Capítulo 3
El doctor Becker sacó del bolsillo el dedo amputado y lo desenvolvió del papel encerado en que lo había ocultado.
Lo enjuagó con desinfectante y lo introdujo en una solución salina esterilizada dentro de un frasco de vidrio, que selló con cera caliente.
Después metió el frasco en un tubo metálico y enroscó la tapa.
Con manos temblorosas, colocó el tubo en un gran recipiente de hielo seco.
Separarlo del cadáver había resultado sencillo, pese a sus temores.
Nadie quería entrar en la habitación mientras el olor a almendras siguiera suspendido en el aire.
La muerte había sido instantánea. La cabeza de Hitler descansaba sobre la mesa de centro, con sangre goteándole de la sien derecha.
La pistola automática, una Walther PPK, yacía en el suelo, debajo de la mano muerta que la había soltado.
Becker se acercó al cadáver con paso decidido.
El estado de las manos del Führer lo horrorizó.
El abuso de drogas había ennegrecido las uñas que remataban sus dedos delgados y grisáceos.
No eran las manos de un hombre sano. No era de extrañar que el Führer hubiera permanecido tanto tiempo oculto en el búnker.
El dedo se desprendió sin dificultad. A Becker le costaba ignorar la enormidad del sacrilegio, pero no dejaba de repetirse que la posteridad se lo agradecería.
Envolvió el cadáver en una manta y pidió ayuda.
El personal sacó del búnker el cuerpo de Hitler para incinerarlo junto con el de su amante, Eva Braun.
Nadie reparó en que a la mano izquierda del Führer le faltaba un dedo.
A Kurt Becker le resultó fácil obtener permiso para abandonar Berlín ante la inminente llegada de los rusos y el consiguiente desmoronamiento de los procedimientos habituales.
A nadie le importaba ya nada. La gente trataba de huir, y muchos se llevaban cuanto podían antes de abandonar Berlín.
Requisó un camión y a media docena de jóvenes soldados, que parecían no haber empezado siquiera a afeitarse, para una misión de máxima importancia nacional , una frase que garantizaba que la gente se cuadrara y no hiciera demasiadas preguntas.
Los soldados aceptaron de inmediato, agradecidos por poder salir de Berlín y dirigirse, sin preguntas de por medio, hacia la relativa seguridad de la costa.
Becker llenó sus propios baúles con el botín procedente de las casas judías saqueadas en Bélgica.
Cadenas y relojes de oro, delicadas piezas de porcelana envueltas en abrigos de visón, retratos de rollizas matronas del siglo XVIII.
Convencido de que podría comprar cuanto quisiera en Sudamérica, dejó atrás la mayor parte de su ropa.
Así también sería más difícil reconocerlo cuando iniciara su nueva vida en Sierramar.
Becker indicó a su chófer que siguiera al camión y el convoy se puso en marcha.
Sus documentos de identidad como miembro del séquito del Führer le permitieron atravesar los puestos de control sin demora.
Nadie se atrevió a cuestionar su derecho a viajar adonde quisiera.
Pese al caos de soldados y civiles que abarrotaban las carreteras principales en ambas direcciones, avanzaron a buen ritmo y llegaron al puerto de Hamburgo con tiempo de sobra para embarcar en el carguero con destino a Sierramar antes de que zarpara.
Cuando comprendieron que habían perdido la guerra, Becker y un grupo de otros treinta oficiales de las SS y la Gestapo habían fletado el vapor, que navegaba bajo bandera neutral, para escapar de Europa.
Los estibadores, ignorantes del valor de la carga que manipulaban, subieron a bordo desde automóviles hasta contenedores llenos de muebles y cuadros saqueados en las ciudades conquistadas, además de cajas de lingotes de oro, diamantes y joyas.
Las grúas alzaban los palés desde el muelle y los depositaban en las entrañas del barco mientras los pasajeros aguardaban en tierra y comprobaban que sus pertenencias quedaran embarcadas.
La mayoría de los hombres había llevado consigo a sus familias.
Permanecían en el muelle, tomando café enfundados en sus abrigos de piel, como si aguardaran para embarcarse en un crucero.
Kurt Becker se acercó a la parte trasera del camión acompañado por un tripulante del vapor y abrió la puerta de par en par.
—Bueno, muchachos, hoy es vuestro día de suerte. Habéis llegado a Hamburgo y, si queréis, podéis embarcar en el buque rumbo a Sudamérica y empezar una nueva vida.
No llegó respuesta alguna desde el interior.
La caja metálica estaba a oscuras. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio a los soldados desplomados en el suelo del contenedor de una manera que sugería muerte, no sueño.
Saltó al estribo y entró en el camión. Sacudió a uno de ellos por el hombro.
El rostro del joven se volvió hacia Becker, con los ojos inmóviles clavados en el vacío.
