La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 1
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La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2)

La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2)

Por PJ Jeffcock

© inepub.com

Capítulo 1

El teléfono sonó justo cuando Simon deslizaba la mano entre los muslos de Sam. Se ahorró tener que apartarle la mano de un manotazo cuando el timbre del teléfono quebró el silencio con su estridente insistencia.

—¿En serio? —dijo él, retirando la mano con furia—. ¿A quién demonios se le ocurre llamar a estas horas de la noche? Es el colmo.

Era una pregunta retórica. Solo conocían a una persona que llamaba sin tener en cuenta la diferencia horaria entre países.

—No te preocupes. Lo cogeré en la cocina.

Salió de la cama y se puso la bata, ciñéndose con fuerza el cordón a la cintura, avergonzada por el alivio que le inundó el cuerpo al escapar de las atenciones de Simon.

Las baldosas del pasillo le helaron las plantas de los pies y se estremeció.

Tanteó durante varios segundos en la oscuridad en busca del picaporte de la cocina, hasta que logró aferrar el frío pomo esférico de cerámica.

Entró y cerró la puerta tras ella, sin saber si lo hacía para mantener la conversación en privado o para dejar dormir a su acompañante.

El teléfono dejó de sonar cuando alargó la mano hacia el auricular.

Puso el agua a hervir y esperó, apoyada en la encimera mientras leía las postales de la puerta de la nevera.

¿Qué podía querer Gloria a esas horas? Del pitorro escapó vapor, que inundó el aire frío.

Mientras vertía el agua hirviendo sobre las hojas de té, el teléfono volvió a sonar.

A través de la puerta de la cocina, oyó a Simon soltar improperios.

—¿Diga?

—¿Sam? Soy yo, Gloria. ¿Estás despierta?

La voz ronca de Gloria crepitó al otro lado de la línea. Sam sonrió ante la pregunta.

—Ahora sí. ¿Me llamas para charlar? Aquí son las tres de la madrugada.

—Alfredo ha desaparecido.

—¿Desaparecido? ¿En qué sentido?

Como alcohólico empedernido, Alfredo era famoso por desaparecer de su propia vida. ¿Qué tenía esta vez de diferente?

—Se ha esfumado. Se marchó a las montañas en busca de unos nazis con un periodista gringo y no han vuelto.

Sam pasó por alto la referencia a los Nazis, tomándola por una exageración inventada para justificar que llamara a esas horas.

—Pero ¿no habías dejado de verlo?

—Hemos vuelto. No soportábamos estar separados.

Sam pensó en Simon, que la esperaba en su cama. ¿Quién era ella para juzgar?

—¿Y tu padre? ¿Qué ha dicho al respecto?

—No se lo he contado. Se enfadaría si supiera que vuelvo a ver a Alfredo y dejaría de darme dinero. Por eso te he llamado. Eres la única amiga leal que tengo. Necesito que me ayudes a encontrarlos.

Gloria hablaba con sinceridad de su amistad.

Las dos mujeres habían forjado un estrecho vínculo después de su primer roce con la aventura en las selvas de Sierramar.

Ambas eran intrépidas bajo sus distintas fachadas y compartían una audacia y un sentido del ridículo que las llevaban a contemplar la vida de forma parecida.

Y Sam se aburría. Acababa de terminar la revisión de un interminable y pretencioso estudio de viabilidad sobre una mina de carbón situada en una jurisdicción segura y con buena logística, que jamás empleaba una sola palabra cuando podía utilizar seis o siete.

Ochocientas páginas de una eficiencia germánica atroz.

Una persona sensata se habría quedado en Londres buscando más trabajo, pero ella necesitaba aventuras.

Demasiada gente hacía comentarios insinuando que ya debía sentar la cabeza, ahora que aquella etapa de su vida había terminado.

Como si se hubiera dedicado a salir de fiesta y beber en vez de ejercer una profesión respetable.

Ahora tenía la excusa perfecta para escapar. Probablemente, Alfredo se habría ido de juerga a alguna parte y acabaría apareciendo con aspecto agotado y compungido, pero ¿y si le había sucedido algo? Qué tentador resultaba averiguarlo.

—¿Sam? ¿Sigues ahí?

—Sí, sigo aquí. Entonces, ¿qué quieres que te lleve de Londres, aparte de té?

—¿Vas a venir?

—Sí, iré. Me apetece una aventura. ¿Puedes garantizármela?

—Oh, sí, puedes contar con ello.

—De acuerdo, intentaré encontrar un vuelo barato. Te llamaré cuando tenga el horario.

—Gracias.

—Oye, ¿para qué están las amigas?

—¿Está Simon contigo?

—Buenas noches, Gloria.

Sam colgó antes de que Gloria iniciara un interrogatorio nada sutil sobre su vida sexual.

Ya habría tiempo para eso. No podía explicar a esas horas de la madrugada su desacertada decisión de volver con Simon.

Ni a ninguna otra hora. Era como ponerse unos zapatos que le habían llenado los pies de ampollas la última vez que los llevó: olvidaba el dolor que le habían causado al caminar hasta que volvía a probárselos.

Seguía deseándolo a pesar de sus defectos. Era un picor que necesitaba rascarse.

