La relación que nunca nombramos (Dos líneas después nº 1) 29
55%

29

El impulso de preguntarle a Daniel qué hacer duró unos doce segundos.

Llegué hasta el cruce de pasillos que quedaba frente a la sala de médicos y me detuve tan bruscamente que un residente que venía detrás tuvo que apartarse para no chocar con mi hombro.

Me disculpé, me volví hacia las ventanas y me sentí ridículo por haber estado a punto de delegar otra vez la pregunta.

Daniel podía decirme cuándo me estaba comportando como un idiota. No podía decirme por qué quería a Leah. Si necesitaba que otro hombre me construyera esa respuesta, entonces seguía sin tener derecho a pedirle nada.

Así que pasé los días siguientes renunciando a cualquier estrategia y dedicándome a prestar atención. No al embarazo. No a las pruebas de mi culpa. A Leah.

Me imaginé un desayuno dentro de diez años y, para mi fastidio, ella ya estaba allí antes de que yo añadiera ningún bebé que justificara la escena.

Los pies descalzos sobre el suelo de la cocina.

Quejándose de que se me habían pasado los huevos.

Leyendo algo en el móvil y riéndose antes de acordarse de explicarme el chiste.

Me la imaginé furiosa conmigo por algo real y concreto, sin desaparecer convenientemente porque la fantasía exigiera armonía.

Me la imaginé aceptando el puesto de supervisora que quería y volviendo a casa irritada porque alguien había contaminado un campo después de que ella hubiera explicado dos veces cómo prepararlo.

Me imaginé estando orgulloso de ella y sacándola de quicio de vez en cuando.

Me imaginé televisión mala. Listas de la compra.

Sexo cuando estuviéramos descansados y sexo aplazado porque uno de los dos no lo estaba.

A sus padres haciéndose mayores. A mis padres haciéndose mayores.

Las comidas de los domingos. Opiniones distintas.

Años corrientes en los que ninguna crisis nos obligara a compartir habitación.

Las imágenes no eran promesas. No eran prueba de que ningún futuro llegara a cumplirse.

Lo que me inquietaba era lo poco que dependían del niño que íbamos a tener.

El bebé cambiaba la logística. Con el bebé había mucho más en juego.

Pero cuando lo eliminaba del experimento mental, seguía queriendo a Leah sentada a la mesa.

Esa era la respuesta que no había sabido darle la primera vez que le pedí una cita.

No quería una cita porque quisiera reparar la imagen que tenía de mí mismo como hombre decente.

Quería una cita porque quería saber qué ocurriría si Leah y yo dejábamos de deslizarnos hacia la intimidad por inercia y empezábamos a elegirla a propósito.

Iba ya por la mitad del camino hasta la sala de médicos cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo.

No literalmente la mitad. Los pasillos de Redstone eran demasiado largos para semejante eficacia dramática.

Pero había salido de mi despacho después de la consulta, había cruzado la sala principal de trabajo quirúrgico y había llegado a la esquina donde un pasillo conducía hacia Anestesia antes de que mi cabeza alcanzara a mis pies.

Me detuve junto a un dispensador de gel hidroalcohólico fijado a la pared.

Aquello era ridículo.

Daniel era mi amigo. También era inteligente, observador y extremadamente bueno a la hora de responder justo a la pregunta que le hacía, sin regalarme además un seminario motivacional. En circunstancias normales, eso lo convertía en alguien útil.

Estas no eran circunstancias normales.

Leah no me había pedido que resolviera un acertijo.

Me había preguntado por qué quería salir con ella.

Si entraba en la sala y le pedía ayuda a Daniel para encontrar la respuesta, estaría haciendo exactamente lo que Leah llevaba semanas echándome en cara: convertirla en un problema que pudiera gestionar mediante una consulta competente.

Me quedé mirando el pasillo de Anestesia.

Luego me di la vuelta.

Un residente que pasaba junto a mí con un montón de historias clínicas me lanzó una mirada cautelosa, probablemente porque acababa de cambiar de dirección como alguien que ya no sabe si va o viene.

—¿Todo bien, doctor Navarro?

—Bien. Se me olvidaba algo.

Técnicamente, era verdad.

Había olvidado que a veces pensar era la tarea.

De todos modos, Daniel apareció en la puerta de mi despacho veinte minutos después, con un vaso de papel y una hoja impresa doblada.

—¿Me estabas buscando? —preguntó.

Levanté la vista.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Has echado a andar hacia Anestesia, te has detenido, te has quedado mirando al vacío como un hombre que recibe una transmisión y luego te has marchado.

—Los hospitales necesitan menos testigos.

—De acuerdo. —Me tendió la hoja impresa—. Además, esto es tuyo. Te lo dejaste en el quirófano cuatro.

La cogí.

—Gracias.

Daniel no se marchó.

Su expresión siguió siendo completamente neutra.

Conocía esa expresión. Era la cara de un hombre dispuesto a esperar hasta que el silencio se volviera incómodo.

—Iba a preguntarte algo —admití.

—¿Y entonces has recordado que cobro por horas?

—Entonces me he dado cuenta de que preguntártelo echaría a perder el sentido de todo.

Se le marcó un leve pliegue junto a la boca.

—Eso suena prometedor.

—No me animes.

