29 #2
Leah dejando libros a medio leer en cualquier superficie plana.
Leah abriendo el frigorífico y quejándose de que había vuelto a comprar las tortillas equivocadas.
Me la imaginé después del trabajo, tan cansada que su humor seco se apagaba por los bordes.
Cómo se quitaría los zapatos de una patada al entrar y se sentaría en la encimera mientras yo cocinaba, hablando de cualquier cosa salvo del caso que la había dejado exhausta, hasta que estuviera lista para hablar de él.
Me la imaginé enfadada.
Eso importaba.
No un enfado adorable. No la versión que podía desarmar con una broma.
Me imaginé a Leah realmente molesta porque yo había olvidado algo, había dado algo por supuesto o no había sabido escuchar.
Me imaginé una discusión futura por un armario que alguien había dejado abierto, por el calendario de las fiestas o por alguna decisión que ninguno de los dos había previsto.
No quería una relación solo con la versión de ella que me hacía la vida cómoda.
Quería a la mujer que me corregía.
A la mujer que podía decir que no y seguir siendo la persona que quería a mi lado a la mañana siguiente.
Me imaginé su trabajo.
Leah de pie ante un campo estéril, con los hombros erguidos, tan concentrada que el resto de la sala desaparecía.
Leah explicando por qué había que repetir un recuento aunque todos quisieran acelerar el cambio de quirófano.
Leah hablando de formación continua con la misma intensidad que otros reservan para las vacaciones.
Quería saber cómo sería su carrera dentro de cinco años, aunque no tuviera nada que ver con la mía.
Me imaginé a su familia.
Los mensajes de Ramón sobre cualquier cosa de la casa que hubiera decidido arreglar. Patrice mandando comida a casa en táperes que nadie se acordaba nunca de devolver. Maritza apareciendo con una opinión antes de que nadie se la pidiera.
No los quería porque hicieran que pareciéramos una familia.
Los quería porque eran suyos y yo había acabado queriendo el mundo que la hizo ser quien era.
Me imaginé el sexo, porque fingir que no lo hacía habría sido deshonesto.
Quería su cuerpo. Quería los sonidos familiares que hacía cuando se olvidaba de guardar silencio. Quería esa risa suya en mitad del sexo cuando pasaba algo absurdo y que luego, de algún modo, conseguía convertir la risa otra vez en deseo.
Pero ya había demostrado que desear su cuerpo no bastaba para volverme valiente.
Así que seguí adelante.
¿Qué quería cuando no había sexo?
Su voz en mi piso después de un día horrible.
Sus pies en mi regazo mientras veíamos programas horribles en la tele.
Sus mensajes sobre absolutamente nada.
Su opinión sobre si estaba siendo testarudo.
A ella a mi lado en las cenas familiares porque quería estar allí.
A ella en el desayuno, cuando ninguno de los dos tenía nada interesante que decir.
A ella dentro de diez años, cambiada por una década que yo no podía predecir.
El pensamiento me detuvo.
Diez años.
Antes, cuando oía hablar de un horizonte así, me sentía atrapado por la promesa implícita. Ahora no sabía si Leah y yo seguiríamos juntos dentro de diez años. Nadie lo sabía. Lo que me sorprendió fue que aquella incertidumbre ya no volvía menos real el deseo.
Quería tener la oportunidad de averiguarlo.
Y eso no era lo mismo que necesitar una garantía.
Me froté la cara con las dos manos.
—Bueno —murmuré al despacho vacío—. Pues sí que es inoportuno.
El despacho no respondió.
Esa noche me fui a casa solo.
De camino, me hice una última prueba a mí mismo.
Supongamos que Leah no me perdonara nunca en el plano romántico.
Supongamos que llegábamos a ser unos padres excelentes aunque separados, compañeros de trabajo cordiales, personas capaces de sentarse juntas en un acto del colegio años después sin que la rabia de antes dominara la sala.
Supongamos que, con el tiempo, empezaba a salir con otra persona.
La idea hizo que algo feo y celoso me atravesara como un fogonazo.
Dejé que pasara.
Después me hice la pregunta más difícil, la que había debajo: si no podía tenerla, ¿qué querría para ella?
Una buena vida. Un trabajo que respetara.
Una pareja que no la obligara a hacerse pequeña para encajar en la ambigüedad.
Alguien que supiera que su independencia no era distanciamiento y que su franqueza no era una amenaza.
Alguien a quien le gustara su familia, que entendiera que Maritza siempre tendría opiniones y que nunca se sintiera desafiado por lo competente que era Leah.
La respuesta dolió.
También aclaró algo.
Desearla no era lo mismo que querer poseerla. Si me decía que no, seguiría teniendo que desear que su vida fuera buena.
Odiaba esa posibilidad.
Eso no la hacía menos cierta.
