4 #2
El sexo empezó en la alfombra y se trasaladó al sofá solo porque la rodilla izquierda me protestó por el ángulo. No nos apresuramos. Leah se sentó a horcajadas sobre mí, con las palmas en mis hombros, y dejé que marcara ella el ritmo mientras le besaba el hueco de la garganta.
Podría haber cerrado los ojos.
No lo hice.
Volvió a pillarme mirándola.
—Esta noche estás raro —susurró.
—Estoy cansado.
—Mentiroso.
—Probablemente.
Me deslizó los dedos por el pelo.
Había cosas que me resultaba fácil decir. «Eres preciosa». «Te deseo». «Ven aquí». «Quédate esta noche».
Lo otro —que momentos como ese a veces se acercaban peligrosamente a algo para lo que no tenía palabras— se quedó donde lo guardaba siempre.
Ya estábamos desnudos de cintura para arriba cuando alargó la mano hacia la cestita que había junto al sofá, donde guardaba los preservativos.
Me lanzó uno al pecho.
—Te toca.
Lo atrapé al vuelo.
Nunca habíamos negociado nada sobre los preservativos porque no había nada que negociar. Leah prefería no usar anticonceptivos hormonales. Éramos exclusivos, pero prevenir un embarazo seguía importando. Los preservativos eran el método que habíamos elegido y que usábamos siempre.
Comprobé la fecha de forma automática, rasgué el envoltorio y me lo puse.
—¿Ha pasado la inspección? —preguntó.
—Soy un ciudadano responsable.
—Estoy abrumada.
Tiré de ella otra vez hacia mí.
Antes de que el preservativo se rompiera, hubo un rato en el que me olvidé de que el hospital existía.
Leah me empujó contra el sofá y me miró desde arriba con una concentración que me aceleró el pulso más que nada de lo que habíamos hecho hasta entonces. Se le habían soltado los rizos alrededor de la cara. Un leve rubor le cubría el pecho.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me criticas cuando digo eso.
—Albergo hipocresía.
Se inclinó y volvió a besarme.
Deslicé las dos manos por sus muslos y luego más arriba, sintiendo el cambio familiar de sus músculos al moverse sobre mí. Me agarró la muñeca y guio mi mano exactamente donde quería.
Eso también me gustaba de ella. Leah nunca había esperado que le leyera la mente en la cama.
Me decía qué le gustaba y qué no, cuándo quería más, cuándo algo le resultaba incómodo.
Eso hacía mejor el sexo y, aunque entonces no habría admitido la comparación, también más fácil que la mayoría de las conversaciones emocionales, porque las reglas eran explícitas.
—Despacio —susurró.
Fui más despacio.
No apartó los ojos de los míos.
Eso era lo que resultaba distinto.
Habíamos follado medio dormidos, entre risas, con hambre, deprisa antes de los turnos de mañana y con pereza los domingos por la tarde. El contacto visual nunca había sido algo raro entre nosotros. Pero aquella noche se prolongó hasta que me sentí desnudo más allá de la piel.
Le toqué la cara con la mano.
Volvió la boca hacia mi palma y la besó.
Se me encogió el pecho.
Estuve a punto de decir algo.
Todavía no sé qué habría sido.
Quizá su nombre. Quizá «quédate». Quizá nada útil en absoluto.
En lugar de eso, la besé y dejé que mi cuerpo llevara la conversación, porque ese era un lenguaje en el que confiaba.
Se apartó de mi regazo el tiempo justo para que termináramos de desnudarnos. Abrí el preservativo y me lo puse sin decir nada. Después volvió a atraerme entre sus piernas.
—Ven aquí —dijo.
Lo hice.
Entré en ella despacio, viendo cómo la tensión le abandonaba el rostro mientras su cuerpo se acostumbraba. Me atrajo con una pierna, con la mano en mi nuca.
—¿Bien?
—Sí.
Me moví.
No había nada impostado en nosotros. Se rio una vez cuando mi rodilla resbaló sobre la alfombra.
Solté un taco cuando me mordió el hombro.
Me dijo que no acelerara y la escuché. Cambié la presión cuando me lo pidió.
Me sostuvo la mirada cuando el placer le entreabrió los labios y le volvió la respiración irregular.
Cuando llegó al orgasmo la primera vez, fue más callado de lo habitual: un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo con la frente apoyada contra la mía.
Quería quedarme justo allí.
Ese es el pensamiento que recuerdo.
No acabar.
Quedarme.
La besé hasta que volvió a abrir los ojos.
—Hola —susurró, sin aliento.
Me reí en voz baja.
—Hola.
Después volvimos a movernos juntos, más despacio al principio, avanzando hacia el punto en el que pensar se volvió imposible.
Fue entonces cuando se rompió el látex.
Los minutos siguientes borraron cualquier pensamiento útil que me quedara.
Su cuerpo cálido alrededor del mío, su aliento contra mi boca, los dedos que se le tensaban en mi nuca cuando me hundía más. Reduje el ritmo cuando se movió, la escuché cuando me dijo exactamente qué quería y cambié el ángulo hasta que apoyó un instante la frente en mi hombro.
—Ahí —susurró.
Le sujeté las caderas.
—¿Sí?
—Sí.
Me besó con tanta fuerza que no pude decir nada más.
La carga emocional de la noche se nos metió también en el sexo. Durante un rato no hubo bromas.
Conocía el cuerpo de Leah desde hacía suficiente tiempo para distinguir entre los sonidos que hacía porque algo le gustaba y los que significaban que quería un cambio.