—Rara vez lo hago.

Dio un sorbo al café.

—¿Todo bien médicamente?

—Sí.

—Entonces volveré a no saber nada.

Se volvió para marcharse.

—Daniel.

Miró hacia atrás.

—Gracias por no preguntar.

—No lo he hecho por ti. Llevo retraso con las historias clínicas.

Y se marchó.

Me quedé allí sentado, sonriendo sin poder evitarlo.

La conversación me había servido por una única razón: Daniel no me había dado nada. Ni una estrategia. Ni una interpretación. Ni un atajo.

La respuesta seguía teniendo que ser mía.

De vuelta en mi despacho, cerré la puerta, me senté y no abrí el portátil.

Me resultó más difícil de lo razonable.

Tenía tres notas sin firmar en la bandeja de entrada. Un mensaje sobre la cobertura de guardias del mes siguiente. Dos correos que podía haber respondido en menos de cinco minutos. El trabajo ofrecía un sinfín de pequeñas cosas fáciles de resolver.

Leah no.

Me recliné en la silla y miré la ventana oscurecida por la lluvia.

¿Por qué quería salir con ella?

Las primeras respuestas llegaron demasiado deprisa.

Porque le había hecho daño.

Porque la echaba de menos.

Porque íbamos a tener un hijo.

Porque quería arreglar lo que había roto.

Todas eran verdad.

Ninguna era suficiente.

Cerré los ojos.

Quita el embarazo de la ecuación.

El pensamiento me contrajo algo en el pecho, no porque quisiera que desapareciera, sino porque separar las variables me parecía emocionalmente obsceno cuando nuestro hijo ya era lo bastante real como para dar patadas bajo mi mano.

Aun así, la pregunta de Leah lo exigía.

Si no hubiera bebé, ni citas prenatales, ni calendario de crianza compartida, ni fecha de parto acercándose día a día, ¿qué quería de Leah?

A ella.

La respuesta llegó tan deprisa que casi desconfié de ella.

Y siguió siendo irritantemente concreta durante el resto de la mañana.

Intenté sustituir a Leah por la idea de una relación, solo para ponerme a prueba.

Alguien amable. Alguien inteligente. Alguien que entendiera la medicina y los horarios intempestivos.

La categoría se desmoronó casi de inmediato, porque los detalles que importaban no eran transferibles.

No quería a una persona que tolerara mi cocina después de un caso difícil.

Quería a Leah robando verduras de la tabla de cortar y diciéndome que mi técnica con el cuchillo era pretenciosa.

No quería una pareja comprensiva en abstracto.

Quería a la mujer que sabía cuándo estaba usando la logística para esquivar una emoción y me lo señalaba sin convertir la corrección en una ceremonia.

A la hora de comer me senté en la sala de trabajo de los médicos con un yogur que no me gustaba especialmente, porque había olvidado llevarme otra cosa.

Frente a mí, dos residentes discutían si uno de ellos sobreviviría a una escapada de fin de semana después de una guardia de veinticuatro horas.

Su conversación no tenía nada que ver conmigo, pero me recordó cuántas veces había definido la libertad como la ausencia de que otra persona reclamara un hueco en mi agenda.

Lo extraño era que nunca me había molestado que Leah estuviera en mi agenda.

Le había reservado tiempo de forma voluntaria.

El resentimiento solo existía por anticipado, dirigido contra obligaciones hipotéticas que algún día podrían volverse incómodas.

Había sacrificado una relación real para no quedar atrapado por exigencias imaginarias.

Resultaba casi admirable lo ineficiente que era aquello.

Volví a imaginarme a Leah dentro de diez años, pero hice la imagen menos favorecedora.

Tal vez se habría pasado a la docencia o se habría convertido en la preceptora que todos solicitaban y a la que temía todo alumno vago.

Quizá estaría más ocupada, tendría menos paciencia con mis bromas y protegería más sus fines de semana.

Tal vez se habría cambiado el pelo, habría cambiado de piso dos veces, habría descubierto una afición que yo detestaba y se habría apasionado por algo que yo no entendía.

Quizá tendríamos una pelea terrible por las fiestas.

Quizá uno de los dos querría mudarse y el otro no.

El futuro dejó de parecer una única promesa y empezó a parecer una serie de preguntas que seguiríamos respondiendo o que, con el tiempo, dejaríamos de responder juntos.

Era menos romántico que un «para siempre».

También era más honesto.

No necesitaba saber que podía garantizarle a Leah diez años. Necesitaba saber si quería seguir eligiendo la siguiente conversación honesta sin ninguna garantía sobre la que vendría después.

Sí, quería.

Aquella revelación simplificó la cuestión de la cita en teoría y la empeoró mucho en la práctica. Pedirle una cita a Leah no sería una reunión estratégica para reparar daños. Sería admitir que quería algo nuevo con ella y que ella tenía plena autoridad para rechazarlo.

Ninguna preparación podía convertir eso en una petición sin riesgo.

Por una vez, no quería que lo fuera.

Me obligué a seguir ahí.

No el perdón. No el acceso. No el sexo.

Leah.

Me imaginé un martes por la mañana, no un futuro pulido.

Leah ante la encimera de mi cocina, con una camiseta vieja, peleándose con la cafetera exprés.