Dio con la punta del pie a otro, pero tampoco respondió.
—Están muertos. ¿Qué demonios les ha pasado? ¿Qué llevas aquí? —preguntó el tripulante.
—No entiendo qué ha ocurrido. El contenedor era hermético, pero había aire de sobra para el viaje.
Entonces lo comprendió. El hielo seco se había evaporado, liberando dióxido de carbono, que había inundado el contenedor y asfixiado a los jóvenes.
Sintió náuseas. El dedo estaba maldito. Obligó al tripulante a recoger el recipiente y envolverlo en arpillera.
Dejaron los cadáveres en el camión, unas víctimas de guerra más.
Después subieron por la pasarela para hablar con el capitán.
—Buenas tardes, capitán. Necesito mantener algo congelado mientras estemos a bordo. ¿Dispone de algún lugar donde pueda guardarlo?
—No sé qué es, capitán, pero los soldados que lo trajeron están todos muertos —dijo el tripulante—. No permita que lo suba a bordo.
—Se asfixiaron. Es una tragedia terrible, pero no tiene nada que ver con el recipiente —replicó Becker.
—¿De qué está hablando? ¿Qué es eso tan condenadamente valioso? —preguntó el capitán.
—Le doy mi palabra de que no hay nada peligroso en el recipiente, pero no puedo dejarlo atrás.
Contiene vacunas para mi consulta médica.
Las traje hasta aquí rodeadas de hielo seco, que se evaporó durante el trayecto.
Los soldados que viajaban de polizones en la parte trasera del camión se asfixiaron por culpa del dióxido de carbono.
Nunca imaginé que pudiera ocurrir algo así, se lo juro.
El capitán frunció el ceño y se frotó la barbilla.
—Siempre que no sea peligroso, puede guardarlo bajo llave en la cámara frigorífica auxiliar para carne durante la travesía.
—Perfecto. Yo me quedaré con la llave.
El capitán se encogió de hombros. Ganaría una fortuna llevando aquel barco hasta Sudamérica. Si llegaba sin incidentes, no tendría que volver a trabajar jamás. Le daba igual lo que hubiera dentro del recipiente, siempre que no afectara a la velocidad de su barco.
—De acuerdo, doctor Becker. Alférez, enséñele la cámara frigorífica.
Tardaron un mes en llegar a Sierramar, surcando mares a veces tormentosos.
Kurt Becker revisaba a diario la cámara frigorífica en busca de señales de que alguien hubiera intentado forzarla, pero permaneció sellada.
Los oficiales alemanes de mayor rango celebraban reuniones a bordo para hablar de sus planes en Sierramar y se juraron guardar el secreto.
Las noticias de Alemania eran cada vez peores y más difíciles de recibir.
Cuando el buque llegó al puerto sierramarense de Guayama, la guerra parecía muy lejana, y no solo por la distancia.
Desde la cubierta contemplaron las palmeras y los edificios de vivos colores pastel de la zona residencial de la ciudad.
Autobuses y automóviles avanzaban con lentitud por el congestionado paseo marítimo.
El vapor atracó en el puerto de la zona norte de la ciudad, sucio y castigado por el tiempo y el abandono.
Grandes almacenes de aduanas se alineaban a lo largo del muelle, y grúas vetustas, semejantes a una bandada de aves escuálidas, se alzaban sobre los raíles.
Los estibadores acudieron en tropel hacia el barco, seguidos de perros callejeros que esperaban sacar algo.
El sol atravesaba el aire denso y húmedo, envolviéndolos en calor y sudor.
El cónsul alemán los esperaba al pie de la pasarela cuando desembarcaron, con las piernas inseguras después de un mes en el mar.
Comparado con la Europa devastada por la guerra, aquello era como llegar al paraíso.
Ni siquiera el calor sofocante y la inmundicia del puerto lograron desanimarlos.
El cónsul llevaba una pila de pasaportes con identidades nuevas para sus nuevas vidas.
La gente se apiñó a su alrededor y le estrechó la mano, ansiosa por ser la primera en escapar de su pasado, como si un nombre nuevo pudiera borrar el recuerdo de todo cuanto habían hecho y justificado ante sí mismos durante el largo viaje.
Habían inventado heroicas historias de sufrimiento y sacrificio para asegurarse de que nadie cuestionara su decisión de dejarlo todo atrás y empezar de nuevo.
Kurt Becker no había solicitado un nombre nuevo.
Conservó su identidad porque quería ejercer como médico y necesitaba utilizar sus títulos.
En cualquier caso, quienes sabían lo que había hecho habían perecido en las cámaras de gas.
No quedaba nadie vivo que pudiera acusarlo.
—¿Quién iba a venir ahora a buscarme a este agujero de mierda en el fin del mundo? —dijo, arrugando la nariz ante el olor del puerto y dándose una palmada en el brazo—. Hasta los mosquitos son machotes.