La relación que nunca nombramos (Dos líneas después nº 1) 48 #3
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El deseo seguía ahí, debajo de la pesadez, de los tobillos hinchados, de las noches inquietas y de las interminables visitas al baño.

El embarazo no me había vuelto menos sexual.

Solo había hecho que el sexo necesitara más comunicación y más almohadas.

La boca de Mitchell bajó por mi pecho.

Me reí cuando Gabriel se movió entre los dos.

—Va a arruinarte el ritmo para siempre.

—Acepto el riesgo.

—Ni una broma sobre el parto.

—Aprecio mi vida.

Usó la mano hasta que me cambió la respiración.

Lo guie sin ninguna vergüenza.

Esa facilidad nos la habíamos ganado mucho antes de recuperar la confianza.

Ahora existían las dos cosas a la vez.

Cuando me corrí, fue algo suave y ondulante en lugar de brusco, y por primera vez en toda la noche me dejó el cuerpo entero flojo.

Mitchell me besó la frente mientras me recuperaba.

—¿Todavía quieres más?

Asentí.

Cogió un preservativo.

Nos movimos con cuidado, despacio, adaptándonos a lo que mi cuerpo permitía.

Despacio no quería decir con titubeos.

Estaba harta de que me trataran como un objeto frágil unos desconocidos que veían la curva de mi barriga antes de verme a mí. Mitchell había aprendido la diferencia entre adaptarse a mi cuerpo y tratarlo como si fuera a romperse.

Me besó con el mismo deseo de siempre, solo con la paciencia justa para que la postura alcanzara a la intención.

Me tumbé de lado, con almohadas que me sostenían el peso del abdomen. Él se colocó detrás, un brazo bajo mi cabeza y la otra mano deslizándose por mi cadera.

—¿Estás cómoda?

—Sí. No vuelvas a preguntarlo a menos que ponga una mueca.

—Protocolo muy concreto.

—Te encantan los protocolos.

—Te quiero.

Aquella respuesta todavía me sacudía.

No porque dudara de ella.

Sino porque oírla se había vuelto tan normal que ya cabía dentro de una broma.

Giré la cabeza y lo besé.

—Yo también te quiero. Ahora deja de ponerte sentimental.

—Qué cruel.

Me acarició despacio hasta que la irritación, el cansancio y la pesadez del día se concentraron en una sensación que sí quería.

Mi cuerpo no era elegante. Mi movilidad era ridícula. En un momento dado me dio un calambre en la pantorrilla y solté una palabrota tan fuerte que Mitchell se rio contra mi hombro mientras me ayudaba a estirar la pierna.

—No te rías de una embarazada con dolores.

—Has llamado a ese músculo traidor a la república.

—Sabe lo que ha hecho.

El calambre pasó.

Volvimos a empezar.

No se había estropeado nada.

De eso se trataba.

El sexo no necesitaba una continuidad perfecta para ser íntimo. La relación tampoco.

Cuando por fin entró en mí, la presión me hizo soltar el aire despacio y aferrarme a su antebrazo.

Esperó.

Moví las caderas yo primero.

—Vale —susurré.

Entonces se movió él.

El ritmo se mantuvo medido, lo bastante profundo para resultar placentero sin obligar a mi cuerpo a adoptar un ángulo que detestaba. Su mano me buscó por delante, familiar y precisa. La cubrí con la mía unos segundos para guiar la presión y la solté cuando entendió.

El placer fue creciendo por debajo de toda la torpeza del final del embarazo, sin exigir que esa torpeza desapareciera.

Me gustaba.

Me gustaba que mi cuerpo pudiera estar pesado, hinchado, dolorido e interrumpido por un calambre y seguir siendo completamente sexual, porque yo seguía siendo completamente yo.

Cuando llegué al orgasmo, el sonido que hice fue medio risa porque Gabriel se movió justo en el peor momento.

Mitchell se detuvo al instante.

—¿Una patada?

—Sí. Sigue.

—¿Seguro?

Alargué el brazo hacia atrás y tiré de él para acercarlo.

—Mitchell.

—Entendido.

Terminó un minuto después, con la cara apoyada contra mi hombro y mi nombre contra mi piel.

Sin acrobacias.

Sin urgencia.

Solo calor, fricción, el placer profundo y familiar de tenerlo dentro y, aún más profundo, el consuelo de saber que podía parar en cualquier momento sin que eso cambiara nada de cómo me trataría después.

Eso era estar a salvo.

Me moví contra él hasta que encontramos nuestro ritmo.

Su mano descansaba en mi cadera.

La mía le agarraba el hombro.

Nos besamos durante casi todo el tiempo porque besarse requería menos coordinación que cualquier otra cosa.

Cuando llegó al orgasmo, se rio contra mi boca porque el somier chirrió justo en el peor momento.

—No lo arregles esta noche —le advertí.

—No pensaba hacerlo.

—Estabas pensando en ello.

—Un poco.

—Mañana.

—Mañana.

Después nos aseamos e intentamos dormir.

Después del sexo no hubo ningún resplandor de reconciliación que volviera trivial la irritación anterior.

Por la mañana aún habría que volver a hacer la bolsa.

Mitchell seguía angustiado con el parto.

Yo seguía profundamente harta de estar embarazada.

El sexo no redimía ninguno de esos hechos.

Simplemente existía junto a ellos.

Eso importaba porque hubo un tiempo en que temí que el deseo me nublara siempre el juicio en todo lo relacionado con Mitchell.

Ahora confiaba lo suficiente en mí misma para disfrutar de él sin delegar en nadie el significado de ese disfrute.

Podía estar irritada con él a las dos y doce, resolver la irritación a las dos y veinticinco, desearlo a las dos y media y seguir recordando el contenido de la discusión en el desayuno.

Continuidad emocional adulta.

Profundamente poco glamurosa.

Muy útil.

Mitchell apoyó la palma en mi cadera.

—¿Estás cómoda?

—Término relativo.

—¿Menos incómoda?

—Sí.

—Me conformo.

En su voz no había ningún triunfo.

Solo cuidado.

Me di cuenta de que esa era otra diferencia.

Ya no trataba mi comodidad como prueba de que había hecho algo bien.

No era más que información sobre la persona que tenía al lado.

Aguanté diez minutos antes de levantarme para volver a hacer pis.

Mitchell no se rio.

Puede que ese fuera el gesto más romántico de la noche.

Cuando regresé, levantó la manta sin decir una palabra.

Me metí en la cama a su lado.

No éramos precisamente encantadores.

Yo tenía el pelo hecho un desastre. Él, los ojos medio cerrados. La bolsa del hospital seguía con demasiados calcetines. Me dolía la espalda. Gabriel presionaba algo anatómicamente inoportuno.

En ese momento confié en nosotros más que en cualquier cita perfecta.

Porque ninguno de los dos había sido una compañía especialmente agradable y, aun así, nada se había roto.

La relación no necesitaba encanto para sobrevivir.

Necesitaba honestidad, reparación y la voluntad de quedarse en la habitación después de que el chiste dejara de tener gracia.

Cerré una mano en torno a la camiseta de Mitchell.

—Duérmete.

—Lo intento.

—Deja de pensar en la bolsa.

—No estaba pensando en eso.

—Mentiroso.

Me besó el pelo.

—Buenas noches, compañera.

Cerré los ojos.

—Buenas noches.

Fue entonces cuando más confié en lo nuestro.

No cuando estábamos en nuestro mejor momento.

Sino cuando ninguno de los dos estaba especialmente encantador y, aun así, una vez pasado el enfado, seguíamos eligiendo la misma cama, la misma conversación y la misma relación.