Cuando se le entrecortó la respiración, reduje el ritmo en lugar de dar por hecho que más rápido fuera mejor.
Movió las caderas buscando fricción y apoyé una mano junto a su cabeza mientras mantenía la otra en su cintura.
—Más —dijo.
Le di más.
Sonrió apenas.
—¿Ves? Se me puede enseñar.
—Hablas demasiado.
—Haz que me calle.
La besé.
Ella respondió atrayéndome hasta que no quedó espacio para nada salvo el calor y el suave roce de la piel.
La habitación olía a la lluvia que entraba por la ventana entreabierta, al vino de su aliento y al jabón limpio que había usado después del trabajo.
Me recorrió la nuca con las puntas de los dedos y luego bajó por mis hombros, lo bastante familiares para encontrar cada punto donde aún quedaba la tensión del caso.
Durante unos minutos, el sexo y el consuelo fueron lo mismo. No porque los confundiera, sino porque Leah sabía tocarme cuando estaba cansado, y yo sabía tocarla cuando quería dejar de pensar.
Aquella intimidad debería haberme asustado más de lo que lo hizo.
Me resultaba natural.
Natural era la palabra en la que más confiaba. Nada de bromas fáciles. Solo miradas que se sostenían demasiado tiempo y la forma en que Leah me acariciaba la cara con una mano mientras apuntalaba la otra en mi hombro.
Había algo en aquello que me dejaba expuesto.
Quería más.
Eso debería haberme dicho algo.
En lugar de eso, deslicé la mano entre los dos y me concentré en la reacción que sabía interpretar.
Leah se corrió con una inspiración brusca y mi nombre contra mi mejilla. Me quedé quieto el tiempo suficiente para que la tensión le recorriera el cuerpo y luego la besé despacio mientras se relajaba.
Cambiamos de postura porque quería tenerme más cerca y, cuando volví a entrar en ella, me rodeó con las dos piernas.
Estaba tan cerca que todo se redujo a sus manos, su boca y el suave sonido de la lluvia al otro lado de las ventanas.
Entonces el preservativo falló.
No fue nada sutil.
Sentí el cambio y oí un pequeño chasquido inconfundible casi al mismo tiempo.
Me detuve de inmediato.
Leah se quedó inmóvil debajo de mí.
—Espera —dije.
—Lo he notado.
Me retiré con cuidado y lo comprobé.
El preservativo se había rasgado.
—Mierda.
Durante unos segundos, en la habitación solo se oyó nuestra respiración.
No era pánico. Era evaluación.
Leah se incorporó y se apartó el pelo de la cara.
—Vale.
La miré.
—¿Vale?
—Vale de vamos a ocuparnos de esto.
Por reflejo, hice un nudo en el preservativo roto y lo aparté para tirarlo.
—¿Tienes aquí anticoncepción de emergencia?
—Tengo una caja comprada con receta.
Se levantó, se puso las bragas y los pantalones cortos y echó a andar por el pasillo.
La seguí hasta la cocina y me quedé allí.
Era su cuerpo. Su medicación. Podía ayudar, pero no iba a ponerme a ejercer de médico a menos que me hiciera una pregunta médica.
Volvió con una pequeña caja de farmacia y un vaso de agua.
—Ulipristal —dijo, sobre todo para confirmar lo que tenía—. Treinta miligramos.
Asentí.
—Vale.
Sacó el comprimido del blíster y se lo tragó.
Sin ceremonia.
Sin catástrofe.
Dejó el vaso.
Sabía lo suficiente sobre las preferencias anticonceptivas de Leah para entender por qué tenía esa caja guardada en el armario.
No usaba ningún método hormonal continuado porque no quería.
Era decisión suya y nunca había sido motivo de discusión entre nosotros.
Los preservativos nos habían funcionado durante un año.
Tener anticoncepción de emergencia a mano era la misma clase de previsión que guardar un extintor bajo el fregadero: algo que esperas no necesitar nunca y agradeces tener cuando llega el momento.
—¿Náuseas? —pregunté cuando se tragó el comprimido.
—¿De la pastilla que me he tomado hace treinta segundos? Sorprendentemente, no.
—Me refería a la adrenalina.
—Tampoco.
—Vale.
Me observó.
—Te estás esforzando mucho por no convertirte en el doctor Navarro.
—¿Está funcionando?
—Apenas.
—Puedo salir de la habitación y volver a entrar como civil.
—Tu cara de civil es peor.
Me reí, y lo absurdo de la situación ayudó.
Se apoyó en la encimera de la cocina, con los brazos cruzados. Por debajo del humor, le veía la tensión en la manera de mantener los hombros.
—Oye —dije.
Alzó la mirada.
—No hace falta que finjas que no te afecta por mí.
—No es que no me afecte. Estoy molesta.
—Lógico.
—Y no me hace ninguna gracia que ahora se me desajuste el ciclo.
—También lógico.
—Pero precisamente para esto existe la anticoncepción de emergencia.
—Sí.
Volvió a coger el vaso.
—Así que no vamos a pasarnos el resto de la noche mirando mi útero como si fuera un radar meteorológico.
—No era mi plan.
—Bien.
—Mi plan consistía en robarte la manta y fingir que el sofá no acababa de intentar destrozarme la rodilla.
—Mucho más sano.
Se le aflojó la tensión de la boca.
Me coloqué entre sus rodillas, allí donde seguía apoyada en la encimera, con las manos posadas con suavidad en sus caderas. No la besé hasta que ella inclinó la cara hacia la mía.
El beso fue breve y no tuvo nada de sexual.