La relación que nunca nombramos (Dos líneas después nº 1) 37 #3
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—La gente es amable. Casi siempre. Pero, cuando se te pone la barriga lo bastante grande, te conviertes en propiedad pública de maneras un poco raras.

Todo el mundo comenta cómo llevas el embarazo, qué aspecto tienes, si estás cansada, si estás radiante.

Los desconocidos te preguntan para cuándo sales de cuentas.

Los compañeros de trabajo te vigilan cuando levantas algo.

La familia pregunta cómo está el bebé antes de preguntar cómo estás tú.

Sentí que se me removía la rabia, inútil e inmediata.

No contra ella.

Contra la acumulación de todo aquello.

No dejé que se me notara en la voz.

—¿Yo hago eso?

Se tomó la pregunta en serio.

—A veces preguntas primero por él.

Asentí.

—De acuerdo.

—Pero has mejorado.

—Sigue sin ser lo mismo que no hacerlo.

Sus dedos apretaron los míos.

—No.

Bajé la vista hacia nuestras manos.

—Prestaré atención.

—Lo sé.

Volvió a quedarse callada y luego dijo:

—Hay otra parte que no me gusta admitir.

—No tienes por qué.

—Ya lo sé. —Se acomodó contra mí—. Por eso seguramente pueda admitirlo.

Esperé.

—A veces me preocupa que el sexo se convierta en una cosa más que pierda durante un tiempo.

No por ti. Simplemente porque mi cuerpo está haciendo un trabajo enorme y luego tiene que dar a luz y recuperarse, y todos los artículos dan por hecho que hay un único plazo correcto para que una mujer vuelva a sentirse normal.

La miré.

—No lo hay.

—Lo sé con la cabeza.

—Entonces, cuando llegue el momento, no seguiremos un calendario que no sea el tuyo.

Me escudriñó la cara.

Seguí hablando porque aquel era uno de los pocos terrenos en los que mi sentido práctico podía estar a su servicio en vez de servirme de escondite.

—Si quieres sexo, lo tendremos cuando tu cuerpo esté preparado y tú quieras. Si no, no. Si lo que quieres cambia tres veces en una semana, pues cambia tres veces. No voy a llevar la cuenta atrás.

—Eso ha sido sospechosamente razonable.

—Tengo muchas facetas.

Resopló.

Después volvió a ponerse seria.

—Gracias.

Le apreté la mano.

No le dije que volvería a ser la de antes. No le dije que nada cambiaría. Las dos habrían sido mentiras más fáciles que la verdad.

Las cosas cambiarían.

La promesa que sí podía hacerle era que esos cambios no la volverían menos visible para mí.

Aquella confianza, ofrecida con tanta discreción, me pareció más grande que cualquier elogio.

Leah dejó caer la cabeza hacia atrás, contra la pared.

—No necesito que finjas que el embarazo no me está cambiando. Me está cambiando. Solo que no quiero que ahora todas mis versiones pasen por el filtro de él.

—No eres una foto del antes y el después.

Me miró.

—Exactamente.

Me volví hacia ella.

—Entonces, para que quede claro: esta noche te deseaba porque amenazaste a una camiseta, insultaste mi cara y me dijiste exactamente dónde meter una almohada.

Se le curvó la comisura de los labios.

—Seductor.

—Mucho.

—¿Algo más?

Pensé en decir demasiado.

En las palabras que se acumulaban en algún lugar que aún no había explorado del todo.

Todavía no estaba preparado para usarlas a la ligera.

Ella tampoco.

Así que me atuve a lo concreto.

—Te deseaba porque eres la única persona que conozco capaz de hacerme reír cuando intento ponerme serio y de hacerme olvidar mi propio nombre diez minutos después.

Porque conozco el sonido que haces cuando finges que algo no te ha dolido.

Porque discutes con los presentadores de televisión.

Porque dejas abiertas las puertas de los armarios y lo niegas. Porque eres tú.

Leah se quedó muy quieta.

No era la quietud del enfado.

Era la otra.

La que significaba que una verdad había dado en algún punto sensible.

—Vale —dijo en voz baja.

No le pregunté si «vale» significaba algo más que «vale».

Le besé la sien.

Unos minutos después, se deslizó bajo las sábanas y tiró de mí para llevarme con ella.

—¿Te quedas?

La pregunta no debería haber importado tanto como importó.

Que yo durmiera en su cama no era nada nuevo.

Lo nuevo era que lo pidiera ella, después de meses midiendo con cuidado cada mínimo avance en lo que me dejaba acercarme.

—Sí —dije—. Si quieres que me quede.

—Te lo acabo de preguntar.

—Me gusta que me lo confirmen.

—Qué pesado.

Apagué la lámpara.

A oscuras, Leah se acomodó de lado, con una almohada entre las rodillas. Me quedé a unos centímetros de distancia hasta que alargó la mano hacia atrás y se rodeó con mi brazo.

Mi mano quedó apoyada en sus costillas.

No en el vientre.

No automáticamente.

Sus dedos cubrieron los míos.

Nos quedamos allí, en silencio, respirando a ritmos distintos hasta que, al final, nuestras respiraciones se acompasaron.

Durante años había fingido que poner nombre a las cosas creaba obligaciones que, de otro modo, no existían.

Ahora estaba aprendiendo lo contrario.

Lo importante no era la etiqueta que le pusiéramos al cambio.

Lo importante era seguir viendo a la persona que había dentro.

El cuerpo de Leah volvería a cambiar. Después del parto. Con la edad. Con el trabajo. Con el simple paso del tiempo. El mío también.

El trabajo no consistía en conservar una versión fija de ella, la que había conocido en su día.

Consistía en seguir conociéndola.