La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Alfredo Vargas estaba trabajando en su estudio cuando sonó el teléfono.

Pese al timbre fuerte e insistente, no conseguía localizarlo entre el mar de documentos y libros abiertos que cubrían su escritorio como una gigantesca lámina de masa filo.

Acercó el oído a la pila y palpó el polvo con la mano en busca de la vibración que delatara su posición.

El teléfono siguió sonando. Quienquiera que desease hablar con él estaba decidido a conseguirlo. La mayoría de la gente se rendía antes.

Cuando encontró el auricular, desenredó el cable de una maceta con una planta muerta y se lo llevó al oído con cierta aprensión. ¿Será alguien a quien debo dinero? ¿O mi madre, que exige que le cuente las últimas novedades?

—Hola, ¿puedo hablar con Alfredo Vargas, por favor?

Español con acento estadounidense. Nasal y quejumbroso, con un deje de Brooklyn.

—¿Quién llama, por favor?

—Ah, hablas inglés. Me llamo Saul Rosen. Soy periodista. Alfredo advirtió que el inglés tampoco era su lengua materna. Parecía una extraña mezcla de acento de Brooklyn y algún acento europeo. ¿Francés?

—Sigo sin saber quién eres. ¿Qué quieres?

—Busco a Alfredo Vargas, el historiador. Tengo una propuesta para él.

—¿Qué clase de propuesta? Ahora mismo estoy ocupado.

—¿Eres el doctor Vargas? Qué suerte. No te imaginas lo difícil que resulta localizarte.

Alfredo se esforzaba deliberadamente por evitar casi todo contacto humano, que le parecía tedioso y agotador, así que aquello no suponía ninguna revelación.

—¿Cómo has conseguido mi número?

—Me lo dio el doctor Gallagher, de Nueva York.

—Ah, Dick Gallagher. Eso lo explica. ¿Tienes trabajo para mí? ¿En qué consiste?

—Necesito ayuda con un encargo en Sierramar. Es confidencial y puede que incluso peligroso. Quiero que investigues algo para mí.

—¿De qué trata la investigación?

Alfredo trató de dominar su entusiasmo. Nunca andaba escaso de dinero, pues procedía de una familia acaudalada a la que le sobraba, pero necesitaba algo que mantuviera ocupada su mente.

Su consumo de alcohol había vuelto a descontrolarse pese a los esfuerzos de su novia, Gloria.

Quería que se sintiera orgullosa de él y conseguir que el padre de ella aceptase su relación, pero tener tan poco trabajo no hacía sino volver la bebida más tentadora.

—Trabajo como asesor para el Centro Simon Wiesenthal, investigando a criminales de guerra nazis que huyeron a Sudamérica después de la Segunda Guerra Mundial.

La Comisión de Crímenes de Guerra está muy interesada en encontrarlos y detenerlos.

He seguido varias líneas de investigación que conducen a Sierramar.

—¿Sierramar? ¿Estás seguro?

Habían capturado a varios criminales de guerra notorios en Argentina, Chile y Brasil, pero Alfredo jamás había oído hablar de ninguno en su país. Sierramar era una de las pocas democracias de Sudamérica que no había tenido un régimen fascista en su pasado.

—Sí. Yo tampoco me lo esperaba. Supongo que, como historiador, creerás que deberías estar al corriente, pero ahí está la cuestión.

El Gobierno de Sierramar se confabuló con los alemanes para permitir que ciertos criminales de guerra eludieran la justicia.

Silenciaron la colaboración y ocultaron las pruebas.

—Entonces, ¿cómo puedo ayudarte?

—Pensé que quizá tuvieras acceso a los expedientes de los Archivos Nacionales que podrían corroborar esta historia. Es poco probable que permitan consultarlos a un estadounidense, pero supongo que tú no tendrás ningún problema para conseguir la información que necesito.

—De hecho, voy allí a menudo. La investigación parece bastante sencilla. ¿Cuánto me pagarías?