Cociné porque siempre cocinaba cuando mis pensamientos hacían más ruido del que yo quería. Nada elaborado. Pollo, arroz, verduras y demasiado ajo. Alargué la mano automáticamente hacia el pimentón ahumado que le gustaba a Leah, vacilé y lo usé de todos modos.
La especia existía independientemente de ella.
Eso me hizo reírme de mí mismo.
Comí de pie en la cocina, lavé un plato y me senté en el sofá sin encender la televisión.
Esa era la parte que me había pasado años evitando: desear algo que otra persona tenía el poder de rechazar.
No desear una relación en abstracto. Desear a Leah, concretamente.
Si le pedía una cita y me decía que no, la respuesta dolería porque la persona importaba.
Eso no era razón para no preguntar.
Era precisamente lo que hacía que la pregunta significara algo.
A la mañana siguiente no le escribí de inmediato.
Quería que la respuesta sobreviviera al sueño.
Y sobrevivió.
En Redstone, vi a Leah antes de que ella me viera a mí.
Estaba en el pasillo de la zona subestéril con Rochelle, revisando una bandeja que había llegado con un instrumento empaquetado aparte.
Nada dramático. Nadie sangraba. Ningún paciente esperaba una decisión de vida o muerte.
Era exactamente ese tipo de momento hospitalario corriente que se borra de la memoria salvo que te importe la persona que lo protagoniza.
Leah tenía una mano enguantada apoyada en el carro y con la otra señalaba la tira indicadora mientras hablaba por teléfono con la central de esterilización.
Su expresión tenía esa quietud concentrada que yo conocía bien: no estaba enfadada ni impaciente, simplemente no pensaba dejar que la comodidad pasara por delante de la seguridad.
Rochelle dijo algo que la hizo reír. Leah echó la cabeza hacia atrás un instante, sin reservas, y volvió a la bandeja.
Me quedé al fondo del pasillo el tiempo justo para darme cuenta de que estaba sonriendo.
No porque estuviera embarazada.
No porque pudiera perdonarme.
No porque quisiera recuperar la vida doméstica.
Porque era Leah en un lugar donde la había conocido antes de tocarla siquiera. Competente, exigente, divertida cuando tenía espacio para serlo, completamente ella misma tanto si yo la miraba como si no.
Eso importaba más de lo que yo había entendido cuando nuestras vidas empezaron a solaparse.
Me había acostumbrado a pensar que la intimidad consistía en conocerla en privado: su rutina en el baño, su postura al dormir, los sonidos que hacía en la cama.
Pero también quería a la persona pública, la que existía aparte.
A la mujer con unos criterios profesionales que no eran míos.
A la hermana, la hija, la amiga, la empleada, la futura no-sé-qué imposible de predecir que existiría tanto si me invitaba a formar parte de todo aquello como si no.
Leah alzó la vista entonces y me pilló.
Levanté una mano a modo de saludo.
Alzó las cejas, miró hacia el panel de quirófanos que tenía detrás y me dijo moviendo los labios: «Llegas tarde».
Miré el reloj.
Llegaba dos minutos antes de la hora.
Volví a mirarla.
Sonrió.
Después se dio la vuelta y regresó al trabajo.
Aquel intercambio mínimo me acompañó durante la siguiente intervención.
Al mediodía, después de la ronda y de una consulta rutinaria por una vesícula, seguía queriendo lo mismo. A las tres, después de una hora de consulta externa y de un paciente que había traído una lista escrita a mano con veintitrés preguntas sobre un lipoma sin complicaciones, seguía queriéndolo.
A las tres y media había descubierto además que saber el por qué no hacía más fácil preguntar.
Cuando por fin estuve listo para pedirle una cita a Leah, había dejado de pensar en esa cita como en un examen que podía aprobar.
Eso importaba porque los exámenes se me daban muy bien. Dame unos criterios y me prepararía hasta volver manejable la incertidumbre. Leah no me estaba pidiendo que demostrara mi competencia. Estaba decidiendo si dedicarme tiempo a propósito compensaba el riesgo.
Podía elegir el restaurante. Podía llegar puntual. Podía escuchar. Ninguna de esas cosas garantizaba una segunda cita.
La falta de garantías ya no me parecía una prueba de que preguntar fuera una temeridad.
Me parecía la condición que haría que el sí significara algo, si llegaba.
Dejé también de planear la cita más allá de lo que la cita necesitaba de verdad. Un sitio. Una noche. Una petición sincera.
Un año antes habría intentado maximizar las probabilidades de éxito. Ahora tenía que aceptar que el éxito no era conseguir una segunda cita. El éxito era preguntar con suficiente claridad para que Leah pudiera responder a la pregunta de verdad y no a una versión diseñada por mí.
En lo operativo, el listón era más bajo; en lo emocional, mucho más alto.
Dicté una nota, borré la mitad porque de algún modo había metido el nombre de Leah en una frase sobre las restricciones para levantar peso en el postoperatorio, y me quedé mirando la pantalla sin creérmelo.
Aquello era, objetivamente, peor que la adolescencia.