La relación que nunca nombramos (Dos líneas después nº 1) 37 #2
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Mi otra mano encontró su cintura y se quedó ahí. Leah hizo un sonido leve de impaciencia y la movió ella misma: me la llevó más abajo, sobre la cadera.

—¿Sigues esperando permiso por escrito? —murmuró.

—El verbal funciona bastante bien.

—Bien.

Volvió a besarme.

La cena se enfriaba sobre la encimera.

A ninguno de los dos nos importó.

Esta vez llegamos hasta el dormitorio, lo que me pareció una prueba de progreso.

Leah se sentó en el borde del colchón y se quitó la camiseta por la cabeza. El algodón gris cayó al suelo.

Por un instante, se cruzó un brazo sobre el cuerpo.

No era pudor. La conocía demasiado bien para eso.

Un reflejo.

Inseguridad.

Me detuve frente a ella.

—Eh.

Alzó la vista.

—¿Quieres que apague la luz?

Su expresión se tensó y después se suavizó.

—No.

—Vale.

—Creo que ese es el problema. No quiero esconderme. Lo que no quiero es sentir que me están examinando.

La palabra me tocó al instante una fibra sensible.

—No lo harás.

Me senté a su lado en vez de quedarme de pie, mirándola desde arriba.

—Y si hago algo que te haga sentir así, dímelo.

Me estudió un instante.

—De verdad que has cambiado el sistema operativo.

—Las notas de la actualización eran extensas.

Se rio.

Entonces me cogió la mano y la apoyó contra su muslo.

—Empieza por ahí.

Y eso hice.

Primero le besé el hombro.

Después, el punto justo debajo de la oreja que siempre la hacía tomar aire de golpe.

Luego volví a su boca.

Mis manos recorrieron los caminos que habían recorrido cien veces antes, pero ahora su cuerpo respondía de otra manera, con pequeños detalles prácticos.

Tenía los pechos más sensibles. La zona lumbar se le cansaba antes.

Estar tumbada boca arriba demasiado tiempo le resultaba incómodo.

Nada de eso la volvía frágil. Solo significaba que el mapa había cambiado y que yo tenía que prestar atención en vez de dar por hecho que la memoria bastaba.

Leah estaba más que dispuesta a dar indicaciones.

—Por ahí no —dijo cuando desplacé el peso.

Me moví al instante.

—¿Mejor?

—Sí. Y pon la almohada ahí.

—Qué mandona.

—Eficiente.

Le coloqué la almohada detrás de la espalda.

Probó el ángulo y asintió.

—Aceptable.

—Todo un elogio.

Alargó la mano hacia mi cinturón.

—No te distraigas.

El filo del deseo en su voz me atravesó de arriba abajo.

La besé hasta que los dos dejamos de bromear.

La ropa fue cayendo por fases. Me tomé mi tiempo con ella porque era tiempo lo que quería, no porque el embarazo la hubiera vuelto delicada. Había una diferencia, y yo había aprendido a golpes cuánto importaba esa diferencia.

Deslicé la palma por la cara externa de su muslo, sobre la curva suave de la cadera y hasta el costado. Su piel estaba más caliente que la mía. Se estremeció cuando mi boca siguió el camino que había trazado mi mano.

—Mitchell.

Mi nombre le salió grave.

Alcé la vista.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

Sonreí contra su piel.

—Esa es una respuesta con la que puedo trabajar.

No necesitaba convertir el embarazo en algo místico para desearla.

Lo que importaba era reconocer a Leah dentro de cada cambio: la mujer que hacía bromas malas, pedía lo que quería, se impacientaba, se reía durante el sexo y, de vez en cuando, necesitaba tres almohadas para hacer tolerable la gravedad.

Y lo hacía.

Por cómo se relajó bajo mis manos, supe que ella también notaba la diferencia.

Me agarró un puñado de pelo.

—Habla menos.

—También ha quedado claro.

Su risa se le rompió en una exhalación cuando volví a tocarla.

Conocía las expresiones que ponía cuando estaba a punto. El embarazo tampoco había cambiado eso. Fruncía las cejas. Se le ablandaba la boca. Dejaba de intentar ser graciosa.

La miraba porque me gustaba mirarla, no porque estuviera midiendo nada.

Cuando se corrió, pronunció mi nombre una vez y después me soltó un insulto con tanto sentimiento que me eché a reír contra su muslo.

—No te rías —dijo, todavía respirando con dificultad.

—Me has insultado durante un orgasmo.

—Te lo merecías.

—¿Por qué?

—Por ir de sobrado.

—Yo no he dicho nada.

—Tu cara sí.

Volví a subir y me tumbé a su lado.

—Mi cara es inocente.

—Tu cara no ha sido inocente en la vida.

Me besó antes de que pudiera defenderla.

El beso volvió a cambiar el ambiente.

Más lento.

Más intenso.

Me bajó la mano por el pecho, me recorrió el vientre y me rodeó con tanta seguridad que borró el último pensamiento coherente que me quedaba.

Rompí el beso contra su mandíbula.

—¿Preservativo?

—En la mesilla.

Alargué la mano.

Seguíamos usándolos. El embarazo no volvía irrelevante todo lo demás de la salud sexual, y ninguno de los dos había tratado nunca la anticoncepción como la única razón de ser del sexo seguro.

Leah me miró mientras me lo ponía y luego me tendió una mano.

—Ven aquí.

Obedecí.

Probamos una postura y la abandonamos a los treinta segundos, cuando Leah hizo una mueca.

—No.

Me quedé inmóvil.

—¿Dolor?

—No. Es que es horrible. Me siento como una silla plegable mal diseñada.