Cuando regresó de su primer viaje a Sierramar seis meses atrás, Simon la esperaba en el aeropuerto como un cachorro demasiado entusiasta, empeñado en llevarle las maletas y haciéndole preguntas estúpidas.

Ella no tenía ni idea de cómo se había enterado de la fecha y la hora de su vuelo a Londres, pero más tarde su hermana Hannah confesó haberle dado los datos, vencida por un aluvión de peticiones.

Cansada después del largo vuelo, Sam olía a humo y sudor y necesitaba una ducha.

No estaba de humor para encontrarse con un pretendiente enfermo de amor, sobre todo con uno que le había roto el corazón y había desaparecido durante meses.

Había eludido sus disculpas y sus súplicas para que volvieran con frases conciliadoras acerca de valorar sus opciones.

Sin embargo, allí estaba él: más exuberante que nunca y el doble de perruno, jadeando y haciéndole zalamerías.

Habría resultado cómico si no hubiera sido tan espantoso.

A Sam le halagó que Simon le prestara tanta atención delante de otras personas, algo novedoso.

En el pasado, estaba tan absorto en su propio atractivo que apenas reconocía su presencia.

Ahora ella se había convertido en la estrella de una escena de una película cursi, y se deleitó con ello.

Cediendo a la emoción de ser la protagonista, dejó que la besara, sin inquietarse por el destello de triunfo que vio en sus ojos.

Y las primeras semanas habían sido agradables, al lado de una versión mejorada de Simon, atento y considerado, que la elogiaba a menudo.

Sam, seducida por la cálida satisfacción de tener acompañante en vez de excusas, disfrutaba de las miradas de aprobación de quienes querían que sentara la cabeza, llevara una vida normal y dejara de « recorrer el mundo como si fuera Indiana Jones ».

Pero al cabo de unos meses aquella nueva conducta se desvaneció y él volvió a las andadas, dándola por sentada y desapareciendo para hacer recados sin ton ni son.

No mostró ningún interés por sus aventuras en Sierramar.

La vida de Sam sin él carecía de importancia.

Un resentimiento creciente alimentó una rebelión en su cabeza.

Ser la señora de aquel señor contrariaba sus cada vez más intensos sentimientos de independencia.

No quería diluirse en una relación en la que él mantuviera los focos firmemente dirigidos hacia sí mismo.

Le encantaba el sexo, pero ¿era suficiente?

Estaba decidida a obligarlo a considerarla su igual, por mucho que eso los acercara al abismo.

Tenía que intentarlo. Si él no la aceptaba como una compañera de pleno derecho, podía olvidarse de ella.

Solo había un problema que se interponía en aquel gran plan.

No le había venido la regla y sufría el pánico nauseabundo de quien quizá estuviera embarazada.

Sus dudas sobre la capacidad de Simon para comprometerse hacían que aún no se lo hubiera contado.

Él la quería más cuando no podía tenerla.

¿Cambiarían sus sentimientos si tuviera que compartirme con un bebé?

¿Qué clase de padre sería? Una pregunta que parecía tan retórica que no quería conocer la respuesta.

¿Y qué pasa conmigo? ¿Lo quiero a él o solo a la idea que tengo de él?

La obsesionaba su esencia de Simon, aquella presencia arrogante y atractiva, y su encanto canalla.

La había elegido a ella en lugar de opciones más convencionales, algo que nunca dejaba de sorprenderla.

Marimacho empedernida e incapaz de soportar los remilgos femeninos, era difícil de querer.

Pero él la quería. Ella lo amaba porque veía más allá de sus defensas y deseaba lo que ocultaba en su interior.

Pero ¿qué ocurriría si le decía que quizá estuviera embarazada?

¿Seguiría interesándole una mujer gorda y llena de estrías?

Ahora no podía enfrentarse a aquello. Gloria sabía escuchar y no se andaba con tonterías.

Un viaje a Sierramar la ayudaría a ordenar sus ideas.

La voz malhumorada de su novio abandonado rompió el silencio.

—¿Sam? ¿Qué demonios pasa ahí fuera? ¿Vas a volver a la cama o no?

—Ya voy.

Avanzó arrastrando los pies por el pasillo, con el cordón de la bata barriendo el polvo acumulado en la juntura entre el rodapié y las baldosas, y entró en el dormitorio.

Simon estaba incorporado en la cama, con la luz de la mesilla iluminándole los mechones de pelo y dándole el aspecto de un búho indignado.

—¿A qué demonios venía todo eso? ¿Por qué hablabas en español? No me lo digas. Era otra vez esa tal Gloria, ¿verdad? Malditos extranjeros.

—Sí, era ella. No es una extranjera; es una buena amiga mía, así que no seas desagradable. Tiene problemas y necesita mi ayuda.

—¡Qué sorpresa! Esa mujer atrae la mala suerte.

Sam se erizó, pero defender a Gloria había demostrado ser inútil. Simon no podía ni verla. La culpaba de que Sam hubiera permanecido en Sierramar después de su primer trabajo con Mike Morton.

—Bueno, no es ella. Es Alfredo Vargas. Ha desaparecido.

—Por el amor de Dios. ¿No es ese el alcohólico? ¿Qué puedes hacer tú por un borracho desaparecido que está a miles de kilómetros?

Sam vaciló. Simon soltó una risa ronca e incrédula.