Capítulo 4
Los Archivos Nacionales se alojaban en una excrecencia de hormigón situada en lo alto de una colina, en el centro del distrito político de Calderon, rodeada de edificios gubernamentales.
Conocido como la Ampolla, el edificio había sido proyectado por su arquitecto con una fachada de mármol, pero el presupuesto destinado a la piedra pulida acabó sufragando la compra de una casa art déco en Miami para el ministro de Educación.
La entrada se encontraba en lo alto de una escalinata sin adorno alguno que evocaba más un gulag que un lugar de estudio.
Inmune a su fealdad después de tantos años frecuentándolo, Alfredo iba tan concentrado en la misión que tenía por delante que tropezó y cayó con fuerza sobre las losas que rodeaban la puerta.
—¿Se ha hecho daño, doctor Vargas? —preguntó el guardia de seguridad.
—No ha pasado nada, gracias —respondió Alfredo, consciente de la mirada penetrante que otro académico le dirigía mientras se levantaba con dificultad.
—Jodido borracho.
El comentario, pronunciado en voz alta con intención de herir, flotó sobre su cabeza mientras se sacudía de los pantalones el polvo de hormigón.
—Prefiero «alcohólico al límite» —replicó.
Pese a la rapidez de su respuesta, la humillación se apoderó de él.
A menudo bebía demasiado, pero nunca acudía a la Ampolla si no estaba sobrio.
El temor a pasar algo importante por alto lo mantenía alerta.
Su reputación académica le importaba mucho, pese a su aire despreocupado.
La rodilla magullada le palpitaba, pero evitó cojear al mostrar su acreditación en la puerta.
No quería que nadie viera que se había hecho daño, no fueran a percibir su debilidad y considerarlo vulnerable a sus críticas. Solo tienen envidia .
Por costumbre, se dirigió a la sección de los archivos que contenía las investigaciones sobre las culturas de Valdivia.
Llevaba varios minutos inmóvil junto a los expedientes cuando un golpecito en el hombro lo sobresaltó y lo sacó de su ensimismamiento.
Se volvió y vio a un joven delgado, con un corte de pelo a tazón y una placa identificativa en la que ponía: «Kleber Perez, auxiliar de biblioteca».
—Es usted el doctor Vargas, ¿verdad? ¿Puedo ayudarlo?
—Ah, gracias, me vendría de maravilla. Necesito consultar cualquier documento relacionado con la comunidad alemana de Sierramar durante el siglo XX, en concreto cualquier mención de familias que llegaran aquí después de 1940. La verdad es que no sé por dónde empezar. No es mi especialidad.
El joven le clavó una mirada penetrante. Una expresión de inquietud o ira cruzó fugazmente su rostro, pero enseguida recobró la compostura. Alfredo se preguntó si no lo habría imaginado. Tal vez el joven hubiera oído hablar de su afición a la bebida.
—Tendrá que seguirme. Este no es el lugar adecuado para iniciar una búsqueda sobre historia contemporánea. Los ficheros están al otro lado del edificio.
—Excelente. Se lo agradezco mucho. Guíeme.
Salieron al atrio y cruzaron hasta el otro lado, donde entraron en una sala idéntica, con un largo mueble de fichas bibliográficas junto a la entrada y altas estanterías polvorientas dispuestas en semicírculo, que se abrían y cerraban sobre raíles para facilitar el acceso.
El joven rebuscó en el fichero con la rapidez de un tahúr, seleccionó varias fichas y las extrajo. Después se las entregó a Alfredo.
—Aquí tiene, doctor. Con esto podrá empezar. Dígame si necesita algo más.
—Gracias, Kleber.
Alfredo se sentó en uno de los duros bancos de madera situados frente a los ficheros y examinó las fichas que Kleber le había dado.
El joven era idiota. Si Alfredo hubiera querido informarse sobre cocina alemana y vestimenta tradicional, no habría acudido a los Archivos Nacionales.
Los jóvenes de hoy en día, ¿qué clase de educación recibían?
Se acercó cojeando a los archivadores y devolvió las fichas a su sitio.
Pero ¿en qué categoría encajaban los Nazis de Sierramar?
¿Política? ¿Relaciones exteriores? ¿Fantasía?
La experiencia de Alfredo le decía que un enfoque metódico daría mejores resultados.
Cogió la primera caja de fichas y la llevó hasta una mesa.
Fue sacándolas una por una, examinó los resúmenes y volvió a guardarlas.
Revisó tres cajas y encontró la friolera de dos referencias a inmigrantes alemanes, ambas colocadas boca abajo.
No era alentador, pero los callejones sin salida solo espoleaban a Alfredo a buscar con más ahínco.
Se dirigió a las estanterías para localizar los documentos.
Ninguno de los dos se hallaba en su lugar dentro de las cajas archivadoras, pero las fichas de préstamo grapadas a estas indicaban que la misma persona se había llevado ambos: un tal Armando Bronca.
