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La resección pancreática se alargó tanto que la sala dejó de tener hora del día.
A la cuarta hora solo existían el campo quirúrgico, el monitor, la presión intermitente en los hombros y la paciencia milimétrica que exigía trabajar entre vasos a los que les daba igual lo cansado que estuviera cada uno.
No fue un desastre. No hacía falta que lo fuera para que la intervención me exigiera todo lo que tenía.
El tumor era resecable, pero estaba lo bastante cerca de la vena mesentérica superior como para que cada plano importara.
El cirujano adjunto que me ayudaba tenía experiencia, el residente mantenía bien la exposición y anestesia mantuvo estable al paciente.
Trabajamos despacio cuando ir despacio era más seguro, controlamos los pequeños puntos de sangrado a medida que aparecían y, al final, llegamos al momento en que lo difícil quedaba atrás y podíamos seguir con la reconstrucción sin que nadie en la sala intentara ganarle la carrera al reloj.
Cuando por fin me aparté, me dolía la zona lumbar y notaba el cuello como si alguien me hubiera cambiado los músculos por cuerda.
—Buen trabajo —dijo el cirujano adjunto mientras nos quitábamos los guantes exteriores.
—Gracias.
Lo decía de verdad, pero ya estaba pensando en agua, comida y silencio.
Sobre todo, silencio.
Me cambié la camiseta interior, húmeda de sudor, en el vestuario, me eché agua fría en la cara y miré el móvil.
Un mensaje de Leah.
¿Vivo?
Respondí:
Técnicamente.
Su respuesta llegó antes de que lograra salir de allí.
Ven a mi casa. Nada de monólogos posoperatorios durante la primera hora. Tengo comida.
Me apoyé un segundo en la taquilla.
Así era Leah. Sabía que quería contarle hasta el último detalle de una intervención difícil y sabía también que, justo después de una, necesitaba media hora antes de poder soportar mi propia voz.
Yo: Qué restricción tan cruel.
Leah: Clínicamente indicada.
Yo: No eres médica.
Leah: Y, aun así, tengo razón.
Sonreí y guardé el móvil.
Cuando la encontré, junto al pasillo de procesamiento estéril, estaba terminando de documentar el instrumental. Me quedé fuera de la zona de trabajo controlada y esperé.
Alzó la vista un momento, me miró la cara y firmó la última línea de la hoja sin obligarme a demostrarle lo agotado que estaba.
—¿Has comido? —preguntó al salir.
—Una barrita de proteínas a las once.
—Eso no es comida.
—El envoltorio prometía valor nutricional.
—El envoltorio miente.
Me dio un golpecito con el hombro mientras nos dirigíamos a los vestuarios.
—Vete a casa, dúchate. Nos vemos en mi casa dentro de cuarenta y cinco minutos.
—Ya me has dicho que vaya a la tuya.
—Estoy reforzando el plan de cuidados.
—Mandona.
—Cansada. Es otro diagnóstico.
Me sorprendí alargando la mano hacia su nuca mientras caminábamos.
Seguíamos dentro del hospital.
Detuve la mano antes de llegar a tocarla.
Leah se dio cuenta. Me lanzó una mirada fugaz y divertida.
—Límites profesionales, doctor.
—Iba a quitarte una pelusa.
—¿De la piel?
—Una pelusa persistente.
Se rio y desapareció en el vestuario de mujeres.
En su apartamento solo había encendido la lámpara de pie de al lado del sofá y la lucecita de encima de los fogones. Había empezado a llover en algún momento del trayecto; las gotas repiqueteaban suavemente contra el aire acondicionado de la ventana y convertían la calle en vetas doradas y borrosas.
Me había duchado antes de ir, pero seguía notando el hospital incrustado en algún sitio debajo de la piel.
Leah me tendió un vaso de agua en cuanto entré.
—Bebe.
Lo hice.
—Quítate los zapatos.
—Sí, señora.
—Si vuelves a llamarme señora, duermes en el pasillo.
—La moqueta de tu edificio es muy hostil.
Había pedido arroz, pollo asado y verduras en un sitio cerca de su casa. Nada picante, nada complicado. Comimos sentados en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, porque Leah sostenía que las mesas de comedor eran demasiado formales para quien lleva pantalones de chándal.
Los primeros veinte minutos habló ella.
No de mi intervención.
Me contó que Maritza se había comprado una alfombra y la había dejado exactamente en la misma posición después de cuarenta minutos de esfuerzo.
Y la guerra cada vez más encarnizada de Rochelle con Mantenimiento por el calentador de mantas.
Y el concursante del programa de telerrealidad que había llorado en un jacuzzi porque otro hombre había «invalidado su proceso».
Me reí tanto con la imitación que hizo de él que la tensión entre los omóplatos por fin se aflojó.
Entonces dejó de hablar.
No de golpe. Simplemente dejó que el silencio se asentara.
Del altavoz que había junto al televisor salía música a bajo volumen. La lluvia repiqueteaba en las ventanas. Apoyé la cabeza en el cojín del sofá y cerré los ojos.
El pie de Leah empujó suavemente el mío.
—¿Mejor? —preguntó.
—Mucho mejor.
—Ahora ya puedes darme la versión resumida.
Lo mejor que hizo Leah por mí aquella noche fue negarse a convertir los cuidados en una representación.