—Puedo ofrecerte cien dólares al día y un anticipo de quinientos. ¿Te parece bien?

—Parece razonable —dijo Alfredo, ocultando su sorpresa ante tan generosa oferta. Al fin y al cabo, la mayoría de los gringos tenían dinero—. ¿Tienes un bolígrafo a mano?

—Sí.

—Bien, mi número de fax es el 02687865. Tienes que poner delante el prefijo internacional de Sierramar y quizá debas suprimir el cero. ¿Por qué no me envías una propuesta por fax? Te comunicaré mi decisión y mis datos bancarios a su debido tiempo.

—Lo haré hoy.

—Excelente.

—Gracias, doctor Vargas.

—Alfredo, por favor. ¿Puedo llamarte Saul?

—Claro. Bien, hasta pronto.

Alfredo colgó el auricular y se recostó en su gran sillón de cuero.

Saul parecía dispuesto a pagar más de la cuenta por una investigación sencilla, pero no iba a mirarle el diente a caballo regalado.

Parecía un trabajo de verdad. ¿Qué dificultad podía tener?

A Alfredo le encantaban los proyectos nuevos y la impaciencia le bullía en el pecho.

Le resultaba imposible esperar a que Saul formalizara su relación laboral antes de iniciar la investigación.

La mención de criminales de guerra nazis relacionados con Sierramar lo tenía desconcertado.

Ponía en entredicho su prestigio como historiador.

Aunque solo tenía treinta y cinco años, sus colegas lo consideraban uno de los hombres más versados en su especialidad, pero sus estudios tendían hacia lo esotérico y se había centrado en el estudio de la cultura Valdivia y las culturas incas de Sudamérica.

La Segunda Guerra Mundial no había despertado su interés; por el amor de Dios, había sucedido ayer mismo.

Apenas podía considerarse historia. No lograba imaginar su pequeño país, con sus montañas, playas y selvas, como otra cosa que no fuera un paraíso democrático.

Pese a las revoluciones y los regímenes fascistas que habían azotado el resto de Latinoamérica, Sierramar jamás había sufrido una guerra civil ni tenido un dictador.

Había tenido gobiernos turbios, con los sobornos y la corrupción habituales que acompañaban a la pobreza auténtica, pero la insinuación de que había dado refugio a fugitivos nazis lo horrorizaba.

Y, sin embargo, la historia sonaba verosímil.

Intrigado, se devanó los sesos en busca de indicios.

En Calderon había personas de ascendencia alemana, muchas de su edad, que se relacionaban con las familias adineradas de la zona, semejantes a la suya.

Había conocido a sus madres, pero no recordaba a sus padres.

Nunca se había parado a pensarlo porque concedía poca importancia a los vínculos familiares.

Ahora estaba decidido a rastrear los orígenes de la comunidad alemana de Calderon.

Empezó por su principal fuente de cotilleos locales: Gloria, su novia e hija del nuevo rico Hernan Sanchez, contratista del Gobierno.

—¿Diga?

—Hola, mi amor, ¿qué tal?

—¿Quieres quedar hoy para comer? Sé que te aviso con poca antelación, pero necesito verte.

—Puedo estar en el Banana Verde dentro de una hora.

—Estupendo, te esperaré fuera.

Condujo hasta el centro de la ciudad y compró un periódico a la vendedora ambulante que amamantaba a su hijo junto al semáforo, envuelta en una nube de gases de escape.

Varios niños pequeños estaban sentados en la mediana, bajo un árbol de hojas marchitas envenenadas por partículas de plomo; sus caras sucias eran el retrato del aburrimiento y la desdicha.

Calderon era una ciudad próspera, pero la mayoría de los mendigos y desempleados de la capital procedían de la población indígena.

En cuanto empezó a fijarse, le pareció que había una familia en cada cruce.

Aparcó el coche y se sentó en un banco frente al restaurante, a leer el periódico a la sombra de un bloque de pisos espantoso.

Unos pájaros cubiertos de polvo picoteaban la tierra seca del parterre, donde no había más que piedras pintadas y pegotes de chicle.