Alfredo sonrió. Aquel nombre jocoso aludía en español a «armar una bronca» y era un apodo que utilizaba Ramon Vega, uno de sus amigos de la universidad.
Alfredo no lo veía desde hacía varios años, tras un altercado en un bar que no había tenido nada que ver directamente con Ramon y sí mucho con la cantidad de alcohol que él había ingerido.
Esperaba que el tiempo hubiera curado las heridas causadas por su lengua sarcástica, afilada por el exceso de bebida.
Ramon Vega vivía en el valle paralelo al de Calderon, en una casa de labranza rodeada de viviendas modernas, allí donde antes había pastos.
Alfredo descendió por una carretera sinuosa flanqueada de eucaliptos, esquivando los baches y las gallinas.
Construida durante la ocupación española, la casa de Ramon se había ido asentando con el paso del tiempo a medida que los cimientos se secaban.
Las paredes se inclinaban hacia dentro y el tejado se combaba.
Una exuberante maraña de buganvillas e hibiscos trepadores se extendía por el edificio blanco e invadía las grietas de las ventanas.
La puerta estaba abierta y el polvo danzaba bajo la intensa luz del sol que penetraba en el oscuro interior.
Alfredo entró y mantuvo una mano nerviosa apoyada en la puerta.
—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
Oyó el gemido de las tablas del suelo cuando Ramon se acercó. Una gran silueta ocupó el recibidor.
—¿Alfredo? ¿Eres tú?
—Sí, soy yo. Dame un puñetazo de una vez y así podremos volver a ser amigos.
—¡Serás imbécil!
La voz grave se quebró en su enorme garganta.
Con sorprendente rapidez para un hombre de su tamaño, Ramon se abalanzó sobre Alfredo.
En el último instante, Alfredo comprendió que su amigo tenía los brazos abiertos y extendía las manos hacia él en lugar de cerrar los puños.
Se relajó y dejó que la marea de afecto que era Ramon Vega lo inundara.
Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, aunque no sabía a cuál de los dos pertenecían.
¿Por qué he tardado tanto en disculparme?
Qué idiota. Debería haber sabido que sería como en los viejos tiempos.
Cuando los dos hombres se desenredaron de su convulso abrazo, Alfredo siguió a Ramon hasta una sala de estar con las paredes cubiertas de libros.
Las estanterías cubrían las cuatro paredes y muchas gemían bajo el peso de dobles hileras de volúmenes de todas las formas y tamaños.
Alfredo se dejó caer en un cómodo sillón del que sabía que le costaría levantarse.
Ramon se sentó enfrente, en otro idéntico, inclinado hacia delante con los codos apoyados en los muslos.
—¡Marta! Tráenos café recién hecho, por favor. Y unas empanadas.
Desde la cocina llegó un chillido en señal de asentimiento.
—¿Qué quieres, viejo amigo? Debe de ser importante para que te hayas atrevido a enfrentarte a mi ira después de tanto tiempo.
—Lo siento, lo siento muchísimo. Soy un idiota. Tengo que hablar contigo de un asunto urgente, pero nuestra amistad es más importante y yo soy un necio.
—Vamos, no vuelvas a disgustarme. Hagamos como si nunca hubiera ocurrido. Desembucha. Empieza por el principio y no te dejes nada.
Alfredo le contó a Ramon la llamada que había recibido de Saul Rosen, omitiendo la parte del generoso pago, y la extraña historia de las compañeras de colegio de Gloria y su pelo teñido; después le habló de los documentos desaparecidos de la biblioteca.
Ramon permaneció sentado al borde del sillón, regando las empanadas de queso con un mar de café con leche.
Se le fue frunciendo el ceño cada vez más, hasta que acabó pareciéndose a un buldog preocupado.
—Y eso es todo. Tú puedes indicarme por dónde seguir, porque la pista está fría y no sé por dónde empezar.
—Qué extraordinario —dijo Ramon. Se levantó y se acercó a la puerta. La abrió para mirar a ambos lados del pasillo, volvió a cerrarla y se dio la vuelta, negando con la cabeza. —Qué casualidad. No me lo puedo creer.
—¿Creerte qué? No lo entiendo.
—Saul no es el único que investiga a los Nazis de Sierramar.
Este tema ha ocupado toda mi atención durante los últimos dieciocho meses, desde que hice un descubrimiento fortuito en los archivos.
Encontré en el sótano una caja entera de documentos archivada en la sección equivocada y supuse que alguien la habría colocado allí por error.
Pero no tardé mucho en comprender que había descubierto un encubrimiento.
—Las únicas fichas que encontré sobre el tema estaban colocadas boca abajo. Encontré tu nota al buscar los documentos correspondientes en las cajas archivadoras.
—Todavía los tengo. No sirve de nada devolverlos. También desaparecerán. Como los fugitivos que llegaron aquí en 1945.
—¿Qué quieres decir con que desaparecieron?
