34
Decidí volver a acostarme con Mitchell un miércoles, de pie en el pasillo de las conservas de un supermercado.
No fue romántico.
No hubo música emotiva de fondo, ni tormenta, ni crisis, ni una repentina pérdida de juicio provocada por el embarazo.
Estaba comparando dos marcas de garbanzos cuando me vibró el móvil con un mensaje suyo.
Mitchell: He terminado antes. ¿Sigues necesitando los tacos para la estantería que mencionaste?
Me quedé mirando la pantalla.
Los tacos eran para una pequeña estantería de pared del rincón del bebé, que todavía no era un cuarto infantil y seguía guardando la mitad de mis abrigos de invierno.
Tres meses antes, Mitchell se habría presentado en mi piso con los tacos, un taladro, un nivel y un plan de instalación completo antes de que yo hubiera terminado de decir que quizá necesitaba ayuda.
Ahora preguntaba.
Esa diferencia se había convertido en una seducción en sí misma.
Escribí la respuesta.
Yo: Ya los he comprado.
Aparecieron tres puntos.
Mitchell: Traicionado de nuevo por tu eficiencia.
Yo: Trágico.
Mitchell: ¿Necesitas algo más?
Miré los garbanzos.
Luego, el mensaje.
Después, el recuerdo de su boca sobre la mía dos noches antes, en el coche, delante de mi edificio.
Mi cuerpo no había dejado de repetir aquel beso con una persistencia insultante.
No porque no tuviera claro lo que significaba.
Sino porque lo sabía exactamente.
Lo deseaba.
Y eso no era lo mismo que confiar en él.
Ni lo mismo que perdonarlo.
Ni lo mismo que decidir que habíamos vuelto oficialmente.
Sencillamente, era verdad.
Deseaba al hombre junto al que había dormido durante un año. Deseaba el cuerpo que conocía, las manos que había echado de menos y aquella familiaridad que se había vuelto más peligrosa ahora que ya no fingíamos que fuera algo sencillo.
Había pasado meses demostrándome que desearlo no me obligaba a concederle acceso.
Tal vez lo siguiente que tenía que demostrarme era que elegir concederle ese acceso no significaba renunciar al resto de mis decisiones.
Dejé el pulgar suspendido sobre el teclado.
Entonces escribí:
Ven cuando acabes la ronda, si quieres. No por la estantería.
La respuesta tardó casi un minuto.
Solo eso me bastó para saber que había entendido lo suficiente como para no contestar a la ligera.
Mitchell: Quiero ir.
Tragué saliva.
Yo: A las siete.
Mitchell: A las siete.
Guardé el móvil y compré las dos marcas de garbanzos porque, al parecer, tomar decisiones sexuales me había destrozado la capacidad de comparar el contenido de sodio.
A las siete menos cuarto ya me había cambiado de ropa tres veces.
Eso era más vergonzoso que la revelación del supermercado.
Al final me decidí por unos leggings negros y suaves y un jerséy holgado color burdeos que caía sobre la curva del vientre sin hacerme sentir que llevaba puesta una tienda de campaña. Llevaba el pelo suelto. Me pinté los labios, me los limpié y volví a pintármelos.
A las veinticuatro semanas y pico, mi cuerpo ya no dejaba margen para la duda a quien me conociera.
El vientre se me curvaba con claridad bajo el jerséy.
Los pechos me habían cambiado tanto que la mitad de mis sujetadores me habían declarado la guerra.
Notaba las caderas ligeramente distintas.
Mi centro de gravedad había empezado a negociar su propio contrato.
No me sentía fea.
Tampoco me sentía convertida en un símbolo de fertilidad.
Me sentía yo misma dentro de un cuerpo que estaba haciendo algo enorme y que, aun así, seguía siendo del todo mío.
Esa distinción importaba aquella noche.
Llamaron a la puerta a las siete menos un minuto.
Cómo no.
Abrí.
Mitchell estaba en el rellano, con unos pantalones oscuros y un jerséy gris marengo, el pelo aún húmedo de la ducha y una mano vacía.
Me fijé en eso de inmediato.
No llevaba flores.
Ni la compra.
Ni una caja de herramientas.
Ni una excusa disfrazada de utilidad.
Solo Mitchell.
Me recorrió con la mirada una sola vez y se detuvo en mi cara.
—Hola.
Se me aceleró el pulso.
—Hola.
Ninguno de los dos se movió.
Entonces dijo:
—No he traído tacos para la estantería.
Me reí a pesar de mí misma.
—Una contención admirable.
—Me ha costado.
—Pasa.
Entró y esperó mientras yo cerraba la puerta.
Aquella noche el piso parecía distinto con él dentro.
No porque no hubiera estado allí desde la ruptura. Sí que había estado: para las citas médicas, la planificación, la comida, visitas breves, conversaciones prácticas.
Pero aquella noche no había ninguna tarea práctica entre los dos.
Su ausencia hacía visible cada palmo de espacio.
Mitchell se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero junto a la puerta.
Entonces me miró.
—Leah.
—Ya lo sé.
—No quiero dar por sentado por qué me has pedido que venga.
—Bien.
Me crucé los brazos y los volví a bajar porque, de repente, me sentí como si tuviera dieciséis años.
Ridículo.
Había hecho cosas muchísimo más íntimas con aquel hombre que estar de pie en mi propio salón explicándole lo que quería.
Por lo visto, de eso se trataba precisamente.
Respiré hondo.
—Te he hecho venir porque quiero acostarme contigo.
Mitchell se quedó completamente inmóvil.
La reacción fue tan inmediata que casi sonreí.