En su mente zumbaban preguntas sin respuesta y las palabras impresas se desdibujaban ante sus ojos mientras trataba de concentrarse en el periódico.

La suposición de que Gloria pudiera saber algo le parecía ahora un tanto absurda, pero se moría de ganas de verla.

El corazón le latió más deprisa al imaginar el calor de sus labios rozando los suyos.

Gloria llegó media hora más tarde de lo acordado, hizo lo que parecía un giro con el freno de mano para entrar en una plaza de aparcamiento y dejó un arco nuevo de goma sobre el asfalto.

Saltó del coche con unos vaqueros ceñidos como una segunda piel y botas de vaquero; la blusa de vivos colores le tiraba de los botones.

Se había teñido el pelo con las franjas multicolores que en Calderon pasaban por mechas.

Dio una calada al cigarrillo y miró alrededor, entornando los ojos ante los intensos rayos del sol del mediodía.

—¡Ah, mi amor! Ahí estás. Entremos —dijo.

—¿Cómo estás, cariño? Estás maravillosa. Me encanta tu pelo.

—Gracias, es lo último.

Dio una vuelta coqueta delante de él y a Alfredo le dio un vuelco el corazón.

Estaba perdidamente enamorado. Hasta que habían empezado a salir, había considerado que Gloria estaba tan fuera de su alcance que nunca se había atrevido a hablarle.

Cómo había logrado seducirla seguía siendo un misterio para él, pero ahora pensaba luchar hasta la última gota de sangre para conservarla.

Empujaron la puerta y entraron en el fresco interior, donde el encargado los condujo a la mejor mesa, como correspondía a la hija de Hernan Sanchez.

Un camarero les llevó unos menús plastificados, pegajosos por las huellas de otros clientes.

Gloria sostuvo el suyo con las puntas de los dedos, pero no lo abrió.

—¿Desean que les diga las sugerencias? —preguntó el camarero, incómodo bajo la mirada de Gloria.

—No, gracias. ¿Puede traerme una sopa de patata con una ración extra de aguacate, por favor? ¿Alfredo?

—Para mí, la sopa levantamuertos, por favor, aunque esta vez sería un milagro que funcionase.

—¿Puede traernos también una jarra de limonada recién hecha, por favor?

—Por supuesto, señorita Sanchez.

El camarero se retiró, dejándolos en la relativa intimidad de su mesa del rincón.

—¿Qué es tan importante que no podías contármelo por teléfono? —preguntó Gloria—. ¿Y por qué pareces tan agotado? ¿Has estado bebiendo?

—¿Bebiendo? Oh, no exactamente; bueno, no mucho, solo lo necesario para pensar.

—¿Lo necesario para pensar? ¿Pensar en qué?

—Tengo trabajo.

A Gloria se le desencajó tanto la mandíbula que él pudo verle los empastes.

—¿Un trabajo? ¿Tú?

—¡Qué maravilla! —soltó antes de que se produjera un silencio incómodo. Alfredo no lo advirtió porque ella se inclinó hacia delante y apoyó el pecho sobre la mesa, una maniobra que lo distrajo.

—Sí, es increíble —dijo él.

—Eh, concéntrate. Entonces, ¿en qué consiste el trabajo?

—Un periodista llamado Saul Rosen me ha llamado desde Nueva York. Me ha pedido que investigue a la comunidad alemana de Calderon.

—Suena misterioso. Cuéntamelo todo.

—Bueno, no tengo tan buenos contactos como tú y no estoy convencido de que esto no sea una pista falsa, así que quería consultarte. No quiero perder el tiempo si no hay nada que encontrar. Necesito que me aconsejes antes de empezar a buscar en los Archivos Nacionales.

—¿Qué clase de información?

—Te lo contaré, pero necesito que me escuches, por favor, sin hacer comentarios ni perder los estribos hasta que termine. No es un tema fácil y puede que sus implicaciones te disgusten.

Gloria encendió un cigarrillo.