—Algunos han muerto, pero los demás se esfumaron y estoy tratando de localizarlos. Queda un núcleo duro de unos seis. Me he centrado en la colaboración de los Nazis con el Gobierno y aún no los he buscado.
—Tienen que ser las personas que buscamos.
—Exacto. En cualquier caso, casi he terminado un informe sobre la colaboración del Gobierno con el Tercer Reich que esperaba publicar.
—¿Te está costando encontrar editor?
—También estoy teniendo problemas con muchas otras cosas. Hay personas destacadas de Sierramar que quieren impedir que este documento vea la luz. No te creerías quiénes están implicados. Llega hasta las más altas esferas y la mayoría de los principales protagonistas siguen vivos.
—Jesús, eso es terrible. Deberías tener cuidado para que no descubran lo que estás haciendo.
—He mantenido mis investigaciones en secreto hasta ahora, pero me temo que me están vigilando. Es una sensación de la que no consigo librarme.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a marcharme del país una temporada para conseguir que publiquen el informe en Estados Unidos. Una vez que sea de dominio público, no podrán hacer nada para impedir que la información salga a la luz.
—¿Cuándo te vas?
—La semana que viene, así que has tenido suerte de encontrarme aquí. Te propongo una cosa: ¿por qué no te llevas el documento unos días y fotocopias las páginas que te interesen?
—Es una responsabilidad enorme. ¿Estás seguro de que es buena idea?
—Me preocupa más dejarlo aquí. Lo robarían si tuvieran ocasión. Esta casa está aislada y es fácil entrar a robar. Me quedaría más tranquilo sabiendo que tú lo guardas en un lugar seguro. La gente sabe que no nos hablamos. Nadie sospechará que lo tienes tú.
—Entonces, ¿cuándo quieres que te lo devuelva?
—Puedes dármelo cuando pase por tu casa de camino al aeropuerto. Llámame si tienes alguna pregunta antes de que me vaya.
—De acuerdo, me lo llevaré.
—Es la única copia. No la pierdas ni te la lleves al bar. Podrían matarte si alguien descubre que la tienes.
Alfredo ignoró la pulla.
—La protegeré con mi vida.
—Lo siento, pero tienes que marcharte ya. Espero una visita y mi invitada es tímida.
Ramon guiñó un ojo y Alfredo comprendió que, pese a su peligrosa situación personal, seguía dedicándose a actividades extracurriculares con las esposas de otros hombres.
—Ya me voy. Que no te pillen.
—No digas tonterías. ¿Quién iba a sospechar que soy un donjuán clandestino?
No le faltaba razón. Pese a sus grandes ojos castaños y su mata de pelo negro y rebelde, era tan ancho como alto y parecía un sapo afable, no la clase de hombre que seducía a las esposas ajenas, aunque no eran los maridos furiosos quienes preocupaban a Alfredo.
Cogió el documento y se lo metió en el gran bolsillo trasero de la chaqueta.
Se despidió con la mano, salió de nuevo a la luz del sol y se dirigió hacia su coche.
Volvió a subir hasta su casa, reflexionando sobre la coincidencia que lo había conducido de nuevo hasta Ramon después de aquella estúpida discusión.
Ni siquiera recordaba ya cuál había sido el motivo.
Una vez más, lamentó su adicción y todo lo que le había costado.
Podía dejar de beber durante meses y, justo cuando creía haberse liberado, los tentáculos de la adicción volvían a envolverlo y lo seducían con la fuerza de una sirena.
***
Kleber Perez observó cómo Alfredo salía de casa de Ramon.
No llevaba nada en las manos, pero vestía una chaqueta capaz de ocultar multitud de secretos.
Era el peor desenlace posible. ¿Cómo había podido un borracho como el doctor Vargas atar unos cuantos cabos sueltos y dar con el premio gordo?
Debía de haber existido alguna relación entre ambos en el pasado.
Si no, ¿cómo iba a saber Alfredo que Armando Bronca era un apodo?
Kleber descargó el puño contra el manillar del ciclomotor.
Debería haber cambiado los nombres de los expedientes cuando tuvo ocasión.
Por experiencia, sabía que la mayoría de los ricos se conocían entre sí, así que no resultaba sorprendente que Alfredo conociera a Ramon y hubiera reconocido el apodo.
Montó en el ciclomotor y se dirigió al teléfono público más cercano, situado en una tienda del barrio frente a la comisaría.
Tuvo que hacer cola para usarlo y esperó su turno sentado en un rincón, temblando de indignación.
—Soy yo. Tengo malas noticias sobre Ramon Vega. Tiene un nuevo cómplice.
—¿No trabajaba solo?
—Así era. No lo he visto hablar con nadie desde hace meses.
—¡Jesús! Esto es un desastre. Tenemos que librarnos de él antes de que hable con alguien más.
—Puedo hacerlo yo.
—De acuerdo, pero haz que parezca un accidente. No podemos dejar ninguna pista.
—Déjalo en mis manos.