—Vale —dijo al fin.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—No. Eso es todo lo que voy a decir hasta que sepa qué necesitas que entienda.
Una respuesta irritantemente buena.
Fui hasta la cocina y me apoyé de espaldas en la encimera; necesitaba algo sólido detrás.
Él se quedó donde estaba.
—Esto no significa que hayamos vuelto —dije.
—Lo sé.
—No borra los últimos meses.
—Lo sé.
—No te estoy premiando.
Algo le cambió levemente en la cara.
—No quiero que lo hagas.
—Y no quiero que mañana por la mañana esto acabe en una conversación en la que me preguntes qué significa.
—No lo haré.
—Mitchell.
—Lo digo en serio.
Tenía la voz tranquila, pero se le habían cerrado los puños un instante antes de relajar las manos.
Él también me deseaba.
Saberlo me atravesó como una línea de calor incandescente.
Dio un paso hacia mí.
Se detuvo.
—¿Puedo decirte lo que significa para mí sin pedirte que signifique lo mismo para ti?
Me lo pensé.
—Sí.
—Significa que me deseas esta noche y que confías en mí lo suficiente para decírmelo.
Se me cerró la garganta sin esperarlo.
—¿Eso es todo?
—Es suficiente.
No vino acompañado de ningún discurso bonito.
Ni afirmó que el sexo demostrara que estábamos avanzando.
Ni intentó convertir mi deseo en una prueba de que había cambiado.
Odié que eso me hiciera desearlo aún más.
—Ven aquí —dije.
Lo hizo.
Despacio.
Eso duró hasta que estuvo a mi alcance.
Lo agarré por delante del jersey y lo atraje hacia abajo.
El primer beso fue casi violento por lo familiar que resultaba.
No brusco.
Reconocible.
Mi cuerpo conocía el ángulo exacto de su boca antes de que mi cerebro terminara de registrar el contacto. Soltó un sonido grave contra mis labios y me puso las dos manos en la cintura, pero se detuvo ahí, como si siguiera pidiendo permiso incluso después de que yo lo hubiera atraído hacia mí.
Me pegué más a él.
Aquello fue respuesta suficiente.
Extendió las palmas sobre mis costados.
El jersey se arrugó bajo sus dedos.
Lo besé con más fuerza.
Al parecer, los meses sin tocarlo como yo quería se habían ido acumulando en algún sitio debajo de mis costillas. Aquello se tradujo en mis dientes contra su labio inferior, mi mano en su pelo y la presión intensa de mi cuerpo contra el suyo.
Él reaccionó de inmediato, pero luego se contuvo.
Lo noté.
La mínima contención.
La pregunta escondida en el modo en que aflojó las manos.
Me aparté medio centímetro.
—No me tengas miedo.
Ya respiraba de forma irregular.
—No te tengo miedo.
—Me tocas como si pudiera retirarte la licencia.
—Ya me has retirado otros privilegios.
—Es justo.
Deslicé las manos bajo su jersey y las apoyé abiertas sobre la piel cálida de su espalda.
—Escúchame. Si necesito que pares, te lo diré. Si algo me resulta incómodo, te lo diré. Estoy embarazada, no soy de cristal.
Me sostuvo la mirada.
—Vale.
—Y no hagas que esto gire en torno al embarazo.
Algo grave le cruzó el rostro.
—No lo haré.
—Lo digo en serio.
—Leah. —Me acarició la mandíbula con el dorso de dos dedos—. Te deseo a ti. A ti. Que tu cuerpo sea distinto ahora cambia lo que resulta cómodo. No cambia a quién estoy tocando.
Sus palabras me atravesaron con una intensidad vergonzosa.
Lo besé otra vez antes de tener que responder.
Esta vez sus manos volvieron a mi cintura con más seguridad.
Salimos de la cocina por instinto, aunque el camino hasta mi dormitorio resultaba extrañamente nuevo después de meses de mantenerlo fuera de esa parte de mi vida.
Me detuve a mitad del pasillo.
Mitchell estuvo a punto de chocar conmigo.
—¿Qué?
—Los preservativos siguen en la mesilla.
Alzó ligeramente las cejas.
—Vale.
—Ya sé que estoy embarazada.
—No iba a explicarte cómo funciona la reproducción.
—Buena decisión.
—Excelente forma de conservar tu carrera.
Sonreí.
El humor aflojó algo dentro de mí.
Usar preservativos siempre había sido nuestra costumbre. El embarazo no hacía desaparecer la salud sexual ni la capacidad de elegir, y esa noche no me apetecía renegociar nada de eso.
Lo llevé al dormitorio.
Durante un segundo, se quedó parado en el umbral, mirando alrededor.
La habitación había cambiado desde la última vez que él había dormido allí de forma habitual.
Su camiseta de repuesto ya no estaba en mi cajón. El cargador que había dejado junto a la cama meses atrás se lo había devuelto. En la mesilla, donde antes dejaba el reloj, había una pila de libros sobre el embarazo y un frasco de antiácidos.
Se dio cuenta.
Vi cómo se daba cuenta.
Ninguno de los dos comentó nada.
No era la conversación de aquella noche.
Me saqué el jerséy por la cabeza.
La mirada de Mitchell descendió.
Se detuvo.
No fue primero a mi vientre.
Fue a mi cara.
Después bajó despacio, con el mismo deseo abierto que tenía antes de que me quedara embarazada y la misma atención que siempre me había hecho sentirme vista de verdad, no inspeccionada.
El sujetador era de los pocos que todavía me resultaban cómodos: suave, negro y ni remotamente diseñado para seducir.