La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 1 #2
4%

Capítulo 1 #2

—No pensarás ir, ¿verdad?

—Bueno, puede que sí.

—No digas tonterías, cariño. Esa etapa de tu vida ha terminado. No puedes irte. ¿Y yo qué?

—Bueno, solo he dicho que me lo plantearía. Consultémoslo con la almohada, ¿de acuerdo? Estoy agotada. No puedo pensar con claridad.

Murmurando entre dientes, Simon se hizo a un lado para hacerle sitio en la cama. Apagó la luz y alargó una mano hacia ella. Sam se estremeció al sentir su contacto. Él masculló algo grosero y le dio la espalda.

Sam fue a pedir consejo a sus padres y recibió justo la clase de apoyo que anhelaba.

—¿Vuelves a Sierramar? Qué bien, cariño. ¿Te alojarás con Gloria? —Su madre, Matilda Harris, le pasó una taza grande de té—. ¿Tarta de café? Venga, sabes que te apetece.

—Un trocito diminuto. ¡Eh! Eso no es pequeño —dijo Sam.

—No puedo dejar que se ponga dura.

—El duende del despilfarro te vigila —dijo Bill Harris.

—Papá, la guerra ha terminado.

—¿Vas a ir a la selva? —preguntó él.

—Depende de Alfredo.

—Por si acaso vas, tengo algo para ti. Me lo dio uno de mis clientes.

—De verdad, cariño. Sam no quiere ese trasto —dijo su madre.

—¿Qué trasto?

Bill Harris rebuscó en una caja de la antecocina.

—Ah, aquí está.

Sostenía una caja con el alarmante dibujo de una serpiente y varios rayos lanzándose contra ella. Sacó un módulo de plástico negro con dos púas metálicas cortas en un extremo.

—Parece algo de Star Trek . ¿Puedo usarlo para teletransportarme a Inglaterra? —preguntó Sam.

—Es una pistola eléctrica para mordeduras de serpiente. Si te muerde una víbora, colocas esto sobre la mordedura y pulsas este botón.

Apretó el botón rojo situado en el lateral del módulo. El aparato emitió un chasquido, parecido al de una mosca electrocutándose en un restaurante griego, y de las púas saltaron chispas azules.

—No pienso usar eso. Es letal.

—Pero podría funcionar. Y, si estás lejos de un hospital, podría salvarte la vida.

—Llévatelo, cariño, nunca se sabe cuándo podrías necesitarlo —dijo Matilda.

—Lo guardaré ahora mismo en el bolso —dijo Sam, que no quería decepcionar a su padre—. Gracias, papá. Es fantástico.

—Necesitarás pilas —dijo su madre.

No resultaba fácil organizar un viaje a Sierramar sin despertar las sospechas de Simon.

Era propenso a los ataques de celos porque no podía evitar atribuirle a ella su propia conducta.

Si intentaba ocultarle algo, siempre daba por sentado que quizá estuviera viéndose con otro, algo tan alejado de sus pensamientos que para llegar hasta allí habría hecho falta un viaje intergaláctico.

Sam siguió comportándose con normalidad y preparaba las maletas mientras él trabajaba, volviendo a guardarlas en el armario del recibidor cada vez que Simon iba a su piso.

Su decisión de marcharse a Sierramar permaneció en secreto hasta que él vio la bolsa del supermercado llena de té y chocolate escondida en el armario.

Para entonces, ella ya había comprado en una agencia de vuelos baratos de Tottenham Court Road el billete, que no era reembolsable.

—Era baratísimo —se jactó.

—No puedo creer que mintieras sobre lo de ir a Sierramar —dijo él.

—No mentí. Fui apenas un poquito parca con la verdad, pero nunca dije que no fuera a ir.

—Pero vas a ir. Y sin mí. La paciencia de un hombre tiene un límite.

Parecía abatido, aunque era un actor de talento.

—Oh, estarás bien. Ni siquiera notarás que me he ido.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Nos vendrá bien. La ausencia aviva el amor.

No se sentía tan valiente como aparentaba, pero recordarle cuánto la echaba de menos sería útil cuando sacara el tema de su embarazo.

Dios, ¿cómo podía haber tenido tan mala suerte?

Era muy cuidadosa: se tomaba la píldora todas las mañanas sin falta.

Malditas hormonas. ¿Y qué se supone que debo hacer con un bebé?

¿Atármelo a la espalda y seguir remontando el Amazonas?

¡Qué desastre! Se planteó contárselo a su hermana Hannah, pero la información acabaría llegando a su madre.

Hannah era un coladero. De todos modos, Sam había mantenido con ella una discusión absurda sobre Simon cuando fue a despedirse.

Hannah estaba de un humor de perros porque había roto con su último novio y él no dejaba de llamarla.

—Es como un acosador —dijo Hannah—. No me deja en paz.

—Deberías escucharlo. A veces viene bien cerrar las cosas —dijo Sam, a quien aquel hombre nunca le había gustado, aunque encontraba cierto placer en fastidiar a su hermana.

—¿Qué? ¿Como tú y Simon? ¡Ja! ¿Te crees que soy tan pusilánime como tú?

—No estás siendo justa. Quería darle otra oportunidad. Todavía nos queremos —dijo Sam.

—¿A eso lo llamas amor, después de lo que te hizo?

—Eso ya pertenece al pasado. Lo hablamos y estamos intentándolo de nuevo. ¿Qué hay de malo en ello?

—Eres muy ingenua. ¿Qué te hace pensar que Simon será fiel esta vez? ¿Ha cambiado algo?

—No es asunto tuyo. Además, os he visto juntos. Os lleváis bien; de hecho, diría que te gusta, por cómo lo miras embobada.

—No seas ridícula.

Hannah se sonrojó y Sam supo que había tocado un punto sensible. Tampoco podía culparla. A todas las chicas les gustaba Simon.

—Lo siento. No estoy enfadada contigo. Estoy enfadada con el acosador.

—Y yo siento que lo estés pasando tan mal. Escucha, tengo que irme ya. Simon llegará pronto a casa y no está contento de que vuelva a salir de viaje.

—No se lo estás poniendo fácil al dejarlo solo en casa.

—Tengo que confiar en él. No puedo pasarme la vida preguntándome si ha vuelto a serme infiel. Tiene que vigilarse solo o nunca madurará. Ya no estoy dispuesta a salir con un adolescente.

—De acuerdo, supongo que no es peor que el desastre de novio que me ha tocado a mí. Pásalo bien con Gloria.

—Lo haré. Cuida de nuestros padres por mí.

Se abrazaron al despedirse a pesar de la discusión, una más de una larga serie sobre el mismo tema.

Hannah desaprobaba que hubiera vuelto con Simon, y con razón, pero sus padres también.

Todo el mundo lo desaprobaba y todos tenían razón, pero ahora había surgido una complicación con la que no contaba.

Necesitaba alejarse, irse tan lejos como fuera posible para tener espacio para pensar. Gloria sabría qué hacer.