La carcajada se me escapó antes de que pudiera contenerla.

Me dio un manotazo en el hombro.

—Eres lo peor.

—Has dicho «silla plegable».

—Estoy vulnerable.

—Me estás amenazando físicamente.

—Correcto.

Nos recolocamos.

Leah se tumbó de lado, con la almohada sosteniéndole el vientre, y yo me acomodé detrás de ella, con un brazo bajo su cuello y el otro alrededor de su cintura.

La postura le quitaba presión de la espalda y le dejaba controlar el ángulo.

Ella llevó la mano hacia atrás para guiarme, impaciente por lo que tardaba.

—Así —dijo.

Entré en ella despacio.

Contuvo el aliento.

Me detuve.

—¿Estás bien?

Asintió contra la almohada y luego pareció recordar que desde allí no podía verle la cara.

—Sí. No pares.

Me moví.

Las primeras embestidas fueron cuidadosas porque los cuerpos necesitan un momento, no porque pensara que pudiera romperse. Leah echó las caderas hacia atrás contra mí y dejó claro de inmediato que ir con cuidado no era ir con miedo.

Se me deslizó la mano por su cintura y acabó sobre la curva de su vientre solo porque ella la llevó hasta allí.

El bebé se movió una vez bajo mi palma.

Lo sentí.

Ella también.

Durante un instante, los dos nos quedamos quietos.

Entonces Leah estiró el brazo hacia atrás y me agarró la muñeca.

—Quédate conmigo —dijo.

No con el bebé.

Conmigo.

Lo entendí.

Subí la mano por sus costillas y le besé la parte de atrás del hombro.

—Estoy aquí.

El hecho de que el bebé se hubiera movido podría haberse adueñado del momento.

Un año atrás, seguramente se lo habría permitido.

Me habría quedado mirando el lugar bajo mi palma, habría soltado algún comentario maravillado y habría convertido el cuerpo de Leah en la prueba de lo que nos estaba pasando.

En lugar de eso, escuché lo que de verdad me había pedido.

Quédate conmigo.

Así que me centré en ella.

El pulso en su garganta. Cómo se le acortaba la respiración cuando cambiaba el ángulo. La mano que se estiraba hacia atrás y se cerraba sobre mi cadera. El sonido grave de advertencia que hacía cuando aminoraba demasiado.

—Ahí —dijo.

Mantuve el ritmo.

—¿Así?

—Exactamente así.

La voz se le quebró en la última palabra.

Besé la curva donde el cuello se une al hombro y la sentí estremecerse.

Había momentos en los que ser conocido no tenía nada de poético.

Era acordarse de que le gustaba más la presión que la velocidad.

Era saber que prefería darme una instrucción clara antes que dejarme adivinar y equivocarme.

Era oír cambiar una sola sílaba en su voz y entender que había dado con lo que quería.

Ese tipo de conocimiento existía entre nosotros mucho antes de que yo entendiera lo que habíamos construido.

Ahora era distinto porque ya no lo usaba como prueba de que las explicaciones sobraban.

La siguiente vez que me moví dentro de ella, su cuerpo salió a mi encuentro.

La habitación se estrechó a nuestro alrededor.

Su respiración cambió. La mía también. Escuché los sonidos pequeños que hacía y las palabras que me daba; me ajusté cuando se movía, aminoré cuando me lo pidió y apreté más cuando me ordenó que dejara de tratarla como si temiera que se desplomara un mueble.

—Solo fue un chiste —dije contra su hombro.

—Era un buen chiste.

—Eres imposible.

—Y aun así.

Se contrajo en torno a mí.

La frase se quedó a medias.

El placer fue creciendo sin prisa. Había algo casi insoportable en lo familiar que me resultaba y en lo distintas que eran las circunstancias. La misma mujer. La misma boca. La misma risa seca. La misma mano que agarraba la mía cuando necesitaba hacer fuerza.

Una confianza distinta.

Una atención distinta.

Motivos distintos detrás de cada decisión.

Cuando volvió a correrse, todo su cuerpo se tensó contra el mío. Mantuve el ritmo que quería hasta que la tensión la atravesó en oleadas y, unos instantes después, la seguí con la cara hundida en su nuca.

Durante un rato nos quedamos exactamente donde estábamos.

El corazón me golpeaba contra su omóplato.

Su mano seguía sobre la mía.

Entonces dijo:

—Tengo una pierna dormida.

Me reí contra su pelo.

—El romanticismo sobrevive.

—Muévete, Navarro.

Me retiré con cuidado, me ocupé del preservativo y volví con agua.

Leah se había sentado contra el cabecero, con dos almohadas a la espalda y la sábana suelta sobre las piernas.

Le tendí el vaso.

Se bebió la mitad de un trago.

—¿Mejor? —pregunté.

—Considerablemente.

Me senté a su lado.

Apoyó la cabeza en mi hombro.

Durante varios minutos escuchamos cómo el viejo edificio se asentaba a nuestro alrededor. Las tuberías chasquearon. Alguien del piso de arriba dejó caer algo pesado. Un claxon sonó en la calle y otro le respondió con un entusiasmo innecesario.

Leah me trazó una línea en el dorso de la mano.

—Necesitaba esto —dijo.

Giré la cabeza.

—¿El sexo?

—Sí, obviamente. No voy a mentir ahora para salvar la dignidad.

Sonreí.

Siguió recorriéndome la mano con el dedo.

—Pero también... lo de antes. En el baño.

Esperé.

—Necesitaba sentirme todavía deseable sin que el deseo tuviera que ver con el embarazo.

Había bajado la voz.