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No me hacía falta verlo flotando de alivio porque le hubiera dejado tocarme otra vez. Necesitaba que entendiera que aquello también era complicado para él.
—Lo que dije antes iba en serio —le dije—. Esto no significa que hayamos vuelto.
—Lo sé.
—No lo digas por automatismo.
—No lo hago.
Se puso de lado, pero no alargó la mano hacia mí.
—Lo de esta noche ha sido sexo porque los dos queríamos sexo. Puede importar sin que eso decida todo lo demás.
Se me cerró la garganta.
—Sí.
—Y mañana seguiré llevándote a citas si quieres seguir teniendo citas.
—Probablemente.
Le tembló la comisura de la boca.
—Menudo respaldo.
—No negocies.
—Ni se me ocurriría.
Sonreí sin poder evitarlo.
Entonces el bebé se movió.
Un movimiento pequeño y firme, muy abajo, en el vientre.
Me quedé inmóvil.
Mitchell lo notó, porque cómo no iba a notarlo.
—¿Se ha movido?
—Sí.
No alargó la mano hacia mí.
Ahora, después del sexo, esa contención dolía más: las viejas costumbres habrían llevado su mano hasta allí sin pensar.
Le cogí la muñeca y le puse la palma donde había notado el movimiento.
—Puede que lo repita.
La expresión de Mitchell se suavizó.
Esperamos.
Nada.
Treinta segundos.
Seguía sin pasar nada.
—Por lo visto, él también respeta los límites —dije.
Mitchell se rió por lo bajo.
Entonces el bebé se movió contra su palma.
La risa desapareció.
Mitchell me miró.
Yo le devolví la mirada.
La alegría recorrió la habitación sin necesidad de convertirse en romance.
Ahora me resultaba más fácil sostener esa distinción.
Tenía derecho a querer a este niño.
Tenía derecho a emocionarse al tocar mi cuerpo porque nuestro hijo se movía bajo su mano.
Nada de eso me compraba.
Cuando el movimiento cesó, le solté la muñeca.
Retiró la mano al instante.
Sin quedarse allí reclamando nada.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Apagué la lámpara de la mesilla.
La oscuridad se asentó a nuestro alrededor.
Durante un rato di por hecho que no podría dormir.
En cambio, sentía el cuerpo flojo y pesado, cansado en el buen sentido.
Mitchell se quedó en su lado del colchón.
Eso duró quizá cinco minutos.
Luego me giré hacia él.
Me rodeó con el brazo solo después de que yo me acurrucara contra su pecho.
El contacto fue cuidadoso sin resultar indeciso.
Apoyó la mano en la parte alta de mi espalda.
No en el vientre.
No porque evitara el embarazo.
Porque me estaba abrazando.
Cerré los ojos.
La última vez que había dormido así había sido antes de lo del restaurante.
Antes de saber que podía mirar un año de vida compartida y aun así decir que no éramos pareja.
Mi cuerpo recordaba el consuelo de todos modos.
Eso me asustaba.
En su momento, el consuelo había sido justo lo que me impedía hacer preguntas.
Ahora necesitaba que el consuelo coexistiera con las preguntas, no que las sustituyera.
—¿Mitchell?
—¿Sí?
—No dejes que mañana se vuelva raro.
El pecho se le movió bajo mi mejilla con una risa queda.
—Voy a esforzarme mucho por no convertir eso en un reto personal.
—Bien.
—¿Leah?
—¿Qué?
—Gracias por decirme lo que querías.
Abrí los ojos en la oscuridad.
Ahí estaba otra vez.
No «gracias por perdonarme».
No «gracias por aceptarme de nuevo».
Gracias por la claridad.
—Buenas noches —dije, porque cualquier otra cosa me parecía peligrosa.
—Buenas noches.
Me dormí.
Cuando desperté, una luz pálida de mañana se filtraba por los bordes de las persianas.
Durante un segundo de desconcierto, el peso de Mitchell a mi lado hizo desaparecer los últimos meses.
Entonces regresó el recuerdo.
No de forma dolorosa.
Con precisión.
Nos habíamos acostado.
Seguíamos saliendo.
No nos habíamos reconciliado.
Las tres cosas podían ser verdad.
Mitchell estaba despierto, sentado en el borde de la cama, atándose los zapatos.
Levantó la vista cuando me moví.
—Buenos días.
—¿Qué hora es?
—Las seis y diez.
Gemí y me subí más la manta.
—Qué ofensivo.
—Tengo ronda a primera hora.
—Más ofensivo todavía.
Sonrió.
Luego la sonrisa dio paso a algo más cauteloso.
—¿Qué necesitas de mí esta mañana?
La había hecho en voz baja.
Sin dar por hecho que el desayuno fuera cosa de los dos.
No daba por sentado que debiera quedarse.
Tampoco se batía en retirada.
Me incorporé y me apoyé en las almohadas.
Me dolía el cuerpo de una forma agradable, no alarmante. Tenía las caderas un poco entumecidas. El pelo se me había convertido en un problema de salud pública.
—Necesito un café que no puedo tomarme en condiciones —dije.
—¿Descafeinado?
—No. Necesito café de verdad y una máquina del tiempo.
—Eso queda fuera de mis competencias.
Sonreí.
Entonces respondí a la verdadera pregunta.
—Esta mañana me viene bien un poco de espacio.
Asintió.
—De acuerdo.
—No es un espacio malo.
—No tienes que protegerme de esa palabra.
Aquello me detuvo en seco.
Se levantó y se puso el jersey.
—Si quieres espacio, puedo oír «espacio» sin traducirlo por castigo.
Se me oprimió el pecho.
—De acuerdo.
—¿Quieres que te escriba más tarde?
Me lo pensé.
—Después del trabajo. Antes, no.
—Después del trabajo.
Se acercó al borde de la cama.
Se detuvo.
—¿Puedo darte un beso de despedida?
Lo miré.
Aquel hombre había estado dentro de mi cuerpo hacía menos de ocho horas.
Y seguía pidiendo permiso.
Asentí.
—Sí.
El beso fue breve y suave.
Sin pasión.
Sin intentar reanudar nada.
Se apartó.
—Nos vemos en Redstone.
—Nos vemos.
Se marchó.
Oí cerrarse la puerta del piso y el chasquido del pestillo al encajar.
Después me recosté de nuevo en las almohadas.
La habitación olía ligeramente a él.
Mi cuerpo lo recordaba por todas partes.
Y, aun así, nadie había decidido nada por mí.
Esa era la parte más extraña.
Esperaba que volver a acostarme con Mitchell fuera como cruzar una línea sin vuelta atrás. En cambio, fue como tomar una decisión clara dentro de un terreno mucho más amplio de decisiones que seguían abiertas.
No me arrepentía.
No me sentía avergonzada.
No sentía que nos hubiéramos reconciliado.
Lo deseaba, y lo había elegido durante una noche.
La confianza era otra cosa.
La confianza dependería de lo que él hiciera con la mañana siguiente, y con la semana que viniera después, y con cada límite que apareciera cuando no hubiera sexo esperando al otro lado.
Acostarme con Mitchell había sido fácil.
Mi cuerpo había sabido cómo desde mucho antes de que mi corazón lo alcanzara.
Confiar en lo que viniera después seguía siendo la parte difícil.