—De acuerdo, prometo escuchar primero y gritar después.

—Pues, aunque parezca increíble, este periodista asegura haber encontrado pruebas de que algunos destacados criminales de guerra nazis se ocultan en Sierramar.

Quiere que investigue la historia para ver si podemos verificarla.

Sus pesquisas indican que nuestro Gobierno conoce su presencia y que se confabuló con el Tercer Reich.

Gloria parecía querer intervenir, pero Alfredo levantó una mano para detenerla.

—Es natural que prefieras defender nuestro país hasta la muerte antes que aceptar esto, pero, por favor, plantéate primero esa posibilidad. He estado pensando mucho y, en ciertos aspectos, resulta verosímil. Ojalá no lo fuera.

—De ahí la bebida.

—Sí, lo siento. Me ayudó a encajar el golpe cuando quedó claro que la historia tenía cierto fundamento.

Hay muchas familias alemanas ricas en Calderon.

¿De dónde vinieron y de dónde sacaron su fortuna?

Los hombres mayores han desaparecido o nunca llegaron aquí.

¿Por qué hay tantas familias con una matriarca, pero sin patriarca?

Hizo una pausa. Gloria parecía esforzarse por contener un arrebato.

Encendió otro cigarrillo y, mientras lo fumaba, le daba fuertes golpecitos contra el cenicero.

Llegó la sopa. Ambos se abalanzaron sobre sus cuencos sin hablar.

Gloria frunció el ceño, concentrada. Apartó el cuenco vacío y se bebió de un trago un vaso de limonada.

—Tienes razón —dijo por fin—. En la comunidad alemana de Calderon ha estado ocurriendo algo raro.

Alfredo soltó el aire que llevaba conteniendo con todo el disimulo posible. Gloria hizo una pausa y cerró los ojos, como si quisiera concentrarse en el recuerdo de un episodio que apenas conservaba en la memoria.

—Entre mis amigas alemanas del colegio ocurrían cosas extrañas —dijo—. Dos de ellas eran hermanas y tenían el pelo rubio, pero las cejas oscuras. Ya sabemos lo que significa eso.

Entonces miró a Alfredo en busca de confirmación, pero su afirmación lo había dejado perplejo.

—Ay, qué tontos sois los hombres a veces. Las mujeres rubias tienen las cejas rubias. Significa que se teñían el pelo —suspiró.

—¿Y? ¿Qué tiene eso de raro?

—Una de esas hermanas estaba en mi curso y se hizo amiga mía, así que solíamos quedarnos a dormir la una en casa de la otra. A veces bebíamos una copa de vino que robábamos del mueble bar de mi padre. Una noche bebió demasiado y le pregunté por qué se teñía de rubio.

—¿Qué te contó?

—Cuando las niñas eran pequeñas, ambas tenían el pelo rubio y su padre las adoraba.

Al hacerse mayores, el pelo empezó a volvérseles castaño y su padre se enfureció porque quería que parecieran más arias.

Les dijo que los arios eran la raza superior y que esclavizarían o eliminarían a los demás cuando naciera el Cuarto Reich.

Tenía un temperamento violento, así que su madre las protegía de sus ataques de ira tiñéndoles el pelo.

—¿Qué le ocurrió?

—No lo sé. Recuerdo que a menudo las dejaba solas durante semanas sin decirles adónde iba. Desapareció para siempre junto con varios amigos cuando teníamos unos dieciocho años. Circulaban rumores de que habían salido del país rumbo a Argentina.

Alfredo estaba fascinado.

—Dios mío —dijo—. No tenía ni idea de que hubieran venido aquí fugitivos nazis. Tengo que averiguar más.

—Ten cuidado. Si el Gobierno ayudó al Tercer Reich a ocultar de la justicia a algunos de sus criminales de guerra, no le hará ninguna gracia que se saque a la luz su colaboración. Ahora tendrían entre sesenta y muchos y setenta y tantos años, así que muchos de ellos aún están vivos.

Pero Alfredo había dejado de escuchar.