No me pidió que le relatara la intervención como prueba de que me estaba escuchando.
No me dijo que me relajara, que me habría tensado al instante.
Me puso comida delante, dejó que me callara y luego pasó veinte minutos describiendo el problema de Maritza con la alfombra con tanto detalle que mi cerebro dejó por fin de repasar la anatomía vascular.
Cuando reparé en el cambio, ya tenía los hombros caídos. Respiraba más despacio. El día había dejado de ser algo que seguía ocurriendo para convertirse en algo que ya había ocurrido.
Sabía que Leah hacía eso por la gente a la que quería. En aquel momento habría puesto objeciones a esa palabra. Cuidar no tenía por qué significar amor. Los amigos conocían el sistema nervioso del otro. Los amigos aprendían qué ayudaba después de un mal día.
Todo eso era verdad.
Lo que me negaba a examinar era cuánta de mi propia regulación había empezado a delegar en el supuesto de que Leah estaría ahí. No porque ella lo hubiera prometido. Porque yo mismo había creado esa expectativa y después la había llamado simple.
Aquella noche, antes de que el preservativo se rompiera y antes de que nada cambiara visiblemente, la intimidad ya había ido mucho más allá del sexo en todos los sentidos que más me asustaban. El sexo solo hizo más difícil ignorarlo.
Abrí un ojo.
—¿Cómo de condensada?
—Si dices las palabras «reconstrucción vascular» durante más de noventa segundos seguidos, te vuelvo a retirar el derecho a hablar.
—Autoritaria.
—Noventa segundos. Aprovéchalos bien.
Le conté el caso.
No porque necesitara los detalles médicos.
Porque entendía lo suficiente del funcionamiento del quirófano para saber por qué una parte había sido difícil, porque sabía qué decisiones llevaban tiempo, porque notaba la diferencia entre que dijera que un caso había sido duro y que dijera que me había dado miedo.
Aquel no me había dado miedo.
Había exigido respeto.
Leah escuchó con la barbilla apoyada en una rodilla y solo me interrumpió dos veces. Una, para preguntar si el paciente estaba estable en reanimación. La otra, para decirme que me estaba saltando la regla de los noventa segundos.
—Llevas tres minutos —dijo.
—¿Los has contado?
—Trabajo en un quirófano. Contar es fundamental.
—Has hecho una pregunta. Eso para el reloj.
—Desde luego que no.
—Apelo.
—Apelación denegada.
Alargué la mano y le agarré el tobillo.
Dejó que la arrastrara hacia mí sobre la alfombra.
El cambio entre nosotros no tuvo nada de inusual. Esa era la parte extraña.
No hubo ningún momento en el que pasáramos de amigos a amantes, porque hacía meses que habíamos dejado de cruzar esa frontera con cuidado. Un segundo estaba discutiendo sobre mi abuso de los tiempos reglamentarios; al siguiente, le tenía la mano en la pantorrilla y ella me miraba de otra manera.
Se le suavizó la expresión antes de tocarme.
Me apoyó la palma en el centro del pecho.
—¿Sigue latiendo? —preguntó.
—Contra todo pronóstico.
Se le curvó la boca.
—Bien.
Entonces me besó.
Fue más lento de lo habitual.
Quizá porque estaba cansado. Quizá porque la habitación estaba cálida y en penumbra, y ninguno de los dos tenía que estar en otro sitio. Quizá porque había pasado la última hora cuidándome sin que en ningún momento ese cuidado pareciera una obligación.
Le hundí una mano en el pelo y dejé que los rizos se derramaran entre mis dedos. Sabía ligeramente a menta y al vino tinto que se había servido después de cenar. Yo no había bebido. Seguía demasiado deshidratado por el día y no me apetecía.
Su pulgar se movió una vez sobre mi pecho.
Algo se me tensó detrás de las costillas con aquel roce mínimo.
La besé más hondo en lugar de pararme a analizarlo.
Se puso de rodillas a mi lado. Me volví hacia ella y mi mano libre le encontró la cintura bajo la tela suave de la camiseta.
—¿Estás cansado? —murmuró.
—No tanto.
—Buena respuesta.
—Era sincera.
—Aún mejor.
Su boca me recorrió la mandíbula. Sentí el roce ligero de sus dientes contra la piel y dejé caer la cabeza hacia atrás.
Nos acostábamos lo bastante a menudo como para que la novedad hubiera dejado de ser el motor mucho tiempo atrás. Sabía cómo le gustaba que la tocaran. Ella conocía la presión exacta que me hacía perder el hilo de una frase a mitad. La familiaridad debería haber vuelto las cosas predecibles.
En cambio, las había vuelto precisas.
Le saqué la camiseta por la cabeza y me detuve cuando los rizos se le engancharon en el cuello.
—Espera.
—No me arranques el pelo.
—Me gusta seguir con vida.
Liberé el último rizo, dejé caer la camiseta a nuestro lado y la miré.
No fue un vistazo.
La miré de verdad.
La habitación se quedó extrañamente quieta.
Leah se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues me has mirado mucho para que no sea nada.
Le puse las dos manos en la cintura y tiré de ella hasta sentarla en mi regazo.
—Estás muy guapa.
—Brillante recuperación.
—He tenido un día largo.
—Se te nota.
La besé antes de que pudiera seguir metíendose conmigo.
Se rio una vez contra mi boca y luego la risa se disolvió.