas.
—Hola, Alfredo, ¿cómo estás? Supongo que te das cuenta de que son las dos de la madrugada.
—¿Ah, sí? Siento haberte despertado. He perdido la noción del tiempo. El caso es que he descubierto información importante relacionada con tu investigación.
—Vaya, ¿ya? Aún no hemos firmado ni siquiera un contrato.
—No podía esperar. Espero que no te importe. Si eres amigo de Dick Gallagher, debes de ser digno de confianza.
—Es muy selectivo. Tuve que pasar por un riguroso proceso de selección en el que intervino mucho alcohol. —Soltó una carcajada—. Así que ¿qué has descubierto?
—Resulta que tenías razón. Aquí abajo hemos destapado toda una caja de Pandora en la que están implicados nuestros amigos alemanes.
Por una coincidencia extraordinaria, un amigo mío de confianza ha estado investigando el asunto y ha descubierto que hay un grupo clandestino de oficiales nazis que aún se oculta en Sierramar.
—¡Extraordinario! Justo lo que sospechaba. Has dado con un filón. Estoy sorprendido.
—Sí, bueno, ya somos dos. Mi amigo me prestó su investigación, y la colaboración entre los Nazis y el gobierno de Sierramar fue absolutamente atroz.
—Qué noticia tan emocionante. ¿Qué piensas hacer ahora?
—Quiero investigar si ese grupo sigue existiendo hoy en día. ¿Siguen vivos? ¿Dónde se esconden?
Saul no vaciló.
—Tío, esto es apasionante. Iré contigo. No te preocupes, cobrarás. Con contrato o sin él.
—¿Vas a venir? Alfredo vaciló. Le gustaba trabajar solo, pero ya era demasiado tarde: Saul lo había decidido.
—En cuanto consiga organizarme. Te enviaré los horarios de mi vuelo dentro de uno o dos días.
—Estoy deseando conocerte en persona.
—¿Cómo te localizo en Calderon?
—Iré a recogerte al aeropuerto. Mientras tanto, te haré una copia de la investigación.
—Estoy impaciente. Nos vemos pronto.
—Buenas noches, Saul, y siento haberte despertado.
—No tienes que disculparte. Esta noche no dormiré, pero, por una vez, me da igual.
***
Después de colgar, Saul se sintió desbordado por la emoción.
No podía creer la suerte que había tenido al encontrar a Alfredo, que parecía el candidato perfecto para el trabajo.
Le debía una botella de whisky a Dick Gallagher.
No había necesidad de contarle a nadie el verdadero motivo por el que investigaba la presencia nazi en Sierramar.
Parecía poco probable que Alfredo fuese a descubrir algo concreto si ni siquiera había oído hablar de la colaboración de su gobierno con el Tercer Reich.
¿Estarían los documentos incriminatorios en las estanterías de los Archivos Nacionales, esperando a que alguien los descubriera?
Había tardado años en seguir el rastro del doctor Kurt Becker desde Bruselas hasta Calderon.
Podía pasar mucho tiempo antes de que Alfredo encontrara algo de peso.
Podía esperar. La venganza es un plato que se sirve frío, y este ya tenía moho.
Dobló el papel con el número de Alfredo y lo guardó en un compartimento con cremallera de la cartera.
Saul dejó el teléfono y se inclinó hacia delante en la silla de madera del recibidor, aferrándose las rodillas y apoyando la frente en ellas.
Inspiró hondo y soltó el aire. Se le quedó atascado en la garganta.
Por fin, después de años de búsqueda, un golpe de suerte.
No estaba seguro de lo que sentía. ¿Alivio?
¿Euforia? Se levantó y caminó hacia el dormitorio, pero el dedo del pie se le enganchó en el pantalón del pijama, tropezó y estuvo a punto de caer de bruces al atravesar la puerta.
Una repentina oleada de lágrimas lo cegó, y alargó la mano hacia el pañuelo que había sobre la mesilla de noche.
Se quitó las gafas y se sentó en la cama, a oscuras, llorando desconsoladamente.
Era como si hubiera estado perdido toda su vida y por fin hubiese encontrado un mapa que lo condujera a casa.
Los hilos empezaban a converger. Se acercaba el acto final.
Abrió el estrecho cajón de la mesilla de noche y sacó una pistola que había comprado en la armería local.
Una Glock. Era robusta y funcional y, según el vendedor, letal.
La había probado en la galería de tiro de la tienda, apuntando a las siluetas humanas que colgaban en la sala del fondo.
El retroceso lo había emocionado casi más que los agujeros que abrió en aquellas figuras de papel.
Podía dispararla contra un ser humano de verdad.
Aquellos hombres malvados pagarían. Su búsqueda se acercaba al clímax, y esperaba que terminase con un estallido.
Le daba igual lo que sucediera después. Estaba en manos de los dioses.